dormitorio

Un rayo de luz despertó a Mariana que se volteó en el lecho y vio a Gregorio dormir tranquilo. Se acercó a su cuerpo y recorrió con la mirada sus músculos distendidos, el cabello revuelto y su respiración rítmica. Saltó al suelo para refugiarse tras un biombo que ocultaba un tocador con todo lo necesario para su aseo, se puso una bata que estaba colgada en un gancho y se sentó al borde del lecho. Se arregló la trenza y vio, tirados sobre el suelo, los zamarros y la guitarra. Recordó que durante la fiesta tuvo momentos de miedo al ver las máscaras y los látigos restallando sobre la tierra polvorienta como si se tratara de una recreación militar con vencidos y vencedores que bailaban de forma desenfrenada en un mismo espacio. Regresó a ver a su marido y se inclinó sobre el cabello, que olía a chicha y humo, con el deseo de volver a sentir ese miedo que le aceleró la sangre y la obligó a entregarse con una dulce mansedumbre que no conocía. Pero él se despertó, ella se separó rápidamente y se pasó la mano por la trenza. Él la miró y le preguntó:

¿Estás bien?

Me muero de hambre—Le contestó, triste por perder al amante de la noche anterior y recuperar al marido fino.

Espera un momento, deja que me lave y pido el desayuno—El marqués la dejó sola.

Mariana se puso de pie y vagó por la habitación inspeccionando cada mueble, cada adorno. Se acercó a las mesas labradas, tocó las figuras de alabastro y jade, se puso de puntillas para ver las paredes cubiertas de cuadros y tapices. Estaba despreocupada por lo que se asustó cuando sintió en sus espaldas el abrazo posesivo de Gregorio.

Ven—La tomó de la mano y la llevó hacia una esquina, se sentó en una butaca y la colocó sobre sus rodillas, accionó una campanilla y al instante apareció Rebeca bajo el dintel de la puerta.

Buenos días sus mercedes.

Buenos días, Rebeca. Queremos desayunar.

Enseguida, señor—Recogió el desorden del dormitorio y salió con la guitarra y los zamarros.

A Mariana le pareció ver una chispa de reproche en los ojos negros de Rebeca, a lo mejor por que se habían despertado tan tarde, o porque ella estaba sobre sus rodillas, preguntó:

¿Rebeca siempre está donde la necesitas?

Por supuesto, es mi ama de llaves. Se encarga que todo funcione a la perfección, que no haya un sucio ni un desportillado en ninguna parte.

¿Pero cómo hace su trabajo si está siempre a tus órdenes?

Maneja un personal numeroso. Manda sobre mayordomos, mucamas, cocineras, lavanderas, su deber es estar cuando la necesito, no tiene que tomar una escoba ni fregar los pisos.

Escucharon golpecitos en la puerta y Gregorio le dijo:

Ya llega el chocolate.

Ella saltó al suelo y los dos se sentaron alrededor de una mesita junto a la ventana.

Buenos días sus mercedes

Buenos días—Contestó Mariana.

Un sirviente traía una fuente con las tazas, le seguía una mucama con una jarra de chocolate y un plato lleno de churros. Rebeca entró sin hacer ruido y puso sobre la mesa un mantel blanco, los criados pusieron los platos.

Mariana remojó un churro en el chocolate, se lo llevó a la boca y dijo:

¡Qué delicia!

A través de la taza, vio un esclavo negro con turbante en la cabeza y una garrafa de agua helada entre las manos. Se acercó en silencio y vertió el agua en el vaso de cristal que estaba junto a ella. Mariana sintió la delicadeza de las manos enguantadas que se movían entre tazas de porcelana y cubiertos de plata como copos de nieve silenciosos.

En el mismo silencio y orden, los sirvientes se llevaron los restos del desayuno y Rebeca preguntó si se les ofrecía algo, el marqués respondió:

Que venga Adolfina a atender a su señora.

Adolfina entró y se mantuvo en silencio. Gregorio dijo a su mujer:

Te dejo en tus habitaciones para que te vistas.

¿Mis habitaciones, no es nuestro dormitorio?

No, mi cuarto está cerca.

