escapari

Lima, noviembre de 1730

José Antonio Ayesa almorzaba en casa de las Maenza. Se deleitaba con los corazones de alcachofa rellenos de setas y queso rallado, las ostras con limón, el soufflé con salsa de mariscos. Se secó los labios con la servilleta y dijo:

Tía Josefa, qué alivio comer las delicias que siempre se han servido en tu casa.

¡Ay, hijito! Es bueno volver a tener la vida de antes, recibir amigos y poder dar las fiestas que tanto nos gustan—Le dio una palmadita en la mano y lo vio con ojos cariñosos—Lo mejor es tenerte a ti con nosotros, ya sabes que eres mi favorito.

José Antonio le devolvió la sonrisa y dijo:

Tía querida, no sabes lo contento que estoy de almorzar con ustedes.

Mariana le devolvió la sonrisa y dijo:

Para nosotros es lo mejor tenerte aquí en casita, parece todo otra vez tan normal—Le tocó el tobillo con su pie para que se acordara de que debía terminar pronto y retirarse a conversar con ella.

Josefa quiso callar a su hija para no tener que dar explicaciones sobre el nivel que ahora gozaban, no quería que su sobrino lo supiera, aunque Lima entera comentaba que había vendido a su hija a un comerciante quiteño. Tomó un poco de vino y suspiró. No hay forma de callar tanta habladuría, pensó en silencio.

Qué delicia este postre de limón, parece que se derrite en la boca—Dijo José Antonio, ajeno a lo que pensaban las mujeres.

¿Vas a tomar café Joselito?—Le preguntó su tía.

José Antonio iba a decir que sí y que también quería el licor de cacao como bajativo, pero sintió la patada en la canilla, esta vez más fuerte.

¿Qué te pasa, hijito?

Nada, tía. Estoy muy a gusto.

Pero hiciste una mueca de dolor.

Mariana, impaciente se levantó y arrojó la servilleta sobre el mantel, dijo:

Ya pues, José. Vamos a que me ayudes con esos ejercicios de geometría.

¡Jesús! Si tú no tienes idea de geometría, Marianita.

Porque usted nunca se ha interesado en mi educación, pero ahora que voy a viajar a Quito quiero ir un poco preparada.

¿Preparada? No creo que en Quito te sirva mucho la geometría—Dijo desconcertada doña Josefa.

Mariana tomó a su primo por la mano y lo sacó de la mesa de las delicias para ir a encerrarse en su dormitorio, le dijo:

Podemos pedir que te traigan el café y otros postres a mi cuarto.

Claro, será delicioso tomar el café en tu habitación.

Doña Josefa vio enternecida como los dos se perdían de su vista. Se quieren tanto, pensó y tomó su café en solitario.

¡Deja de perder el tiempo hablando tonterías con mi mamá!—Mariana cerró con furia la puerta de su habitación.

Su primo, que quedó cerca del lecho por el empujón, dijo:

Pero no se puede ser maleducado, tenía que demostrar a mi tía lo mucho que la quiero.

¿Y desperdiciar el tiempo que tenemos?

Se sentaron en el sofá, en ese momento entró un sirviente con el café y unos dulces. Los dos se mantuvieron en silencio mientras les servían, el pecho de Mariana subió y bajó de forma alocada causando un revuelo en el ánimo de José Antonio que nunca la había visto así. El sirviente se mantuvo en pie a la espera de órdenes, Mariana le dijo:

Ya pues, sal y déjanos en paz.

José Antonio tomó la taza entre sus manos y comenzó a beber a sorbitos, Mariana le dijo:

—Me prometiste, juraste que ibas a ayudarme y ahora sólo te importa las delicias de la cocina de mi madre—Unas lágrimas rodaron por sus mejillas.

¿No quieres café?

No, no quiero tomar ni comer nada, quiero que nos centremos en el plan de escape, tengo terror de casarme con Gregorio, lo detesto—Miró al techo mientras más lágrimas corrían por su cara y dijo—Prefiero antes morir que irme a vivir con un ser tan desagradable.

Marianita, no hay problema. Mañana vengo a verte en el coche de mi papá—Se metió en la boca un dulce de almendras y continuó—Me esperas en la puerta trasera y te subes sin que nadie te vea.

