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El sol del atardecer parecía una llamarada detrás de los árboles de arrayán, Mariana se quitó la mascarilla, pero no pudo incorporarse, el caballo se detuvo y un número de sirvientes que esperaban en los corredores salieron a ayudarlos.

Un sirviente de barba blanca y porte elegante la ayudó a desmontar y ponerse en pie sobre el suelo adoquinado. Se tambaleó y lo siguió al interior de la vivienda, tembló de frío. No vio mucho de los exteriores por el apuro y entró en una habitación iluminada por varios candelabros. Recorrió con la mirada el lecho limpio,  las ventanas de vidrios lavados, el piso pulido y la alfombra de diseños coloridos. Había un espejo de cuerpo entero donde vio reflejada la imagen de una mujer. Se volteó sobresaltada y la desconocida dijo:

Disculpe si la asusté, señora marquesa. No fue mi intención–Hizo una ligera reverencia–Mi nombre es Rebeca y estoy para servirla en lo que usted mande.

Mariana examinó sus modales educados, ropa impecable, el sobrio moño y un anillo de oro y coral en su mano izquierda. La miró a los ojos oscuros y le dijo:

Gracias, tendrás que decirme cómo debo instalarme.

Señora, lo primero que tiene que hacer es tomar un buen baño, en éste momento están llenando la tina, luego le serviremos la cena donde usted ordene, si quiere se la podemos traer a su habitación.

¿Mi habitación?

Sí, señora marquesa, esta es su habitación.

¿Mi esposo no duerme aquí?

El señor marqués tiene la suya. Nos ordenó que tome un baño y descanse para que no le afecte la altura.

¿Dónde está mi esclava Adolfina?

El marqués nos ha dicho que ella también debe descansar—Rebeca suspiró y dijo—La ayudaré yo, en la recamara ya debe estar la bañera lista.

Siguió a la mujer y observó su espalda recta y caminar seguro, le pareció que debía tener unos treinta años. Una puerta con vidrios pequeños separaba la recámara donde había una tina blanca con patas de bronce. Mariana estaba tan cansada que no le importó desnudarse delante de ella, se sumergió en el agua caliente y cerró los ojos. Rebeca la jabonó con suma eficiencia.

Ya estamos listas señora.

Abrió los ojos y la vio con una bata de baño en las manos. Salió de la bañera y dejó que la secara y le friccionara el cuerpo con una loción calmante, le puso una bata de dormir y se metió en la cama. Una sirviente tenía lista una bandeja con caldo de gallina y una taza de té de toronjil. Mariana se tomó la sopa y se bebió el té.

Ahora quiero dormir.

Como mande señora—Contestó Rebeca mientras la ayudaba a acomodarse sobre las almohadas. Preguntó:

¿Apago la vela de su velador?

Sí.

Rebeca ordenó con un gesto de la mandíbula a la sirvienta que apague la vela.

Mariana miró a la joven ahogar las llamas con un apagavelas de bronce, tenía los ojos bien abiertos cuando la vio salir por la puerta y sin darse cuenta se quedó dormida.

A la mañana siguiente sintió que alguien abría las cortinas y un aire fresco entró por la ventana abierta

Lo primero que vio fue a Rebeca vestida igual que la víspera y con la misma actitud de eficiencia que había detectado desde el primer momento que la vio. Se dejó vestir para ir a tomar el desayuno, no preguntó si Gregorio estaba ahí. Al salir le sorprendieron las columnas de piedra, los largos corredores enladrillados y los maceteros de geranios rojos y anaranjados. Siguió a Rebeca por uno de estos corredores y el aire puro la hizo estremecer. Se detuvo y aspiró profundo. Preguntó:

¿A qué huele?

A los quesos que se almacenan cerca de aquí.

Huele a leche fresca—El aroma a campo le gustó—Puedo oler hasta los caballos.

Rebeca se detuvo y abrió una puerta. Dijo:

Ya llegamos.

