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Cuando las dos entraron a la alcoba, Mariana se sentó frente al sencillo tocador de madera para que Adolfina le secara el cabello y colocó la orquídea en un recipiente de caña guadua llena de agua y preguntó a Adolfina:

¿Y tú, qué hiciste?

Salí a lavar ropa con las muchachas de la finca y aproveché para bañarme—Le sonrió a través de la luna del espejo, la orquídea exhaló un fino aroma.

Pensé que las orquídeas no tenían perfume, pero esta huele a naranja.

Cualquier cosa puede pasar en éste rincón del mundo.

¿No te asusta tanto soldado? No me gusta mirarlos a la cara siento que son mis carceleros.

No, son muy correctos, obedecen al amo sin chistar.

Adolfina, no sé qué hacemos aquí, ni me entiendo a mí misma. Soy prisionera, no pudiera huir ni aunque viniera por mí el ejército de Lima—Sonrió ante el espejo y continuó—Mi marido tiene mando sobre las tropas y es tan acaudalado que nadie osaría contradecirlo.—Miró pensativa a la orquídea que parecía enviarle mensajes sutiles, difíciles de descifrar y dijo—Es un aroma extraño, no sólo huele a naranja…Se está metiendo en mi piel, me siento un poco mareada.

Un sentimiento de indefensión se le instaló en el corazón y sin poder evitarlo se puso a llorar. Adolfina le dijo:

¡Ay, Niña! Nunca la he visto así, usted ha tenido pataletas, ha roto objetos en un arrebato de iras, pero llorar y temblar como ahora nunca—Se arrodilló junto a ella y le tomó  las manos heladas, continuó—Niña, está usted muy cansada, éste viaje es agotador.

Adolfina la vio tan vulnerada, frágil e indefensa que la abrazó para contagiarle un poco de su calor, le puso un pañolón grueso alrededor de los hombros. Le dijo:

Su cabello ya está seco, ahora tiene que calentarse, voy a traer alguna agüita para que se abrigue.

Salió con paso apresurado en busca de la señora que cuidaba la casa, la encontró en la cocina preparando la cena de los amos, se acercó asustada y le pidió:

Por favor, señora. La niña está temblando, tengo miedo que sea fiebre.

No creo, pero con todo le voy a preparar una aguita de raspadura con hoja de naranja agria, es lo mejor. Ya verás que enseguida se pone bien—Avivó la candela del fogón y puso a hervir agua con raspadura.

Adolfina salió a coger hojas de limón y naranja agria y regresó mojada por la fina llovizna, la neblina lo cubrió todo y tuvo miedo de extraviarse. Cuando llegó a la cocina, Julia dijo:

Hay que avisar al patrón, si le pasa algo a la niña nos mata.

Al oírla, Adolfina se puso a temblar y se quedó sin habla cuando oyó los pasos del amo que entró en la habitación y dijo:

¿Qué pasa? ¿De qué no me he enterado yo?

Adolfina no pudo responder y fue Julia la que dijo con las manos entrelazadas sobre su delantal:

Patrón, la niña está con mucho frío y la Adolfina vino para que le prepare una aguita caliente—Se acercó al fogón y le enseñó la olla que hervía y olía a cítricos.

¿Le secaste el cabello, Adolfina?

Las palabras no salieron de la boca de Adolfina, que miró al suelo sin poder responder. Gregorio vio que las manos le temblaban y le dijo:

Tranquila, Adolfina—Le pasó la mano por la cabeza —Cualquier cosa que tenga Mariana no es tu culpa, nadie te va a castigar, toma la taza de agua de panela con limón y vamos a verla.

Adolfina, con la cabeza a punto de explotar siguió a Gregorio a través del pequeño pasillo. Al final del corredor había una ventana abierta por donde se veía al barranco y la llovizna cayendo con tristeza. Apenas Gregorio entró en el cuarto, se dirigió a la cama donde estaba Mariana. La incorporó y la sostuvo entre sus brazos mientras le decía:

Marianita, estás muy cansada y con frío, tómate esta agua—le besó en la frente y le dijo—está dulce y rica, te va a calentar, ya verás.

Gregorio tomó la taza que le dio Adolfina y comenzó a darle cucharaditas. Dijo:

El viaje es muy duro; la selva, los mosquitos, los caminos imposibles, los riscos, pasar de una altura a otra—Le daba aguita—Pasamos del calor de la selva al frío del páramo y ahora hemos bajado a un bosque nubloso, es agotador.

