tinas

Los cortinajes del lecho estaban abiertos, Gregorio arrugó el entrecejo y vio a Mariana inclinada sobre él. Le pasó la mano por la cara, le acarició la trenza deshecha y dijo:

Me despierto y me encuentro con el sol de la casa.

Anoche pasaste el cerrojo de la puerta.

No quise que nadie nos molestara.

Pero alguien golpea a la puerta—Mariana le hizo una seña para que escuchara.

Tienes razón, es Ismael que viene con el desayuno—Se levantó y se puso la bata—Espera Ismael, ya abro.

Cuando el esclavo entró vio de reojo los zapatos enlodados de la marquesa tirados sobre el piso y la sobrecama llena de tierra, Mariana tenía hojas de capulí en el cabello. Les sirvió como siempre, pero ellos regaron el chocolate y mancharon el mantel. Al terminar el desayuno, Gregorio dijo:

Ismael, quiero que prepares el baño en las termas.

¿Tienes termas en la casa? No puede ser que no las conozca.

Están en la parte trasera, lejos de aquí. Hice que quedaran incorporadas a la casa.

No entiendo.

Es agua caliente que sale de las entrañas del Cotopaxi, pero ven, ven.

Momentos más tarde estaban sumergidos en la tina, Mariana tenía la cabeza apoyada sobre el pecho de Gregorio que le lavaba el cabello con un jabón que olía a limón. Ella observó el techo abovedado, las paredes de piedra del volcán, los espejos de cuerpo entero, las jarras y lavacaras de porcelana y dijo:

Parece una cueva encantada, la piedra de la tina es tan pulida que hasta brilla.

Esta tina es sólo para nosotros dos. Estoy seguro que es inca. Mandé a construir esa grande que ves para descansar con mis amigos luego de las cacerías. Pero esta sólo es nuestra.

¿Tú crees que aquí se bañó Atahualpa?

No lo sé. Pero es casi seguro que sí

—¿Te has bañado con alguien más aquí?

–No, sólo contigo.

–¿Y cómo supiste de este lugar?

Mi abuelo me contó que este baño estaba siempre cuidado, como si misteriosas manos lo limpiaran, yo comencé a sospechar que era inca, claro que no se podía decir mucho porque hay la orden de demoler todo lo que huela a inca—Miró hacia el techo abovedado—Es demasiado precioso como para derrocarlo así que lo arreglé con espejos y jarras de porcelana.

¿Tu abuelo y tu padre se bañaban aquí?

Sí, pero esto quedaba al aire libre. Les gustaba sumergirse en las termas calientes y les pareció muy cómodo que quedara cerca de la casa.

Mariana pensó que el espíritu indio estaba oculto en los nevados, los ríos y en esas piedras donde se estaban bañando.

¿Te has fijado que hay algo extraordinario en todo esto?

Mariana miró a su alrededor y asintió con la cabeza, él continuó:

No me refiero solamente a este baño, es que hay misterio en todo—Se calló por un momento, se sumergió en el agua y se arregló el cabello con las manos y continuó—A veces, cuando voy en mi caballo me encuentro con senderos tapizados con pétalos de flores.

¿Pétalos de flores como el día en que nos recibieron?

Gregorio la volvió a abrazar y le besó en la nuca. Dijo:

Ese día era nuestra recepción y es costumbre recibir al dueño de la hacienda con arcos de ramas y caminos de flores, pero me refiero a que un día cualquiera te puedes encontrar con algo extraño; una vez pasé con mi caballo por un un sendero amarillo de flores de nashca desparramadas, deben haber cosechado miles. Era tan intenso el aroma que sentí algo raro en el aire, otras veces he visto a los indios tocar una piedra cualquiera del camino, como si le estuvieran rezando, trataba de permanecer alejado pero siempre me veían y huían veloces.

Mariana se acurrucó entre su pecho y cuando sintió su abrazo protector le dijo:

A mí también me parece que hay algo raro en todo, como si flotara en el aire, lo sentí con Pastora—Al recordar a Pastora se liberó del abrazo y se colocó de tal manera que él pudiera verle la cara—¿Entonces, vas a permitir que salga de paseo con Adolfina y Pastora?

Sí, estoy pensando contratar de forma permanente a Juan Andrés y Pastora—Le contestó mientras la hundía en el agua tomándola por sorpresa, cuando ella pudo salir a respirar le botó agua a la cara y se besaron otra vez.

