VIAJAR

Gregorio se impacientó; casarse requeriría tanto rezo, comunión, genuflexiones, entrega de aras y diversos ritos. Miró de reojo la luminiscencia del collar oculto tras el tul y los ojos bajos de su novia, hinchados de tanto llorar. Pensó que se había quedado muda, que nunca diría lo que todos esperaban, sus manos se tensaron y alzó la mirada al Cristo del altar.

Sí quiero—Dijo Mariana.

Gregorio puso en el anular de Mariana la sortija de compromiso. Ella sintió tristeza y miedo de abandonar lo que había sido su mundo y tener que viajar a un lugar tenebroso, prisionera del hombre que ya era su dueño. Josefa suspiró aliviada y musitó una oración de agradecimiento al cristo del altar.

Cuando la ceremonia terminó, los novios flanqueados por los invitados, salieron por el callejón de honor y recibieron las felicitaciones. Él alcanzó a escuchar las murmuraciones:

Qué prisas las de don Gregorio, seguro que sobornó al obispo para que realice un matrimonio tan rápido.

Es que el pobre tuvo que esperar mucho para casarse—Dijo una mujer en voz alta para que todos escucharan—Está loco por llevarse a la marquesa a la brevedad posible.

Mariana, tomada del brazo de su marido quiso saludar con alguien pero él no se lo permitió y la apartó con un jalón brusco. Salieron a paso rápido para recibir a los invitados en los salones iluminados por inmensas arañas de cristal.

Gregorio, con una copa de champán en la mano, conversaba con un grupo de terratenientes. No escuchó lo que decían y buscó con la mirada a su novia. Dejó la copa sobre una mesita y dijo:

Lo siento, tengo algo urgente.

Se encaminó en busca de Mariana y no la vio por ninguna parte. Salió al jardín y no la encontró, su respiración se aceleró y caminó a largos pasos tratando de calmar su furia. Llamó con una seña a uno de sus asistentes y le ordenó:

Busca a Mariana, rápido, espero en la biblioteca.

El asistente dejó con la palabra en la boca a una señora con la que estaba conversando y salió en busca de Mariana por los salones y rincones, pero parecía que se se había esfumado. Se detuvo cuando la vio en una esquina conversando con un jovencito. Sin pensarlo dos veces, se acercó y le dijo:

Señora, don Gregorio, la busca.

Diga a su señor que espere—Le contestó ella sin mirarlo a la cara.

Lo siento, señora. Me ha ordenado que la encuentre y la lleve a su presencia.

Mariana, sin poder dar crédito a lo que oía, le contestó con la mirada encendida.

Y quién cree que es usted, dándome órdenes a mí. ¡Usted, un empleado de tercera!

José Antonio se acercó al asistente y señalándole con el índice dijo:

Usted no sabe con quién está tratando se está dirigiendo a la marquesa de Maenza, yo soy su primo, tenemos sangre aristócrata, nadie nos habla así.

José Antonio lo empujó con fuerza, pero el hombre no se movió, parecía de piedra, entonces, ella se volteó hacia su primo y le dijo:

Es una pérdida de tiempo tratar de hacer entender a gente como esta, ven vamos a bailar—Lo tomó de la mano, salieron a la terraza y se pusieron a bailar al ritmo de la música que sonaba en ese instante

El hombre de Gregorio se acercó a la pareja y poniendo la mano sobre el hombro del joven lo paró en seco y le dijo:

Disculpe caballero, pero la señora tiene que venir conmigo.

Los dos jóvenes dejaron de bailar y cuando Mariana se dio cuenta que todos la miraban, se tomó del brazo del guardián y dijo mirando a su primo:

José Antonio, el deber me llama, diviértete tú que aún eres libre.

Lo odio, a usted y a Gregorio. ¿Quiénes creen que son obligándome a salir del baile de mi propia boda?—Masculló la marquesa con los ojos rojos de cólera.