¡Qué alivio!—Mariana se llevó las manos al pecho y suspiró.

No hay problema, nos vamos juntos.

¿A dónde me piensas llevar?

Te quedas en la casa—José tomó un higo enconfitado.

¿En tu casa? Estás loco, mi mamá se enterará en dos minutos. ¡Cómo se te ocurre algo tan simple!—Se puso a llorar tapándose la cara con un pañuelo.

José Antonio la miró y su sonrisa se congeló. ¿A dónde la puedo llevar? Pensó estupefacto, él la adoraba pero no tenía ni un centavo ni la menor idea de cómo salvar a su prima si no era llevándosela a su casa.

Tranquila, hablé con la Tata y ella dice que te ayuda, vas a estar escondida en la habitación en la que se hospedó el Virrey hace unos años.

Nadie ha entrado en esa habitación—Mariana dejó de llorar.

Por eso te digo que nunca se van a enterar.

Debe ser emocionante alojarse en esa habitación que toda Lima sueña con conocer.

Permanece cerrada desde que soy un niño.

Mariana se levantó y tomó entre sus manos la fuente llena de dulces, se acercó a José Antonio y le dijo:

Ahora sí puedes comer todos los que quieras, te los has ganado primito lindo—Miró por la ventana la tarde soleada y dijo—Hasta nos podríamos casar.

José Antonio devolvió la bandeja de dulces a la mesa y dijo:

¿Cómo nos vamos a casar si yo no tengo un centavo?

No hay problema, tu padre es rico.

¿Rico? Se queja todo el tiempo de que no tiene dinero y que mi madre gasta demasiado para guardar las apariencias.

Pudiéramos ir a vivir en una de tus haciendas, si trabajamos juntos podemos salir adelante.

No estoy preparado para manejar una hacienda, Marianita tengo solamente dieciocho años…

Gregorio tiene casi tu edad y ha sido coronel y no sé qué otras cosas, trabaja en sus haciendas.

Eso sí no te permito que me compares con ese señor, es un advenedizo—José Antonio se levantó asustado y caminó por la habitación con las manos en los bolsillos. Se detuvo frente a su prima y le dijo—Nosotros somos aristócratas de verdad, no trabajamos llevando tejidos de un lugar a otro, ese es trabajo de los comerciantes como Gregorio.

Eso mismo pienso yo, no quiero casarme , no quiero viajar a Quito.

José Antonio se sentó junto a ella y le prometió no dejarla nunca. El resto de la tarde se la pasaron jugando naipes y comiendo más dulces.

A la mañana siguiente, Mariana abrió los ojos y despertó radiante; estaba decidida a huir la misma noche de su boda. Saltó del lecho y se dirigió al cuarto de aseo que estaba resguardado con un biombo que a ella le encantaba y pensó llevárselo a Quito, pero luego recordó que de Lima no se iba nunca. Regresó y agitó la campanita de plata que tenía sobre su velador para llamar a Adolfina que acudió al rato:

Buenos días, su mercé. Espero que haya descansado.

Mariana la miró intrigada, parecía un botón de rosa oscura a punto de reventar, le dijo en tono recriminatorio:

No entiendo tu calma, vamos a escapar esta noche y tú tan tranquila.

Su mercé, no estoy tranquila, estoy muy asustada pero trato de que no se me note.

Me alegro, ahora trae agua que quiero refrescarme, anoche sudé mucho—Se pasó los brazos por el camisón de dormir y comprobó lo húmedo que estaba.

Su mercé, anoche hizo calor— Adolfina la ayudó  a desnudarse y la cubríó con una bata ligera.

Mariana sintió una opresión en el pecho…Un mal presentimiento. Se dejó caer sobre el lecho hasta que regresó la esclava con otra sirviente y prepararon la tina en la que se sumergió y se dejó lavar. Recordó que su primo le prometió ir al atardecer, darían un paseo por el parque para luego salir por la puerta trasera donde los esperaría un coche. Hundida en el agua, pensó en las joyas y trajes que tendría que dejar en su casa, José Antonio le había dicho: “Una madre siempre perdona”. Ella le creyó y respiró tranquila al saber que al cabo de un tiempo podría regresar.