En la habitación de los marqueses las ventanas estaban abiertas y el aire entró con energía. Adolfina, Ismael y una criada recogían el desorden que habían dejado en su apuro por ir a las termas. Terminaron de arreglar el lecho y la muchacha se llevó la ropa sucia para lavarla en el río. Al quedarse solos, Ismael le dijo:

¡Pero qué linda negrita ha llegado sin que yo me haya dado cuenta!

Cállese, majadero.

¿Y por qué me dice majadero si le estoy diciendo que es linda?

Recoja las zapatillas y póngalas en el armario.

¿En el del marqués?

Claro pues, de la marquesa me encargo yo.

Los dos se callaron cuando escucharon los pasos de Gregorio y Mariana.

Buenos días, sus mercedes—dijo Adolfina haciendo una reverencia.

Ismael, ven a mi habitación a que me ayudes a vestir—Dijo Gregorio y el esclavo lo siguió.

Qué rico huele su cabello, Niña.

Es que me lo lavé con jabón de limón—Dijo Mariana quitándose la bata para que Adolfina la vistiera y peinara.

 

 Una mañana, Mariana dejó la pluma sobre la mesa y dijo:

Voy a retirarme—Estiró los brazos hacia el cielo y exclamó—¡Ya basta de tanta gramática!

¿Está cansada?—Preguntó Paul mientras ella bostezaba.

Sí—Bajó los brazos y se limpió con la mano las lágrimas que le había producido el bostezo.

¿Se puede saber qué va a hacer? La veo loca por salir.

¡Ay, sí! No he hecho otra cosa que estudiar—Miró la hoja en la que había escrito y entornó los ojos—si sigo así me voy a volver loca.

No lo creo, madame. El estudio nunca hace mal, además hemos alternado estudio con equitación y esgrima.

Sí, maestro. Pero yo no lo quiero ver por un buen tiempo.

¿Cómo?

No ponga esa cara de mártir ni se haga la víctima—Dijo Mariana al ver el asombro de Paul—No lo quiero ver en mi estrado ni aquí en su estudio enseñándome francés, ya me cansé—Estiró las piernas bajo el escritorio y se escurrió en el sillón—Y no me rete si mi postura no es la correcta, no voy a dar ni un paso atrás, en mi decisión.

Madame—Paul puso el codo sobre el antebrazo del sillón y con el mentón apoyado en la mano, dijo—No debe descuidar su postura, me supongo que no querrá parecerse a esas mujeres feas que andan con la espalda curvada.

Ya no me moleste, yo sé caminar recta y con porte, pero aquí me estoy aburriendo.

Usted es la que manda, yo no puedo obligarla a quedarse.

Mariana se levantó del sillón y se reclinó sobre el escritorio, que los separaba a los dos y lo miró de cerca.—No se enoje conmigo, usted sabe cuánto lo aprecio, por eso me atrevo a decirle esto.

Paul bajó la vista y Mariana se alejó del escritorio para situarse junto a él, le dijo:

No se ponga bravo conmigo, yo lo estimo mucho y le agradezco lo que me ha enseñado, pero también quiero salir al aire, pasear con Adolfina. ¿Tan mal le parece?

No, y creo que usted tiene razón, hemos trabajado sin descanso, pienso que unos quince días de vacaciones le harán bien—Paul se puso de pie.

Mariana se le acercó más y le pasó los brazos por el cuello, lo abrazó y le dijo:

Gracias por no enojarse y comprenderme.

Paul, se liberó del abrazo y le besó las manos. Le dijo:

Aproveche ahora que es tiempo de lluvias.

No me diga que se está riendo de mí. ¿Cómo quiere que aproveche si es tiempo de lluvias?

Ah, madame. Cuando las mañanas son así de lindas llueve por la tarde, por eso hay que salir temprano para regresar antes de que se ponga frío, eso es lo que se llama sol de aguas.

¿Cómo puede haber un sol de aguas? O hace sol o llueve.

Madame, se dice así porque es un sol esplendoroso que está absorbiendo la humedad del ambiente, entonces en la tarde llueve. Es una manera local de referirse a algo tan natural.

¿Cómo es cuando no es época de lluvias?

Cuando es verano hace un viento tan fuerte que seca toda la humedad, entonces no llueve.

—Mi marido  ha ordenado que me preparen un cucabi—Dijo Mariana cambiando de tema.

Paul le dijo:

Ya me sospechaba algo, vi a la cocinera preparando un almuerzo campestre.

¿Ah, sí. Qué preparaba?

