hogarth

Durante las siguientes semanas, Mariana y sus dos acompañantes recorrieron los campos, cosecharon capulíes y caminaron descalzas por acequias de aguas heladas. Bajaron a las quebradas con el corazón asustado y se detenían un buen rato para ver si venía una creciente y se las llevaba para aplastarlas contra las rocas, cuando se convencían que no había peligro se ponían a caminar por el lecho seco. Comían lo que Hortensia les preparaba, a pesar de la desaprobación de Rebeca que pensaba que la marquesa era una niña malcriada que no asumía su responsabilidad como ama y dueña de casa. Una de esas mañanas en que correteaban por los potreros divisó a Salvador Lujano montando un caballo paramero, ella se detuvo y lo miró detenidamente. Él se acercó en su caballo lentamente, se quitó el sombrero y la saludó:

Buenos días, su merced. Ya sabe que estoy para servirla en lo que usted ordene.

Mariana lo iba a despedir sin más, pero de pronto se le ocurrió una idea y le dijo:

Salvador, quiero tres caballos para recorrer la hacienda.

Como ordene su merced.

Pero no quiero que lo sepa nadie, ni el patrón, ni Rebeca ni nadie de la casa. ¿Cómo hacemos?

El hombre dudó, no se atrevía a hacer nada a espaldas del patrón, pero cuando vio la mirada decidida de la marquesa, se le ocurrió que era la dueña de todo y la iba a complacer para ganarse su confianza. Desmontó y tomó las riendas con la mano que estaba libre, en la otra sostenía el sombrero en señal de humildad, le dijo:

Señora, usted es la patrona. Una orden suya basta para que yo obedezca, le voy a tener los caballos listos en los corrales de San Nicolás—Se volteó y señaló con la mano—los que están más atrasito, nadie la va a ver.

Mariana le agradeció el favor y se alejó seguida de las otras. Con las mejillas arreboladas y el cabello en desorden dijo:

Mañana vamos a los corrales.

Yo tengo miedo de la reacción del amo—dijo Adolfina temblando con la sola idea.

Nunca se va a enterar, y si lo hace tendrá que recriminarme a mi, tú no tienes nada que ver en esto.

Me da mucho miedo, niña. Nos vamos a meter en un lío bien grande.

No, ya viste que el mayordomo dijo que soy la patrona de todo, se tiene que obedecer mi voluntad.

Al día siguiente se cambiaron de ropa en la choza de Pastora y con atuendo de hombre llegaron a los corrales donde los esperaba el mayordomo con tres caballos ensillados, lo acompañaban dos indios descalzos que las ayudaron a montar. Durante una semana se repitió el mismo ritual y Salvador Lujano se llenó de orgullo al ser el hombre de confianza de la patrona.

Las tres salían todas las mañanas a caballo sin que lo supiera el marqués, iban disfrazadas de hombres. Un día, en que habían galopado largo tiempo, llegaron a un sitio más alto. Hacía frío y se detuvieron a admirar el Cotopaxi que resplandecía de blancura. Mariana aspiró el aire y sintió un escalofrío ante la vista imponente de Los Andes que la rodeaban. Se fijó en algo y preguntó:

¡Qué es ese penco azul?

Es mishky, su merced. Así dejan para chaguar por eso se llama chaguar mishky—Dijo Pastora frenando a su caballo.

No entiendo por qué hacen eso, por qué dejan ese recipiente ahí.

Niña, es un líquido dulce que sale del penco, mishky quiere decir dulce y chaguar quiere decir ordeñar. A veces, las mujeres no tienen tiempo para esperar y dejan ese pilche para que se llene, lo recogen por la mañana y la tarde.

Chaguar mishky quiere decir ordeñar dulce—Dijo riendo Mariana.

Desde entonces robaron los mates de mishky de los pencos olvidados, les gustaba su sabor dulce y se olvidaban que tenían que hervirlo para no enfermarse pero les daba energía y nunca les pasó nada malo. Así pasaban hasta que el sol se ponía y regresaban locas de alegría a vestirse como siempre con la ropa que habían dejado en la choza de Pastora. Al otro día emprendían a pie por un camino diferente y se metían en las chacras de maíz para chupar caña y meter choclos tiernos en sus bolsillos que asaban en la tulpa que hacía Pastora. A veces asaban unas cuturpillas que derribaban con las catapultas que les fabricó Ismael.