Mariana entró y se turbó un poco al ver una habitación tan limpia y ordenada en ese lugar apartado del mundo. Sintió una corriente de aire y se estremeció un poquito. Se sentó en el único puesto servido.

Está listo su desayuno, señora—Rebeca se colocó tras la silla.

Mariana miró la vajilla de diseños azules, se fijó en que cada pieza tenía tenía un trazo distinto. De las paredes colgaban cuadros de la Escuela Quiteña que ella reconoció. La encargada de la casa le dijo:

Señora Marquesa, el amo salió a recorrer su propiedad para entrevistarse con el administrador y los mayordomos.

¿Sabes cuándo regresará?

No, Señora. Tenemos instrucciones para que todo esté en orden en el momento en que llegue, nunca preguntamos.

Mariana tomó su desayuno en silencio. Rebeca le dijo:

Señora, el amo me encargó decirle que escriba a su madre para tranquilizarla y comentarle que está a salvo y bien cuidada, debe estar muy preocupada.

Me imagino que ya estará escrito lo que tengo que decir—Miró la servilleta que tenía sobre sus rodillas.

No, señora. El marqués quiere que sea usted la que escriba. En aproximadamente una hora estará aquí un hombre de confianza que sale para Lima y llevará su misiva.

Pues no me siento en ánimo de escribir—Contestó Mariana recostándose en la silla.

En ese caso, el hombre perderá su trabajo, es difícil ganarse la vida en estos días.

La marquesa se enderezó en la silla y con un ademán de la mano y la cara seria dijo:

Está bien, está bien. No quiero ser la causa de la desdicha de una familia, voy a escribir si me dices dónde hay papel y tinta.

Todo está listo en el escritorio.

Mariana siguió a Rebeca por otros corredores hasta llegar a una habitación sobria que hacía las veces de despacho y escritorio. Vio que en las paredes de piedra había cuchillos de monte y cuernos de venado, lo único femenino del lugar era el delicado juego de tintero y plumas blancas que reposaban sobre una mesa de escribir, se acomodó en el sillón de cuero y cuando Rebeca le entregó el papel, dijo:

Puedo quedarme sola.

Por supuesto, señora, espero tras la puerta por si me necesita—Alargando la mano le enseñó una campanita de plata—No tiene que salir para llamarme, baste con que haga la haga sonar.

Gracias—La vio encaminarse hacia la puerta y le hizo una última pregunta—¿Cómo se llama esta hacienda?

Nintanga, señora marquesa, estamos en diciembre 20 de 1731

Mariana, contó los días que había viajado, en ese tiempo había cambiado más que en toda su vida, nunca se imaginó que un día iba a estar en una habitación con cuchillos de monte y cabezas de venado mientras escribía a su madre tan lejana ya.

Nintanga, 21 de diciembre de 1731

Recordada Madre:

Le escribo desde el abrigo de una de las haciendas de Gregorio, dicen que tiene treinta y siete, así que tendré el resto de la vida para recorrerlas y no aburrirme, me he enterado que cada propiedad tiene amplios potreros, vacas, ovejas y obrajes. Hay una cantidad de sirvientes y asistentes, me han dicho que sólo en la Hacienda La Ciénega tiene siete mil indios. Allá nos dirigimos para convertirlo en nuestro hogar.

El viaje es lo más difícil que he hecho en mi vida, soy muy joven pero sé que algo así es muy peligroso. Es difícil entender éste mundo de selvas y nubes, sol y montañas…Riscos y tembladeras, gracias a Dios, Gregorio tiene los mejores caballos de la Real Audiencia, siempre escucho decir que tiene lo mejor de lo mejor. Ahora ya todos lo llaman marqués, usted sabe mamita que los criollos tienen que comprar un título nobiliario para tener privilegios y licencia para desplazarse por el territorio de las colonias. Gregorio ha pagado todas las licencias y desde que se casó conmigo, él y sus sirvientes tienen paso libre para llevar y traer mercancía. Le faltaba el título pero no tuvo que pagar al Rey, nuestro señor; me compró a mí y a muy buen precio, ahora a usted no le falta nada y él es por derecho propio el marqués de Maenza.

