arco

Señora, el marqués la espera para abordar.—Dijo un marinero que se acercó a ellas.

Mariana se enderezó y siguió al hombre. Horas después, la comitiva de los marqueses de Maenza, compuesta por sirvientes, y barcazas llenas de baúles y maletas navegaba por el Río Babahoyo. En cada embarcación iba un grupo de hombres armados con escopetas, pistolas, dagas y espadas, en la mitad de la caravana, en una embarcación mejor adecuada, iban los marqueses y sus sirvientes más cercanos. El río manso olía a frutas tropicales, por el cielo volaban aves azules y anaranjadas. Mariana, como una niña llena de curiosidad preguntaba el nombre de todo a lo que le contestaban:

Son papagayos, Niña.

¿Y ese olor tan fuerte?

Es cacao.

¿Y esa fragancia?

Es vainilla, Niña.

Sintió sobre la piel los ojos aterciopelados de Gregorio y se preguntó cómo serían cuando estuvieran llenos de ira. Desvió la mirada hacia el follaje de las orillas que se agitaban con unos movimientos extraños, él le dijo:

Son monos.

Mariana movía la cabeza de un lado a otro de las orillas, la barcaza se deslizaba sobre el río oscuro. La embarcación se detuvo y unos hombres la ayudaron a saltar a tierra firme.

Adolfina, vamos a recorrer el lugar.

Las acompañará un peón con machete—Le dijo Gregorio.

Yo quiero ir sola.

No. Estás en la mitad de la selva, irás acompañada.

Mariana se alzó de hombros y tomó de la mano a Adolfina para seguir al hombre que desbrozaba con un machete la maleza de un estrecho sendero húmedo y caliente por donde lo siguieron hasta que se asustaron por el ataque de insectos desconocidos y feroces.

Regresemos ya.

Sí, su merced— El peón se secó la frente con un pañuelo sucio.

Mariana se limpió la cara con el dorso de la mano, el calor era intenso. Cuando llegó al campamento tenía la blusa mojada y el pelo desordenado. Uno de los guías le dijo:

Su merced, la merienda está lista.

Sentada en la silla rústica comió carne de guanta con arroz blanco y limonada fresca, un farol iluminaba la mesa. Acercó el vaso a la boca cuando vio a un hombre hablar al oído de Gregorio que asintió con la cabeza. Mariana, con el vaso cerca de los labios regresó a ver a los guías que se sentaron en círculo, sacaron sus guitarras y tocaron notas cadenciosas. Bebió la limonada de un trago y siguió el ritmo con el pie hasta que sintió un gran cansancio y regresaron a la barcaza para dormir. Esa noche, recostada en la hamaca vio a través del tul a las cucuyas alumbrando la oscuridad de la selva y escuchó cantar a las cigarras. Se durmió con la fragancia de la selva mientras los hombres armados hacían turnos para custodiar su sueño.

Cuando Mariana despertó habían anclado en otro pequeño embarcadero, llamó a Adolfina que la ayudó a calzarse y bajar a donde estaban los demás junto a unas brasas improvisadas Adolfina dijo:

Niña, venga conmigo a un vado pequeño para lavarnos sin que nos vean, caminé tempranito por aquí y descubrí el sitio.

Siguió a la esclava hasta llegar al vado, se detuvo para examinar el lugar con atención, no lo pensó dos veces y se desnudó. Caminó con cuidado y se sumergió en el agua transparente.

Ven, Adolfina. Aquí tenemos piso, no nos vamos a ahogar.

Adolfina tenía miedo pero la alcanzó y se bañaron en el agua fresca.

Qué delicia, me encanta esta quietud—Dijo la marquesa y miró las copas frondosas de árboles desconocidos.

Sí, niña. Parece que la corriente nos acaricia la piel.

Hay tanta vida en esas ramas.

El momento se rompió cuando escucharon a Gregorio gritar:

¡Mariana, ven a desayunar!

¡Ya voy. No vengas!

Salieron desnudas y Mariana gritó cuando vio a Gregorio parado frente a ellas, se tapó con la blusa que recogió del suelo, él le dijo:

Apúrate que tenemos que continuar el viaje.

