despacho marques

 

El marqués de Maenza entró en su despacho.

Buenos días, patrón—Le saludaron los mayordomos de sus haciendas.

Buenos, días, siéntense—Contestó y se sentó en el sillón de su escritorio.

Los hombres, de pie y con el sombrero en la mano, tomaron asiento en unas sillas colocadas frente al escritorio. Gregorio revisó los documentos que tenía sobre la mesa y dijo:

Aquí están sólo los mayordomos y administradores. No he citado a los arrendatarios de las haciendas grandes porque ya pagaron lo que me debían de este año—Dijo levantando la mirada.

Sí, patrón—contestaron.

Primero quiero un informe sobre el obraje de Pachosola, es el más grande y vamos a empezar por ahí.

Su merced—Comenzó el administrador del obraje—Este año los tejidos han sido de muy buena calidad, los indios mitayos que trabajan lo hacen mejor desde que usted dispuso que no se castigara con cien latigazos al que no termine a tiempo su faena.

¿Cuántos latigazos son, Pedro?

Son sólo diez y los reciben agradecidos, siempre agradecen el castigo porque lo ven como una lección para que aprendan a ser mejores.

No me des tu opinión, Pedro. Si se hacen mejores o peores nada tiene que ver con el número de latigazos, ni a ti te interesa eso. Dime, cuán endeudados están.

Todos han cogido suplidos, su merced. No les va a alcanzar la vida para pagar a la hacienda.

Escucha bien. Esos indios van a tener que pagar sus deudas de por vida, pero mientras trabajen en el obraje quiero que se les de una hora para el almuerzo y que salgan a las cuatro de la tarde.

Patrón, disculpe que le contradiga, pero si se les trata tan bonito no van a terminar nunca…

Ya te dije que no quiero tu opinión, se hará como yo ordeno—Lo miró fijamente y continuó—Otra recomendación tuya y te vas a tu casa—Alzó la mano en forma amenazadora.

Sí, patrón—Dijo con la mirada baja—Sólo quería preguntar qué hacemos con los encarcelamientos.

Gregorio se levantó de su asiento y los hombres hicieron lo mismo, él les ordenó:

Siéntense. Ahora me van a oír y traten de entender aunque les sea difícil—Se paseó entre los hombres que estaban sentados con la mirada baja y los sombreros sobre las piernas enfundadas en zamarros de vaca—Quiero que estos infelices trabajen a gusto, con las ventanas y las puertas abiertas y que coman en paz. Durante el trabajo se los dejará hilar, teñir, cardar y hacer todo lo que deban hacer sin que que se oiga el chasquido del látigo. Ahora, cuando haya que castigar lo harán con mano firme pero sin excederse, no hay que olvidar que todavía no están completamente conquistados y a lo mejor no lo estén nunca.—Se detuvo frente a la ventana y la abrió de par y el aire se aclaró— Tampoco quiero que aflojen las riendas, pero hay que hacerlo con sutileza porque lo que ellos producen es una maravilla, sus tejidos nos hacen ricos.

Los mayordomos asintieron y miraron a Pedro que mantenía la cabeza baja y parecía muy turbado. Gregorio continuó con sus preguntas:

¿Cómo están las sementeras de papas que sembramos hace un mes?

Están lindas, patrón. Ya ordené que el miércoles se hagan los aporques y se limpie las malas hierbas.

¿Y las papas de los terrenos más bajos?

Esas ya están en flor, falta poquito para el cave.

¿Cómo van a controlar que no se roben la papa que queda en el terreno?

Los mayorales les rebuscan hasta debajo de la ropa, no hay indio que robe con el látigo del mayoral.

Pronto les mandaré su propio mayoral a ver cómo me roban ustedes.

Los administradores rieron nerviosos, uno dijo:

Cómo puede cree su merced que le robemos, si trabajamos tanto tiempo para usted, tenemos sobre nosotros a los curas que van a dar las misas y nos vigilan hasta el alma.

Claro, los curas quieren dinero, tienen que estar seguros que habrá mucho caudal en limosnas y capellanías.