Al ver su cara de desolación, le hizo un guiño y dijo:

–Debes tener tus aposentos personales.

Cuando Mariana se quedó sola, corrió hacia donde estaba su esclava y se perdió entre sus brazos, le dijo:

Adolfina, me asusta esta casa.

Niña, a mí más, pero creo que es cuestión de acostumbrarse.

Mariana se apartó y le preguntó:

¿Cómo te has sentido, dónde duermes?

Niña, me dieron un cuarto limpio y con una cama suave. Me dijeron que lo más importante es llevarse bien con la señora Rebeca y nunca dirigirse al amo sino a ella.

¿Cómo es la cocina?

¡Ay, niña! Tiene que conocerla en persona, no la puedo describir, no conozco los nombres de las cosas.

Quiero ir.

Primero tiene que vestirse.

Mariana se dejó vestir y luego se sentó en el tocador para que la peinara mientras se enteraba de lo que pasaba en los departamentos de los criados

–Los cuartos tienen lo necesario para que una pueda dormir en paz.

¿Mejor que lo que tenías en Lima?

No se puede comparar—Sonrió en el espejo y los ojos negros le brillaron cuando dijo—En Lima a nadie le importaba cómo vivía uno, acá hay una señora que revisa los cuartos y si encuentra algo mal, la pone a una  a limpiar hasta bien noche.

¿Te pasó eso?—Las dos se miraban en el espejo.

Sí, Niña.

Me dijiste en Lima que Quito era sucio y asqueroso, que limpiaban las habitaciones con borregos para que les salten las pulgas.

Adolfina, que dejaba los peines de marfil en orden, contestó:

La señora me dijo que hay casas limpias y sucias como en todo lado.

Cuando Mariana estuvo lista, recorrió su alcoba y se encontró con que formaba parte de unos apartamentos grandes; a la derecha del tocador había una habitación luminosa con las paredes recubiertas de tapices antiguos y en el piso una alfombra. Estaba amoblado con almohadones y  sillitas para bordar. Al fondo, junto a la ventana vio un escritorio y dos sillas de respaldar alto. Sobre la mesa de madera reposaban un tintero de plata y una pluma blanca. Se oyeron los pasos firmes de alguien que entraba y Mariana al volverse vio a Rebeca que le dijo:

Señora, estoy para su mandar.

Gracias Rebeca— Mariana, jugueteó con la trenza y le dijo—Todavía no conozco esta casa, no sé dónde estoy.

Señora, estas son sus habitaciones—Al ver que la joven no le respondía, añadió—Estamos en el segundo piso y este salón está destinado a su estrado; aquí puede bordar, leer e invitar a sus amigas.

Se acercó a uno de los ventanales y dijo:

—En las mañanas es muy agradable porque hay suficiente luz y en las tardes se encienden las velas de esta gran araña de cristal y se pone carbón al brasero que calienta la habitación.

Mariana, al ver la araña de cristal, pensó que imposible que alguien pudiera encender esa cantidad de velas. Luego abrió la puerta del balcón y respiró el aire más puro del mundo. Rebeca, que la estaba observando, le dijo:

Marquesa, ya conoció sus aposentos, ahora, si quiere la puedo acompañar a conocer la casa.

Siguieron a Rebeca por salones con espejos de cuerpo entero, cuadros enmarcados en oro, piezas únicas, alfombras de pared a pared, patios llenos de flores, limoneros, higueras y árboles de manzana.

Ya me cansé—Dijo Mariana y salió a caminar por uno de los jardines, se acercó a la pileta, se descalzó y entró en el agua con las faldas arremangadas.

Rebeca la miró sin saber qué hacer, pero suspiró aliviada cuando la vio salir de la pileta y Adolfina le secó los pies con su delantal y la ayudó a calzarse.

Me metí en el agua a ver si la bruja se va y nos deja tranquilas.

¡Ay Niña, nos vamos a meter en un lío!—Le contestó Adolfina en el mismo tono bajo para que la mujer no las oyera.

¿Por qué? Soy la dueña de todo esto.

Rebeca, que se tapaba del sol con la mano sobre la frente, preguntó:

¿Puedo retirarme, señora marquesa?

