VIAJAR

 

Niña, usted durmió con el amo—Bromeó Adolfina.

Sí, Adolfina. Dormí como un angelito, no me desperté ni una vez en la noche.

Los ojos de Adolfina le brillaban tanto que Mariana le salpicó agua en la cara y le dijo:

Quiero que me laves bien, que mi pelo huela rico y no me quede rastro de sudor.

Claro, vamos a la orilla para jabonarla.

Mariana, salió y en la orilla se dejó enjabonar, se sumergió otra vez y se quedó largo tiempo mientras el sol destellaba sobre su piel. La selva fluía como un río cálido por su sangre y el agua la acariciaba con la suavidad de un tormento lejano que apenas podía vislumbrar. Sin embargo, la vida esperaba afuera sin ningún miramiento y Adolfina, desde la orilla dijo:

Venga que la voy a secar y vestir para que se sienta fresca y aliviada.

Le hizo la trenza y la vistió con el mismo atuendo de hombre y botas largas. Para que no se metan las hormigas, pensó. Así llegaron las dos a desayunar sin pasar palabra con nadie. Gregorio miró a Mariana como a una aparición luminosa en medio de la selva. El aire era cálido y húmedo, comenzaron a caer las primeras gotas.

Está cayendo una garúa, niña. Póngase este poncho para las lluvias—Le dijo un peón que llevaba un machete al cinto.

Mariana tomó café caliente y un revuelto de huevos con choclo.

Cuando los marqueses estuvieron listos, volvieron a montar los caballos descansados. Un grupo de indios descalzos y cabello largo se habían unido al grupo, Mariana acercó su caballo al de Gregorio  y le preguntó:

¿De dónde han salido esos?

Vienen para transportarnos por los riscos, no podemos viajar sin ellos.

¿Son de las haciendas?

Sí, son de la Sierra.

¿Todos tus viajes son así de sincronizados?

Este es más elaborado porque vienes tú.

Continuaron mientras el paisaje iba cambiando; se volvía más difícil y no dejaba de llover. Luego de horas de ir paso a paso entre lodazales y lechos de ríos secos, se detuvieron ante un risco imponente, Mariana midió con la mirada el peligro y tuvo miedo. A una orden de su esposo todos desmontaron, se sintió inquieta al comprender que debían cruzar la pared de piedra, que no había otra salida. Tragó saliva cuando vio a los indios colocarse la carga a sus hombros, Gregorio se le acercó y le dijo:

Mariana, será mejor que te dejes cargar por uno de los indios, cruzar este precipicio es peligroso.

No, yo cruzo a pie, no me confío del caballo y no quiero ir cargada por nadie. Adolfina me seguirá.

Adolfina quiso protestar pero no se atrevió, no sabía a qué le tenía más miedo, si a su amo o al precipicio, decidió seguir a la marquesa.

Insisto que es mejor que te dejes cargar, aunque, si te sientes más segura de cruzar con tus propios pies hazlo.

Caminaban por el estrecho desfiladero, las dos jóvenes avanzaban con las manos asidas a la roca que a veces se hacía muy lisa. Mariana sintió el vuelo de un cóndor y gritó:

¡Un cóndor está sobrevolando sobre mi cabeza, me quiere picotear, me mira con los ojos feroces!

Mariana, el cóndor no nos está sobrevolando, estás asustada y crees ver cosas que no son—Le gritó Gregorio que iba a la delantera.

¡No doy un paso más, el río me va a devorar!—Se dejó caer sobre el piso pedregoso y escarpado, sus manos sangraban.

Gregorio, con dificultad llegó donde estaba arrodillada y trató de levantarla, pero ella no se dejaba ayudar, estaba conmocionada. Él le gritó:

¡Levántate y no mires abajo, por una vez en la vida obedece lo que se te dice, si miras hacia el río sentirás vértigo, mira a la pared. Levántate!

Mariana escuchó a Gregorio como un eco lejano, confundido entre el viento y el bramar del río, lo volvió a escuchar y esta vez su voz fue más poderosa que el encantamiento que estaba sufriendo. Tomó la mano de Gregorio y se levantó, Adolfina, que se había quedado estática como una piedra, la siguió como sonámbula. El tiempo pasó con lentitud y el miedo rondó por todo lado, al fin se terminó el desfiladero y llegaron a un sitio plano alumbrado por la luz del sol. Mariana caminó lo más que pudo para luego dejarse caer sobre la hierba húmeda, cerró los ojos y respiró hondo, asombrada de estar con vida. Gregorio se sentó a su lado y le dijo:

Has sido valiente, lograste que atrás siguieran Adolfina, las mulas y los indios sin que hayamos tenido ningún percance—Le besó en la frente y le dijo en un susurro—No sé qué hubiera sido de mí si te pasaba algo.