Algunos días, Mariana llegaba tan sucia que había que improvisar una tina en la cocina donde la bañaban, le ponían un camisón, una bata y pantuflas para que fuera a sus aposentos donde Gregorio le aplicaba pomadas y ungüentos en las rodillas rasguñadas y algodones empapados en agua de manzanilla mientras le decía:

Por favor, ten un poco más de cuidado.

Gregorio le pedía que se cuidara aún a sabiendas de que se subía a los árboles y asaba pájaros que había cazado con una catapulta. Pero un día en que llegó vestida de hombre y con el pelo revuelto, Gregorio la recibió con frialdad y le jaló dentro de la habitación, cerró la puerta y la sostuvo por el brazo con brusquedad, ella le dijo:

¡Por favor, me estás haciendo daño!

Más daño te voy a hacer si vuelves a desobedecer una orden mía que es terminante ¡No quiero que salgas a cabalgar sola!

Mariana, en un impulso por defenderse se aferró a su torso y se puso a llorar mientras le suplicaba:

Por favor no te enojes conmigo.

¿Cómo quieres que no pierda la paciencia si me enteré esta mañana que sales a cabalgar solamente con la compañía de una negra y una india? No te das cuenta a lo que te expones.

Pero tú autorizaste que saliera a caminar…

A caminar es muy diferente porque no sales de un lugar seguro, pero cabalgar es otra cosa—La lanzó con brusquedad al sillón rosado y la miró llorar sin inmutarse. Luego de un rato se sentó en la silla del rincón, sus largas piernas se extendieron por la alfombra y Mariana vio de reojo sus botas negras relucientes.

¿Por qué sales sin mi permiso, por qué haces lo que te da la gana?—Gritó con voz amenazadora

Me gusta ir a caballo, no creí que fuera tan peligroso.

Me cuesta pensar que fueras tan inconsciente. ¿No te das cuenta que estamos rodeados de salteadores, cuatreros, ladrones? Aquí no puedes movilizarte sin hombres armados, si quieres salir sola irás custodiada por tres hombres con fusiles y cuchillos.

Mariana lloró con más desconsuelo negando con la cabeza lo que le decía su marido, que enfurecido otra vez le dijo:

¿Qué es lo que te pasa?

Y sin esperar respuesta grito con una voz que a Mariana le pareció terrorífica:

¡Ismael!

Ismael entró con la cabeza inclinada esperando por las órdenes de su señor.

Que Adolfina venga en este instante.

Sí señor.

Mariana se puso a temblar, ya no se atrevió a decir nada, solo miró las botas trasladándose de un sitio a otro de la habitación, por un momento alzó la mirada y lo vio furioso. Bajó nuevamente la cabeza y esperó lo que le pareció una eternidad hasta que llegó Adolfina.

¿Me mandó a llamar, amo?

¡Entra!

El terror de Adolfina se esparció por la habitación.

¡Deja de hacerte la mosquita muerta, me oyes!

Se acercó peligrosamente hacia donde estaba la esclava y la tomó por el brazo haciéndole daño, le gritó:

¡Voy a mandar a que te den unos buenos azotes, hay un látigo esperando por ti, y deja de llorar que me pones más furioso!

Mariana veía por el rabillo del ojo las lágrimas de Adolfina, bajaba la vista muy asustada y entonces veía los pies descalzos retrocediendo ante las botas lustrosas que se movían con furia. Gregorio dejó en paz a Adolfina y comenzó a dar grandes pasos por la habitación, Mariana se atrevió a mirar cómo se mecía el cabello con sus manos nerviosas. Gregorio se detuvo frente a la ventana sin ver nada de lo que sucedía afuera, estaba tan furioso que le dio miedo hacer algo de lo que podía arrepentirse después. Respiró profundo y se calmó un poco. Cuando se volteó se encontró con las dos jóvenes aterrorizadas ante su presencia. Respiró otra vez, y se arrepintió de haber perdido los estribos de esa manera. Mariana bajó rápidamente la cabeza y volvió a ver sus botas que parecían moverse con más calma, lo escuchó decir:

Adolfina, tranquila, olvida todo y vete.

Cuando Adolfina salió, Ismael que lo había escuchado todo, la tomó en sus brazos y la dejó llorar contra su pecho fornido.

¿Cómo se te ocurre hacer algo sin que lo sepa el amo?

