viaje a cienega

Mariana se miró al espejo y examinó hasta el último detalle de su traje de amazona. Era la primera vez que iba a montar en gancho y vestida de mujer. En el reflejo del cristal aparecían de vez en cuando Rebeca, Adolfina y otras mujeres que cosían, zurcían y bordaban. Se volteó y quedó de cara a las vidrieras de la galería que daban a un jardín cuidado; las nubes blancas se desplazaban tras las copas de los árboles, el cielo era tan azul que parecía una pintura. Estaba en la hacienda de Tilipulo en donde se preparaba el viaje de los marqueses a La Ciénega.

¿Le ajusto más el talle?—Preguntó Rebeca con la mano llena de alfileres.

No, me parece que si lo ajustamos mucho no voy a poder respirar.

Tiene razón. Además, con esa cintura tan estrecha no vale la pena hacerla sufrir.

Pienso que ya terminamos—Dijo Mariana y alargó sus manos para que Rebeca le colocara los guantes de montar.

Adolfina la peinó mientras las otras ponían a punto la vestimenta.

En todas las casas que he visitado, hay ropa para mí y mi esclava.

El patrón ordenó todo cuando estuvo en Lima, hemos trabajado casi un año y así es como quedó.

 Mariana, frente al espejo, se tocó las sienes con los índices y preguntó:

—¿Cómo puede mantener el control de todo, hasta del último detalle?

Tiene muy buenos empleados que se encargan de eso—Contestó Rebeca mientras guardaba los alfileres en un compartimiento del costurero.

El cielo y el jardín se colaron por las ventanas iluminando las cintas en el suelo y las joyas desparramadas.

Mariana se sentó para que le pusieran las medias calzas.

Adolfina, ven a ayudarme—dijo Rebeca.

La esclava se arrodilló junto a ella para terminar de vestir a Mariana que se miraba los guantes con atención.

Es hora de que me coloquen el sombrero, ya estoy lista.

Le colocaran el sombrero azul con plumas blancas y salió seguida de Rebeca y Adolfina. El sol aclaró los rincones de los corredores por donde pasaron y resaltó el rojo de los ladrillos del piso. Los rosales exhalaron un perfume matinal

En el patio principal encontraron a los caballos impacientes, estaban enjaezados con mantos bordados y estribos de plata. Los sujetaban de las riendas peones vestidos con ponchos de lana y sombrero de ala ancha.

¡Qué elegantes están todos!

Es un día importante, señora. Hoy van a llegar a la Ciénega, todos quieren rendir homenaje al amo y a su esposa—Contestó Rebeca.

Pero los hombres llevan vestimenta diferente.

A ver, señora. Aquí hay administradores, mayordomos, caporales, y peones. Cada uno tiene una vestimenta diferente, hoy están vestidos de gala.

Mariana, desde la escalinata, miró ese mundo colorido y aspiró el olor a tierra y a caballo que le llegó de todos lados. El corazón le dio un vuelco cuando vio al marqués que venía andando por uno de los corredores, el sol iluminó los hilos de oro de su poncho de vicuña.

Niña, qué hermoso está el amo—Dijo Adolfina al oído de Mariana.

Está vestido como un hacendado criollo—Contestó Mariana.

El marqués, se acercó a Mariana y le dijo:

Estás linda y esos colores parecen una copia del cielo.

¿Por el sombrero azul y las plumas blancas?

Más o menos. Apúrate, nos están esperando.

El mundo brilló bajo el sol y Mariana avanzó en su caballo detrás de Gregorio. Pasaron el arco y en el patio trasero se pusieron a la cabeza de un  un grupo de jinetes. El marqués le dijo:

Acá, junto a mí.

Mariana se colocó junto a Gregorio y arrancaron a galope corto con el cortejo de jinetes que los seguía a cierta distancia. El aire le agitó el sombrero y se llenó del aroma del chaparro y de las tierras recién sembradas. Detrás de las lomas y por los senderos altos salía gente a saludarlos con pañuelos coloridos.

Avanzaron por senderos bordeados de pencos azules, el Cotopaxi estaba nevado hasta sus faldas. Los caballos se estimularon con el aire puro de las cumbres heladas y Mariana sintió junto a ella el cuerpo tenso de Gregorio. El marqués levantó la mano en señal de mando para que todos bajasen la marcha y continuaron a paso hasta que divisaron una casa grande con fachada de piedra y tejado rojo.