No lo sé, algo muy rico tal vez, vi que ponía frutas y otras cosas en una cesta de mimbre.

Mariana salió y Paul se acercó a la ventana para distraerse con lo que veía en el jardín, pero no había más que pájaros y un gato que se estiraba al sol. Escuchó que alguien entraba sin tocar y se volteó. Al ver a Gregorio dijo:

Buenos días, marqués.

Buenos días, Paul—Gregorio se sentó en una de las butacas del despacho.

Usted ha montado a caballo por largo rato, sus ropas huelen a campo y a aire libre—dijo Paul y se sentó frente a Gregorio.

Gregorio lo miró con los ojos llenos de sol y le contestó:

No es difícil adivinar de dónde vengo—Se miró de los pies a la cabeza y dijo—Tengo las botas sucias, llevo zamarros y huelo a lodo, eso es lo que pasa cuando voy a recorrer el campo.

¿Fue a inspeccionar la loma donde sembraron el trigo? Estuve ahí y parece un mar verde, va a ser buena la cosecha.

Sí, y tenemos que cruzar los dedos para que siga lloviendo—Se quedó un momento pensativo y se pasó las manos por el cabello recogido en una coleta. Continuó—No podemos seguir confiados en la lluvia, por eso estoy trazando el curso de una nueva acequia que riegue los sitios donde no tenemos riego.

Las acequias precolombinas eran las mejores.

Seguimos con alguna pero la mayoría están destruidas, ya sabe que tenían mucha piedra tallada y las sacaron para construir iglesias y viviendas. Las descuidaron y ya no queda rastro de ellas.

Trate de encontrar vestigios de alguna y verá que le va a ser más fácil.

Usted y su admiración por las culturas prehispánicas me van a sacar de juicio—Cruzó las piernas y continuó—El mundo de hoy es otro, hay que borrar lo que más se pueda para construir lo nuevo, lo moderno.

¡Qué mal! Pero en fin, usted es el amo y sabe lo que hace—Contestó y regresó junto a la ventana. La abrió de par en par.

Sentado en el sillón, Gregorio apoyó el mentón sobre su mano y observó a Paul que parecía buscar algo en el jardín. El sol entró por la ventana abierta y la brisa agitó las cortinas de muselina blanca, el francés parecía consumirse en una luz clara. Gregorio sonrió como si alguien le hubiera hecho una broma y pensó: “Parece que un espíritu solar se está comunicando con él”

Hace un rato parecía usted un fantasma.

¿Cómo dice?—Preguntó Paul y se volvió a sentar.

Entró el sol, se movieron las cortinas y usted quedó como una silueta a punto de disolverse en luz, pero no se emocione pensando que es el espíritu de Atahualpa que lo persigue—Sin saber el por qué preguntó—¿De dónde es usted?

¡Vaya, marqués! Qué pregunta es esa si usted sabe que soy de Francia.

Pero por un momento me pareció ver unos rasgos diferentes en su cara, no sé, tal vez fue efecto de la luz cuando usted estaba en la ventana.

¿Y qué vio de diferente en mi rostro?

Nada, olvídelo.

Está bien, olvidemos a los incas y hablemos de su esposa.—Es inteligente, aprende rápido. No puedo creer que cuando llegó casi no sabía escribir y ahora habla el francés sin acento y está aprendiendo a escribir correctamente los dos idiomas, estoy contento.

Es una buena noticia, me gusta lo que está aprendiendo con usted, sin embargo, le cuento que quiere unos días de vacaciones.

Ya lo sé y hemos quedado en que durante quince días no tendrá lecciones conmigo, pero, cambiando de tema, hay algo que quiero comentarle.

Diga, Paul.

Usted sabe que parte de mi venida a éste lugar del mundo se debe a mi pasión por la Historia, por los acontecimientos de la conquista.

Sí, claro que lo sé. Se pasa leyendo libros y desenterrando huacas por todas partes, ya sé que tiene ollas, cuencos y utensilios de los indios antiguos.

A usted le gustan también, he visto las piezas que tiene en su estudio, son muy bellas–Dijo Paul.

Sí, pero tampoco me rompo el cerebro pensando en cómo las hicieron, se trata de una cultura muy rudimentaria, infantil.

A lo mejor es como usted dice, pero el Imperio Inca fue una civilización avanzada.

Eso dicen los extranjeros, pero si se pone a pensar no hay lugar a ninguna admiración, perdieron su poder de forma apabullante ante un ridículo número de españoles que los conquistaron en buena ley.

