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Quito, 1736

María Luisa Bejarano, esposa del Presidente de La Real Audiencia de Quito, tomaba chocolate con Juan José de Mena, alcalde primero civil ordinario. El salón del palacio de La Audiencia lucía impecable, no había una mota de polvo y la plata relucía. Juan José asentía todo lo que la señora decía. Ella le contaba lo que había sucedido esa mañana en el Colegio de Los Jesuitas. Él miraba, al disimulo, el orden y la sencillez en la casa de gobierno.

El momento en que la señora se llevó la taza de chocolate a la boca, el alcalde dijO

 

Doña Luisa, el orden en su casa y los sabios consejos que usted da al presidente, lo han ayudado a ser tan querido y respetado.

Don Juan José, no me adule, ya sabe que conmigo no van las lisonjas, además nos queda poco tiempo acá.

Señora, por favor. Deberían quedarse unos años más—Contestó José Mena moviendo sus largas manos.

Don José era, delgado y chiquito, las manos era lo único grande que tenía. Dijo:

Sé que me ha mandado llamar para que ayude en los preparativos de la recepción para los miembros de la Misión francesa que vienen a medir la línea ecuatorial, me gustaría que me diga sus nombres y qué es exactamente lo vienen a hacer acá.

Mi querido don José—doña María Luisa se acomodó en el sillón demasiado estrecho para ella—es una delegación de académicos que nos manda la Academia de Ciencias de París. El rey Luis XV les ha dado todo su apoyo.

Sí, sí. Pero lo importante es saber si tienen la autorización de nuestro señor Don Felipe V

Por supuesto, si no fuera así no pudieran venir. Tienen todos los permisos y además vienen acompañados de dos españoles para que controlen sus actividades durante su estadía entre nosotros.

Así debe ser, señora. Hay tanto espía y tanto contrabando.

Doña María Luisa hizo una seña a su esclavo negro para que les sirviera agua.

Señora, no entiendo bien qué vienen a hacer.

Yo tampoco sé muy bien, usted sabe que no soy ducha en esos asuntos, lo que me dijeron es que venían a completar los datos matemáticos relacionados con la verdadera forma de la tierra y para tal efecto tienen que medir un arco de meridiano terrestre, claro que no sé qué es un arco de meridiano terrestre, pero a eso vienen y el rey nuestro señor Felipe V ha dado su autorización, nosotros debemos cumplir con recibirlos bien y darles alojamiento hasta que se acomoden por sus propios medios.

¿Cuántos son, señora?

A ver, son Carlos María de La Condamine, Luis Godín, Pedro Bouguer; el botánico José Jussieu; el médico y cirujano Juan Seniergues y varios ingenieros, dibujantes, ayudantes… Eso es lo que se nos ha informado.

¿Y los españoles?

Jorge Juan y Antonio de Ulloa—Doña María Luisa exhaló un suspiro y mientras se pasaba los dedos pulgares y del corazón por las sienes dijo—Me parece que estos españoles vienen para hacer un reconocimiento de la Real Audiencia y mandar un informe al rey.

¿Le duele la cabeza, doña Luisa?

Es un dolor terrible.

La esposa del presidente de la Real Audiencia pidió una loción al esclavo que estaba de pie tras ella. Un minuto después entraron dos mujeres españolas con un frasco color ámbar, una era su sobrina y la otra su dama de compañía. Don José se irguió y observó a la señora aspirar un líquido misterioso, enseguida le dieron masajes en las manos y en la nuca. Parecía que la iban a desvestir, así que pensó que lo mejor era retirarse. Se despidió de la forma más gentil, doña Luisa no le contestó, estaba pálida y a punto de desvanecerse. Mucho chocolate, pensó el alcalde, se puso la capa y salió. Contestó el saludo de los guardias y alcanzó la acera del palacio. Buscó con su mirada a sus esclavos y los encontró jugando con el quitasol.