El hombre no contestó hasta llegar a la biblioteca donde lo esperaba Gregorio con sirvientes entre los cuales estaba Adolfina que se miraba las manos para disimular el susto que tenía. Mariana se plantó desafiante frente a su marido y le dijo:

Ya estoy aquí. ¿Qué quiere conmigo?

Él la miró a los ojos de una manera diferente y por primera vez, Mariana tuvo miedo; sus manos comenzaron a temblar, pero la furia le dio fuerzas y le sostuvo la mirada. Él le dijo:

Quiero que subas a tu habitación junto con Adolfina y que te pongas la ropa que he dejado para ti. Sé rápida porque salimos esta misma noche—Se acercó más y le dijo—Por favor.

Mariana lo miró con los ojos abiertos de par en par y se quedó sin moverse, incrédula de lo que le estaba pasando.

¡Pero cómo vamos a dejar a nuestros invitados, esa es la peor mala educación del mundo, una falta de respeto absoluto!

Te pido por favor que te apures, ya están tus cosas empacadas en coches que han tomado la delantera—Y dirigiéndose a Adolfina le dijo en voz de mando—Rápido, acompaña a tu ama que no tenemos tiempo

Adolfina miró con ojos suplicantes a Mariana, que optó por sentarse en uno de los sillones de cuero de la biblioteca repleta de libros y estatuas antiguas, dijo:

¿Y qué pasa si me niego a subir al cuarto?

Gregorio, que estaba pálido contestó:

Adolfina recibirá un castigo ejemplar por no obedecer cuando se le da una orden.

Adolfina, que temblaba como una hoja, se arrodilló frente a la marquesa y le suplicó:

Por favor, señora. Deje que la acompañe a que se ponga ropa cómoda para el viaje.

Mariana, sentada en el sillón recorrió con la mirada las estanterías de maderas preciosas, la chimenea de piedra adornada con el escudo de Maenza, la alfombra bajo sus pies, el escritorio largo, el juego de tinteros de cristal y plata, la pluma de escribir. Alzó los ojos para mirar por última vez la inmensa araña de cristal que esa noche centellaba con las cincuenta velas que daban calor a la habitación. Miró a Adolfina temblando a sus pies y le dijo:

Vamos Adolfina, no hagamos esperar al señor Marqués de Maenza—Y salió sin mirar a nadie. Adolfina la siguió con la mirada en el piso y el paso acelerado porque su niña corrió hacia la habitación llena de vergüenza e indignación.

En el dormitorio, Mariana se dejó desvestir sin mover un dedo, se puso la ropa de viaje que le hizo sentirse más cómoda, Adolfina terminó de calzarla. En su recámara no quedaba ni uno de sus vestidos, ni zapatos, peinetas, ni mantillas. No preguntó nada, sabía dónde estaban. Su madre entró en ese momento y le dio un abrazo largo mientras le decía:

Ve con Dios hija mía, mi bendición te seguirá por donde vayas aunque no nos volvamos a ver.

Mariana no vertió una lágrima y dejó que su madre le pusiera sobre los hombros un mantón oscuro para protegerla del clima de los páramos que tendría que remontar. Josefa la abrazó y le dijo:

Hija, no olvides que desde hoy estás bajo la custodia de tu esposo, que debes obedecerle en todo lo que mande y tratarlo con respeto—Cuando la sintió tensa, a punto de protestar, le dijo—Obedece todo lo que diga, ya después las cosas cambiarán, cuando tengas hijos y logres ser la reina de tu casa, yo sé que lo lograrás—Se apartó de ella y le dijo mirándola a la cara—Vas a tener que ganar palmo a palmo tu puesto, no es tan fácil con rabietas y desplantes.

Adolfina, que escuchó todo lo que dijo doña Josefa, esperó nerviosa junto a la puerta y con la mirada suplicante dijo:

Por favor, el amo puede impacientarse—Tenía el miedo en los ojos, de pronto el tímido joven se había convertido en el dueño absoluto de todo, tenía tal determinación y mando que nadie se atrevía a llevarle la contraria.

