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Sin que nadie la invitara, Mariana siguió al cura y al marqués al cuarto donde estaba dispuesta la mesa. Durante el almuerzo se mantuvo en silencio mientras los hombres conversaban. El cura adulaba al amo que comía con maneras finas. Le gustó la forma como manejaba los cubiertos y bebía de la copa. Ella bebió más de lo que comió y, al quedarse en silencio, pudo conocer más sobre Gregorio, que la ignoró de la forma más cruel. Al finalizar el almuerzo, los hombres se levantaron y desaparecieron dejándola con el postre sin tocar.

Mariana llamó a Adolfina y juntas recorrieron la casa con la esperanza de encontrarlo por algún rincón. Recorrieron corredores, Mariana tenía escalofríos por las corrientes de aire que sentía cada vez que pasaba de un lugar a otro. Se sintió perdida y no quiso que su esclava la viera a punto de llorar, así que abrió puertas cerradas y entró en salones oscuros. Salieron a los jardines, caminaron por los alrededores hasta que comenzó a atardecer. Pasaron horas en las que Mariana hablaba de cualquier cosa para que no se le notara la sombra que tenía adentro; estaba tan asustada y dolida que sintió alivio cuando escuchó a Rebeca llegar.

Señora, no vale que esté a estas horas afuera, hay insectos y el viento está soplando muy fuerte, venga a la casa, ya está lista la comida.

Por primera vez sintió gratitud con esa mujer tan seria y le contestó con amabilidad:

Gracias, Rebeca. Eres muy amable al buscarme en esta soledad.

La cena estaba lista en su dormitorio y se tomó la sopa, los pastelitos de yuca y el dulce de higos.  Adolfina la ayudó a cambiarse de ropa y cuando estuvo acostada, Mariana dijo:

—Estoy cansada así que déjame dormir que lo necesito.

Sí, mi niña. Mi cuarto queda cerca,  sólo tiene que agitar esta campanilla, le dejo la vela encendida para que se alumbre si necesita algo.

Cuando se quedó a solas rompió a llorar hasta que se quedó dormida. La luna se filtró por la ventana despertándola en la soledad de esa noche clara. Tenía escalofríos y no entendía qué pasaba con su marido, por qué se portaba tan lejano. Con las manos apretadas contra su corazón le pidió a la virgen que la protegiera, sintió miedo y la soledad la aplastó como un peso demasiado grande.

Rezó largo rato pero no se calmó, así que sin pensarlo dos veces se levantó y tomó la palmatoria con la vela que no se había apagado y salió a buscar la habitación de Gregorio, sabía donde estaba porque en el recorrido que hizo por la mañana Rebeca se lo enseñó. Llegó hasta la puerta de la habitación, el miedo la paralizó y quiso regresar pero una ráfaga de viento le rozó la cara y la llama se extinguió, no tuvo más remedio que golpear; lo hizo varias veces hasta que luego de un rato largo, la puerta se abrió y se encontró con su marido que la miró impasible mientras un rayo de luna más frío que el hielo le iluminó la cara. Ella se puso a temblar, estaba descalza, él la dejó pasar, luego se acostó en la cama y le preguntó:

¿Por qué estás descalza y sin chal a estas horas de la noche?

Necesito hablar contigo.

¿No podías haber esperado hasta mañana?

No—Dijo y con un valor que sacó sin saber de dónde, se sentó en el lecho frente a él.

Quiero que me digas por qué me ignoras tanto, necesito saber si he hecho algo malo, si me repudias, no entiendo tu indiferencia—Bajó la cabeza y entrelazó las manos sobre su regazo.

¿Tú necesitas que no te ignore? Pensé que me odiabas, me lo dijiste todos los días en Lima.

Ya no—Contestó con la cabeza aún baja.

¿Ya no?

No

¿Y ahora, qué sientes por mi?

Todo

No entiendo.

Creo que te amo, no lo sé. Nunca he amado antes.

Pensé que estarías feliz si te dejaba en paz—Dijo en tono frío

No

¿No qué?

No me hace feliz que me ignores.

Qué rápido cambias de parecer—Estaba recostado sobre las almohadas con los brazos bajo la cabeza.

Mariana no pudo continuar y se puso a llorar con la cara escondida entre las manos, Gregorio se conmovió y le dijo:

Ven, estás helada métete en la cama junto a mí, te vas a enfermar.

Ella lo obedeció, él le dijo:

Pensé que me odiabas más que a nadie, no entiendo cuándo comenzaste a quererme.

No he cambiado de opinión así de rápido—Se aclaró la garganta y continuó—Perdí la cuenta de los días del viaje, tuve mucho tiempo para llegar a amarte, nadie me había poseído como lo hiciste tú.