Me da pena haber hecho toda una escena, te hice pasar un mal momento.

No, todos tenemos el mismo miedo, es fácil caer en pánico, pero te portaste tan valiente que ayudaste a todos. Le besó la mano lastimada y continuó—Me preocupan tus manos.

Sólo quiero descansar.

Gregorio se levantó y la ayudó a ponerse en pie para llevarla entre sus brazos hacia una choza que servía como tambo para descansar. En el interior casi no se podía ver; tuvieron que esperar un momento hasta acostumbrase a la penumbra, después la ayudó a sentarse sobre una silla de madera rústica. Uno de los hombres trajo un cuenco con agua y una pastilla de jabón que entregó a Gregorio, Mariana observó la tensión en el rostro y cuello mientras le lavaba las manos, el agua mezclada con el jabón cayó al piso de tierra formando un pequeño charco. Gregorio le limpió las manos y luego de aplicar un ungüento, se las vendó.

Es hora de que descanses y duermas todo lo que puedas—Le dijo Gregorio y la ayudó a acostarse en el catre.

Cuando se quedó sola cerró los ojos e intentó dormir. Su mente estaba nublada y a lo lejos escuchó las voces de los hombres y el trote de las mulas que llegaban a salvo del cruce del precipicio. En el interior de la choza olía a tierra, agua, ponchos y sudor de caballo. Afuera silbaba el viento entre la paja y sin darse cuenta se durmió.

Se despertó descansada y con la extraña sensación de haber sobrevivido. Se levantó y después de limpiarse con la ayuda de Adolfina salió a ver qué era el alboroto que se oía afuera. Desde la puerta de la choza, observó a su marido rodeado de muchos sirvientes que habían venido de sus haciendas, recordó con pesar la selva y los ríos cadenciosos y la música de percusión y sensualismo. Había conocido el amor bajo el embrujo de la selva. Cuando Gregorio la vio, se acercó a ella y le dijo:

¡Qué alivio que tus manos estén mejor—Le acarició el cabello y continuó—vamos a desayunar, luego debemos ponernos los ponchos y lo necesario para el ascenso.

¿Todavía no ascendemos?

No, el risco fue el comienzo, bajaremos un poco antes del verdadero ascenso.

¿Se va a poner peor?

Puede que sí, pero no te preocupes, estás bien cuidada—La aproximó a su pecho y continuó—Además eres valiente.

Mariana sonrío y le besó en la mejilla. Entrelazados por la cintura se dirigieron a donde estaban los hombres que preparaban la comida en una tulpa humeante. Probó un poco, pero no le gustó, Gregorio la tomó de la mano y le ordenó:

Come, que necesitas muchas fuerzas.

Mariana preguntó:

¿Qué es esto?

Mote con ají, tostado y caca de perro.

¿Tengo que comer caca de perro?

Sí, es maíz tostado con raspadura, ayuda con la altura, es más, llevaremos mucho de esto en las alforjas—Rió al ver la cara de su mujer

Mariana vio que la mayoría de los sirvientes eran indígenas. Adolfina comía tranquilamente hasta que Gregorio la llamó para ordenarle:

—Ve a recoger la ropa que te van a dar y luego ayudas a Mariana a vestirse en la choza.

Adolfina obedeció y entró en la choza donde un sirviente le entregó un bulto con ropa, le dijo:

Aquí está la ropa de la señora, el poncho, los zamarros de chivo, las mascarillas de seda, los guantes, sombreros, también hay ropa para ti, se visten con ropa ligera que aún nos toca viajar por sitios donde hace calor, la ropa de abrigo la pongo en las alforjas de los caballos por si llueve o hace frío.

La esclava tomó el bulto, agradeció con una sonrisa y entró en la choza donde ya la esperaba su ama, mientras la vestía la sintió temblar un poco. Cuando terminaron, Mariana le dijo:

Ahora vístete tú.

Momentos después, la comitiva cabalgaba por la sierra, Mariana se mantenía alerta en esa tierra tan extraña y desigual donde en cuestión de minutos cambia el clima y el paisaje. Nada es igual, parece que un desfiladero acaba con el camino y de repente se abren hondonadas entre montañas que dan un miedo…la selva cambia de tórrida y tropical a bosques que se pierden en la niebla, pensó. Cambiaban de caballos cada cierto tiempo. Habían descendido un poco, todavía no llegaban a las tierras altas. Ese mediodía hacía calor y dijo:

Necesito ayuda para quitarme el poncho.