Mariana la despidió con una seña y se perdió entre los rosales y las azulinas.

Rebeca emprendió el regreso rodeando la casa por la parte trasera hasta llegar a la cocina.

Mariana y Adolfina, corrieron por los prados, saltaron tapiales y jugaron con las vacas que estaban pastando en un potrero, el indio que estaba a cargo se acercó tímidamente a la marquesa y le dijo:

Alabado, amita, patronita. Aqui tan vaquitas lindas.

Mariana no le entendió y le dijo que se levantara pues había caído de rodillas, Adolfina se le acercó y le dijo al oído:

Creo que es uno de los indios de la hacienda.

Pero por qué habla tan raro, no le entiendo y se arrodilla frente a mí, creo que está loquito.

No, niña. ¿Se acuerda que cuando estuvimos en el Cuzco nos pasó lo mismo?

Sí—Contestó Mariana recordando el Cuzco, en esa ocasión no reparó en la pobreza del vestido de los indios, el que tenía frente a ella estaba descalzo con los pies enlodados, el pantalón roto y el poncho raído.

Mariana y Adolfina se tomaron de la mano al ver la figura de un jinete que se aproximó en un caballo ensillado a la criolla. Llevaba sombrero negro, poncho de lana y se protegía del frío con una bufanda sucia alrededor del cuello . Se acercó a Mariana y le dijo en un castellano contaminado de quichua.

Buenos días, su mercé. ¿Está paseando por su propiedad?

El hombre se quitó el sombrero, y a pesar de que no desmontó, parecía que estaba de rodillas frente a ella.

Soy Salvador Lujano, uno de los mayordomos de la hacienda y estoy a su disposición para lo que mande.

Gracias, por el momento no necesito nada.

Lo que diga su mercé, pero si quiere un caballo para montar o quiere recorrer toda la hacienda, sólo tiene que ordenármelo, estoy para servirla.

Mariana observó el terror del indio y la zalamería del mayordomo.

Cuando te necesite te lo haré saber, ahora quiero caminar sola con mi esclava.

El hombre hizo una inclinación profunda sobre su montura y pidió permiso para retirarse. Les pareció siniestro y hasta ellas llegó el olor rancio del cuero de las riendas y el licor de su aliento. Las espuelas estaban manchadas con la sangre del caballo.

Pobre caballito, tiene rasgada la piel, mire su merced—Adolfina señaló al caballo.

Sí, parece un bruto este Salvador. Trata igual al caballo que a los indios.

Continuaron recorriendo senderos lleno de chaparro, un aroma salvaje se desprendió de algún lado. Mariana dijo:

¿Sientes ese olor, Adolfina?

Sí, niña. Huele a menta.

Vamos a buscarla para que nos hagan agüita en la hacienda.

Treparon por la zanja de pencos azules con cuidado de no pincharse con las espinas. Mariana bajó la voz y susurró:

Un nido de pájaros.

Adolfina los quiso coger, pero Mariana dijo:

No, la madre debe estar por aquí, no debemos hacer eso—De pronto se puso seria, pero enseguida dijo—Debe ser un nido de perdices, vamos a ver si hay otros.

Se alejaron del chaparro se pusieron a buscar entre las ramas de los arbustos y encontraron uno con huevos diminutos de color azul.

Seguro es un nido de quindes.

Por un momento no se escuchó más que el silencio y una mariposa dorada se posó sobre el hombro de Adolfina. Se quedaron inmóviles llenas de respeto por ese instante que parecía caído del cielo. A través de los capulís vieron las nubes deslizarse sobre el cielo azul y unos huirachuros de plumas amarillas alzaron el vuelo.

Qué lugar más hermoso—dijo Mariana.

Creo que estamos perdidas, no veo un alma que pase por aquí.

Ojalá se acuerden de nosotras y nos guarden el almuerzo—Respondió Mariana, que había divisado el tejado de la casa—No encontramos la menta pero vimos nidos de aves.

Corrieron y saltaron acequias, zanjas y matorrales hasta llegar a la casa. Mariana entró veloz y riendo pero se detuvo cuando vio a Gregorio frente a ella con el ceño fruncido y la postura tensa. Sin saber la razón se sintió paralizada y no pudo decir nada hasta que él le preguntó:

¿Dónde has estado?—Su tono era frío.