Me dijo que me fuera tranquila—Alcanzó a balbucear Adolfina en medio de un torrente de lágrimas.

Lo escuché, pero tendrás más cuidado porque cuando se enoja puede ser terrible,

Ya me di cuenta.

No, ha sido demasiado generoso, antes no hubiera perdonado una falta así y estuvieras enferma por los castigos. Agradece que la marquesa lo ha cambiado tanto.

Gregorio vio a su mujer tan asustada que no supo cómo pedir perdón. Dijo:

Marianita, no quise ser tan duro, pero entiende que me preocupo mucho por ti, si te pasara algo no podría perdonarme.

Ella no contestó, seguía con la mirada fija en el suelo, él se sentó frente a ella y le tomó del mentón para que alzara la cabeza, le buscó los ojos y le dijo:

Por favor, no vuelvas a hacer nada sin consultarlo antes conmigo, no lo hago por molestarte ni quitarte libertad sino por que no quiero que te pase nada.

Mírame–Le levantó el mentón.

Ella lo miró con los ojos húmedos, él le dijo:

No quiero que me cuentes quién te dio los caballos, lo sé y por esta vez me voy hacer el de la vista gorda.

Mariana bajó la mirada y se miró las manos.

Tú estás preocupada por algo, dime qué es lo que te molesta.

Ella lo miró a los ojos con una súplica. Dijo:

Tengo miedo por Pastora, por favor no la castigues.

Ya te dije que me voy a hacer de la vista gorda, no le diré ni una palabra, pobrecita, me imagino que hizo todo por obedecerte. A la que debería dar unos azotes es a ti, sólo a ti—Pero en lugar de eso la abrazó con más ternura.

Mariana, refugiada entre sus brazos dijo:

Gregorio, me preocupa Pastora, aunque la hayas perdonado. Me preocupa su situación.

¿Cómo es eso?

Es una india, todos los hombres de aquí son autoridad para ella, le pueden caer a latigazos, se van a burlar de verla vestida de hombre montando a caballo.

¿Pastora va vestida de hombre?—El marqués sonrió

Si—Contestó ella con la mirada baja y no alcanzó a ver la sonrisa.

Gregorio le levantó otra vez la cara, pero ella se hizo un ovillo contra su pecho y siguió llorando.

A ver, otra vez las lágrimas me van a arruinar la camisa—Le extendió un pañuelo para que se limpiara la cara—¿Cómo te hiciste tan amiga de la Pastora?

Ella lo miró con sus ojos empapados y le contestó:

Es linda, tiene un carácter suave y se ríe de todo, tiene buena voluntad—Miró el pañuelo que sostenían y continuó—Siempre lleva algo de comer para añadir a lo que me manda Hortensia, con su pañolón hacemos una mesa sobre el pasto y comemos de todo, ella no se atreve a coger lo mío y Adolfina y yo tenemos que obligarla a que coma una pierna de pollo y un pedazo de pastel de manzana. Sabe el nombre de todas las plantas y nos dice para que sirven—Alzó a ver y le preguntó—¿Sabías que casi todas las plantas que hay por aquí son medicinales? Un día en que yo tenía un dolor muy fuerte de estómago, me dio a beber una infusión que me curó en menos de treinta minutos.

Gregorio le besó el cabello lleno de hojas de capulí y le dijo:

Si quieres salir a caballo lo harás acompañada por hombres armados y les vas a enseñar que eres el ama absoluta de todo a tal punto que no se atrevan a decir ni opinar sobre las órdenes que des, tendrán que respetar que lleves a Pastora, sólo tú sabes lo que quieres y esos deseos van a ser obedecidos por tu escolta. Yo les daré órdenes e instrucciones, pero luego vas a ejercer tu autoridad, tienes que aprender a ser el ama de todo lo mío.

Pero no me voy a sentir bien si me siguen tres hombres armados, no voy a poder hablar de lo que quiero.

Vas a ir con tres hombres armados que te esperarán a una distancia prudente cuando quieras almorzar con Adolfina y Pastora.

La obligó a mirarlo otra vez y le dijo:

—Mariana, tú eres la dueña de todo, tienes que aprender a mandar, hacer que se cumpla tu voluntad. Los administradores, sirvientes, mayordomos, esclavos y todo el personal que hay aquí tienen que saber quién es el ama y eso te lo tienes que ganar, piensa si algún día muero, me enfermo o tengo que ausentarme…Ese día serás tú la que tome las riendas de todo.