Los mayordomos bajaron la cabeza, no sabían cómo replicar al marqués cuando se molestaba, ni entendían por qué se molestaba. Parecía enojado, entonces decidieron sólo rendir cuentas de la manera más eficiente posible sin dar opiniones ni hacer bromas. Así estuvieron por unas tres horas hasta que el marqués dio por terminada la sesión. Les dijo:

Bien, ya terminamos—Dirigiéndose a uno de los mayordomos, dijo—Salvador, a las cinco de la mañana quiero que esté ensillado mi caballo para ir a recorrer los potreros nuevos y contar el ganado.—Se levantó de su asiento y concluyó—En la cocina les darán el almuerzo, los que no puedan regresar hoy a las haciendas, se quedan a dormir en los cuartos que ya conocen.

Gregorio se fijó en Pedro, le dio una palamadita en el hombro y le dijo:

—Di a José que venga al instante, lo necesito.

Sí, su merced—Le contestó con una inclinación y salió por otra puerta.

Cuando Gregorio se quedó solo se acercó a la ventana abierta y aspiró el aire puro que se llevó el olor a caballo, majada y tierra que dejaron sus mayordomos. Se sentó nuevamente en la silla, apoyó los codos sobre la mesa y con la cabeza entre las manos se puso a leer el libro de rayas. Unos golpes en la puerta lo hicieron volver a la realidad, ordenó:

Adelante.

Buenos días, señor, me dijo el Pedro que usted me necesitaba.

¿Cómo estás José?

Espero que todo esté como usted ordenó.

Pues sí. Estoy satisfecho con tu trabajo, el viaje lo planificaste a la perfección y la llegada a la Ciénega la bordaste..

Gracias, señor. ¿Y cómo le ha parecido la renovación de la casa, la forma como pusimos lo que trajimos de Lima?

De un gusto impecable.

José sonrió. El marqués le dijo:

Toma asiento y apunta lo que te voy a pedir.

José se sentó en la silla que estaba frente al escritorio, los mayordomos habían puesto todas las demás en su lugar. Tomó la pluma listo a escribir, levantó la mirada y miró al marqués que se acomodó en su sillón y se estiró para distender los músculos, retomó su postura y dijo:

Mira José, estoy pensando en dar una fiesta a mis amigos. Quiero que te encargues de que las invitaciones lleguen a tiempo, escribirás esquelas a Pedro Vicente Maldonado, su familia, a los Dávalos, los Grameson. Ya ha pasado más de un mes de mi matrimonio, es hora de hacer y recibir visitas.

No se preocupe, señor. Haré que las invitaciones lleguen a tiempo. ¿Para cuándo piensa dar la fiesta?

Para finales del próximo mes, quiero que la fiesta comience en la casa de Latacunga, así que te pones manos a la obra para que la limpien, muchos de mis amigos se quedarán unas semanas aquí. Durante esos días quiero que prepares las cacerías de venados, las comidas, almuerzos y desayunos, Rebeca y tú se encargarán de todo, yo no quiero que me molesten con nada.

Por supuesto señor.

El marqués se levantó de su asiento y dijo:

Otra cosa, espero que no te hayas olvidado de las orquídeas.

Están en los aposentos de la marquesa, las más bellas en el tocador.

Gracias, José. Confío plenamente en ti—Lo despidió con una seña.

Cuando el marqués se quedó solo traspasó una puerta de paneles tallados en color rojo con labrados en pan de oro y entró en su biblioteca que tenía más ventanales que el despacho. Recorrió las estanterías donde guardaba los libros, encuadernados en cuero, que su padre le compró cuando estudió en Europa. Lo que más le apasionaba era la Astronomía así que bajó los libros de Copérnico y se puso a leer.

Gregorio dejó por un momento los libros para recordar el viaje que hizo con sus padres a París y Londres, fue con ellos que se empapó sobre el mundo del comercio. Acompañaba a su padre a todas las citas y al regresar a casa rendían cuentas a doña Rosa de La Escalera que era quien se encargaba de planificar las estrategias. Gregorio sonrió al recordar la atención con que su madre escuchaba lo que le relataban para luego decir a su marido: “Te quieren estafar, tienes que fingir indiferencia y alejarte, vas a ver que te van a pagar lo que pides” Al día siguiente, cuando iban a la casa del mercader, su padre repetía las mismas palabras de doña Rosa. Gregorio recordó cómo se maravillaba con el talento oculto de su madre. Él y su padre regresaban con la bolsa llena de dinero y contratos firmados para nuevas ventas. Así fue cómo aprendió a conocer el mundo del dinero, del comercio y el poder.

