en el corredor

Rebeca, sentada en su despacho revisaba el inventario de todos los utensilios de cocina; las vajillas inglesas y las de Saquisilí , los cubiertos de plata y las cucharas de los criados. Su libro de diario era un tratado sobre la vida doméstica de una hacienda importante, tenía anotado incluso el llanto de una criada el día que la obligaron a casarse. Guardó el libro de apuntes y dejó limpio el escritorio. Depositó la pluma junto al tintero, dispuso sobre la mesa papel y esperó a José para planificar la fiesta en la fecha que había ordenado el patrón.

Se levantó y se acercó a un espejo que colgaba de una de las paredes, se miró con atención las delgadas arrugas que le habían salido alrededor de los ojos. Su piel aún era tersa a pesar de unas manchitas oscuras en la mejilla izquierda que casi no se notaba. En la barbilla se descubrió dos pelitos negros que arrancó con horror. Sus ojos oscuros tenían el mismo brillo y el cabello negro recogido en un moño lucía como siempre.

¿A qué momento envejece una?—Preguntó en voz alta y se cambió de mano el anillo de coral.

Escucho unos pasos y regresó a su asiento, apoyó los codos sobre la mesa y saludó con José que venía con sus propios libros, le dijo:

Siéntese en esa silla—Le señaló el otro lado del escritorio.

Bueno, doña Rebeca, tenemos que ponernos a trabajar—Depositó los libros a tal velocidad que sus manos largas rozaron el anillo de oro y coral que llevaba Rebeca en el anular derecho.

José, ya estoy un poco adelantada—Retiró su mano y continuó—Dejé estos espacios para ir llenando con usted lo que haga falta.

Qué buena administradora.—Le contestó José alzando la ceja izquierda.

Rebeca lo miró de arriba abajo y notó que vestía como siempre; ropa oscura y medias de seda blancas, zapatos negros y un sombrero de ala ancha que dejó colgado en el perchero de pared que estaba a la izquierda de la puerta. Los dos se pusieron a estudiar lo que hacía falta, José dijo:

En cuanto al licor no hay que preocuparse, trajimos cajas de Lima con vino español y pisco del mejor—Anotó donde decía vinos, continuó—La ropa de cama ya es asunto suyo Rebeca.

Sí, si. Perdón por haber puesto aquí lo que es de mi responsabilidad.

José continuó leyendo y de vez en cuando escribía notas donde faltaba algo.

José—Le interrumpió Rebeca—Usted es un hombre culto y fino—Lo miró fijamente a los ojos y continuó— no sé cómo sería la vida en esta casa sin usted.

Me gusta hacer mi trabajo.

Usted tampoco sabe quiénes fueron sus padres, le pasa lo mismo que a mí que me criaron don Gregorio Matheu y doña Rosa de La Escalera–Suspiró ligeramente y dijo–legamos muy jóvenes, creo que debieron apreciarnos en algo porque nos enseñaron a gobernar y querer esta casa como si fuera nuestra—Dejó la pluma sobre el escritorio y le preguntó—¿Ha sido usted feliz?

No lo sé, estoy bien y no me quejo.

¿Pero, alguna vez se sintió querido?

Mi trabajo ha sido reconocido, no necesito que nadie me quiera—Contestó José levantando por unos segundos la pluma.

No debería ser tan cerrado, nunca le he conocido una novia.

José la apuntó con la pluma y dijo:

Tampoco le he conocido ninguna amistad a usted.

Pero los hombres necesitan compañía.

Tengo suficiente con mi trabajo.

¿Se conforma con organizar fiestas y viajes para el marqués?

Si me perdona, usted hace lo mismo.

Sí, pero soy mujer y me gusta ser ama de llaves.

Yo soy hombre y me gusta atender los negocios del marqués, sepa que no sólo organizo fiestas–Volvió a señalarla con la pluma–Viajo a Lima para hablar con su agente, recolecto dinero que traigo acá y cuido que nadie robe ni un centavo, pienso que mi labor es importante, los obrajes del marqués pagan muchos impuestos, son necesarios para el bienestar de la Real Audiencia de Quito.