Bajaron con rapidez los escalones y apresuraron el paso cuando vieron a Gregorio junto a la puerta. Ya en la calle, Gregorio tomó por la cintura a su esposa y la introdujo en el coche.

Adolfina se sentó frente a ella y ninguna de las dos dijo una palabra. Mariana apoyó la frente contra los cristales de la ventanilla, tenía los ojos cansados de tanto llorar y pensó que estaba dentro de una pesadilla al ver a su marido, montando un caballo blanco, gritar órdenes a los esclavos que se formaron para escoltar el coche.

Qué bueno que no venga con nosotros, lo odio demasiado como para soportarlo un minuto más.

La esclava no contestó y mantuvo su mirada fija en la ventanilla, tenía miedo que el amo pudiera escuchar su voz, la luz de las antorchas iluminaron el interior del carruaje.

No le perdonaré nunca el daño que me ha hecho, toda Lima debe burlarse de mí, no soy más que otra de sus esclavas.

Adolfina podía escuchar los pensamientos de su ama mientras miraba la bruma de Lima a través de la ventanilla. El coche tenía una cadencia fúnebre que se incrementaba cuando los hacheros se alejaban de la ventanilla. La esclava trataba de ver cuántos jinetes las escoltaban, escuchó atenta los gritos y órdenes que daban los hombres y luego sólo escuchó el trote de los caballos. De pronto, el barullo se hizo más intenso y le pareció escuchar el sonido del mar; su corazón dio un vuelco porque supo que comenzaba una nueva vida. Para una esclava como yo, todo cambio es bueno, pensó. Regresó a ver a su ama y la encontró pálida y tensa; una tristeza profunda se había instalado en ella.

El coche se detuvo y Adolfina dijo:

Señora, llegamos.

Mariana no se movió ni contestó, se miraba las manos tensas con el odioso anillo en el anular. Minutos más tarde se abrió la puerta y el mismo hombre que la había abordado en la fiesta de su boda bajó el pedal del coche para que pudieran pisar antes de saltar a tierra, luego se retiró respetuosamente. Mariana sintió crecer su indignación cuando vio a su esposo que le extendía la mano mientras le decía:

Marianita toma mi mano para descender, ya llegamos al Callao.

Mariana quiso bajar sin ayuda pero Gregorio metió la cabeza en el interior del coche y la tomó en brazos para sacarla de su refugio. Ella dijo

Ya me puede soltar, ¿No?

No, hay mucho lodo y no quiero que se ensucien tus botines de seda nuevos.

No sé de dónde salieron estos botines horribles. ¡Bájeme ya!

Una marquesa no puede ensuciar ni el ruedo de su vestido, en mis brazos vas a llegar a Quito sin una gota de lodo—Le contestó Gregorio mientras la acomodaba entre sus brazos.

Mariana casi no podía respirar, su marido la manipulaba como a una muñeca, sujetándola fuertemente contra el pecho. Como no podía contestar, comenzó a dar patadas lo que hizo que el joven la apretara aún más, entonces decidió quedarse quietita para no ahogarse y poder llegar con aliento al camarote. Quiso saber dónde estaba Adolfina, pero sólo escuchó el griterío de la gente que embarcaba. Sintió un vahído, luego un silbido y perdió el conocimiento.

Entreabrió los ojos pero sus párpados pesados se cerraron a pesar del esfuerzo que hizo. Estaba desorientada pero se dio cuenta que pasaron por una puerta y que Gregorio la depositó sobre un lecho. Respiró con un poco de normalidad y al abrir los ojos se dio cuenta de que estaba en el camarote del barco que la llevaría a Guayaquil, vio a su esposo hablando en voz baja con Adolfina y un minuto después lo sintió aproximarse a su cama, cerró los ojos para no verlo, él dijo:

Mariana, bebe esta leche que te hará dormir bien—La incorporó y la sujetó por los hombros.