Mariana no quería imaginar que Gregorio desapareciera ni un día, pero no pudo pensarlo mucho porque ya la estaba besando y acariciando. Aquella noche, le hizo el amor con una dulzura nueva y luego la acurrucó entre sus brazos hasta que se quedó dormida.

Mariana y las otras dos cabalgaban vestidas de hombre con altas botas de cuero y sombrero de ala ancha, a prudente distancia las acompañaban tres hombres que llevaban sus armas bajo los ponchos rojos de castilla. Las tres jóvenes cantaban, reían, galopaban, bajaban la marcha y sobre todo, conversaban hasta los codos. Un día, en su afán de salir temprano, olvidaron la cesta con el cucabi y más allá del mediodía sintieron hambre.

¿Y ahora, qué hacemos? Estamos lejísimos de la casa y me estoy muriendo por un locro con aguacates—Dijo Mariana.

Allacito vive abuelita, podemos pedir posadita y nos ha de dar platito de comida—Contestó Pastora al divisar una choza de adobe con techo de paja por donde se escapaba el humo directo al cielo azul.

Desmontaron y a una seña de Mariana, los hombres de poncho tomaron los caballos y los amarraron a unos árboles de capulí, ellos hicieron lo mismo y se sentaron en la hierba a comer lo que habían traído.

Mariana miró la pequeña sementera de papas y al otro lado un corral donde una chancha y sus puerquitos se revolcaban en el lodo, el olor a humo y majada de puerco le llegó como la exhalación de un mundo desconocido, tuvo que inclinarse para entrar por la puerta bajita. La oscuridad cálida de un vientre materno la envolvió. Había una pequeña fogata con una olla de barro, Pastora le explicó:

Es la tulpa, su merced. Ahí se cocina comidita, su merced.

Mariana, acostumbrándose a la penumbra divisó una mujer indígena descalza y con el pelo recogido en un guango, igual al que llevaba Pastora.

Bendición, abuelita—Le dijo Pastora poniendo las manos en oración.

La abuela le hizo la señal de la cruz y dijo algo en quechua que ni Mariana ni Adolfina entendieron, Pastora le contestó algo, la abuela la escuchó sorprendida, luego se dirigió hacia Mariana y se arrodilló con las manos juntas mientras decía:

Mamitica, bonitica, amita patronita—Parecía que lloraba mientras besaba las botas de la marquesa..

Levántate—Le contestó Mariana mientras la ayudaba a ponerse de pie.

Pastora le dijo:

Abuelita, la niña tiene hambre, dele platito de comida.

Cómo va comer comidita mala, comidita de pobre, ha de castigar mayoral.

En ese instante Mariana comprendió que no debía estar ahí, que era el mundo escondido de los indios, pero se sintió tan atraída que le dijo:

Danos lo que tengas, cuando hay hambre no hay comidita mala.

Pastora ayudó a su abuela, sacaron la olla de barro y dividieron el contenido en pocillos, sólo había una cuchara que lavaron en el agua de una tinaja vieja y se la dieron a Mariana que, sentada en el suelo con las demás, dijo:

Está muy rico. ¿Qué es?

Pata de res con mote, fréjol, papas y cebadita, patronita. Todita la mañana cocinando—Contestó la abuela que todavía no se reponía del susto de tener en su choza a la marquesa.

Cuando terminaron el potaje de pata de res, la abuela lavó los pocillos y los volvió a llenar, de algo dulce.

¿Qué rico, qué es?

Arrocito de cebada con mishky, amita patrotina.

¿El mishky de los pencos?

Ari, patronita—Le confirmó la vieja—Se cocina bien con el arrocito de cebada y queda bien rico.

¿Cómo se saca el mishky?

Hay que saber hacer un hueco en shungo de penco…

¿Qué es shungo?

Shungito, ca, corazón es.

¿Le ponen raspadura? Es muy dulce.

No su merced, mishky ca dulce es.