Entraron por el callejón de arcos de ramas y flores, los caballos marcharon sobre un camino cubierto de pétalos de rosa. Mariana vio,  a los lados del camino, indios arrodillados en el suelo, decían algo que no entendió y continuó la marcha con el corazón confundido.

Cruzaron arcos de ramas y escucharon el redoble de campanas. Por fin llegaron a la gran entrada de La Ciénega donde unos peones corrieron a tomar las riendas de los caballos y los marqueses desmontaron. Se quedaron de pie ante la escalinata para escuchar los discursos de bienvenida que le ofrecieron los empleados principales.Gregorio ofreció el brazo a su mujer para conducirla por la calle de honor y subir la  la gran escalinata.

Avanzaron por un corredor con pilastras y se sentaron en una banca adosada a la pared. La música no dejó escuchar a Mariana lo que le decía su esposo, pero entendió que habría una representación de los danzantes. En el centro del patio se veía una mesa grande hacia donde se acercaron varios mayordomos y empleados, los alcaldes, los priostes y el cura que había conocido en Nintanga.

Una mujer con vestimenta colorida y zarcillos de oro y piedras preciosas que le llegaban a los hombros, se acercó a ella y le dijo:

Amurcito, mamitica vení a la mesa—Hizo una reverencia.

Mariana y el marqués se encaminaron al centro del patio y se sentaron a la mesa, unas palomas levantaron el vuelo. La música dejó de sonar y el momento fue tan solemne que ella pensó que era un funeral, pero luego vio a un hombre vestido con ropas mestizas y sombrero negro que se presentó como el prioste de la fiesta y  explicó que había contratado los danzantes, músicos, trajes, comida y bebida para todos.

El cura bendijo los bastones de mando con el agua bendita que sostenía el acólito en un cuenco, el marqués los recibió y los entregó al alcalde, prioste y danzantes que se inclinaron ante él en señal de obediencia. Mariana se estremeció un poco.

No te asustes, son bailes en tu honor—Le dijo Gregorio.

Sintió una multitud a su alrededor y olió el humo, la chicha, la tierra y el sudor de los caballos. Abrió lentamente los ojos y vio el cielo luminoso, Gregorio la tomó de las manos y le dijo:

Mira, ahí vienen los oficiales, tamboneros y pingulleros.

Apretó la mano de Gregorio, los músicos se acercaron con melodías melancólicas y vibrantes a la vez.

¿Quiénes son esos que vienen bailando atrás?

Son los cocineros que no dejan que se acabe la comida, los ropayos que se encargan de la ropa, los huma marca que cuidan las cabezas de los danzantes cuando se la quitan.

Soltó la mano de Gregorio cuando vio aparecer a los danzantes entre caballos y más gente.

¿Qué es eso?

El penacho, esa cosa inmensa que llevan sobre la cabeza, simboliza al hombre maíz, fíjate en todos los símbolos que tiene.

Ese penacho es impresionante, los hace ver altísimos. No sé cómo no se caen.

 Miró embelesada las camisas bordadas, las pecheras, hombreras, bandas, yugos y delanteras. Los guantes de lana tenían franjas bordadas, los calzones de telas de brocado, terciopelo y liencillo de encaje ancho. Tocó el brazo de Gregorio y le dijo al oído:

La pechera tiene espejos…

Es para devolver el mal de ojos

¿Qué tienen sobre la cabeza?

Tienen un huma o cabeza con penacho de tres plumas.

Son de varios colores.

Es un armazón de madera revestida de plumas, adornos, telas y cintas.

¿Quiénes son los muchachos que están cerca de los danzantes? Parece que cada danzante tiene un joven que lo ayuda.

Sí, es tan complicada y costosa la indumentaria que tienen que asistirlos, son la representación de los antiguos militares del Inca, fíjate bien en la cabeza que se compone de relieves de forma de estrella, relicarios, palomas, aretes finos, gargantilla, conchas…Todo bordado en fino hilo de perlas, es tan caro que se endeudan la vida entera para pagarlo— le dijo alzando la voz para que ella lo escuchara a pesar de la música.

Mariana se aturdió con esa mezcla de aire puro, humo y tierra húmeda. Alzó la mirada y vio a lo lejos chozas de adobe y techos de paja entre maizales y papas en flor, senderos de tierra y acequias rebosantes de agua.