Estuve recorriendo los alrededores.

¿Así sola, sin avisar a nadie?

No sabía que tenía que pedir permiso.

Pues ahora ya lo sabes, es peligroso andar sola, hay toros bravos, no conoces el terreno, puedes perderte—Se mantenía a la distancia mientras le decía—Siempre, siempre tienes que avisar a dónde vas y que alguien te acompañe.

Mariana se sintió como una niña atemorizada ante la autoridad del marqués, bajó la cabeza dispuesta a marcharse, pero él la retuvo por el brazo trayéndola hacia él, le dijo:

¿A dónde vas? Es hora de almorzar, ven.

No tengo hambre, déjame ir.

No—Le contestó él con tono firme, sujetándola fuertemente por el brazo—No, porque hay horarios que cumplir, no puedes desorganizar el orden de la casa.

Mariana vio que era imposible pelear con Gregorio y lo siguió a una galería donde estaba dispuesta una mesa para tres. Se preguntó quién sería el invitado, a lo mejor otro cura. Vio a un hombre elegante con apariencia extranjera, se mordió el labio por la vergüenza que le produjo el saber que alguien la había visto así de humillada.

Mariana, te presento a Paul, maestro de francés, esgrima, equitación y ciencias.

Madame, es un honor conocerla personalmente, la vi el día de la fiesta pero de cerca es mucho más hermosa—Le dijo mientras se inclinaba ante ella y le besaba la mano.

A la mesa—Ordenó Gregorio.

Mariana imitó todo lo que hacían los hombres, no quería que se dieran cuenta que en Lima comía en su habitación y dejaba la bandeja el día entero sobre la cómoda. Su madre jamás la había preparado para algo así, a pesar de que vivía en un palacio y era marquesa. Se resintió aún más con doña Josefa por haber descuidado no sólo la fortuna sino sus modales en la mesa.

Llegaron los platos servidos de manera impecable, la joven había perdido el apetito y comió poquito mientras escuchaba a los hombres hablar de ciencia y astronomía, casi todo el tiempo lo hicieron en francés que ella no entendía. Se sintió incómoda por la grosería de no dirigirle la palabra, pero su enfado se esfumó cuando les pusieron unas copas largas con una cuchara especial, se llevó un bocado a la boca y se estremeció con tanto frío, alzó la mirada para ver si a los hombres les pasaba lo mismo, pero continuaban conversando y tomando cucharadas de esa cosa tan fría. La copa tenía dos sabores, dos colores y se olvidó de lo que sucedía en la mesa y puso en el plato los suspiros que estaban colocados sobre un frutero de cristal rosado. Cuando terminó, se volteó hacia el paje que tenía a sus espaldas y pidió:

Quiero más.

Le sirvieron dos veces; se había olvidado de los hombres que hablaban en francés y cuando terminó se levantó, hizo una reverencia y dijo:

Con su permiso señores, me retiro—Sin esperar respuesta, salió de la galería y cuando ya no la vieron emprendió la carrera hacia sus aposentos, se tiró sobre la cama y se deshizo en llanto.

Cuando Gregorio se quedó con Paul dijo:

Paul, voy a pedirle que eduque a mi esposa, no quiero que pase pena junto a mis amigos—Tomó un vaso de agua y continuó—Usted sabe cómo son de sofisticados, Marianita es una niña a la que nadie ha instruido.

Creo que hemos sido rudos, se ha sentido humillada.

Lo hice a propósito para que comprenda la necesidad de dominar idiomas y tener cultura, es como un potrito salvaje.

Ya había pensado lo mismo, un potrito salvaje, demasiado bello diría yo.

Sí, es bella—El marqués guardó silencio por un momento, dijo—me ha enloquecido tanto que gasté una fortuna en traerla acá como a una reina.

Pienso que ella lo ama señor. Es difícil que una mujer no se enamore de usted que es tan apuesto y…

Y tan rico—El marqués completó la frase de Paul con una sonrisa triste.

No crea que una mujer está con usted sólo por su dinero, he escuchado a muchas hablar de su atractivo, lo adoran y piensan que es muy bien parecido.