Después, todas callaron y Mariana sintió el abrigo y cobijo de la vivienda tan humilde donde se cocinaba en el fuego lento que ardía en el centro, la vivienda estaba ennegrecida por el humo que nunca cesaba. El calor, el humo y la penumbra la sumieron en una especie de letargo, las voces se habían silenciado y el espíritu del tiempo deambuló por las paredes de la choza. Sus ojos se detuvieron en un pequeño nicho donde había el cuadro de una virgen y sintió como si un secreto se escondiera detrás, pero descartó ese pensamiento y dijo que era hora de regresar. Algún día voy a averiguar qué hay detrás de la virgen, pensó montada en su caballo alazán.

Cuando Mariana llegó a la casa se limpió la cara y las manos en el lavamanos del corredor y como no se había ensuciado como otros días, se dirigió a sus habitaciones con la ilusión de encontrar a su marido. Pero la habitación estaba solitaria y lo buscó por toda la casa hasta que lo encontró en la galería azul conversando con Paul. Cuando Gregorio la vio le preguntó:

¿Cómo te fue? ¿Te acompañaron los hombres armados?

Sí y ayudaron mucho. Se quedaron con los caballos mientras nosotras almorzábamos en la choza de la abuela de Pastora—Le contestó mientras se sentaba junto a él devolviéndole el beso que le dio.

El marqués no pudo disimular su inquietud y le preguntó:

¿Almorzaste en una choza? ¿No te prepararon el almuerzo para llevar? ¡Esto sí que es el colmo, me van a oír!

No, no. No te enojes, yo me olvidé el almuerzo.

¿Pero cómo es posible?

Paul escuchaba con la vista baja, no quería intervenir en una disputa conyugal, quiso irse, pero el marqués lo detuvo con una seña de la mano y se volvió a sentar. Mariana protestó:

¿No puedes oír lo que te quiero decir? Siempre estás dando órdenes y decidiendo hasta lo que debemos pensar el resto de los mortales que vivimos contigo.

El marqués miró a Paul esperando una respuesta, el francés se encogió de hombros.

¿Qué querías contarme?

Nada, ya no tiene importancia—Contestó ella y se levantó para marcharse, pero el marqués la tomó por la muñeca y la obligó a sentarse.

No actúes como una niñita malcriada y di lo que me quieres decir, si fui brusco perdóname, sólo me preocupo por tu bienestar.

Ismael, que estaba de pie tras ella le sirvió una agüita aromática que Mariana agradeció en silencio. Cuando el marqués la tomó de la cara y le pidió perdón, ella contestó:

Hoy tuve un día hermoso, sentí algo profundo, como si en la penumbra de la choza la huella de la vida se me hubiera aparecido.

Ni el marqués ni Paul la entendieron pero la felicitaron de todo corazón por el día hermoso que había tenido. Más tarde les sirvieron una sopa caliente y un plato frío. La mesa estaba puesta con mantel blanco y las velas del candelabro lanzaban sombras sobre los platos y los vasos de cristal. Algo muy extraño le estaba sucediendo y le pareció ver sobre el mantel, la silueta del nicho con el cuadro que vio esa mañana.

¿Qué te pasa, Mariana? Parece que has visto una aparición.

No, no me pasa nada—Lo alzó a ver y le dijo—tomando el café como de costumbre.

Gregorio miró al francés y se dijeron con la mirada que no entendían nada.

Por unos días llovió sin tregua y Mariana no pudo salir más, entonces, después de la misa y las clases de francés, deambulaba con sus criadas por la casa. Se metían en los recovecos hasta que un día encontraron un cuartito, se acercaron silenciosas a la puerta y Mariana preguntó:

¿Ustedes creen que hay alguien adentro?

Sí, su merced—Contestó Adolfina—oigo ruido.

Veamos qué pasa—Dijo y empujó la puerta que no tenía cerrojo ni hizo bulla.

Pastora se escapó al jardín para que no la castigaran si la encontraban ahí.

Mariana y Adolfina vieron a Paul sentado en una silla, cubierta la cara con un cono de papel grueso que lo protegía del polvo blanco con que Ismael  empolvaba su peluca. Adolfina observó al  negro moviéndose alrededor del francés con su ropa multicolor y el turbante blanco y pensó que se parecía a uno de los reyes magos del nacimiento.

Cuando vieron que Ismael terminaba con el atuendo del francés, se escondieron en una bodega que quedaba en el corredor hasta que Paul saliera, entonces entraron y tomaron a Ismael por sorpresa:

¿Dónde compra el francés sus pelucas—Preguntó Mariana de sopetón.

