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Cuando Gregorio entró en su casa un sirviente lo saludó y le dijo:

Señor, tiene visitas.

Pensó mandar a decir que estaba enfermo y que no quería ver a nadie pero no tuvo tiempo; su visitante salió del interior y los dos se fundieron en un cálido abrazo.

¡Por Dios, Pedro! Casi hago que te echen.

Debí haberte avisado, lo siento mucho.

¿Te quedas a comer conmigo?

No. Me quedo a cenar, dormir, desayunar y almorzar.

¡Qué bueno! Estoy muy necesitado de un amigo.

Entonces, pasa—Se colocó tras suyo y le dio una palmada en la espalda.

Los dos entraron en la sala donde los esperaba un sirviente con pisco y café. Se sentaron, se quitaron las botas y pusieron los pies sobre la mesa mientras se ponían al tanto. Pedro Vicente Maldonado le contó que en Lima se entrevistó con el Virrey para rendir cuentas de la recaudación de tributos de la encomienda que arrendaba. Luego de unos cuantos piscos dijo:

Me voy a casar.

¿Con quién?

Se llama Josefa Pérez Guerrero, estoy contento porque es una buena alianza.

Yo también me voy a casar.

¿Tú? No lo puedo creer, tienes tantas novias casadas y solteras, hasta las monjas suspiran por ti.

No es broma, he conocido a la mujer con la que siempre he soñado.

¿Aquí, en Lima?

Sí, estoy loco de amor.

Esto se está poniendo serio–Lo miró incrédulo–Cuéntame con calma que creo que estoy perdido, sé que eres amante de la condesa de Ayala, de Beatriz del Olmo y de Josefina Espura, pero todas son casadas, la que llevas más cerca al corazón ha sido siempre la de Ayala. ¿Estoy equivocado? Con ninguna de ellas te puedes casar.

No, no voy a casarme con ninguna de ellas. Conocí a alguien que me conmocionó, no pienso más que en ella, perdona que sea tan egoísta y no ponga la atención debida a tu compromiso pero estoy perdido, completamente a su merced.

Bueno, debe ser muy bella.

Debe ser, lo es de seguro.

—¿No lo sabes?

Estaba tapada.

¡Por Dios! Una tapada limeña.

Eso es lo valioso. Pude percibir su belleza, alma y temperamento tras un embozo, vi solamente su talle y sus movimientos alados—Entornó los ojos y dijo—Me quemó como un rayo, desde entonces estoy hechizado, esclavizado.

¿Pero, qué dice ella?

Nunca hemos hablado, sólo la vi una vez.

Entonces cómo te vas a casar si no sabes ni cómo se llama.

Es Mariana Aranda, marquesa de Maenza, mi futura esposa.

¿Te casas con ella porque es marquesa?

No, lo supe después.

¿Ya aceptó tu petición, ya dijo sí?

No, ni siquiera sé si ya sabe que va a ser mi esposa.

No entiendo.

La madre ha jurado ante el Cristo de su altar que me daba su mano.

¿Y el padre?

Fallecido.

¿Su situación económica?

Fatal

Ya entendí; su madre la ha vendido y tú estás loco porque no sabes siquiera si ella te ama.

¿Alguna vez una mujer se ha casado por su propia voluntad? No, son las piezas que tienen las familias para mejorar su posición social o económica, nadie les ha pedido su opinión—Gregorio miró desafiante a su amigo.

¡Qué barbaridad!

¿Y tú, te casas por amor?

Bueno, al menos ella ha dicho que sí, nadie la obligó.

¿Lo crees? Las mujeres tienen que obedecer lo que sus padres decidan, y aunque no lo creas nosotros también debemos sacrificarnos muchas veces—Puso la cabeza entre sus manos y dijo con voz profunda—Yo soy un bendecido, me voy a casar por amor, mi amor es tan grande que servirá para los dos.

Pedro Vicente Maldonado lo observó cuidadosamente y se dio cuenta que lo que decía era muy serio.

Es decir, es un hecho; en poco tiempo serás el marqués de Maenza, lo tienes todo Gregorio.

La habitación comenzó a oscurecerse y un criado entró para prender las velas de los candelabros. Cuando el pequeño salón estuvo alumbrado, preguntó:

¿Desea su merced que les traiga la cena acá o prefiere en otro lugar?

Sirve la cena acá.

El criado había interrumpido un momento íntimo, único en el que Gregorio se había confesado, Pedro Vicente quiso retomar el hilo y descalzo como estaba, se levantó y comenzó a dar grandes pasos por la salita, por fin se detuvo, se sentó nuevamente frente a Gregorio y sirvió dos vasos de pisco, dijo:

Salud, por la marquesita de Maenza.

Las palabras tuvieron un efecto mágico y lograron hacer sonreír a Gregorio que se acomodó en el asiento y bebiendo despacio dijo:

No veo la hora de la boda, aunque la madre me ha pedido esperar un poco, hasta que cumpla los trece años.