Ella tomó el agua dando diente con diente, por fin se terminó la bebida y Gregorio sin regresar a ver entregó la taza y la cuchara a Adolfina, que salió al instante. Cuando se quedó a solas con Mariana, la metió en la cama, se acostó junto a ella y la abrazó mientras le decía:

No vamos a emprender el regreso hasta que te sientas bien y descanses lo suficiente—La sintió ahogarse en lágrimas, entonces le ofreció un pañuelo que tenía en su bolsillo, ella continuó llorando.

Un sueño reparador es todo lo que necesitas, ahora en esta cama con sábanas limpias y buen colchón vas a poder dormir mejor.

Me da miedo tanto soldado—Dijo ella entre sollozos

No seas tonta, están aquí para cumplir tu más mínimo deseo; abrir caminos antes que tú pases, ayudarte a vadear un río,  hacerse cargo de tu caballo y tener listo un baño en cualquier sitio por difícil que sea. Han abierto trochas para que pases tranquila sin que un espino se enrede en tu cabello.

Cuando salí de Lima pensé que eran sirvientes; cimarrones contratados. Poco a poco me fui dando cuenta que eran soldados. A veces me siento asustada y me da miedo tanto fusil, tanto cuchillo.

Mariana, si alguien llegara a hacerte daño, lo fusilo frente a todos—La sintió asustarse más y le dijo riendo—Lo digo en sentido figurado para que veas que tengo el poder de castigar al que se atreva a faltarte el respeto, al que te mire a los ojos sin tu consentimiento. En cuando a los soldados, algunos lo son, pero los demás son mis sirvientes personales.

Gregorio se dio cuenta que Mariana se había quedado dormida entre sus brazos, la besó en la frente y acomodó las almohadas y cobijas. La miró extasiado y le dijo quedito:

Vas a dormir como un angelito; el cansancio del viaje, el baño caliente, la chorrera helada, el amor entre los matorrales y el agua de raspadura no van a dejar que te despiertes hasta bien entrada la mañana.

Calculó que debían ser cerca de las seis y media de la tarde; si su mujer dormía hasta las ocho del día siguiente podrían continuar el viaje. Ardía en deseos de llegar a la Ciénega donde ya debía estar José con lo que habían comprado en Lima. Iba a encaminarse hacia donde estaban sus hombres, pero se sintió un poco cansado así que entró en la cocina y dijo:

Julia, quiero que me des cualquier cosa para comer, mis hombres lo harán en el campamento.

Enseguida, señor—La mujer se acercó al fogón y revolvió un potaje que hervía por horas.

En ese momento entró la esclava y se quedó de una pieza cuando vio al Marqués de Maenza  esperando por un plato de sopa, pensó retirarse, pero él le dijo:

Adolfina, ven a tomar un plato de sopa conmigo.

Al escuchar aquello, Julia se estremeció, jamás había servido a una esclava, Gregorio la observó y dijo:

Tú también Julia, hazme compañía. Adolfina ayuda a la señora a poner la mesa.

Pero señor, jamás nos sentaríamos con usted, eso sería una falta de respeto—Objetó Julia con el plato en la mano.

¡Bah! No quiero comer solo.—Tomó grandes cucharadas de sopa sintiendo que él también estaba muy cansado.

Julia y Adolfina comían en silencio, tímidamente. Cuando Gregorio terminó, las dos se levantaron y le preguntaron a la vez:

¿Desea algo más, señor?

No, estoy bien así—Regresó a ver a la esclava que mantenía la mirada baja, le dijo—Adolfina, quiero que descanses bien esta noche—volviéndose a Julia le ordenó—Prepara una cama limpia para ella, está muy cansada.

¿Preparo la cama para la esclava?

Sí.

Yo lo puedo hacer, señora—Dijo Adolfina con voz bajita.

Julia, ven conmigo para revisar mi cuarto—Al entrar al dormitorio, se arrimó a la puerta y dijo—Vas a hacer la cama de Adolfina porque está a punto de morirse de cansancio y porque así lo mando yo.

Sí, su merced.

Cuando se quedó solo se acostó y se quedó dormido con la misma ropa, bajo la fina sábana. Sin embargo, una sombra oscura le cruzó la mente y en su sueño Mariana le dijo que no lo amaba, que estaba asustada y quería regresar a Lima. A la madrugada se despertó y se sentó al borde del lecho con la mirada fija en la luz de luna que se desplazaba por el piso. Un dolor intenso se instaló en su pecho y se tapó la cara con la mano para no ver más luz de luna, así estuvo un rato hasta que volvió a acostarse y se quedó sumido en un sueño profundo y oscuro.

Mariana despertó y poco a poco fue tomando consciencia del lugar donde estaba, un aire húmedo entró por la ventana y llamó:

¡Adolfina!

La esclava entró con la ropa de viaje, Mariana le dijo:

Se nota que has dormido bien—Mirándose en el reflejo del espejo desgastado continuó—Yo también, ha sido un sueño delicioso—Se estremeció y continuó—Estoy emocionada con lo que me está pasando, siempre es diferente.