Ismael saltó asustado y cuando las vio dijo:

Trajo dos de Francia pero estas las fabrico yo—Sonrió como si estuviera encantado con esa visita inesperada.

¿Cómo lo haces?

Es difícil, se necesita mucha paciencia.

Adolfina dijo:

Ismael, si la marquesa me permite puedo ayudarte, tú me enseñas—Tenía las manos entrelazadas en la espalda y sus trenzas diminutas se agitaron con el movimiento de cabeza.

Claro, Ismael. Enseña a Adolfina, quiero que me haga los peinados más bellos—Dijo Mariana y señaló con el dedo los dibujos de mujeres con los peinados empolvados.

Lo que su merced ordene, pero las damas no usan pelucas.

Ya lo sé, pero si puedes confeccionar una, también puedes elaborar estos peinados y enseñarle a Adolfina.

Claro, Adolfinita, véngase conmigo—Le sonrió y enseñó sus dientes blancos.

Adolfina se retiró asustada y Mariana dijo con la cara seria.

Será pronto porque hay que preparar la ropa para la fiesta que vamos a dar en la casa de Latacunga.

Las lluvias refrescaron la tierra y las sementeras se llenaron de brotes verdes, los pájaros se refugiaban en las copas de los árboles. Mariana aprendía francés, esgrima y escritura y en las tardes se dejaba peinar por Adolfina que aprendió a ser peluquera fina. Cuando Gregorio entraba en la toillete y la veía tan bella decía:

Buen trabajo, peinadora—La esclava se turbaba y hacía una venia en agradecimiento.

A Adolfina lo que más le gustaba era pasar largos ratos junto a Ismael que le decía: “Una trenza aquí, una lazada y una cascada que caiga así” Sus manos se topaban, sus cuerpos siempre juntos comenzaron a rozarse y terminaban el trabajo entre besos y arrumacos.

En las madrugadas, Pastora entraba en la casa y se escurría en el cuarto donde se elaboraban las pelucas, Ismael y Adolfina trabajaban sin parar y ella, sentada en el suelo junto a una ventana, bordaba los vestidos de la marquesa. No sabía leer pero copiaba los diseños de las revistas francesas desparramadas por el suelo. Bordó a su antojo y descubrió que en medio de las enormes revistas venían moldes de petos y faldillas. Mariana, cuando vio el primer bordado quedó tan fascinada que le encargó cortar y coser vestidos idénticos a las ilustraciones. 

Pastora copiaba con la mente febril mientras pensaba en Juan Andrés cincelando un bloque de hielo mientras ella bordaba flores y pájaros con hilos de oro y plata. Bordó diminutos soles que brillaban escondidos entre los ramajes.

El cuarto de pelucas se convirtió en un lugar de lujo y mimos donde se guardaban latas con botones de plata, nácar y marfil y sobre las bancas dejaban vestidos a medio coser, chinelas a medio bordar. El lugar parecía un bazar lleno de gente de todos los colores y estratos sociales que se afanaban entre brocados, encajes y plumas para sombreros. Los esclavos reían y sus andares y ademanes se reflejaban en los espejos. Paul se emocionaba mientras exclamaba con las erres guturales:

¡Ah! ¡las vísperas, las vísperas!

Pastora bordó hasta que se le hinchó el pulgar dentro del dedal. Las velas no dejaban de arder y nadie las apagaba porque se extinguían solas llenando de cera el entablado y ensuciando los vestidos que luego limpiaban con una plancha caliente. En los momentos en que se quedaba sola, abría su pañolón y comía los chochos y el tostado que traía de su casa, sabía que a ella no la llamarían a comer. Como nadie le preguntaba nada ni hablaba con ella, se centraba en sus pensamientos que fluían entre el bordado y las nieves del volcán, estaba segura de que hacía contacto con Juan Andrés y cada lazada que daba la sentía fría como fragmentos de hielo.

Cuando llegó el día de la fiesta en la casa de Latacunga, Mariana se encerró en sus habitaciones donde se dejó bañar, perfumar y vestir de gala. La peinadora le arregló el cabello con pomada de manzana y luego le puso aderezos de esmeraldas y perlas. Le colocó los aretes, el collar y las pulseras. Le acomodaron por última vez el corpiño con adorno de encaje y bordados en color rojo, verde y oro.

Parezco la virgen de la capilla.

Sí, su merced. Parece usted una reina—Le contestó Adolfina.