Te quitas el poncho pero las mascarilla no—Le dijo Gregorio.

Pero me sofoco, a duras penas puedo respirar.

Todo el mundo puede respirar. El sol, el viento y los mosquitos lastiman la cara, nunca se sabe qué bicho raro te puede atacar.

Qué extraño, pasamos del frío al calor, de ríos tumultuosos a bosques de chaparro.

Estamos subiendo del nivel del mar a las alturas de la Provincia de Quito.

Nunca he visto tanta montaña, no se ve el horizonte.

Estamos en el corazón de Los Andes—Gregorio paró su caballo y rozó los estribos de Mariana, le dijo—Son estribaciones de la cordillera; cada cierto tiempo se abren pequeños valles, como el que transitamos en este momento.

El entorno cambió y cabalgaron por parajes de agua y cascadas, plantas y flores desconocidas que a Mariana le parecieron vibrantes de luz. Se estremeció al sentir su soledad en esa región bella y extraña que se le aparecía cuando el sol disipaba la neblina. El silencio interrumpido por los cascos de los caballos, el murmullo del agua y el aleteo de los quindes le despertaron el deseo cada vez que el caballo de Gregorio rozaba el suyo. Al atardecer se detuvieron junto a una casa con techo de paja, Mariana vio a la distancia a una mujer madura que los esperaba, unos hombres acarreaban leña y agua. Desmontaron con la ayuda de dos sirvientes que se llevaron los caballos.

La mujer se acercó y les dijo:

Bienvenidos, sus mercedes, ojalá haya sido bueno el viaje—Se deshizo en reverencias.

Mariana le devolvió el saludo con una sonrisa y Gregorio dijo:

Julia, trae dos toallas de lino que vamos a refrescarnos en las termas.

Sí, su merced, aprovechen ahora que dejó de llover, ha de durar sólo un rato así que les traigo las toallas rapidito.

Mariana, apenas tuvo tiempo de vislumbrar el interior de la casita, cuando Julia llegó con las toallas. Gregorio se las echó al hombro y la tomó de la mano, le dijo:

Vamos, te voy a enseñar unas termas calientes que hay escondidas ahí cerquita.

Dos sirvientes se apresuraron para acompañarlos, pero Gregorio, con una señal los mandó a regresar, Mariana sintió un vuelco; creyó que pisaba nubes. Todo se nubló y tuvo miedo de perderse, pero avanzó silenciosa y a ciegas guiada por la fuerte mano que la hacía sentir segura. El camino era difícil, hacía calor y comenzó a sudar. Gregorio le dijo:

No te preocupes, conozco éste lugar como la palma de mi mano—La soltó un momento para apartar unas ramas y continuó—Compré ésta propiedad porque viajo mucho y necesito sitios con comedero para las bestias y un lugar para refrescarme, es el paraíso.

De pronto, apareció el sol y rasgó la niebla disipándola, Mariana exhaló un suspiro lleno de admiración, nunca había visto algo parecido:

Es un lugar entre las nubes—dijo

Sus ojos se llenaron de colores, la luz se desplazó por las ramas de la vegetación señalando sitios impenetrables, era como si un espíritu oculto y sin embargo tan familiar se estuviera comunicando con ella. Tenía lágrimas en los ojos cuando él le dijo:

Esta impresión siempre se repite, algo se aparece de improviso.

¿Algo como qué?—Preguntó ella.

Sólo observa—Le dijo mientras se detenía.

Mariana recorrió con la vista flores de colores tan intensos que no parecían reales, un aroma delicado la aturdió y una mariposa azul se posó junto a una gota de agua que brilló bajo el sol. Gregorio le dijo:

Ven, todavía no has visto lo mejor—La condujo por un sendero estrecho bordeado de helechos gigantes y palmas.

¿Qué son esas flores que parecen vivas? Las que están enraizadas en los troncos de las palmas.

Son orquídeas, las más bellas del mundo, fíjate cuánta delicadeza.

Llegaron a un recodo y apareció una cascada que llenaba tres pozas de agua cristalinas de color verde turquesa, los colibrí tornasoles de cola larga y las mariposas de colores, revoloteaban entre las flores seductoras llenando el espacio de una atmósfera reposada y a la vez perturbadora.

¡Qué belleza, Gregorio! El agua debe estar helada.