La luna todavía aclaraba la habitación y los dos se miraban bajo la luz plateada, las sombras rondaban por las esquinas. Gregorio le levantó la barbilla para ver la verdad en sus ojos lagrimosos y le dijo:

Pensé que si me alejaba y te dejaba en paz, me lo ibas a agradecer. Tu vida aquí es libre y puedes hacer lo que quieras, pensé que te agradaría mi actitud.

No, no. Yo no puedo ser feliz si tú me ignoras. Además. ¿Por qué mostraste tanto deseo de casarte conmigo para luego decirme que soy libre en un sitio que no conozco?—Tenía los ojos aguados y las lágrimas en las mejillas.

Él le acarició la cara y le dijo:

Mariana, he sido cruel. Tú mereces algo mejor, he robado tu infancia y juventud trayéndote a un sitio que odiabas, lloraste mucho por permanecer en Lima y yo no te hice caso, te rapté—Le levantó otra vez el mentón para obligarla a verlo—He abusado de mi poder, he abusado de tu indefensión. Me di cuenta de eso cuando lloraste al exhalar el perfume de la orquídea—Calló un momento como buscando las palabras y continuó—pensé que te habías entregado a mí por temor, no podías hacer otra cosa, estabas cautiva con cien hombres armados custodiándote.

¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo?—soltó unas lágrimas—He dormido contigo, he sido tu mujer y ahora dices que puedo hacer lo que quiera—se secó las lágrimas con la manga de su camisón—Y ahora que estoy en tus dominios me dices que soy libre si ni siquiera sé dónde duermes, ni donde queda la cocina.

La luna se escondió tras una nube y la habitación se oscureció, por eso, Mariana no vio la sonrisa en el rostro de Gregorio que la sintió trémula junto a él. Se puso a sollozar desconsoladamente.

Mariana, si sigues llorando así te vas a ahogar, toma este pañuelo.

No sé dónde está tu mano, no veo el pañuelo—Le contestó ella con los ojos nublados.

Sintió su abrazo y el pañuelo entre sus manos. Gregorio dijo:

Aquí, si no sabes ni dónde está la cocina, menos vas a encontrar un pañuelo en esta oscuridad.

Ella se secó la cara y se sonó la nariz, de pronto se encontró entre sus brazos. Se estremeció al sentir sus besos impetuosos en el cuello, casi no podía respirar pero prefería morir ese instante a volverlo a ver indiferente. Su cuerpo se doblegó bajo el peso de Gregorio que la comenzó a besar en la boca, en los pechos sin darle tregua. Por un momento ella tuvo miedo al sentirlo tan dominante y se abandonó a una dulce mansedumbre mientras se desvanecía una y otra vez.

Dime que me amas, que nunca has amado así, que te mueres sin mí, que soy tu luz, tu sol, dímelo.

Sí, sí—apenas pudo contestar.

No te escucho, dime que me amas, que nunca has amado a nadie más.

Te amo—Sollozó ella.

Gregorio se tendió sobre sus espaldas y la escuchó llorar en silencio, entonces la volvió a abrazar y le dijo:

Me estoy volviendo loco, nunca he amado así—Le besó en la frente y le dijo—No quise hacerte daño, perdón.

Ella no salía aún del trastorno que le había producido Gregorio al amarla con tanta intensidad y aprovechó ese momento para tomar unas cuantas respiraciones. Él, al darse cuenta del estado en que estaba le acomodó el cabello y la ayudó a recostarse sobre las almohadas. La luna volvió a iluminar la habitación y se asustó al verla tan conmocionada. Se volteó a su velador y llenó un vaso con el agua de la jarra, le dijo:

Marianita, bebe.

Ella se tomó el agua y se quedó con la cabeza baja y el rostro arrebolado, las manos le temblaban. Gregorio puso el vaso sobre el velador y la volvió a abrazar. La llenó de besos y caricias suaves, le dijo:

Ahora sí que arruiné todo, soy un bruto, no vas a perdonarme.

Tonto, estoy perfecta—Le contestó mientras se estiraba entre sus brazos y se apegaba a su torso, había dejado de tener miedo.

No tienes remedio, eres demasiado valiente para mí—Le contestó él y le mordisqueó la oreja.

La luna se escondió otra vez y no pudieron ver en la semi oscuridad, Mariana saltó del lecho y él se quedó quieto como en las cacerías cuando acechaba un venado. Escuchó su respiración y la atrapó al vuelo para traerla de nuevo, a tientas esquivando mesas y butacas para no caer.

Estira los brazos, Mariana para que no te golpees con las cortinas.

Ella estiró los brazos y se protegió del golpe que podía darse contra el travesaño del dosel. Momentos después trataban de acomodarse en tanta oscuridad.

Me estás dejando sin cobijas

Tú te estás llevando las mías.

La noche se hizo cargo de las heridas y fue remendando un trocito de corazón, un pedazo de ilusión. El aire se llenó de delicadeza y sanó sus cuerpos doloridos.

Ilustración Roberto Bonifaz

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