Los danzantes permanecían de pie mientras sus asistentes los vestían, cuando estuvieron listos hicieron sonar las campanillas y se entregaron a un baile ritual y sincronizado. Mariana siguió el espectáculo con la vista fija, los danzantes giraban con lentitud, desplegando la grandiosa cola de la parte superior de la espalda cubierta con bordados y adornos.

Luego del baile, los danzantes desaparecieron por los caminos de tierra, entre los maizales y las chozas de barro.

Los danzantes están abandonando el baile—Dijo al oído de su esposo.

Van bailar por las montañas y poblados cercanos, lo harán por días y noches, la chicha les da vitalidad y energía.

¿La chicha les da energía?

Sí, la han bebido siempre, es parte de esta tierra.

La mujer del alcalde invitó al marqués a bailar, Gregorio sacó su pañuelo y lo blandió por lo alto de la cabeza mientras zapateaba y daba vueltas.

El alcalde bailó con Mariana que imitó los pasos cortitos y constantes de las mujeres. La música se le metió en el cuerpo y dio vueltas entre un remolino de zamarros de chivo, pañoletas de colores y campanillas que sonaban en las espaldas de los disfrazados.

La marquesa levantó el borde de su vestido y bailó con todos los indígenas y empleados de la hacienda, de vez en cuando tomaba un poco de chicha y sentía que volaba por el cielo azul. Gregorio hizo un alto para beber más y pidió una guitarra, le cantó en quichua algo para enamorarla y a Mariana se le descolocó el sombrero y comenzó a bailar con torpeza

Niña, parece que está un poco mareada, mejor entremos en la casa–Le dijo Rebeca

—Está cantando en quichua, habla quichua perfecto—Dijo tambaleándose—¿Quién está a su lado?

Rebeca, con cara de preocupación, contestó:

Es el indio Juan Andrés, siempre está con el patrón.

Parece que fueran íntimos, no sabía que Gregorio tuviera un amigo indio tan cercano, dile que deje al patrón conmigo.

Mariana se indignó por la familiaridad con que Gregorio y Juan Andrés cantaban y tocaban la guitarra, como dos salvajes sin costumbres, marcaban los pasos como si hubieran ensayado y cantaban codeándose y riéndose. Se encaminó hacia donde estaban decidida a llamar a Gregorio, pero tropezó con una piedra y se retorció de dolor.

Mejor entramos, usted no está bien—Le dijo Rebeca tomándola por el brazo.

—Quiero bailar con mi marido–Se zafó del brazo de Rebeca.

Su merced, usted no está acostumbrada a estas fiestas, mejor vamos a la casa.

La música se hizo ensordecedora y Mariana vio a Gregorio emprender la carrera con Juan Andrés a su lado y el resto de indios atrás.

Bueno, vamos a la casa—Dijo mientras veía al marqués desaparecer tras una nube de polvo, iba hacia las lomas.

Rebeca la sostuvo del brazo y la llevó a su dormitorio, Adolfina las siguió. Apenas entraron, Mariana se desplomó sobre una poltrona y el sombrero le tapó la cara.

Señora, es mejor que se cambie de ropa—Dijo Rebeca y le quitó el sombrero que tenía las plumas ajadas.

Me quiero morir.

—Es la primera vez que toma chicha y de esa manera—Contestó Rebeca y volviéndose hacia Adolfina dijo—Ayúdame a cambiarle de ropa.

Cuando vistieron a Mariana con una bata holgada y le quitaron el corsé, ella volvió a caer sobre la poltrona y se quedó dormida. Rebeca la tapó con una manta y  dijo a Adolfina:

Anda a la cocina y di que te manden un caldo bien hecho, ya mismo se despierta por que está muy incómoda con la cabeza sobre el antebrazo, le va a doler cuando se despierte, el chuchaqui es cosa seria.

Rebeca caminaba por la habitación mientras pensaba qué hacer hasta que llegara el patrón. Tenía mucho miedo de esas fiestas salvajes que tanto gustaban al señor. Abrió la ventana para que entrara un poco de aire y se llevara el olor a chicha. Mariana se quejó:

Me duele el cuerpo, la cabeza, las manos.

Tranquila, todo eso se le va a pasar.

