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Lima 1729

Mariana Aranda caminó por su habitación como si estuviera loca; lloró y vociferó ante la mirada atónita de su madre:

¡Nunca! Mamá no me obligue, Quito es horrible.

Josefa Ayesa contempló a su hija y no hizo nada para detenerla. No quedaba ningún adorno sobre las mesas, sólo fragmentos esparcidos por la alcoba; pedazos del corazón de una niña que no entendía cómo otros decidían su destino. Su hija se desplomó sobre la poltrona de seda rosada que estaba junto a la ventana. Se acercó despacito y se arrodillo junto a ella, le dijo:

Mariantia, no hay otra solución, si no te casas con él nos veremos en la ruina.

Usted me ha vendido, eso no hace una madre.

Acepté la petición de ese joven porque si no lo hacía tendríamos que ir a vivir en el barrio de los pobres, o tal vez en los bajos de la casa de algún pariente rico.

Prefiero vivir con los esclavos, en el barrio de los indios a irme a vivir a Quito.

Tú no sabes lo que dices; la vida es muy dura para quien no tiene dinero y mucho más grave para una mujer, no tienes otra salida que casarte y dado que debemos más de lo que tenemos—reclinó la cabeza sobre el antebrazo del sillón para tratar de callar la pena que sentía y continuó—nadie va a pedir tu mano, tal vez el capataz de la hacienda de tu tío lejano, ese que vive en El Cuzco.

Mariana se volteó y le dijo:

Cómo quisiera morirme ahora mismo.

Su madre la abrazó y la besó mientras le acariciaba el cabello. Le dijo al oído:

Mi preciosa, ese joven te hará feliz, te hará la reina de Quito y tú que lo has hechizado podrás pedirle lo que quieras, no te va a negar nada—Le acarició la cabeza, como si quisiera quitarle la pena.

Mariana se desprendió del abrazo y se sentó frente a su peinador donde había sobrevivido el juego de plata para el cabello. Josefa se puso de pie y agitó la campanilla para llamar a la esclava joven que entró en ese momento. Le dijo:

Adolfina, peina a la niña lo mejor que puedas, a ver si encuentras un lazo sobre la alfombra.

Adolfina vio los lazos y las joyas esparcidos por la alfombra , los recogió con una sonrisa y se puso a peinarla, las dos se miraron a través del reflejo del espejo.

Josefa las contempló un rato y luego dijo:

Adolfina, dejas preciosa a la niña.

La esclava, que era como un junco, hizo una reverencia de agradecimiento. Josefa se sentó en la poltrona junto a la ventana, dijo:

Gregorio ha esperado hasta ahora para casarse contigo. El plazo ha vencido y la boda se va a celebrar en noviembre, tenemos que estar listas—Alzó la mirada al cielo raso, al sitio donde colgaba la araña de cristal, exhaló un suspiro y continuó—Con el dinero que nos ha dado, hemos logrado arreglar esta casa, los jardines y contratar los criados necesarios para que vivamos con lujo, no tenemos cómo pagarle todo lo que ha hecho por nosotros.

Mariana miró a su madre a través del espejo y con los ojos cansados contestó:

Le hemos pagado con creces; ahora tengo que ir a vivir a Quito—Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas y le tembló la barbilla.

Bueno, basta de lamentos—Dijo su madre y se puso de pie con cierta dificultad—Voy a revisar el equipaje y al ajuar que llevas a Quito. Tu vestido de novia y las joyas que vas a utilizar están en mi recámara—Se acercó a su hija y mirándola en el espejo le dijo—Es mejor que descanses.

Mariana supo que su destino estaba trazado, se miró en el espejo y suspiró al pensar que tanta belleza se iba a desperdiciar en Quito, ciudad desparramada por laderas, encerrada entre montañas infranqueables y pensó, no me caso. En ese instante ideó su huida y llamó a Adolfina que arreglaba el desastre del dormitorio, le dijo:

Adolfina, tenemos que escapar, yo no me caso aunque mi madre me amarre.

Adolfina se estremeció al verla tan decidida, era caprichosa. Le contestó:

A lo mejor si escapamos don Gregorio se va a ofender mucho.

Algún noble limeño me querrá como esposa y a mi mamá se le pasará el soponcio.

Mariana, ya más tranquila por la decisión que había tomado, se dejó poner las mejores alhajas y aplicarse unas gotas del perfume que le regaló su prometido. Al aspirar el aroma refinado que salía del frasquito de cristal se acordó de la absoluta adoración que el joven le demostraba cada vez que se veían. Pensó: No me ha besado, se queda helado cuando me ve, no me habla a mí, se dirige a mi madre…Valiente enamorado que me he conseguido.

Adolfina: ¿Cómo crees que será la vida en Quito?