En la habitación de Gregorio, Ismael lo vestía como si estuviera oficiando una ceremonia sagrada; le puso la camisa y luego le dio el cucurucho de cartón y le dijo:

Su merced, tiene que taparse con esto para empolvar la peluca.

¡Qué tal moda la de las pelucas!—Exclamó Gregorio.

Ismael le retiró el cucurucho para que pudiera ver en el reflejo del espejo lo bien que estaba la peluca y cómo relucían los diamantes de los botones de la chaqueta azul y los bordados de hilo de plata que la adornaban.

En el salón, Gregorio recibió a los invitados que se deleitaban con las delicias que servían los pajes en grandes bandejas de plata.

Esto sólo hay en la casa del marqués, son secretos de la cocina de Rebeca—Dijo una señora tomando un pastelito entre sus dedos.

Creo que es Paul el que trae recetas de París, dicen que le traduce a Rebeca el libro de un cocinero del mismísimo rey. ¿Es verdad eso, Gregorio?—Preguntó uno de los invitados.

No lo sé, no me meto en la cocina—Contestó el marqués.

Cuando Mariana entró en el salón, todos los ojos se fijaron en ella y en las joyas que centellaban con fuerza deslumbrante. Se calzaron los binoculares y examinaron las trenzas entretejidas con esmeraldas y perlas, el vestido brillaba con hilos de oro. Una española comentó en voz lo suficientemente alta para que la escucharan los que estaban junto a ella:

Este es el despliegue de riqueza más ostentoso que se ha visto en La Real Audiencia.

Nos están dando una bofetada.

Nosotros, los funcionarios de la Corona somos mendigos a su lado, es una desvergüenza—Contestó un hombre de peluca blanca y casaca azul que tenía solamente unos broches de oro y una cadena que le cruzaba el pecho—y no es la única, miren a todos los criollos.

Los demás funcionarios de la Corona regresaron a ver al grupo de los Maldonado, Dávalos, Graimeson y otros que reían y hablaban mientras sus ropas y joyas relucían.

Parecen más franceses que españoles.

Bueno, la moda en España es ahora así, todos estamos vestidos de igual manera, sólo que parecemos pordioseros al lado de estos criollos que se han enriquecido con el oro del rey.

Desde hace mucho tiempo que se roba al rey, el que esté libre de pecado que lance la primera piedra—dijo Paul que pasó por ahí.

Cuando el francés se alejó, los españoles comentaron:

Me parece sospecho que un criollo contrate los servicios de un francés.

¿Qué puede querer un francés en un sitio tan alejado de París? Ningún ser civilizado se ausentaría de la corte ni de la ciudad que tanto ama, además que es difícil para un extranjero lograr permiso para vivir en Quito, debe ser un espía o un contrabandista.

Algo muy raro está pasando aquí.

La música comenzó y se alistaron para bailar el minuete guiándose por la z que estaba trazada en el suelo con pétalos de rosa. En la versión criolla debían ejecutar los pases sin dañar los pétalos de un delicado tono salmón. Las mujeres llevaban abanico y una rosa roja en la boca y se deslizaban cambiando de pareja y coqueteando con sus acompañantes que cada vez era uno distinto. De pronto la música cambió y se movieron al son de un de ritmo más cadencioso y menos puro, zapatearon y dañaron el fino tapiz, en cada vuelta tomaban pisco que les ofrecían los sirvientes negros . Los españoles, luego de bailar y beber estaban tan hermanados con los criollos que los abrazaron y trataron como amigos del alma.

En los descansos entre baile y baile probaban los manjares que estaban servidos en una mesa larga de mantel blanco. Había bocados de sal, de dulce, bebidas, frutas y helados en copas de cristal que era lo que más les gustaba después del pisco. Los españoles se decidieron a ejecutar los pases, se arrodillaron y alzaron los pañuelos sobre las cabezas para luego saltar en un solo pie. El salón de baile parecía un campo de batalla en el que se combatía con copas de licor y se blandía pañuelos en la cara de las mujeres.

A la mañana siguiente entró Ismael y se asustó al ver los cuerpos de hombres y mujeres que parecían muertos con la ropa descosida, las pelucas desparramadas sobre los sillones y rincones apartados . ¡Qué borrachera, Dios mío! Ahora me toca hacer un inventario de todo esto y encontrar a los dueños, pensó.