No, el agua es muy caliente, casi que no hay como bañarse, pero la cascada fría la refresca, se pone deliciosa—Dejó las toallas de lino junto a unos matorrales y la llamó—Ven, vamos a tomar un baño refrescante y relajante, es la mejor manera de quitarse el cansancio del viaje.

Mariana, atrapada por la magia casi mística del lugar se acercó a su marido que le acarició el cabello y la besó en la boca mientras le quitaba la ropa, cuando los dos estuvieron desnudos se sumergieron en el agua, él le dijo:

Primero la poza de agua templada

Deja que vea si hay piso—Dijo Mariana, temerosa de ahogarse.

Claro que tienes piso, el agua no es profunda, ven.

Ya voy, sé que tengo que obedecer o me cargarás otra vez como a una muñeca.

Sí, cualquier rato se vuelve a nublar y perderemos esta maravilla.

Se sumergieron por unos instantes, el la miraba con intensidad, ella como atraída por un poderoso imán le ofreció su boca, él la besó con pasión, le jabonó el cabello y el cuerpo entero, ella preguntó:

¿De dónde sacaste ese jabón?

Estás tan distraída que no viste que lo saqué de mi alforja.

No pudo contestar, estaba otra vez bajo su dominio y a duras penas podía respirar, cerró los ojos para que no se le entrara la espuma, él la soltó por un momento para jabonarse y luego arrojó el jabón entre los matorrales. La tomó entre sus brazos y la sacó del agua, pensó que debía ser muy fuerte para salir de esa manera con el peso suyo. La acostó sobre las anchas toallas de lino y la poseyó con ardor, ella le correspondió con besos en la boca y en el cuello húmedo, el murmullo de la cascada aplacó su grito. Después de un corto reposo, Gregorio le dijo:

Vamos otra vez al agua—Y sin esperar respuesta la tomó de la mano y volvieron a sumergirse.

¿Te gusta tu nuevo hogar, marquesa?

Hasta ahora, sí. Habrá qué ver cómo es lo demás.

Eres insoportable—Y riendo, Gregorio la hundió en el agua, ella luchó por salir pero sólo lo pudo hacer cuando él la soltó.

Y tú eres un primitivo provinciano—Le dijo riendo y le salpicó la cara.

Ahora vamos a la más caliente.

Sin darse cuenta, Mariana estaba sumergida en un agua mucho más caliente, sintió que se le enrojecía el rostro, él le dijo:

Ahora, a la cascada—Sin esperar respuesta la arrastró hasta la cascada que caía como destellos de plata, resplandeciente y energética.

Mariana sintió el poder del agua fría que le quitó el aliento, pero no pudo moverse porque él la mantenía sujeta. Un momento después salieron y se secaron con las toallas, los colibrís revoloteaban entre el néctar de las flores que se ofrecían generosas. Se vistieron y emprendieron el camino de regreso, él le dijo:

Éste es un lugar nublado, un bosque de las estribaciones de las cordilleras, por eso no ves árboles tan altos como en la selva, pero aquí hay tanta flora y fauna que he visto a europeos quedarse sin palabras ante tanta vida—La acercó en un abrazo tierno y le dijo—El sitio está lleno de orquídeas, la flor más hermosa del mundo—Arrancó una y se la puso en el cabello húmedo, le dijo—Para que huelas al hogar y nunca te pierdas en él.

Gregorio le señaló los árboles, ella trató de absorberlo todo:

Mira, éste es un cedro, éste un arrayán rojo, un motilón, un matapalo—La miraba de reojo y le decía —Estas son bromelias, mira, hay rojas, amarillas y rosadas.

Mariana miraba las flores vibrantes que sobresalían entre las hojas de un verde intenso. De pronto vio algo que le pareció una piedra preciosa, una esmeralda, señalando con el dedo le dijo:

—Hay esmeraldas

Son sapitos

No sabía que un sapo pudiera ser tan hermoso

Aquí todo tiene esa belleza que sólo se ve con la luz que cae del cielo cuando no está nublado.—Continuaron en silencio, tomados de la mano.

Llegaron a la casa y vieron que los hombres habían hecho su campamento en un potrero alejado, los caballos pastaban tranquilos. Adolfina salió a recibirlos, Gregorio le dijo:

Acompáñala y sécale el cabello, no puede dormir con el pelo húmedo—Con su mano estiró la larga cabellera de Mariana que se estremeció ligeramente.

Sí, amo—Contestó la esclava y condujo a la marquesa a su habitación.

Ilustración Roberto Bonifaz

Anuncios