Adolfina se puso al apuro el vestido que dejó sobre una rama, dijo:

Venga Niña, la ayudo a vestirse.

Qué ropa tan rara.

Tendrá que ir vestida de hombre, me han dicho que vamos a pasar por sitios difíciles donde hay insectos peligrosos.

Mariana salió de los matorrales, vestida de hombre, con botas de cuero que le llegaban a las rodillas; los hombres, que estaban preparando café y bolones de verde, se quitaron el sombrero para saludarla , Gregorio la miró y le indicó donde debía sentarse. Ella estiró las piernas sobre la estera que habían puesto sobre el suelo húmedo, alargó las manos y aceptó un bolón de verde que devoró y jugo de naranja recién hecho. Vio un montòn de costales llenos de limones, naranjas, choclos, plátanos verdes. Debe ser para el desayuno de tanta gente, pensó. Unos caballos pastaban mientras ellos desayunaban, los loros gritaban entre las ramas y Mariana tomó café negro con azúcar junto al río que se deslizaba perezoso.

Cuando terminaron el desayuno, Gregorio se levantó y dio órdenes de montar, se aproximó a Mariana y tomándola entre sus brazos la colocó sobre la montura que olía a cuero nuevo, ella se olvidó de sus malos modales y sostuvo las riendas del caballo con una emoción que no conocía. A pesar de ser prisionera se sentía más libre que nunca, unos monos aulladores jugaban en las copas de los árboles sobre su cabeza. Comenzó la marcha, Adolfina iba a su lado vestida también con pantalones y botas altas, iba contenta hasta que vio los los caimanes brillando en la orilla donde habían desayunado y pensó que estaba soñando.

Mariana sintió el resoplar de los caballos, los hombres unas veces los apuraban y otras los calmaban con palabras suaves y les palmoteaban. Gregorio, desde su silla disparaba su arma de caza derribando guantas, dantas y pavitas que utilizarían para la comida. Ella observaba en silencio su pericia y puntería certera. Ese anochecer se detuvieron en un claro cerca de una cabaña.

Mariana, vamos a descansar aquí hasta que arreglen la choza.

Desmontaron, Mariana se sentó y exhaló un suspiro, unos hombres entraron en la casita para arreglarla. Gregorio, sentado con las largas piernas desparramadas sobre una estera, apoyó la cabeza sobre un tronco para mirar el cielo estrellado y la luminosidad de la bóveda celeste. Los hombres llevaban sombrero de paja a pesar de que era de noche y un grupo se puso a rasgar las guitarras y tocar cajones limeños

El sensualismo de la selva se apoderó de Mariana que se sintió incómoda con la virilidad que exudaba Gregorio recostado sobre la estera con la cabeza apoyada sobre un tronco. Un miedo instintivo se apoderó de ella y se sentó con brusquedad, lo observó con suma atención, como si nunca lo hubiera visto antes. Cuando vio que tenía los ojos cerrados, se inclinó con cautela y examinó el cuerpo fuerte, las manos poderosas y el corazón le palpitó de una manera desconocida. Se sentó con la espalda recta y alzó la mirada al follaje que parecía respirar como un ser vivo. La música le entró por los poros y comenzó a marcar el ritmo con los pies y las manos. Se levantó y tomando a Adolfina por la cintura se pusieron a bailar mientras los sirvientes y guías les hicieron ruedo. Gregorio abrió los ojos y se sentó, ella se le acercó y le dijo:

Baila conmigo—Trató de disimular el tumulto de sensaciones que se agolparon dentro suyo.

Yo no bailo.

¿Me vas a dejar plantada delante de tus hombres, vas a dejar que tu esposa baile sola con su esclava?

Entonces, él se puso de pie y tomándola por la cintura la guió de una forma que ella no conocía, se dejó llevar y se llenó de perfumes desconocidos y luz de luna. Estaba borracha de placer y pensó que ni el mejor baile de Lima podía compararse con la música y las luces de las cucuyas que alumbraban los árboles y la trenza de su pelo. Perdió el sentido de la realidad y bailó bajo los guayacanes y los caoba. La selva y el contacto con el cuerpo brioso de su marido le despertaron anhelos y deseos que le llegaron de un lugar oscuro de su mente. La música paró y Gregorio tomándola de la mano regresó a donde estaban los demás. Bebieron limonada.