Las dos estaban nuevamente frente al espejo; la esclava cerró el broche del collar y sus ojos hicieron contacto con los de Mariana, contestó:

¡Ay mi niña, debe ser lo más horrible del mundo!—Se puso la mano izquierda sobre la cintura y continuó—Por lo que oí a un esclavo que regresó de ahí.

¿Qué dijo el esclavo?—Preguntó Mariana mirando atentamente su rostro en el reflejo del cristal.

Adolfina se alejó hacia la ventana y gesticulando dijo:

Contó que era horrible, helado y sin chimeneas, que las habitaciones de los propios amos estaban infestadas de pulgas y que cuando abrían las salas para recibir visitas entraba primero un borrego para que las pulgas se peguen a la lana y no en la piel de los invitados.

¡Qué espanto!

Y eso no es nada, contó que hay muchas quebradas por lo que es difícil ir de un lado a otro, también que hay asaltantes y borrachos durmiendo en las calles.

En ese momento tocaron a la puerta y entró un sirviente que anunció:

Niña Mariana, el señor Gregorio Matheu está abajo y quiere verla.

Mariana se levantó con brusquedad y con la mano hizo al criado una seña para que se fuera, el hombre hizo una reverencia y salió. Dejó la puerta abierta.

¡Qué fastidio!

Adolfina acompañó a su ama hasta los altos de la escalera y vio en el vestíbulo a Gregorio que se paseaba nervioso, se arrimó a la baranda de hierro forjado para mirarlo mejor. Lo vio elegante, tomado del brazo de doña Josefa que le enseñaba una colección de cuchillos antiguos en una vitrina reluciente. A la esclava le pareció seguro de sí mismo pero cuando entró Mariana todo su poder se esfumó y se puso nervioso. Adolfina miró con atención, pero desde donde estaba no pudo escuchar bien lo que decía, eso sí, le pareció el hombre más apuesto que había entrado en el palacete. Se llevó las manos a la boca para reprimir cualquier sonido que la pudiera delatar y se quedó de pie en lo alto de la escalera, no pudo apartar su mirada del joven que se perdió en los salones tras el paso ligero de Mariana.

Josefa entró primera en el salón. Cuando vio abiertas las puertas que daban hacia la terraza y el jardín, exclamó:

Miren qué linda tarde hace, el clima es dulce—Se volteó hacia donde estaban los jóvenes y les propuso:—Salgamos a la terraza y que nos sirvan el chocolate afuera.

Claro, madre. Tengo que aprovechar los últimos momentos en Lima antes de encerrarme en una de esas casas horrorosas de Quito.

Algunas no son tan feas—dijo Gregorio en tono bajo.

Nunca dejaré de extrañar el aroma de los limones y las rosas inglesas del jardín—Salió afuera y con las manos apretadas sobre el pecho exclamó:

¡Voy a extrañar todo, hasta el vuelo de las palomas!

En Quito también hay pajaritos, hay toda clase de pica flores—Gregorio esbozó una tímida sonrisa.

Mariana le devolvió una mirada feroz, él bajó la vista y siguió a Josefa que se sentó en una de las sillas de la terraza. Dio unos golpecitos sobre la mesa de hierro forjado y dijo:

Venga, siéntese aquí…Mariana, ven—Esto último lo dijo en tono serio y su hija se sentó junto a Gregorio.

Antes del chocolate, les pasaron un pisco que les sentó de maravilla, sobre todo a Gregorio que se tranquilizó. A esa hora de la tarde las flores desprendían su aroma y las palomas se hacían arrumacos, él se puso triste. Josefa lo miró y sintió un leve estremecimiento, el traqueteo de las fuentes, que acomodaban los sirvientes, le hicieron olvidar la sombra que cruzó por el rostro del joven.

Unos momentos más tarde tomaban chocolate batido y churros espolvoreados con azúcar, un sirviente con uniforme y peluca se mantenía junto a una mesita lateral donde reposaba la chocolatera de plata peruana. Gregorio, con los ojos puestos sobre la chocolatera dijo:

El servicio es magnífico, pura plata. ¿Verdad, doña Josefa?

Sí, en esta casa sólo tenemos plata peruana, de la mejor calidad—Observó algo en sus ojos y se apresuró a decir—Toda esta platería la podemos conservar gracias a usted.

El joven sonrió pero Josefa notó que aún tenía un aire triste cuando dijo:

No hay nada que me cause más placer que verlas contentas.

Mariana dejó sobre el plato la taza de diminutas flores rosadas y mirándolo con arrogancia dijo:

Espero que usted haya comprado un juego así, y muchas fuentes y platos para vestir la casa helada de Quito donde espera que vaya a vivir.

Doña Josefa observó otra sombra nublar la sonrisa de Gregorio y se dio cuenta que era su hija la que lo hería. Pensó que la muy tonta no se daba cuenta de la suerte que tenía al ser amada por un hombre así de buen mozo.

