geodesia

Mariana recibía clases de francés desde las primeras horas de la mañana, repetía mil veces hasta que un día, Paul le dijo:

Ah, madame. Su acento va a ser perfecto.—Miró al cielo y dijo—Hay sol y no hay viento, qué linda mañana.

Mariana se esforzaba, y aunque estaba cansada, hacía los ejercicios escritos y orales con dedicación. Un día Paul le dijo:

Creo que usted va a dominar el francés antes de lo que se imagina, desde mañana en el paseo nos olvidaremos del español.

Mariana respiró hondo y dijo:

También quiero aprender a tocar el piano.

Por supuesto; las mañanas las dedicaremos al francés y las tardes al piano y la esgrima. Los días son largos, dividiremos la semana y dedicaremos unos a la equitación y a caminar para descubrir plantas y dibujarlas, así aprenderá algo de botánica y el cuerpo estará sano y bien esculpido.

La vida tenía más sentido si se ocupaban las horas en cosas tan apasionantes, estaba ansiosa de investigar el mundo con los ojos abiertos.

Cuando regresaron del paseo llegaron a un jardín cerrado con macizos de flores y árboles ornamentales, el adoquinado era de piedra. Ahí encontraron a Gregorio en traje de montar, la camisa abierta y las botas de cuero negro. El marqués se acercó y los invitó a sentarse alrededor de una mesa bajo la sombra de un molle. Ella escuchó el canto de pájaros en la copa del árbol y vio otro mundo en el ramaje verde. Un movimiento en la galería de vidrio que daba al jardín le llamó la atención y vio a Ismael salir por la puerta con una bandeja de helados de taxo. La depositó sobre la mesa y sirvió a cada uno con una gran sonrisa.

No había probado esta delicia en Lima, no sé por qué no los hacen–Dijo Mariana

No se puede hacer helados en cualquier parte, se necesita la nieve y el hielo de un volcán como el Cotopaxi—Le contestó Gregorio.

¿Cómo traen el hielo?—Preguntó sin dejar la cuchara.

Hay hieleros, indígenas que son expertos en traerlo de las faldas del monte, lo transportan a la madrugada para que no se derrita y acá lo guardan en unos pozos de madera llenos de sal y paja. Así se conserva por unos días.

¿Son indios de su propiedad, marqués?–Preguntó Paul

Sí, en cierta medida porque tienen sus chozas aquí, pero por ese trabajo yo pago, son independientes. Los hieleros que utilizo son una familia comandada por el indio Juan Andrés, es un hombre excepcional. Conoce el Cotopaxi, sus laderas, sus abras y riscos en los que cualquier otro que vaya por primera vez puede perecer—Tomaba cucharadas de helado—Lo he acompañado algunas veces porque para mí es una experiencia verlo escalar con sus manos desnudas, deslizarse como si el viento lo empujara en la dirección exacta—Gesticuló tratando de que lo entendieran, continuó—Parece que tuviera un pacto con las fuerzas de la naturaleza, lo he visto caer y he creído que ha muerto muchas veces y así mismo lo he visto regresar sin magulladuras, sin quejarse, lo aprecio mucho.

Pero a las autoridades españolas no les gusta que haya un indio libre por el Corregimiento de Latacunga—Dijo Paul apartando su copa de helado—usted sabe que hasta el último de estos pobres tiene que trabajar en los obrajes. La fabricación de paños de lana es el mayor ingreso de impuestos y censos que tiene la corona, por eso no dejan un indio suelto. He visto la forma en que los buscan con perros rabiosos y los traen jalados de los cabellos y arrastrados por el suelo pedregoso. Yo, que soy francés me impresiono mucho.

Doble moral, querido Paul, ustedes tienen esclavos negros en sus colonias.

Sí, es verdad. Pero a ningún negro se lo trata como a los indios acá.

Sí, así están dictadas las leyes, pero al Juan Andrés lo protejo yo, nadie lo va a esclavizar.

Sin embargo, los recolectores lo andarán buscando.

No, porque tiene mi permiso y amistad para hacer lo que hace, nadie lo va a salir a buscar y traerlo engrillado a mi propiedad, yo determino quien presta sus servicios aquí y quien es libre de andar por los páramos y el indio Juan Andrés es tan libre como el viento porque es parte de esta tierra

Mariana recordó al indio que bailó y tocó la guitarra el día de la fiesta, era el amigo que se llevó a Gregorio hacia las montañas y ella lloró de celos.

Quiero más—Dijo Mariana mirando al marqués.

Pero claro—Contestó Gregorio y ordenó con la mirada al negro Ismael para que trajera más.