Pedro Vicente miró detenidamente a su amigo y pensó que a pesar de que Gregorio era joven había ejercido cargos de responsabilidad en sus propiedades y como coronel del ejército de Ambato. Sabía mandar y tomar decisiones, por eso le llamó tanto la atención que una chiquilla le hiciera perder la calma de esa manera. Lo escuchó decir.

Voy a tener un matrimonio feliz, la voy a tratar como a una reina, la haré sentir en el paraíso; cada habitación, cada comida será la de una princesa, ya lo verás.

¿Ya has estado a solas con ella?

No, todavía no he visto su rostro, aunque lo conozco de memoria.

¿Y si no es como tú crees, si cuando la veas sin el tapado no es tan bella como piensas? Estoy asustado, estás entregando tu corazón, tu vida a una niña que no conoces.

Tengo esa certeza, la conozco desde antes, de siempre, no tengo dudas, lo sé—Volvió a poner mirada soñadora y continuó—Su nombre hace que mi corazón estalle, siento que se mueve el piso bajo mis pies.

Bueno, tú siempre estás seguro de lo que haces.

Tú también, ya tienes fama de genio.

Pedro Vicente Maldonado rió al ver la cara con que su amigo llamaba genio, dijo:

Estoy halagado por el alto concepto que tienes de mí—quiso añadir algo pero se calló cuando los sirvientes entraron para poner la mesa con platería maciza y más candelabros, permanecieron en silencio hasta que les avisaron que podían pasar.

Comenzaron con una sopa acompañada con pan untado en aceite de oliva, Gregorio dijo:

Ahora vas a comprenderme, tú tienes la convicción de que un día vas a construir un camino, no sabes el trazo, no conoces por dónde se esconde pero sabes desde que eras niño que un día lo lograrías.

Maldonado sostuvo en el aire la cuchara de sopa y respondió:

Te entiendo, cada uno de nosotros tiene una pasión, una misión en la vida, la mía es unir a Quito con el mar a través de un camino que conozco de siempre pero que no he visto físicamente.

Sin embargo, sabes que te está esperando.

Sí—Maldonado hizo silencio mientras le retiraban el plato vacío.

Ahora comían papas doradas con perejil y perdices al escabeche. Los sirvientes se mantenían atentos a que todo estuviera perfecto.

El problema es que nos entregamos con las manos atadas y el corazón confiado, a lo mejor nos encontramos con una desilusión a la mitad del camino, sería desastroso.

¿Una desilusión, Pedro? No lo creo y si la vamos a encontrar sabremos qué hacer en ese justo momento, cuando tengamos el corazón destrozado, pero hasta tanto no pienses en que tu empresa va a fracasar porque entonces nunca lo vas a lograr.

Tomaban vino tinto, el mejor que llegaba a Lima. La comida, el vino los puso melancólicos y cuando llegó el momento de la leche asada, ya no hablaban de amor.

Voy a comprar otros caballos, necesito muchos.

¿Para qué?

Para el viaje a Quito.

Pero no necesitas caballos para llegar a Quito, tienes que comprar pasajes para el barco, llegar a Guayaquil y de ahí a Quito.

Sí, pero voy a mandar a que me compren los mejores caballos y mulas en Guayaquil y en el páramo, tengo que preparar el viaje con mucha antelación, desde mañana.

No me digas que vas a mandar a José a comprar todo eso, el pobre hombre no se da abasto con todo lo que pides.

¿José? Tiene un ejército de asistentes que lo ayudan en todo, lo que pasa es que sólo confío en él, es fantástico para organizar y ordenar desde la distancia. No sé cómo lo hace pero todo le sale perfecto.

Debe ganar una fortuna.

Sí, pero vale todo el oro del mundo.

Cuando terminaron la cena, los sirvientes levantaron la mesa y les dejaron café al rescoldo de uno de los samovares rusos que José había comprado en Los Polvos Azules. Regresaron a sus asientos y con los pies otra vez en alto continuaron conversando. Gregorio bajó los pies y con la mano sobre la rodilla y la espalda tensa miró directo a los ojos de Pedro y le dijo:

Lo único que no perdonaría a mi Mariana sería una infidelidad, sé por experiencia lo infieles que son las mujeres, todas mis amantes son casadas. Los arrebatos de Mariana, su mal genio, su orgullo y soberbia los puedo perdonar. Tengo toda la paciencia del mundo para educarla, recuerda que es una niña caprichosa a la que la han mimado y malcriado.

Pero es lo mismo que vas a hacer tú, me acabas de decir que la vas a mimar y llenar de lujos. Tendrás cuidado con lo que haces o vas a salir quemado.

Conversaron hasta muy tarde y luego se despidieron con un abrazo, a la mañana siguiente, Pedro Vicente Maldonado tomaba el barco para regresar a la Provincia de Quito.

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