¡Qué sed!

Dejaste vacío el vaso—La miró y le dijo—Estás encendida.

Es por que hace mucho calor, quiero más.

Gregorio ordenó más limonada y se sentaron nuevamente alrededor de la fogata. Mariana se puso a tiritar, un frío intenso le secó la boca y le cortó el aliento, Gregorio la envolvió en un abrazo y le preguntó:

¿Qué te pasa?

Tengo mucho frío—Contesto temblando.

Pero si hace calor, hace un instante estabas sofocada—Le contestó con una voz ronca que acabó por turbarla más.

Ella reclinó su cabeza sobre el torso poderoso y cerró los ojos, no sabía lo que quería pero un deseo turbio la comenzó a enloquecer y no se dio cuenta del delicado movimiento de un grupo de sirvientes que arreglaron una especie de habitación dentro de la cabaña. Gregorio le dijo:

Vamos, es hora de descansar.

Sí, tengo un frío intenso, creo que es por el cansancio del viaje—Embriagada de aromas exóticas, se dejó llevar bajo la luz de las estrellas y el canto de millones de insectos desconocidos, había un misterio flotando en el aire denso y cálido.

Entraron en la cabaña donde una vela solitaria dejaba ver la cama en la que él se sentó y la colocó sobre sus rodillas. Mariana se perdió entre su pecho y tembló de frío. Él le dijo:

Te quiero, confía en mí—La sintió estremecerse..

Con sumo cuidado la tomó del cabello para obligarla a mirarlo, ella bajó la mirada asustada. Él le beso los párpados que palpitaron bajo su boca. Mariana se sintió desvalida, cada beso era un hierro candente que le marcó la piel y sin darse cuenta estaba tendida sobre la sábana áspera. Él le quitó la ropa y vio sus ojos asustados, le besó en los labios para callar cualquier gemido y la sintió entregarse y desvanecerse entre explosiones que se escapaban de su cuerpo derretido en una fiebre abrasadora.

La mañana entró por las hendijas de la puerta. Gregorio se despertó con Mariana enroscada en su cuerpo. Le acarició el pelo y sonrió admirado de su figura perfecta, le pasó la mano sobre su desnudez y se conmovió al sentir la tersura de su piel. La tomó entre sus brazos y ella, como una flor, se abrió al calor de sus besos y a sus manos que la acariciaron hasta enloquecerla

Tendidos sobre la cama tomaron aliento y un momento después, Gregorio se apoyó sobre el codo y mirando la cara luminosa de Mariana, dijo:

Ha sido la noche más maravillosa de mi vida

¿Te parece?—Le preguntó ella y continuó—Ya amaneció, me siento bien cuando hay luz.

¿No te hice daño?

Ella no contestó al instante, pero luego dijo:

Me gustó demasiado.

Gregorio se sintió confundido, jamás una mujer le había hablado así, ni había reaccionado con tanto desparpajo. La noche anterior estaba asustada; era el primer hombre que la había poseído, y sin embargo, en ese instante parecía tan dueña de la situación. Ella se liberó de su abrazo y caminó desnuda, la larga trenza cobriza estaba casi deshecha, se paró de puntillas, estiró los brazos y dijo sin mirarlo:

¿Habrá otra poza o un sitio en el río donde pueda bañarme como lo hice ayer? Me gustaría hacerlo con Adolfina, no quiero bañarme contigo—Se cubrió con una tela que encontró tirada por ahí, lo miró a la espera de su respuesta y observó insectos extraños caminando por la pared.

Claro, éste viaje lo hago muchas veces y las chozas que levantamos están cerca de un sitio para asearse, puedes ir con Adolfina.

Gregorio pensó que era él el que había perdido su virginidad, se vistió con la ropa que estaba desparramada y salió. Ella movió con el pie la camisa que le habían arrancado la noche anterior y una enorme conga se escurrió entre sus pies. La esclava entró con ropa nueva y un jabón para el aseo, salieron del cuarto y recorrieron un corto sendero para llegar a una poza limpia donde se sumergieron y se echaron agua a la cara.

Ilustración Roberto Bonifaz

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