Mariana tomó un bocado del helado que le acababan de traer, Gregorio miró la cucharita de plata ir de la copa a su boca, la miró con tanta intensidad que ella se puso colorada y bajando los ojos apartó la cuchara y no probó más.

¿Ya no te gustó?—Le preguntó él.

De pronto me dio mucho frío—Contestó ella temblando.

Tanto helado tiene que dar frío—Opinó el francés.

Gregorio se inclinó hacia donde estaba Mariana y le pasó la mano por las mejillas encendidas mientras le decía:

Estás ardiendo, qué extraño el frío que sientes.

Ella no contestó y entonces, él la tomó de la mano para tranquilizarla y continuó conversando con el francés. Ella se puso a divagar mirando las nubes del cielo hasta que escuchó a Paul decir:

Gregorio, usted sabe que el astrónomo Cassini fundó y dirigió el Observatorio de París.

Sí, fue el astrólogo y astrónomo del rey.

Pero lo interesante es que mediante su método de determinar la longitud logró medir Francia y se dio cuenta de que era un país mucho más pequeño de lo que se creía.

No, eso no lo sabía.

Luis XIV dijo que Cassini le había quitado más territorio de lo que él había ganado en las batallas, pero lo que me interesa es que Cassini dijo que la tierra era un esferoide alargado en el sentido de los polos. Tenía que comprobar físicamente su teoría y como un impedimento de salud le impidió viajar mandó al joven Jean Richer a Cayena en la Guayana francesa con un reloj de péndulo que en ese lugar tenía unas oscilaciones más lentas.

Claro—Le interrumpió el marqués—Newton se aprovechó del descubrimiento de Richer como una prueba de que el planeta se ensancha en el ecuador; el péndulo del reloj regulado en París en la latitud 49 tenía que acortarse en el ecuador porque el mayor diámetro en éste sitio hace que la gravedad sea menor.

El caso es, mi querido marqués, que hoy en día hay una especie de batalla entre astrónomos que se acusan unos a otros de robarse información, el pobre Richer no supo cómo Newton se aprovechó de su descubrimiento y Cassini lo acusó de traidor. Es la controversia que marca la reputación de un académico, depende del bando en el que se aliste.

El marqués, sosteniendo la mano de Mariana que había reclinado la cabeza sobre su hombro, contestó:

Estas cosas siempre terminan igual, ahora vamos a ver a los astrónomos del mundo peleando entre sí por sus teorías, habrá que ver hasta dónde llegan.

Parece que va a ver muchas expediciones; a Laponia por ejemplo, pero tengo noticias de que se piensa en la Real Audiencia de Quito como un lugar apropiado para la medición del arco del meridiano.

Gregorio soltó la mano de Mariana y le pasó el brazo por los hombros, la atrajo hacia él, la besó en el cabello y dijo:

Me gustaría mantenerme al tanto si es que algún académico viene hacia acá, sería la aventura más maravillosa de nuestra vida.

¿Usted así lo cree?

¡Hombre, claro! Usted sabe la pasión que siento por la Astronomía, si alguien llega acá quiero saberlo.

Señor, la Real Audiencia de Quito está en la mente de algunas autoridades francesas, parece que la idea es enviar una misión.

¿Por qué a éste lugar tan apartado del mundo?—Preguntó Mariana, maravillada con lo que escuchaba.

Mi apreciada marquesa, por aquí pasa la línea equinoccial—Para que se haga una idea voy a leer un párrafo de Cieza de León—Sacó un libro pequeño de su bolsillo y leyó:

«En lo tocante a la línea, algunos de los cosmógrafos antiguos variaron y erraron en afirmar que por ser cálida no se podía habitar. Y porque esto es claro y manifiesto a todos los que habemos visto la fertilidad de la tierra y abundancia de las cosas para la sustentación de los hombres pertenecientes, y porque desta línea equinoccial se toca en algunas partes desta historia, por tanto daré aquí razón de lo que de ella tengo entendido de hombres peritos en la cosmografía; lo cual es, que la línea equinoccial es una vara o círculo imaginado por medio del mundo.

¿Puede existir una línea imaginaria?

Tiene que ser imaginaria, no hay forma de observarla, marquesa.

¿Y cómo saben por aquí pasa esa línea imaginaria?

Se sabe que pasa por aquí por el movimiento del sol, para que usted entienda escuchemos a Cieza de León otra vez:

“Dícese equinoccial porque pasando el sol por ella se hace equinoccio, que quiere decir igualdad del día y de la noche. Esto es dos veces en el año que son a once de marzo y trece de setiembre. Y es de saber que (como dicho tengo) fue opinión de algunos autores antiguos que debajo de esta línea equinoccial era inhabitable; lo cual creyeron porque, como allí envía el sol sus rayos derechamente a la tierra, habría tan excesivo calor, que no se podría habitar. La experiencia agora nos muestra que no sólo debajo de la Equinoccial, más toda la tórrida zona, que es de un trópico a otro, es habitada, rica y viciosa, por razón de ser todo el año los días y noches casi iguales. De manera que el frescor de la noche tiempla el calor del día, y así continuo tiene la tierra sazón para producir y criar los frutos. Esto es lo que de su propia natural tiene, puesto que accidentalmente en algunas partes hace diferencia.”