El marqués se pasó las manos por el cabello y continuó leyendo sobre las leyes de Kepler, los descubrimientos de Huygens y su reloj de péndulo, las teorías de Newton. Mientras estudiaba pensaba en los nevados, los riscos, las nubes y el cielo tan azul. Apartó la mirada de los libros y la posó en la ventana; percibió algo extraordinario en el entorno y se apenó que ninguno de estos sabios se interesaran por la bóveda celeste de éste nuevo mundo que hace un poco más de dos siglos nadie conocía.

Gregorio devolvió a las estanterías los libros y se puso a ordenar apuntes y dibujos. Estaba concentrado cuando se fijó en el libro que compró en París. Me he olvidado de este libro, pensó. Se sentó nuevamente al escritorio y pasó las hojas donde se describía mediante ilustraciones artísticas y a la vez de una precisión perfecta los primeros observatorios modernos de París y Greenwich. El libro que tenía era una edición especial en la que se desplegaba grandes catálogos, mapas y todo tipo de observaciones sistemáticas. En el pasado, el marqués pasaba largas horas revisando este libro en particular, le interesaba la idea de que en la Real Audiencia de Quito se construyera un observatorio para el estudio del universo, pero sus intentos de convencer a las autoridades españolas habían caído en el vacío; ningún presidente tenía la idea de gestionar ante el Rey un proyecto tan costoso y sin beneficio económico. Dejó por un momento de leer y se volvió a sumir en sus pensamientos hasta que escuchó unos golpes en la puerta.

¿Quién?

La puerta se abrió y entró Mariana, él la miró extrañado.

¿Qué haces aquí? No sabía que te interesara mi despacho.

Para que sepas, me interesa mucho, sobre todo el libro que estás leyendo.

Pero si no puedes leer nada desde el sitio en que estás.

No me conoces, tengo la vista de un cóndor y puedo ver al revés, sé que estás averiguando sobre observatorios astronómicos.

Ven, siéntate junto a mí si tanto te gusta el tema—Gregorio se levantó con el libro entre las manos y se sentó en el amplio sofá del despacho.

Sin mediar palabra, se dedicaron a estudiar los aparatos bellamente dibujados, los planos de las torres que servían de observatorio y las ilustraciones de los astros.

Es una maravilla, Gregorio. Pienso que deberías construir una torre aquí.

¿En la Ciénega?

Claro que sí. Un día me contaste que insististe ante las autoridades para que construyeran uno en Quito o Lima y no te hicieron caso. Tú puedes hacer una torre pequeña pero con los instrumentos más modernos.

Sí, es algo que me gustaría mucho, pero no tengo los aparatos apropiados.

De eso no hay que preocuparse, Paul me contó que tiene un amigo jesuita que tiene en su poder muchos de los más modernos y que los quiere vender porque se ha quedado corto de caudales.

Marianita, di a Paul que hable con su amigo para comprarle lo que tenga, pero que no me cobren una fortuna. Por mucho que adore la ciencia cuido mi dinero con celo.

Eres lo mejor del mundo, te quiero mucho—Lo abrazó y besó en el cuello.

Ya, me vas a ahogar—Gregorio se defendió con la agilidad de un gato y la sujetó en un abrazo.

Ahora no te puedes mover, estás bajo mi poder.

Por favor, me ahogo.

Nos vamos a morir de amor en este momento—Le dijo Gregorio mientras la besaba sin que ella pudiera defenderse.

Ismael venía por el corredor con el café que tomaba el marqués a esas horas, se detuvo frente al despacho y abrió la puerta. Se quedó corto de aliento cuando vio a la marquesa en los brazos de Gregorio. Cerró la puerta y corrió por los corredores haciendo aspavientos para que nadie molestara al patrón.

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