He sido muy seguro en ese aspecto, las mujeres me han perseguido desde siempre, pero esta vez me siento vulnerable, no pensé que una niña podía despertar en mí sentimientos que no conocía.

Es hermoso lo que dice, no sabe la suerte que tiene al haber encontrado la mujer de sus sueños y tenerla como esposa sin que nadie le imponga una relación que no le guste. Me encargaré de su educación-

Sí, mi estimado Paul. Los tiempos que corren nos obligan a ser estudiosos, a ilustrarnos, sobre todo los que hemos nacido acá, marcamos distancia con las autoridades que vienen de la Península.

De eso me he dado cuenta, las autoridades españolas no tienen el refinamiento que se está dando en la Real Audiencia de Quito desde hace algunos años.

¿Usted nota que esta Audiencia tiene su cierto refinamiento?

¡Ah, marqués! Es palpable cuando se viaja por esos caminos infernales, de jungla y montañas infranqueables, llegar a Quito y respirar su aire puro, diáfano. Fue grato para mí encontrar personas que hablan el francés tan fluido como usted—Recorrió con la mirada la habitación donde estaban y continuó—El lujo que se ve acá, a veces supera al que hay en Europa.

Gregorio ordenó café, el aroma comenzó a filtrarse por la casa. Era uno de esos momentos en los que dos hombres hablan de cosas banales porque les es difícil entablar ese grado de intimidad que se les da tan fácil a las mujeres, pero el café surtió efecto y el marqués sintió deseos de hablar sobre algo que le estaba molestando.

Sabe, Paul. No quiero herir a Mariana y sin embargo no hago más que lastimarla…

Marqués, el matrimonio es como un mantel blanco y largo: cuando lo vemos sobre la mesa está limpio y al final de cada comida se llena de migas de pan, se mancha con vino. Hay que lavarlo a menudo, pero cuando el mantel es fino no importa las veces que lo han llevado al río, tendrá una vejez dorada y será la admiración de todos.

El marqués rió ante la ocurrencia de su profesor de esgrima y le dijo:

Esta noche tendré que lavar muy bien el mantel, lo he manchado con una jarra llena de vino.

Mientras tanto y en la soledad de su habitación, Mariana no dejaba de llorar hasta que se hizo de noche y un criado entró para encender las velas. Cuando se quedó sola, se acercó a la peinadora para observarse en el espejo y miró con horror que sus ojos estaban tan abotargados que casi no los podía abrir; extenuada puso los brazos sobre la mesita de los peines de marfil y colocó la cabeza entre ellos, las velas ardían suavemente. Estaba dormitando cuando escuchó unos golpes en la puerta, alzó la cabeza y preguntó con voz ronca:

¿Quién?

Soy Rebeca, señora. La comida está lista.

Entró seguida de criados y en un instante la mesa estuvo lista con mantel y servicio para dos. El corazón se le agitó con fuerza porque presintió que pronto llegaría su esposo, estaba demasiado alterada como para hablar con él, un miedo abrumador se le instaló en la boca del estómago y quiso huir, no entendía ni su casa ni a Rebeca, ni al francés y mucho menos a Gregorio. De pronto se abrió la puerta y entró el marqués, los pasos varoniles la perturbaron aún más y ya no pudo moverse.

Mariana, una sopita para la noche nos ayudará a dormir bien. Ven—Le dijo mientras se colocaba la larga servilleta sobre sus rodillas.

No tengo hambre, muchas gracias.

Gregorio levantó la ceja y le dijo:

No importa, no comas pero hazme compañía.

Ella se sentó frente suyo y los criados encendieron un candelabro para alumbrar la mesa, Gregorio tomó la sopa, una copa de vino y dio por terminada la comida, los criados retiraron todo en el orden de siempre y desaparecieron. Un silencio más ruidoso que un campo de batalla se instaló en la habitación. El marqués le pasó la mano por la mejilla y le dijo:

Parece que vas a enfermarte.

Ella, con la mirada baja no contestó.

Marianita, sé que fui rudo contigo a la hora del almuerzo, no pensé que te iba a afectar tanto.