Entonces, es usted realista, trabaja por el interés del Rey y la Corona.

Por supuesto, y usted también me imagino. No entiendo lo que insinúa.

No insinúo nada, sólo que se oyen opiniones. Personas de bien que piensan que estaríamos mejor sin las autoridades españolas.

José no contestó y retomó su labor, luego de un rato de escribir e intercambiar ideas dijo:

Hay que hablar con el indio Juan Andrés para que organice a los guías para la cacería de venados.

Me imagino que vendrá con toda la parentela, se dedican a sacar hielo todos juntos, son como unos quince.

Quince es demasiado.

No lo crea, tienen que hacerse cargo de las bestias, llevar la carga, hacer fuego para cocinar y levantar las chozas, los quince creo que están bien–Le contestó ella con las manos entrelazadas sobre la mesa.

Parece que usted ha asistido a una cacería de venados, Rebeca.

Rebeca contestó:

Pues sí, una vez acompañé a doña Rosa que quiso ver con sus ojos qué era lo que hacía su marido que se encantaba tanto en esas correteadas.

Ya me estoy imaginando a don Gregorio espiadas por ustedes dos.

No se molestó, nos divertimos mucho.

Hay que decir que maten un chancho y que la Orfelina haga fritada con tostado y habas secas, que no se olvide del ají rocoto—Dijo José reclinado nuevamente sobre el papel.

No se preocupe. El indio Juan Andrés sabe como viajar, lleva alforjas llenas de ají y máchica con raspadura, lo mejor para la altura.

Vamos a necesitar más indios para que laven los platos, la ropa. Ya sabe cómo dejan la casa los invitados–Rebeca se puso a revisar unos apuntes.

José dijo:

Usted es experta en manejar el servicio doméstico, hay que ponerse manos a la obra, voy a ordenar que me manden unos mitayos para que se queden aquí una semana antes—hizo una pausa y continuó—A doña Rosa nunca le gustó indios dentro de la casa.

No tienen que entrar, sacaremos todo para que laven en la acequia que pasa por atrás, viene limpiecita, no tienen que estar en la cocina, faltaba más.

Suspiró aliviada mientras pensaba que el trabajo pesado lo harían los indios y los criados blancos y negros atenderían en la casa.

 

 

A mediados del mes de marzo vinieron los indios. Rebeca, de pie en el corredor de servicio y protegiéndose los ojos con la mano derecha vio al mayordomo que se acercaba montado en un caballo de páramo, venía con poncho rojo de castilla y sombrero de fieltro, zamarros de borrego, y enroscado a la cabezada de la montura, el látigo que había utilizado en el trayecto, lo vio desmontar y encargar al guasicama su caballo.

Buenos días doña Rebeca ya llegué con los indios que acaban de terminar la cosecha de trigo en las lomas.

Buenos días, Salvador, llegaste a tiempo.

Rebeca observó a las indias que venían arrastrando los pies, cargadas de guaguas a sus espaldas. Llevaban las trenzas sucias y despeinadas, iban descalzas con el cansancio en la cara curtida por el frío, el viento y el sol del páramo. Dos perros flacos husmeaban algo para comer.

¿Para qué traen esos perros horrorosos?

El mayordomo le contestó:

Ya sabe, no se queda nadie en las chozas para darles de comer.

¿Y aquí qué van a comer? Que ni se imaginen que les vamos a dar nada, lo que sobra es para los chanchos.

Los perritos comen los desperdicios personales.

¡Qué puercos que son!

En eso sí disculpe, pero todos tienen que desocuparse y mejor así los perritos dan limpiando.

Rebeca los vio y se sintió incómoda, no había nada que le molestara más que la presencia de los indios, olían hasta donde ella estaba dañando la tarde apacible que se iba extinguiendo. Se impacientó al ver que se acomodaban en los corredores del troje donde se quedarían por semanas.