Pienso que se cometieron muchas injusticias

En la guerra no hay injusticias, querido Paul, solamente estrategia—Miró a su instructor de esgrima fijamente y le dijo—Los franceses han sido más crueles.

Marqués, no quiero entrar en discusiones que no llevan a ninguna parte. Estoy interesado en las civilizaciones que había en estas tierras antes de que llegaran los españoles—Lo miró y le pareció ver en él más interés que enfado, continuó—No nos hace mal conocer la realidad del vencido, es mejor saber que ignorar, el saber es bueno querido marqués. Además, quién sabe cómo fue, el tiempo hace que todo sea más confuso.

Está bien, Paul— tomó entre sus manos una figurita de jade que reposaba en una mesita cercana y continuó—Cuénteme qué le interesa tanto sobre los indios.

Estoy atraído por la forma como los incas convertían en momias los cuerpos de sus reyes, sacerdotes y otros más. Es fascinaste si se toma en cuenta que no creían en una vida celestial después de la muerte.

¿Cómo puede decir eso, si Atahualpa pidió ser bautizado para que no quemaran su cuerpo y pudiera viajar en paz hacia la morada de su padre, su dios Inti?

Marqués, el culto al Inti era un culto estatal impuesto por los Incas para someter más a sus vasallos.

Nunca he oído algo semejante.

¿Por qué cree que el culto al sol se esfumó tan rápido?

No se ha perdido, incluso en las iglesias está pintado el sol inca.

Eso confirma que los conquistadores no le tuvieron miedo al Inti y dejaron que se llene las iglesias con soles resplandecientes. El sol ha sido siempre un elemento sagrado para los incas y para casi todas las civilizaciones antiguas. Incluso nosotros cuando amamos solemos decir eres el sol de mi vida.

No entiendo su punto.

El punto es que los restos de los antepasados eran más importantes que el sol, especialmente de los emperadores.

El marqués dijo:

Me vendría bien un café recién pasado.

Paul se asomó al corredor para ordenar el café y una bandeja de dulces a uno de los criados que pasó por ahí. Cuando regresó, el marqués estaba sentado otra vez mirando fijamente la figura de jade.

Enseguida vienen con el café.

Gracias, me hace falta un poco de energía para escuchar lo que me cuenta—Dijo sin dejar el figura de jade.

Paul se sentó frente suyo y con el codo sobre la rodilla y el mentón apoyado en su puño, le dijo:

Hay que tener en cuenta que entre los incas la muerte no era más que un paso a otra vida, pero no una vida en el cielo sino aquí en la tierra.

El marqués lo miró sorprendido y devolvió el jade a la mesita, al ver su asombro, Paul le dijo:

Sí. Mientras estén escondidas las momia de los incas, mientras haya algún huesito enterrado, los indios seguirán adorándolo.

No lo creo.

Marqués, según lo que he investigado en los libros de los cronistas que usted tiene, los incas creían en el camaquén, algo así como la fuerza vital que yace dentro de todo organismo, por eso Atahualpa prefirió bautizarse para que no quemaran su cuerpo, si lo hubieran hecho desaparecería su camaquén para siempre.

Los dos callaron cuando entró Ismael con el café y las quesadillas, el marqués le dijo:

Nos sirves y te vas, cuando salgamos retiras la bandeja.

Ismael sirvió el café y las quesadillas, luego se retiró y cerró la puerta. Ya en el corredor caminó unos pasos, regresó y pegó la oreja a la cerradura.

A ver si entiendo, Atahualpa prefirió bautizarse para que no se le escapara la fuerza vital y…

Sí, marqués. Atahualpa sabía que si escapaba a la hoguera, los suyos desenterrarían su cadáver para momificarlo. Al convertirse en momia o mallqui continuaba en otro estado de vida, los incas no creían en el infierno ni el cielo ni el purgatorio por eso no le tenían miedo a la muerte; sabían que sus parientes buscarían sus restos y los momificarían para cuidarlos y que nunca le falte nada. De esa manera su fuerza vital seguía moviendo el mundo. La momia de un emperador era más poderosa que cualquier otra, el mallqui de Atahualpa cobra más importancia teniendo en cuenta que ya se han capturado o quemado a las momias del Cuzco, pero este cuerpo no se ha encontrado en ninguna parte.

El marqués tomó el último sorbo de café y dijo:

Sí, en el Cuzco la corona ordenó la quema de todas las momias. Claro que hay otras, las hemos encontrado incluso aquí pero no he visto que ningún indio les rinda pleitesía.