Ella quiso negarse, pero él la tenía fuertemente sujeta y no tuvo más remedio que tomarse la leche que le pareció deliciosa, como un bálsamo que poco a poco la fue calmando. Escuchó que le decía:

Marianita, esta noche vas a dormir en compañía de Adolfina que te ayudará en lo que necesites, mañana, cuando despiertes vas a ver todo con más claridad.

Ella quiso protestar, pero se le trabaron las palabras.

Cuando se quedaron solas en el camarote, Adolfina la desvistió con delicadeza y le puso el camisón de algodón blanco que le había comprado su marido para el viaje fantástico que iban a realizar. Se sintió aliviada, refrescada y se dio cuenta que podía respirar mucho mejor, aquello fue una bendición en medio de su tormento, un velo le cubrió la consciencia y se sumió en la oscuridad. Durante el tiempo que duró el viaje, no salió de su camarote ni su esposo la molestó; estaba tan cansada que lo único que quería era comer y dormir, no sintió mareos, sólo cansancio. Gregorio hablaba todas las mañanas con Adolfina y le decía:

Déjala descansar que el viaje es duro.

Adolfina obedecía a pie juntillas lo que le ordenaba y también descansaba puesto que no tenía nada más que hacer que cuidar de su niña, a más que se sentía intimidada con la presencia de tantos hombres, todos los días recibía del cocinero la comida para las dos. En el camarote cabían solamente dos camas, pero había un lugar separado por un biombo donde Mariana tenía todo lo necesario para su tocado. Uno de esos días, entró en el camarote el capitán del barco, Mariana y su esclava estaban sentadas sobre la cama; jugaban naipes. El capitán permaneció un instante de pie frente a ellas hasta que Mariana lo invitó a que se les uniera, pero el marinero les dijo:

Gracias, señora Marquesa. Me encantaría unirme al juego pero vengo a comunicarle que en poco tiempo estaremos en Guayaquil por lo que le recomiendo que se alisten para desembarcar.

Adolfina, como movida por un resorte se levantó y se dispuso a empacar lo poco que habían utilizado en esos días. Mariana sintió un dolor punzante en el abdomen y dijo:

No quiero desembarcar, ya me estoy acostumbrado al camarote, es más seguro que estar con ese bruto de Gregorio.

Niña, venga la peino, tenemos que estar listas.

Minutos más tarde, Mariana, en la parte exterior del barco observó a los hombres acarrear baúles y maletas para ponerlas en las canoas que iban a abordar. Desvió la mirada hacia el interior del barco y vio salir a Gregorio con la camisa hinchada por el viento, se acercó y le dijo:

Estás linda, Marianita—Le pasó la mano por el cabello mientras le decía—El pelo recogido es lo apropiado para el calor y la blusa de algodón blanca y ligera te sienta bien— miró fijamente el escote descubierto y le acarició los lóbulos de las orejas—Estos aretes de corales son para que estés más bonita.

Ella retrocedió, Gregorio bajó la mirada y le dijo:

No quise ofenderte.

Mariana le dio la espalda y se arrimó a la baranda. Vio una canoa elevarse entre las olas, las aves marinas sobrevolaron la embarcación y volvió a sentir la angustia del día en que quiso huir, ahora era prisionera. Le dijo al oído a Adolfina, que estaba junto a ella recostada sobre la baranda:

Qué extraño es mi marido, dice que me adora y ni siquiera me ha besado—escondió la cara sobre los brazos y continuó—Yo soñaba con un hombre que me llevara entre sus brazos, pero este me cargó como a una muñeca, casi me ahogo.

¿Y cómo se sintió, niña?

Mariana, alzó la cabeza y miró a un lado y otro. Dijo:

No sé, me pareció la cosa más humillante.

 

Ilustración Roberto Bonifaz

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