Rebeca dejó a los indios y entró en la casa, cuando llegó a la cocina encontró a Ismael y le preguntó:

¿Qué es lo que haces?

Preparo té de menta para los patrones.

Qué rico que huele, y se dijo para si misma: “Con razón a doña Rosa le gustaban los esclavos negros, hacen todo con tanta gracia.” Y en voz alta:—Ismael, ya llegaron los indios, quiero que te hagas cargo de ellos y les organices como tú sabes, te tienen mucho miedo.

¡Ay, mama Rebeca! Es que creen que soy el diablo.

¿Sabes que eres alhajito cuando sonríes? Se te ven los dientes blanquísimos y te brilla la cara—Le dijo guiñando el ojo.

Gregorio y Mariana estaban jugando ajedrez y ninguno de los dos se dio cuenta que Ismael entró y colocó la bandeja sobre una mesita que estaba cerca. Tenían toda su atención sobre el tablero y se hacían mimos con las manos libres.

Sus mercedes; el té está servido.

Gregorio soltó la mano de Mariana y levantó la mirada, dijo:

Ismael nos ha preparado un té de menta, te va a gustar.

El esclavo sirvió el té y la habitación se lleno del aroma que salía de la tetera humeante.

Qué rico—Dijo ella mientras se ponía cucharadas de azúcar.

Te gusta tomarlo con mucha azúcar.

Sí, así se siente mejor el sabor.

Ismael se apartó y se quedó de pie junto a una consola, se puso a mirar por la ventana y luego se fijó en el tocador. Sus ojos se detuvieron en las orquídeas que estaban colocadas en un jarrón delante del espejo, segundos después miraba las lámparas de bronce y el tumbado abovedado con diseños en azul. Bajó la mirada a la alfombra y más allá observó la cama deshecha y las camisas de dormir tiradas sobre los sillones azules. De pronto se enderezó al oír al marqués:

Ismael, retira todo y vete.

Sí, amo—Contestó.

El esclavo retiró las tazas vacías y la tetera fría Cuando estuvo cerca de la puerta escuchó que el marqués le decía:

No te vayas lejos que podemos necesitarte cualquier rato.

Sí, su merced—Contestó Ismael volteándose para hacer una inclinación de cabeza y regresó a la cocina.

En la cocina encontró a Rebeca vigilando las labores de ese momento.

¿Todo bien, Ismael?—Preguntó Rebeca al verlo un poco alterado.

Sí, doña Rebeca, todo bien—Contestó y entró en la alacena a poner en orden los tarros de té que había alborotado para encontrar el de menta.

Rebeca dejó lo que estaba haciendo y lo siguió a la alacena donde se guardaban nueces, especias, dátiles, avellanas, vainilla, extractos de menta, romero y rosas. Había tarros de té cuidadosamente colocados unos junto a otros.

¿De dónde será todo esto?—Las etiquetas tenían dibujos y letras trazadas con finura.

Es mercadería que trae don José de Lima, son para México y las colonias inglesas.

¿Se produce todo eso en Lima?

No, doña Rebeca. En Lima hay hombres que se lanzan a la mar en las noches cuando no hay vigilancia y compran estas cosas a los oficiales de los grandes barcos.

¿Cómo consigue don José todo esto en Lima si es para México y las colonias inglesas?

Me contó que esto lo venden de contrabando.

¿Has olido qué delicia estos jabones?

Esos sí vienen de las tinas del Perú, son unas haciendas especializadas en hacer jabón, ahí trabajan esclavos, se ahogan en calor y olor repugnante.

¿Olor repugnante? Pero si huelen delicioso.

Es el perfume que le agregan, pero en las tinas de Arequipa se utiliza grasa de animales que se derriten en calderos infernales, el olor es horripilante.