Los indios jamás demostrarían sus creencias delante de los españoles o criollos, menos delante del amo.

Gregorio guardó silencio como si estuviera concentrado en algo y el francés continuó:

Retomando lo que le dije sobre Atahualpa, su cadáver debe estar momificado y guardado en alguna parte.

O en muchos sitios.

¿Cómo dice, marqués?

Si ya no podían momificar el cadáver de Atahualpa, bien pudieron repartir sus restos por muchos sitios—Dejó la taza sobre la mesa.

¿Donde ha oído semejante cosa, marqués?

Se me acaba de ocurrir, no se asuste tanto—Gregorio rió y se acomodó en el asiento, luego dijo—Dicen que el Cuzco estaba cubierto con tanto oro que debían taparse los ojos para no quedar ciegos.

Así es marqués, sin embargo, para los incas el oro no era un bien monetario, no tenía el valor que le damos nosotros, era más bien un adorno precioso, sagradas lágrimas del sol, a lo mejor pensaban que el sol adquiría más fuerza si veía reflejado su resplandor en el metal que tanto nos gusta a nosotros—Cambió su postura y dijo—He llegado incluso a escuchar que el oro era para ellos una manifestación del sol en la tierra, que al adorarlo tanto brotaba en muchas partes.

El marqués sonrió y dijo:

¿Me va a decir que es por esa razón que las minas se están extinguiendo? Ya no se adora al oro como algo espiritual sino como moneda, como un bien económico.

No, no digo que lo que pensaban los indios es verdadero, no había pensado en lo que usted dice que las minas de oro se están extinguiendo porque ya no se lo trata como algo de la divinidad.

Gregorio dijo:

Ahora entiendo por qué Atahualpa ofreció un cuarto lleno de oro para su rescate, no estaba empobreciendo a su pueblo—Se quedó pensativo y luego continuó—Debe haber caído en cuenta de que los españoles tenían fiebre de oro, si no hubiera sido por ese metal, no se hubieran tomado la molestia de viajar hacia acá.

Habla usted de los españoles, como si usted no fuera uno de ellos. Español es usted, esa es su nacionalidad.

Paul, últimamente he pensado en eso, tengo sangre española por los cuatro lados, mi padre era prácticamente un conquistador, al menos desciende de ellos—Se levantó y comenzó a caminar por la habitación, el francés lo siguió con la mirada—Pero de pronto se me ha venido a la mente que soy de aquí, que si bien mi sangre es española mi temperamento es nuevo, es diferente al de los peninsulares.

Pero tampoco es indio, ni mestizo.

El marqués se detuvo frente a la ventana y apoyó la frente contra los cristales. Dijo:

Es como un amor nuevo. Las montañas, nevados, las selvas y ríos son parte mía, soy de aquí aunque no sepa cuál es mi lugar.

Usted es un criollo, no hay misterios.

Un criollo orgulloso de su sangre española, celoso de sus apellidos y alcurnia. Sin embargo, aprendí el quichua antes que el castellano, arrastro las erres y pronuncio las eses exageradamente.

Y le gusta la música de los tambores negros, el baile de los esclavos, las fiestas indígenas y cabalgar por los páramos en busca de un venado.

El marqués se retiró de su sitio en la ventana y riendo le puso una mano en el hombro a Paul mientras le decía:

¡Qué cosas me ha dicho hoy! Creo que lo pensaré cuando esté solo para tratar de entender quiénes mismos somos los que habitamos estas tierras, pero ahora vamos a practicar esgrima y que el día pase rápido para que Mariana regrese, me da miedo que le pase algo.

Pero está en un lugar muy seguro, no puede ir muy lejos.

Siempre puede pasar algo, no sabe cuánto la amo.

¡Ah, mi querido amigo! No tiene que decirlo, se le nota hasta cuando camina.

Al otro lado de la puerta, Ismael dejó de escuchar tras la cerradura y se encaminó ligero hacia su sitio de guardia desde donde les hizo una reverencia cuando los vio salir. Entró a retirar la bandeja de café mientras pensaba que era inaudito que Atahualpa hubiera entregado un cuarto lleno de oro.

En el gimnasio, Paul le dijo:

Es usted un buen esgrimista.

Gracias.

Cuando Gregorio se quedó solo, volvió a pensar en lo extraño que le pareció Paul junto a la ventana y se dijo para si mismo: “Parecía un inca, tenía la nariz aguileña y los pómulos salientes”

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