Un hombre espera impaciente esta misiva que le lleva noticias para usted y que Dios le de tranquilidad porque estoy bien y sobre todo, cuidada y venerada por un ejército de criados que aún no conozco en su totalidad.

Pido su bendición maternal y me despido con amor filial,

Mariana,

Marquesa de Maenza.

Cuando terminó la carta agitó la campanita y un segundo después entró Rebeca, hizo una ligera reverencia y dijo:

El hombre que lleva el correo ya está aquí. ¿No va a cerrar la carta?

No, prefiero que el amo la lea y vea si la autoriza salir así o cambia algo.

Rebeca la miró con la frente fruncida y contestó:

Como usted ordene, pero creo que es mejor cerrarla porque nadie más que su madre debe leerla.

Pensé que sólo se puede decir y actuar como ordena el amo.

Señora Marquesa, el marqués debe llegar al mediodía, no se intranquilice que pronto estará aquí.

A la que quiero ver es a mi esclava, espero que el amo autorice que esté junto a mí, la necesito para mi servicio.

Sí, señora. Está afuera buscándola.

Mariana se levantó al apuro y atropelló a Rebeca en su rápida salida del despacho. En el corredor, sentada en una banca de madera encontró a Adolfina con un rebozo para protegerse del frío y con la mirada perdida.

¡Adolfina!—La llamó—Por fin te he encontrado.

Rebeca se detuvo un instante para ver el cariño con que se abrazaron, como si hubieran estado retenidas en una cárcel oscura y volvían a encontrarse luego del calvario.

Mariana y Adolfina se sentaron en la banca. La marquesa dijo:

No te he visto desde anoche.

Niña, cuando llegamos una sirviente me llevó a la cocina para darme un plato de sopa y luego me acompañó a un dormitorio pequeño pero limpio y con una cama que me pareció tan rica que dormí hasta hace un rato.

Conversaron sentadas en la banca adosada al corredor de piso de ladrillo que daba a un patio pequeño. Mariana recorrió con la mirada las dos palmeras altas de coco chiquito, la fuente de piedra y las flores de agapantos, cartuchos y margaritas olorosas ordenadas en finas jardineras.

Fíjate la perfección del diseño. El piso es un mosaico de piedras de adoquín y la fuente tan bien trabajada.

Adolfina asintió con la cabeza y contestó con la mirada puesta en el cielo:

Niña, nunca he visto un cielo tan bonito—Un picaflor de cola larga y tornasol se detuvo junto a unos arbustos de flores rojas, continuó—Hay tanta paz, tanto silencio.

Sí, hay tanto silencio que se puede escuchar la conversación del colibrí con las flores y la luz del sol tan poderosa…pero hace frío.

Rebeca llegó en ese instante, se acercó a la banca y dijo:

Señora marquesa, el señor cura ya está desmontado

¿Viene un cura a la hacienda?

Sí, señora. Cuando están los amos viene en persona.

¿Ya llegó el amo?

No, señora. El cura la espera a usted.

Mariana se levantó con el corazón alborotado; se dio cuenta que estaba sola en una de sus propiedades y que no sabía qué hacer. Hizo un esfuerzo por acordarse del Cuzco pero sólo le venía la imagen y las palabras del notario que conoció siendo casi una niña. Adolfina se colocó junto a ella y le susurró al oído:

Niña, la señora Rebeca está esperando para que la sigamos.