Cuando terminaron el desayuno, montaron y continuaron el viaje, el grupo de hombres armados era impresionante. Julia los vio partir y se quedó a solas con su marido:

Vamos a inspeccionar el desbarajuste que deben haber dejado esta gente, no quiero ni pensar en el trabajo que vamos a tener.

Se encaminaron en dirección al campamento y se quedaron sin habla cuando encontraron todo en orden y pulcro, como si nadie hubiera pernoctado una noche entera.

¿Ves la disciplina que impone el marqués?

No me vas a creer, me ordenó hacer la cama para la negrita que trajeron de Lima—Regresó a ver al marido que estaba de pie junto a una cerca y continuó—Me dijo que era una niña cansada, que nadie se preocupaba por ella.

El hombre, que en ese momento se puso a sacar una estaca rota de la cerca dijo:

Todos vivimos en un mundo sin justicia, pertenecemos a los grandes señores dueños de obrajes como el Marqués de Maenza, tenemos que agradecer que nos ha tocado un amo bueno.

Andá, todos son abusivos, tenemos que rompernos el lomo para que vivan como reyes, por más bonito que sea el marqués, es uno de los poderosos, de los más poderosos. Los indios no parecen gente sino animales—Se puso las manos en la cintura y exhalando un suspiro, dijo—mejor me voy a secar la ropa aprovechando el solcito que está haciendo—Se perdió entre los matorrales.

Mariana tuvo, durante el viaje, una habitación siempre limpia y una mula que cargaba la tina para su aseo cuando no había río ni termas. Esta vez habían llegado de noche y no pudo ver cómo era el lugar donde se iba a alojar por lo que tuvo que seguir a un guía que alumbró el camino. Cuando se quedó a solas con Adolfina, se desvistió y se metió en el catre, al comienzo le pareció que las sábanas estaban húmedas pero pronto sintió la calidez de las ropas limpias y el poncho de lana de alpaca. Le dolía el cuerpo por esos días de cabalgar tan difícil por tierras pedregosas lejos de la selva sensual y el bosque de mariposas y flores luminosas. No entendía el comportamiento de Gregorio que se mostraba lejano, las lágrimas comenzaron a rodar sobre las sábanas frías, pero el cansancio le ganó y se quedó dormida.

A la mañana siguiente vio el piso de tierra, la ventana en forma de trapecio y se dio cuenta que estaba en un tambo inca. Recordó que siendo muy niña se había maravillado con las edificaciones incas cuando visitó la hacienda de su tío en el Cuzco. Saltó de la cama y palpó las piedras que encajaban unas en otras sin ningún pegamento, puso la mejilla sobre la superficie de una y le llegó un recuerdo lejano que no pudo precisar; el olor a humo, el sol iluminando las paredes como si las acariciara la obligaron a retirarse y a salió a buscar a Gregorio. La puerta era una tabla sujeta con clavos grandes, la abrió y sintió una bocanada de aire frío tan puro y poderoso que le fue difícil respirar. Volvió a entrar para ponerse el poncho de lana cruda que le había servido de cobija y caminó por la paja dorada que se ondulaba con el viento. La luz era tan intensa y brillante que sus ojos se entrecerraron y vio delante suyo el volcán blanco con destellos azulados. La nieve parecía llegar hasta sus pies, la respiración se le hizo difícil y perdió el sentido del tiempo…Tanta luz

Señora Marquesa—Mariana se volteó y se encontró con uno de los hombres que los escoltaba.

Su merced, por favor es mejor que regrese para alistarse y tomar el desayuno, tenemos que salir lo más temprano posible, el clima se puede volver un problema grande.

¿Qué montaña es?

El Chimborazo, su merced.

Mariana regresó al tambo para que Adolfina la vistiese. En el interior no había ningún espejo, sólo piedras pulidas ensambladas de forma misteriosa, sin uniones ni argamasa. Recordó que un viejo notario del Cuzco le dijo en voz baja, casi en secreto que nadie entendía cómo se las habían ingeniado para unirlas con tanta nitidez y precisión.

La mirada de Mariana se perdió por las paredes oscuras que se iluminaban con los rayos del sol y dijo:

Adolfina, este tambo está tan sometido como yo.

Qué dice mi niña, usted es una reina—Adolfina le señaló la salida y le dijo—Tenemos que apurarnos, dicen que esta es la parte más difícil.