Escuchó los pasos de su madre y se sintió culpable del dolor que iba a causarle cuando descubriera que había escapado, no pudo controlar el latir de su corazón. Josefa entró en la salita de aseo, se inclinó sobre la tina y le dio un beso en la frente, Adolfina salió con el pretexto de arreglar la ropa. Josefa esperó que nadie las interrumpiera para decir:

¡Ay, hija! No sabes lo feliz que estoy por ti—Se sentó en el borde de la bañera y continuó—No sabes lo hermosa que está la casa.

Mariana se hundió en la tina, no quería ver tan alegre a su madre cuando estaba a punto de perderla para siempre, salió del agua con furia y sin ningún remordimiento, contestó:

¡Ojalá nadie hable mal de usted, por haberme vendido a un comerciante!

Doña Josefa se apartó de la tina con el vestido mojado por la brusquedad con que su hija agitó el agua, mojándole hasta el calzado. Se secó como pudo y contestó:

Es la última vez que me acusas de algo tan absurdo—con ojos brillantes, continuó—Si crees que esta separación no me duele, te equivocas…A lo mejor muero en pocos años pero con la tranquilidad de saber que tienes para comer—Se tapó la cara con la manga del vestido, se secó las lágrimas y continuó—Si no te casas, en poco tiempo no tendrás pan para llevarte a la boca y por muy bella y noble que seas, nadie se casa con alguien sin dote, y si lo hace te tratará como a una posesión.

La joven se quedó sin habla, no había pensado que su situación era tan precaria, pero ya había decidido que esa noche se escaparía.

El día fue eterno para Mariana que subió y bajó los escalones, salió al jardín, se perdió entre los limonares y se alejó para que nadie la viera prendida a las rejas de su casa. Llegó la tarde y se dio cuenta que no había probado bocado. Sintió sed y corrió a la pileta de agua, se recogió el cabello y bebió del surtidor. La tarde perdía su luminosidad; las nubes taparon al sol y una bandada de aves volaron sobre el cielo gris. Con los ojos fijos siguió el vuelo ordenado perdiéndose en el horizonte y pensó que la libertad no existe, que hasta las aves obedecen a una fuerza misteriosa. Sintió tristeza al reconocer que ella también tenía que obedecer las leyes del mundo, que era una avecilla más entre todas las que sueñan con no tener un carcelero.

Un cambio se produjo en su interior, unas aves le quitaron de golpe lo que quedaba de su infancia. El cielo adquirió una tonalidad rojiza como sangre derramándose sobre una sábana gris, sus ojos se llenaron de lágrimas y escuchó el trote de caballos acercándose peligrosamente. Regresó junto a las rejas y vio un centenar de sirvientes negros que se colocaron a lo largo de su casa, estaban armados con cuchillos y pistolas. Supo que jamás su primo José Antonio cruzaría la majestuosa puerta de su palacete para salvarla de Gregorio. Subió a su dormitorio y vio por la ventana el pequeño ejército que la tenía prisionera.

Mientras tanto, Josefa, que estaba arreglando un centro de flores, corrió para ver qué era el ruido que había junto a las rejas de su palacio. Se detuvo en lo alto de las escalinatas que daban al jardín y sonrió al ver a sirvientes armados con cuchillos y antorchas, algunos iban montados en caballos adornados. Supo que eran sirvientes de Gregorio, sólo él podía darse el lujo de escoltar de esa manera su casa en la noche de la boda. Su hija se casaba con un hombre de fortuna portentosa. Bajó las escalinatas y se encaminó hacia la puerta de hierro forjado con el escudo de Maenza rematando en bronce la alta cresta, quería hablar con alguno de ellos para ofrecerles comida y lo que necesitaran. Un negro corpulento desmontó al verla, iba vestido de blanco entero portando un sable en el cinto. Se acercó con paso poderoso y le hizo una reverencia. Josefa le dijo:

Me imagino que vienen de parte de mi yerno— Miró atentamente al hombre y dijo—Le voy a poner en contacto con mi mayordomo para que los atienda y les sirva la comida.

Lo último que don Gregorio quiere es que la molestemos, tenemos todo lo que necesitamos.

 

Ilustración Roberto Bonifaz

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