Doblaron el corredor tras de Rebeca y entraron por la puerta de la pequeña capilla que estaba al final, se sentaron en la única banca frente al altar de pan de oro y esculturas de colores fuertes y caras dulces, el monaguillo se alistó para ayudar al sacerdote. Voltearon a ver cuando tras suyo se abrió una puerta grande por donde entró el sol iluminando los rincones más oscuros de la capilla. Mariana recordó que en el Cuzco le contaron que cuando el sol irrumpía así en los templos, lo hacía para que todos supieran que era el Dios de los Incas que entraba.

Estaba mirando hacia la puerta cuando entraron los indios de la hacienda con la cabeza descubierta y los pies descalzos. Un olor a tierra y humo se apoderó de todo y sintió un ligero vahído. Rebeca se levantó para abrir la puertita lateral por donde entró aire fresco que la reanimó. Se levantó de la banca y se arrodilló en el reclinatorio que tenía frente suyo. Sintió sobre sus espaldas el murmullo y el olor de los indios que seguían el ritual con cánticos y gemidos. A pesar de que sabía que ella era el ama, le pareció un peso demasiado grande sobre sus hombros y puso la cabeza entre sus manos para recibir la bendición de Cristo, necesitaba valor y fuerzas físicas para enfrentar tanta responsabilidad. Tembló al escuchar las palabras del padre llenas de símbolos y expresiones en latín. Quiso escuchar a Cristo sin los filtros del cura y se sumergió en rezos y súplicas para mitigar la angustia que le provocó la ceremonia lúgubre, pero en lugar de recibir respuestas sintió un deseo irresistible por Gregorio y se puso a llorar de soledad amparada en el pañuelo blanco que sostenía entre sus manos. Se sobresaltó cuando sintió cerca suyo a Rebeca que le murmuró:

Señora, se acabó la misa, es hora de salir.

Mariana se volteó para ver a los indios que salían con el cabello largo sobre las espaldas encorvadas y los ponchos raídos. Suspiró y saludó al padre que se acercó obsequioso. Cuando estuvo junto a ella, le hizo una leve reverencia y le dijo:

Señora, es un honor recibirla en Nintanga, parece que soy el primero en conocer a la bella marquesa de Maenza, la observé durante la misa y me di cuenta de lo piadosa que es usted, a pesar de su corta edad.

Fui criada en la más pura doctrina cristiana, teníamos oratorio en nuestra casa donde rezábamos todos los días—Mariana sintió que ocultaba algo, aunque no sabía exactamente qué.

Salieron a caminar por invitación del religioso que quería enseñar a la marquesa los potreros reservados donde pastaban las vacas para el ordeño, le dijo:

Las propiedades de don Gregorio son las mejores de la Provincia, están cuidadas como muy pocas, al marqués le gusta lo que viene de Europa, la tecnología más reciente—Se detuvo para enseñar con la mano la extensa propiedad.

Rebeca llegó apresurada con un parasol en la mano para que la marquesa se cubriera.

Gracias, Rebeca—Mariana abrió la sombrilla que le pareció exquisita y pudo ver todo con más comodidad, la luz era irreal.

¡Qué potencia del sol!

Señora, el sol en esta región es tan deslumbrante que ciega la vista, por eso cuentan que los Incas la conquistaron para estar más cerca de él.

Sí, es un territorio luminoso, nunca había visto tanta luz.

Entraron a las queseras donde dos hombres batían la leche cuajada, ahí se detuvieron un momento para que la marquesa recibiera las explicaciones sobre la elaboración de los quesos.

Qué interesante, no sabía que así se hacían los quesos—dijo perdida entre prensas de piedra para extraer el suero. Alzó la vista y vio que los rayos solares entraban por una celosía alta.

¿Qué están cocinando aquí?

Estas son las pailas donde se calienta la leche con el cuajo—Contestó el cura.