Los marqueses regresaron al día siguiente a La Ciénega. Mariana observó la delicada riqueza de su casa, las flores parecían mariposas volando de un jarrón a otro. Se miró en uno de los espejos de cuerpo entero y examinó con cuidado sus dientes blancos gracias a los buches de corteza de arrayán que su marido la obligaba a hacer para que nunca perdieran brillo. Gregorio se acercó y la tomó por la cintura, le dijo:

¡Qué mujer más bella me robé!—La besó en el cuello y sintió su estremecimiento.

¡Qué bueno que te fijaste en mí…Cómo sería esta vida sin ti!

Me alegro que estés contenta y que me ames—La obligó a volverse y la besó con tal pasión que le quitó el aliento.

Mariana se desvaneció entre sus brazos y él, asustado, la tomó en brazos y corrió hasta el dormitorio. Gritó Ismael y a Rebeca:

¡Acomoden las almohadas del lecho y abran las ventanas de la habitación!

Los criados salieron a preparar la habitación y Rebeca llamó a Paul que tenía conocimientos de medicina. Minutos después, Paul, como general en jefe entró en los aposentos.

Paul, qué bueno que haya llegado. No sé qué le pasó a la marquesa.

Si me lo permite, señor, quisiera verla a solas.

El marqués lo miró directo a los ojos y el francés respondió bajando los suyos:

Tengo que examinarla, lo haré con todo cuidado.

La examinará en mi presencia—Le contestó—Fuera todos los demás.

Los criados salieron apresurados y esperaron en el pasillo, no decían ni una palabra por lo asustados que estaban. Se habían acostumbrados a la presencia de una niña en la casa, la veían crecer día a día, regresar de las cabalgatas sucia hasta la punta de la coronilla, tenían que preparar un baño en la cocina para limpiarle el polvo de los vientos de verano. Preparaban comida fría y nutritiva para que se llevara a sus excursiones y hacían litros de helado de taxo, naranjilla y mora que devoraba todos los días. A pesar del trabajo que les daba, le habían tomado un cariño muy especial, por eso cada uno rezaba en silencio pidiendo a Dios que no le diera una de esas enfermedades horribles como la viruela que podía devorar la cara más bella sin ninguna misericordia. De pronto, salió el marqués, ellos se formaron como si fueran soldados y lo escucharon decir:

Quiero que sepan que voy a ser padre—Sin más abrió los brazos para recibir la felicitación de cada uno.

El francés ordenó a Mariana tres días de descanso en cama, el tiempo que se demorarían los invitados en llegar a La Ciénega. Mariana no tuvo fuerzas para rebelarse contra la autoridad del marqués y Paul y se quedó en casa reposando en su lecho grande y limpio, las ventanas abiertas para que entrara el aire que ella aspiraba a bocanadas. Su marido parecía loco de contento y la visitaba con frecuencia dejando todo el trabajo de las haciendas y los preparativos de la fiesta en manos de de sus administradores, Rebeca supervisaba la casa con más eficiencia que antes.

Gregorio se reunió con Paul para programar el parto que tendría lugar nueve meses después, el francés pidió la asistencia de una partera y un médico de Riobamba y el doctor Merino se comprometió a trasladarse a la Ciénega un mes antes del parto.

Mariana pudo participar en todas las fiestas y corridas de toros pero se quedó en casa durante las cacerías de venado que tanto gustaban a los hombres. La acompañaron sus amigas nuevas, las Dávalos, Maldonado, Chiriboga y otras con las que hizo buena amistad, las mujeres la aceptaron enseguida y en lugar de tenerle envidia la aconsejaron:

Marianita tienes que cuidarte mucho.

Los tres primeros meses son los peores. Tienes que reposar y comer lo que te de Rebeca.

Y por Dios, no vayas a montar a caballo ni visitar chozas de indias, ni a tomar chaguarmishky.

Mariana se arrepintió de haberles confesado que había comido en la choza de la abuela de Pastora, esas mujeres nunca la comprenderían. Así que sonrió a la que estaba a su derecha y a la que estaba a su izquierda. Aceptó tomarse todos los caldos calientes y juró que haría cuarentena y que no saldría de su casa y amamantaría a su guagua hasta encontrar la nodriza adecuada.

tulpa

 

Ilustración del baile Hogathe

Blog: LA PINTURA ROCOCÓ

Ilustración “La Tulpa” Eduardo Kingman

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