Rebeca iba a retirarse cuando Ismael le dijo:

Tengo que ir a ver a los indios para asignarles las tareas de mañana, usted sabe que hay que repetir mil veces para que lo entiendan a uno. Hoy van a instalarse, pero mañana se ponen a trabajar desde la madrugada—Se detuvo frente a la puerta de la alacena para decir—Por favor, si el marqués me llama me avisa.

Claro, andá no más, Ismael. Yo te aviso cualquier cosa.

Cuando Ismael llegó al corredor del troje vio que las indias habían prendido las tulpas y cocinaban mote con pata. Le llamó la atención una joven de talle estrecho, el cabello negro casi azul brillaba mientras avivaba el fuego con un aventador de paja toquilla. Se paró junto a ella y le gritó:

¿Tú, cómo te llamas?

Ella le contestó en voz baja:

Pastora, su merced.

¿Dónde está el marido?

Ella tembló al ver la cara oscura, los ojos brillantes y los dientes blancos, le contestó:

En el nevado cosechando hielo—La candela iluminó sus ojos de capulí.

Ismael, cuando vio que todo estaba en orden se retiró sin dejar de ver a la india que aventó con más fuerza la candela.

Esa noche, Pastora se tendió rendida de cansancio junto al rescoldo de la tulpa. Tapada hasta las orejas con su manta no tardó en dormirse y soñó que estaba sentada junto al fuego donde preparaba agua de sunfo para Juan Andrés. El páramo estaba tranquilo y ella lo miraba volar como un cóndor sobre las breñas y el hielo del Cotopaxi.

Juan Andrés examinó la pared de piedra del nevado y tomó impulso para subir ayudándose de una soga. Se transformó en águila y encontró la punta donde colocó el nudo de la cuerda, entonces voló un trecho para ascender más arriba y encontró otro salido donde enlazó y así llegó al glaciar donde nacía el hielo, sacó el cuchillo afilado y cortó los bloques. Pastora, iluminada por el sol, sonrió y le mandó un saludo con el viento.

Ponele bastante panela a la aguita de sunfo para que esté dulce—Juan Andrés le susurró al oído.

Qué pronto bajaste, aguita no está lista tan, me vas a matar del susto—Contestó Pastora sobresaltada.

Ya era el amanecer cuando Pastora se despertó con con las manos heladas; la tulpa se había apagado y se dio cuenta que no estaba junto a Juan Andrés, que había sido un sueño. Abrió los ojos y vio que estaba en el corredor de servicio de la hacienda junto con otros que todavía dormían envueltos en los ponchos, muy juntos los unos con los otros para transmitirse calor. Sintió el rechinar del látigo y se levantó asustada tratando de evitar el fuetazo del mayordomo, pero no pudo esquivarlo y sintió que la espalda se le quebraba. El Salvador blandía su látigo especialmente contra ella mientras le gritaba:

Apúrate india perezosa, qué te crees que estás de descanso.

No, su merced—Contestó temblando y se levantó para esperar la tarea.

El mayordomo hacía sonar su látigo sobre el corredor de ladrillos viejos hasta que todos estuvieron levantados y asustados y les gritó:

¡Vayan a la puerta de la cocina y esperen que el Ismael les diga lo que tienen que hacer!

Se dirigieron a la cocina a paso lento, como si arrastraran pesadas cadenas sujetas a los pies, tenían la mirada apagada y el aliento seco, se detuvieron frente a la puerta de la cocina y esperaron hasta que apareció la cocinera que los miró con ojos desorbitados y les dijo:

Vayan a comer lo que trajeron porque después ya no van a poder ni sentarse. ¡Hay tanto trabajo!

El sol ya brillaba cuando los indios, alejados de la cocina tendieron sobre el suelo un pañolón sucio donde pusieron el tostado, habas y mote que habían cocinado la noche anterior. Estaban comiendo en silencio cuando llegó Ismael, con su ropa de colores, les dijo:

A ver, taiticos. Pondrán atención—Les hablaba como si fueran sordos, gritaba cada palabra. Ordenó—Ustedes, los hombres se van a poner a cavar el terreno que está en el potrero de los capulís para levantar la plaza de toros, las mujeres les van ayudar acarreando las piedras y el agua—Se volteó a ver los capulís y continuó—Cuidado con dañar los árboles.