El francés comenzó a hojear el libro y dijo:

Más interesante que lo que dice Cieza es éste pequeño párrafo de 1573 que me parece muy valioso, escuchen:

«El cielo es claro y sereno y el sol sale y se pone con mucha alegría y nunca está cubierto de nublados, sino cuando llueve y quiere llover». «Desde octubre hasta marzo es invierno y comúnmente llueve estos meses, excepto quince o veinte días antes de Pascua y otros tantos después, porque comúnmente hace por este tiempo un veranillo de treinta o cuarenta días». «La tierra es sana, los hombres comúnmente viven más que en España».

Gregorio, que había escuchado con atención, soltó a Mariana y se enderezó en su asiento. Se pasó las manos por el cabello y dijo:

Este tema me apasiona, el Conde de Lemus en 1604 trazó un mapa de la Provincia de Quito en la que dibujó la línea equinoccial.

Se escuchó el galope de unos caballos, Gregorio, que sabía quienes eran llamó a su criado negro y le dijo:

Ismael, di a los administradores de las haciendas que los espero en mi despacho—Se despidió con un beso de Mariana y mirando al francés le dijo—No se olvide que luego de la siesta practicamos esgrima.

Mariana se quedó otra vez sola con Paul que le dijo:

Señora, la veo pensativa.

Estoy impresionada por vivir sobre una línea imaginaria.

Es un lugar mágico, un lugar que no se repite en éste mundo, lástima que esté tan abandonado y descuidado.

Tiene razón, uno puede pensar que está encerrado entre montañas. A veces llega a ser abrumadora la sensación de soledad y aislamiento.

¿Se ha fijado en los nevados y los valles, en el clima delicioso y en el cielo tan azul? Es como si el país mismo nos estuviera mandando un mensaje que nadie escucha. Tiene que venir alguien que sepa interpretar el lenguaje secreto que nos envuelve.

Mariana se mostró muy interesada; se acomodó en el asiento, se pasó la mano por la trenza larga y le preguntó:

¿Usted cree que los nevados, las rocas, los abismos nos quieran transmitir algo? Me parece herejía, si el sacerdote que viene a dar misa todos los días lo escucha, lo manda de regreso a Francia, tendrá cuidado.

No, el mundo académico está hablando de esto y la iglesia no se ha opuesto.

Al mirar la expresión concentrada de su alumna, se atrevió a decirle:

¿Señora, sería usted capaz de servir a la ciencia y al conocimiento más profundo sobre la Tierra?

¿Y cómo puedo yo ser útil si no entiendo nada de eso?—Mariana abrió los ojos que se hicieron inmensos.

Usted puede ser más útil de lo que se imagina—Al ver sus ojos asombrados sonrió y concluyó—Tiene que ayudarnos con el marqués.

¿Yo? Cómo puedo influenciar en él y qué tiene que ver la línea equinoccial con nosotros.

Mucho. Escuche lo que lo voy a proponer.

Mariana volvió a sentarse y escuchó en silencio:

Estoy informado que dentro de unos años vendrá una misión geodésica a medir el arco del meridiano a la Provincia de Quito.

¿En cuánto tiempo piensan venir?

Puede ser en un año o en veinte, no lo sé.

¿Entonces, para qué preocuparnos?

Siempre hay que estar listos, es una oportunidad única en la vida, una tarea que va a conmocionar al mundo, una coyuntura que no podemos dejar pasar.

No entiendo lo que dice, me gustaría que me explicara lo que tengo que hacer para ayudar en todo esto.

El marqués tiene la idea de construir una torre para poner en ella un observatorio astronómico.

¿Se puede hacer eso aquí?

Sí, señora. Es más, pronto llegará un jesuita amigo mío con los aparatos más modernos.

Yo sé que mi marido tiene un cuadrante y un anteojo para ver los astros.

Sí, los conozco. Son buenos aparatos, pero se necesita otros más modernos que son los que trae mi amigo el jesuita. Lo óptimo sería que el marqués construya esa torre para servicio de los geodésicos que van a venir.

Usted quiere que yo insista con mi marido para que construya la torre y la llene de instrumentos para estudiar el cielo y las estrellas? Se lo voy a pedir.

La conversación duró hasta que llegó la hora del almuerzo.

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