Cierra la ventana, estoy tiritando.

Rebeca cerró la ventana y le dijo:

–Siéntese rectita, se le ha agarrotado el cuello.

Le dio un masaje en los hombros y Mariana se relajó, pero sintió un vuelco en el pecho y dijo:

Quiero ir a ver a Gregorio.

Su merced, es mejor que descanse y se olvide de todo.

No, yo quiero a mi marido—Se puso a llorar.

Llorando no saca nada—Dijo Rebeca que comenzó a impacientarse por la demora de Adolfina.

¿Por qué me dejó sola? Vi que muchas mujeres lo estaban adulando, le hablaban como si fuera un rey.

Siempre es así en estas fiestas, la venida del patrón es una alegría para todos.

Para todas—Sollozó y se sonó la nariz con la manga de la bata.

Por fin llegó Adolfina con el caldo, Rebeca le hizo muecas para que entendiera que estaba furiosa por la demora.

Se demoraron calentando el caldo en la cocina—Contestó Adolfina alzándose de hombros.

¡Pero si ya estaba listo desde la mañana, qué vagas que son!—Exclamó Rebeca con los brazos en alto.

Adolfina depositó la bandeja en la mesita central y acomodó una silla para Mariana, ante la sorpresa de las dos se tomó el caldo con apetito Las lágrimas rodaron por sus mejillas y se puso a llorar como una niña mientras decía:

Yo esperaba otra cosa, pensé que a Gregorio le gustaba que yo esté aquí, que me iba a enseñar la casa—Rebeca le alcanzó un pañuelo para que no ensuciara las mangas y ella se limpió la cara sin dejar de sollozar.

Señora—Rebeca movió una de las sillas alrededor de la mesa y se arrodilló frente a ella, le tomó de las manos y le dijo:

—Tiene que acostumbrarse a esta nueva vida, una fiesta así ha tomado mucho tiempo, dinero y sacrificio de peones, mayordomos, cuentayos y gente de los alrededores. El patrón no puede despreciar tanto cariño.

Mariana bajó la cabeza y suspiró tan hondo que Rebeca tuvo que contener unas lágrimas. Le dijo:

Cuando llegue no le haga un berrinche, tiene una conexión muy fuerte con la hacienda y su gente, con las siembras y las cosechas…

Y con las fiestas le interrumpió Mariana.

Sí, le gustan mucho. Tiene que comprenderlo, se ha criado de esta manera—Rebeca la ayudó a levantarse y le dijo:

Mejor acuéstese y trate de descansar—Le hizo una seña a Adolfina para que retirara el café que acababa de traer y le pidió agua de toronjil.

Señora Rebeca, traje también toronjil con valeriana por si acaso había necesidad.

Eres una bendición.

Esperaron que se tomara el agua y la arroparon para que durmiera, estaba cansada, Rebeca rezaba en silencio para que Gregorio regresara esa noche y no se fuera de fiesta por tres días. Dejaron una vela encendida en el velador y salieron en puntillas.

Ella nos llamará si nos necesita—Dijo Rebeca y cerraron la puerta.

No había luna pero las estrellas comenzaron a aparecer en la noche negra hasta que la bóveda celeste comenzó a titilar, una luz azulada bajó del cielo y el búho comenzó a graznar. A lo lejos se oía la música de las guitarras y el sonar de las campanillas de los danzantes. Algo extraño agitó las cortinas del lecho.

Mariana se incorporó y ahogó un grito cuando sintió una presencia al otro lado del cortinaje. Abrió las cortinas con imprudencia y saltó al suelo lista a encarar cualquier peligro, la luz de la vela era tenue pero le permitió ver la figura de Gregorio vestido con zamarros, el pelo revuelto y los ojos encendidos.

Un miedo instintivo la obligó a permanecer quieta. Sintió su aliento cerca y sin dudarlo se lanzó a sus brazos en un intento de vencer a la chicha, al baile frenético y dulcificar sus caricias. Gregorio, enternecido, la besó en todas partes y momentos después estaban tendidos sobre el lecho. La oscuridad se apoderó de Mariana que ya no vio nada ni fue dueña de sus actos, se dejó llevar por esa corriente poderosa que era Gregorio. Cada vez la oscuridad era más profunda, el búho graznó otra vez y las estrellas titilaron sobre la tierra quieta.

danzante

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