Ella no contestó, sentía sus manos húmedas y un nudo en la garganta, él se levantó y tomándola de la mano la llevó al canapé que estaba más cerca y se sentaron juntos.

¿A ver, qué te pasa? Sabes que te quiero más que a nadie, que eres la niña de mis ojos—Le besó el cabello y continuó—No me gusta verte así, si al menos me dijeras algo—La apartó para ver su cara y le besó en los ojos mientras continuaba—Has llorado y mucho, eso no está bien.

Mariana dijo:

Esta casa parece un cuartel y tú no haces otra cosa que dar órdenes, desde que salimos de Lima no has hecho nada más.

Es que soy mandón, pero no quiero que te sientas en un cuartel, vas a ver que en poco tiempo esta casa se va a llenar de fiestas, ya vas a ver cuando hagamos paseos con amigos…Te vas a divertir y nunca más pensarás que vives en un cuartel—La volvió a besar y dijo—Pero hay que hacer ciertos sacrificios.

¿Yo?

Sí, vas a tener llenar esos vacíos que tiene tu educación—Al sentir que ella se tensaba entre sus brazos, le dijo:

Es importante que te sientas segura, los amigos que vas a conocer son todos muy instruidos, las mujeres también.

¿Soy muy ignorante?

Desgraciadamente, sí. Pero vas a entretenerte con las clases de Paul, puedes hasta aprender esgrima. Así no habrá tiempo para aburrirse ni sentirte solita—Le buscó la boca, le besó en el cuello, y le dijo—Vamos a dormir, estás muy cansada.

¿Vas a dormir conmigo?

No me queda más, sino, te pones a llorar.

¡Qué creído eres!

Pero es la verdad, me alejo un poco y lloras—La besó en los pechos—Quiero dormir solo en mi cama sin que nadie me moleste y lloras…

No pudo terminar porque ella comenzó a golpearlo cariñosamente, entonces, él la levantó entre sus brazos y la llevó al lecho. Antes de que pudiera responder estaba tendida sobre los almohadones e indefensa ante el dulce embate.

¿Estoy perdonado?

Casi.

¿Cómo que casi? O me perdonas del todo o me voy a dormir en otra cama.

No, no. Estás perdonado pero apaga la vela que me muero de sueño.

Gregorio hizo ademán de soplar la vela, pero Mariana lo abrazó impidiendo que lo hiciera, le dijo:

Así no apagan los criados, lo hacen con una tijera de bronce o con el apagavelas.

Bueno, pero como estamos solos voy a soplar.

Mariana le tapó la boca con su mano y le dijo:

Es mala suerte porque interrumpes lo que nos está diciendo.

¿Qué?—Preguntó él volviéndose hacia ella

Mira el movimiento de la llama.

Se está moviendo como todas las llamas.

Cada llama tiene un lenguaje, mírala.

Gregorio se acomodó sobre las almohadas y la abrazó, dijo:

Es una llama que se mueve como todas las que he visto en mi vida.

No, tienen un lenguaje secreto, ahora está oscilando pero si yo le pregunto si me vas a querer siempre y lo hago con todo respeto, me va a contestar.

No creerás tonterías, ya mismo te pones a llorar por interpretar erróneamente.

No, se está moviendo a la derecha, quiere decir que me quieres.

Gregorio apagó la vela con los dedos mientras le decía.

Para eso mejor me preguntabas a mí.

A los hombres no hay como creerles.

Él la sumergió dentro de las cobijas mientras le decía:

O me pides perdón o te dejo ahí toda la noche.

Perdón, perdón—Contestó sin poder contener la risa.

Él la volvió abrazar y se puso el dedo índice sobre la boca para pedirle silencio, luego le dijo:

¿Oyes? Parece que está lloviendo.

Ella puso la cabeza sobre su pecho y le contestó:

Sí, y a cántaros.

Qué bueno, ahora sí podemos dormir tranquilos, nos hacía falta agüita para los pastos de los potreros nuevos.

Se durmieron con el arrullo del aguacero. La vela se volvió a encender entre suspiros y exhalaciones mientras ellos dormían tranquilos.

 Ilustración George Remon

Blog: Association Chatou Notre Ville

 

 

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