Ismael se retiró y los indios se quedaron inmóviles esperando a que llegara el mayordomo y les encaminara con gritos y látigo a comenzar los trabajos.

Ismael entró en la cocina y se dispuso a preparar el desayuno del marqués con la ayuda de la muchacha de mano y el paje que llevaba los bizcochos para acompañar el chocolate y así entraron en la habitación. Colocaron el servicio en la mesita lateral, frente al espejo del tocador, la orquídea exhaló un perfume perturbador.

Alcánzanos las batas—Ordenó Gregorio.

El esclavo tomó del armario semi abierto las batas y se las entregó con la mirada baja. Clavado en el suelo no se atrevió a moverse hasta que el marqués sentado en su silla le pidió sus zapatillas, las encontró bajo la cama y se arrodilló para calzarlo.

Estamos listos, puedes servirnos—Dijo Gregorio.

Mariana se sentó junto a su marido y dijo:

Me muero de hambre.

Ismael vertió el chocolate espumoso en la taza de la marquesa que lo regresó a ver y le dijo:

Es el mejor chocolate del mundo, me están malcriando con tanto mimo.

Su merced, lo que más queremos es servirla bien—Contestó Ismael.

¿Te has olvidado de mí?—Preguntó el marqués con un gesto amenazador.

Perdón, su merced—Ismael se le acercó y le sirvió con gesto serio.

Me gusta que trates bien a mi mujer—Le dijo riendo Gregorio mientras remojaba su bizcocho en en la taza.

Ismael sonrió, la muchacha de mano y el paje rieron también, nunca habían visto al amo tan contento. Durante el desayuno no paró de hablarles y hacer bromas, la marquesa preguntaba todo con dulzura compartiendo con ellos el momento.

No se olviden de mandar a Adolfina para que me vista—Gritó la marquesa cuando los criados estaban ya de salida con las bandejas de sobras en las manos.

Sí, su merced—Contestaron los tres a la vez.

¿Quién es Adolfina?—Preguntó Ismael cuando salieron de la habitación de los marqueses.

¡Por Dios, Ismael! No puedes ser tan distraído, es la esclava jovencita que vino con la marquesa.

Hay tal cantidad de gente viviendo aquí que cualquier día me preguntan mi nombre.

Ismael caminó por la casa, atravesó corredores y pasillos, patios y jardines hasta que por fin encontró a Rebeca hablando con el hortelano, estaba tan absorta con las coles y las explicaciones que le daba el jardinero, que no lo sintió llegar.

Disculpe, señora Rebeca.

¿Qué pasa, Ismael?

La marquesa me mandó a llamar a su esclava Adolfina—La respiración de Ismael era entrecortada.

¿Tanto corriste para venir acá? La Adolfina hace fú que está atendiendo a la marquesa.

Ismael se despidió de Rebeca dejándola con las coles y la conversación interminable del hortelano que, descalzo y con una azadilla, colmaba las plantas mientras decía:

En unos quince días van a estar a punto.

En la cocina se puso un sombrero y salió a supervisar a los indios. A cada paso que daba se enojaba más. Pensaba: Qué dirá la marquesa cuando se entere que no sé de la existencia de una esclava negra si conozco a todas. Creía que todo estaba bajo mi control y resulta que hay una que se hace la viva y se esconde así. En ese estado de ánimo llegó donde estaban los indios y decidió desquitarse con ellos; les gritó, les dio cachetadas y puntapiés por cualquier descuido, les gritaba:

Apuren, vagos y agradezcan a diosito que no tengo fuete—Sabía que no necesitaba látigo que su color y corpulencia les atemorizaba tanto que trabajan mejor bajo su mando que bajo el de los caporales y mayorales.

Ilustración Eduardo Kingman

Anuncios