Tomaron agua de raspadura caliente con tortillas de tiesto y se ahogó en pena y soledad. Sintió más hielo en el corazón que toda la nieve del Chimborazo, unos cóndores sobrevolaron removiendo el aire. Oyó a Gregorio dar la orden de montar, ella lo hizo ayudada por el jefe de la escolta. Sintió el olor y calor del caballo bajo el poncho que la cubría, se puso la mascarilla y miró al marqués en su caballo blanco de crin larga. En pleno galope, Gregorio le gritó:

¡A mi estribo, marquesa, a mi estribo!

Ella, sin dudarlo, espoleó su caballo y se colocó junto a Gregorio que no tenía puesta la mascarilla. Observó su aire juvenil y vigoroso. Galoparon estribo con estribo sintiendo el calor de sus cuerpos al rozarse, volaron sobre caballos bien ensillados y riendas de cuero fino. Mariana avanzó por un mundo de luz; la paja dorada se removió al paso de los caballos. Detrás de ellos venían los sirvientes con el apuro de llegar antes de que se desate una tormenta, los caballos no necesitaron la espuela. Mariana batalló entre el remolino de sentimientos que le producía la cercanía de Gregorio y la impresionante naturaleza por donde pasaba. El Chimborazo era imponente y los cóndores sobrevolaban el cielo azul, se volteó en su silla y vio a los jinetes que la seguían como un ejército invasor avanzando sin ningún tropiezo.

Se vieron forzados a bajar la marcha, el piso plano del páramo cambió poco a poco y ahora los caballos, con las orejas tensas iban tentando el camino. Mariana vio la preocupación en la mirada de Gregorio que se puso la mascarilla y le dijo:

Vamos a comenzar el ascenso duro, tendremos que pasar otros desfiladeros—La tomó de la mano y continuó—Tú tranquila que vas en caballo paremero, sabe por donde ir—Pronto tuvo que soltarla porque ahora iban en fila; unos detrás de los otros.

Pasaron desfiladeros, riscos y precipicios, nadie habló y una densa neblina los cubrió, Mariana y Adolfina se pusieron a temblar pero escucharon a Gregorio decir:

No hay por qué asustarse, los caballos ven lo que nosotros no podemos, vamos a seguir con confianza.

Mariana se mantuvo callada, rezando en silencio. Estaba segura que todos hacían lo mismo porque sólo se oyó el silbido del viento, el agua cayendo como cascadas ocultas y el ruido que hacen los pedruscos al caer.

Mariana, tu caballo es el mejor, está acostumbrado a estos caminos, para él es más fácil que andar en plano.

Las palabras le llegaron entrecortadas por el viento pero lograron que se sintiera segura. Respiró aire puro, escuchó los sonidos de la Tierra, los cascos golpeteando el suelo y sintió la fina neblina humedecer su poncho y el sombrero de fieltro con que se cubría. Un silencio insondable yacía en el murmullo del agua y el aroma agreste. El secreto de la vida se escondía entre los riscos y desfiladeros por donde transitaban abandonados a la voluntad de los caballos.

Mariana nunca supo cuánto tiempo pasó en este estado de abstracción hasta que le faltó el aire. El sol comenzó a despejar la niebla y arrancaron al galope por un páramo luminoso, tuvo que ajustar las riendas para bajar el paso y un sueño irresistible la invadió obligándola a cabecear, Gregorio estuvo en un instante junto a ella sujetando al caballo. Desmontó para tomarla entre sus brazos y la ayudó a sentarse en el suelo húmedo, dos hombres se acercaron ese momento para hacerse cargo de las bestias, la cabalgata se detuvo. Gregorio sacó un trozo de raspadura y le dijo:

Estás con soroche, trata de comer un poquito.

Dos hombres se hicieron cargo del fuego y pusieron agua de una vertiente para hacer té de coca.

Mariana no pudo despertar, le dolía la cabeza y una opresión en el pecho le causó temblores, los hombres avivaron el fuego y al rato trajeron el agua de coca endulzada con la raspudura, Gregorio le dijo:

Bebe, haz un esfuerzo.

Respiró tranquilo cuando la vio tomar la taza con sus propias manos y beber despacito, le preguntó:

¿Cómo te sientes?

Mejor, pero todavía tengo sueño y me duele la cabeza—Se puso la mano en el pecho y continuó—Parece que puedo respirar mejor, pero no tengo fuerzas para montar otra vez, estoy rendida.

Gregorio le quitó el poncho y le dijo:

Ven conmigo—Y montó su caballo blanco. Alargó la mano para subir a Mariana y la cobijó con su poncho.

Mariana se arrimó al pecho de Gregorio y se durmió. Cuando despertó no supo si era más peligroso el placer que sentía o los desfiladeros por donde pasaban. Habían cabalgado desde muy temprano en la mañana y al fin, cerca del atardecer sintió al caballo arrancar a galope y entraron en una de las haciendas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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