Mariana se quedó un rato observando a los hombres poner en las tinajas el cuajo sacado de los estómagos desecados de terneras lactantes. Luego le faltó el aire y salieron a recorrer más campo y por último entraron en el obraje. Se quedó de pie bajo el dintel de la puerta, el padre Celestino, que se había adelantado se volteó para animarla a entrar, pero ella estaba paralizada al sentir la oscuridad, las paredes de cangahua sin pintar, los barrotes de las ventanas, tan pequeñas y altas que a duras penas daban luz, el aire era asfixiante. Por fin dio un paso y se adentró en un mundo oscuro, de seres apagados que tejían e hilaban sin hablar. Respiraban apenas por el miedo que les imponía el capataz con sus gritos y el látigo que volaba de una espalda a otra.

Padre, quiero salir—Dijo Mariana a punto de perder el conocimiento.

El padre Celestino se sobresaltó al ver a la marquesa tan alterada y juntos salieron al sol, le preguntó:

Señora. ¿Le molestó el olor de los indios?

Mariana no respondió y corrió de vuelta a la casa, no le importó el cura que trató de no enredarse con la sotana mientras la seguía. Cuando llegaron al corredor se dejó caer sobre la banca adosada a la pared y trató de retomar el aliento. El padre Celestino llegó un momento después jadeando y con las mejillas rojas, le dijo:

Señora Marquesa, casi no la alcanzo.

Nunca lo podrá hacer, soy muy rápida—Miró al padre apoyado contra la pared y la cabeza entre las rodillas haciendo esfuerzos por respirar.

Adolfina llegó por el otro corredor, el padre Celestino la había despedido con la mano al salir de la iglesia y le dejó claro que los esclavos no iban junto a los señores. Un movimiento de caballos y gritos de jinetes los alertó. El padre Celestino cambió de semblante y adoptando una pose digna dijo:

Señora, su marido acaba de llegar.

¿Cómo lo sabe?—preguntó Mariana levantándose como un resorte de la banca.

Por los cascos de los caballos y el alboroto que se está armando—Sin decir más se dirigió al patio principal.

Mariana siguió al padre, que aparentemente recuperado, salió a recibir al dueño de la hacienda y al llegar al pie de la escalinata del corredor, le preguntó:

¿Padre, lo esperamos acá o bajamos a donde están los caballos?

¡Señora, por favor! Esperamos aquí para no interrumpir la llegada de tanta gente.

Mariana se detuvo junto a una columna de piedra para observar la entrada. El sonido que hacían los cascos del caballo blanco sobre el adoquinado hicieron que su corazón temblara. Una súbita timidez la invadió y se escondió detrás del pilar. Alzó la mirada y vio las nubes arremolinándose en el cielo azul profundo, el aire olía a campo y crema de leche.

Sacó un poco la cabeza y vio a unos perros que ladraron a los caballos. Volvió a esconderse tras la pilastra, se sentía peor que cuando le dio soroche en el páramo. Sacó otra vez la cabeza y lo vio detenerse cerca del corredor donde estaban ya muchos sirvientes que corrieron a tomar las riendas de su caballo, uno se arrodilló para quitarle las espuelas y otro recibió el poncho de lana y el sombrero de ala ancha, se quitó los guantes de cuero, las botas le llegaban a las rodillas. Mariana tomó aire y tuvo el valor para asomarse, él apenas le hizo una venia. Sintió la boca seca cuando lo vio pasar a su lado sin rozarla siquiera y lo siguió en medio de todos los sirvientes y el cura que codeaba a los demás para situarse junto a él.

La marquesa se estremeció al escuchar la voz de Gregorio charlando y riendo con el padre Celestino, no recordaba que su voz la impresionara tanto. En el corredor escuchó que llamaba:

¡Rebeca!

La mujer apareció con una jarra de agua caliente que llevó junto a la lavacara de porcelana azul. Gregorio dejó que le echara agua en las manos mientras se restregaba con una pastilla de jabón y se secó con una toalla que le alcanzó una esclava. El ama de llaves se alejó con los trastes del aseo, Mariana observaba todo en silencio. Gregorio gritó:

¡Me muero de hambre!

Rebeca se volteó y dijo:

Enseguida le servimos, su merced.

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