Gregorio se acomodó en su asiento y dijo:

Sí, Marianita. He comprado lo más bello que encontré en Lima para adornar nuestras casas.

¿Casas? O sea que vamos a vivir en muchas…¡Qué pereza, Dios mío!—Se irguió en la silla y continuó—Quiero llevarme esta chocolatera, no hay otra igual, era de mi abuela.

Gregorio miró asustado a su suegra , sabía que esa chocolatera le pertenecía, pero esta contestó:

Por supuesto, este es un presente mío, parte de tu dote.

Mariana se levantó y zapateó con furia mientras decía:

¿Me va a regalar algo que por derecho propio es mío? Mi futuro esposo ha pagado por adelantado lo que usted no ha podido conservar por no saber manejar la fortuna de mi padre.

Durante el silencio que siguió al arrebato de Mariana, Gregorio mantuvo la mirada fija en los ojos de doña Josefa y tomándole la mano, le dijo:

Señora, olvide las palabras de Mariana, es una niña que no sabe cómo expresar el dolor que le causa alejarse de usted.

Josefa se tragó las lágrimas y fijó su mirada en los ojos acariciadores que tenía su yerno. Le pasó la mano por la cara con suavidad y le dijo:

Gregorio, tiene usted los ojos más lindos que he visto. Están llenos de luz.

Él le devolvió la sonrisa y les sirvieran de todo otra vez. Mariana se sentó junto a su madre, puso la cabeza sobre su hombro y le pidió perdón. Momentos después, los tres tomaban más chocolate mientras charlaban como si nada hubiera pasado.

Cuando Gregorio salió de la casa de la marquesa pensó en los ojos de su amada y en el perfume que reconoció durante su berrinche en la terraza. Ya en la calle sonrío al recordar su altanería y le gustó la idea de conquistarla y quitarle el aliento con los besos que pensó darle. Se detuvo porque le pareció escuchar a alguien que se escondía en la maleza, afinó el oído para ver de dónde procedía el murmullo y puso la mano al cinto dispuesto a desenvainar. El aire se hizo más diáfano y se detuvo junto a un callejón oscuro del que emanó un aroma a jazmín. Desenfundó su espada y la blandió en la oscuridad, tenía el cuerpo tenso, la respiración acelerada y las pupilas dilatadas. De pronto, oyó la voz de una mujer que le dijo:

Amo, no me mate, soy una esclava de la marquesa de Maenza.

Gregorio, al escuchar una voz de mujer, puso más atención para cerciorarse de que no hubiera nadie escondido. Dijo en voz alta.

¡Sal para que vea tu rostro!

De la oscuridad salió tímidamente una joven negra, le pareció que los ojos le brillaban como estrellas en una noche sin luna. Su cara iluminada por las antorchas de la reja del palacete se mantenía levantada sin ningún pudor.

¿Por qué me has seguido? Puedo mandar a azotarte por tu atrevimiento.

Por favor perdone a esta negra atrevida, sólo vengo a prevenirle algo—Sonrío con dulzura enseñando sus dientes blancos.

Gregorio miró sorprendido a esa escultura de ébano que parecía adornada con perlas y brillantes, a pesar del vestido humilde y viejo, enfundó la espada, sonrió con los ojos y se acercó. Dijo:

Di pronto lo que tengas que prevenirme, no tengo tiempo que perder.

Amo—Contestó mirando al suelo—La marquesa piensa escapar, no quiere ir a Quito.

La mirada de Gregorio se volvió feroz y zarandeó a la esclava con brusquedad.

¡Cuidado con lo que dices, cuidado con lo que piensas hacerme creer. Son habladurías de sirvientes, no vuelvas a seguirme nunca más ni a dirigirme la palabra sin que antes te la dirija yo!

Adolfina tembló; el joven que iba a casarse con la marquesa era ya su dueño, la había comprado y podía castigarla de una manera terrible, no se atrevió a llorar ni a contestar mientras la seguía sacudiendo y gritando. La soltó con un empujón y ella rezó para que se olvidara de su existencia. Se atrevió a alzar la mirada y lo vio dar grandes zancadas por el sendero mientras las hojas de los árboles se movieron con la suave brisa que se levantó en ese momento. Las velas de los faroles se agitaron y un ave nocturna se estremeció. El joven se pasó la mano por el cabello y caminó en círculo pero luego se acercó al palacete y se detuvo frente a las rejas. Después de un rato regresó donde estaba Adolfina y la miró con más calma, ella bajó la mirada asustada.

Tranquila, no te preocupes por lo que pasó, es más, te voy a estar eternamente agradecido—Hizo un movimiento con la mano como despidiéndola y le dijo—Vete que tus amas te pueden necesitar.

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