José Mena caminó bajo el parasol y contestaba con una inclinación de cabeza a todo el que lo saludaba. Estaba absorto en sus pensamientos cuando vio que del otro extremo de la plaza venía una escolta parecida a la suya. Se detuvo y observó a la mujer más bella que había visto, era tan imponente su andar que tuvo ganas de arrodillarse en ese instante, pero ella tomó por el lado de la Catedral y entró para oír la misa de esa hora.

Es la marquesa de Maenza—Le dijo un hombre que se cruzó en su camino.

Fue tan grande la impresión que comunicó a su escolta que había decidido entrar a La Catedral para atender el oficio. En el templo, un perfume desconocido emanó del reclinatorio donde oraba la marquesa. Don José abrió lo ojos que poco a poco se fueron acostumbrando a la oscuridad y entonces la vio arrodillada sobre el almohadón del reclinatorio. Estiró el cuello y notó que tenía entre sus manos un rosario de coral que rodaba entre sus dedos finos y bien cuidados.

Mientras tanto, en el salón, María Luisa Bejarano abrió los ojos y preguntó:

¿Ya se marchó don José?

Sí, ya debe estar en la calle.

La esposa del presidente dijo:

Me cansa con su conversación y sus gestos teatrales, le sale saliva cuando habla, no quiero verlo más.

Filomena, escondida tras las finas cortinas observó sin ser vista. Soltó una carcajada y llamó a las otras dos.

Miren a los esclavos de don José, no dejan de hacer ruido; cantan, bailan y hacen piruetas.

Déjame ver—dijo María Luisa, que se levantó de su asiento para situarse junto a la ventana.

Han lanzado ya tres veces el quitasol al aire y lo han recogido sin dejarlo caer, son tan ágiles—Dijo Filomena sin dejar de reír.

Pobre don José, se pierde bajo el quitasol.

Las tres mujeres pegaron la cara a los cristales, ya no les importó que las vieran porque las miradas de todos los que transitaban a esas horas por la plaza, se detuvieron al paso del cortejo de una mujer escoltada por esclavos y sirvientes.

¡Qué belleza!—Exclamó Filomena.

¿Qué belleza, quién?—Preguntó doña María Luisa.

La marquesa de Maenza—Contestó Filomena.

María Luisa Bejarano cambió de expresión al ver a la mujer que se dirigía hacia La Catedral.

Parece una estatua, es perfecta.

Una estatua que se mueve con la gracia de una pantera.

¿No me digas que sabes tú cómo se mueve una pantera?

Como un gato, como un felino, lo he escuchado decir muchas veces—Contestó la dama de compañía sin mover un músculo de su cara, absorta en la figura la mujer de la plaza.

Las mujeres vieron a don José toparse con ella.

Son dos comparsas iguales, los esclavos de una y otra se contorsionan igual, pero el parasol de la marquesa es finísimo.

Claro, si es la mujer más rica de la Real Audiencia.

Filomena se alejó de la ventana cuando vio que la marquesa se perdía por la puerta de La Catedral y dijo:

¿Sabían que su marido la raptó en Lima cuando era una niña y se la trajo custodiada por cien negros?

Yo no lo sabía—Contestó María Luisa sin moverse de la ventana.

Ay, Señora. Usted conoce a la marquesa y todo el mundo comenta lo que fue su rapto, es lo más romántico que ha pasado en todo el Virreinato.

Pues no lo sabía y si me lo han contado no he puesto atención, todos cuenta unas historias tan fantásticas que ya ni las escucho—Volvió a tomar asiento y preguntó—¿Es criolla?

Sí, vive con su marido en La Ciénega, una de las tantas haciendas de Gregorio Matheu de La Escalera.

Doña María Luisa se puso las manos en el pecho y exclamó:

¡Es la esposa del marqués de Maenza! Yo conocí a Gregorio en una velada en la casa de Artemio López, estaba solo, sin su mujer. Me pareció un hombre singular, tan atractivo…Diría que es muy guapo, al menos tiene una prestancia, un saber estar, me parece un hombre irresistible.

Deben estar en Quito para asistir a la recepción que su merced está preparando para recibir a la misión geodésica, a los franceses que vienen con dos españoles—Dijo la dama de compañía.

Todos los criollos nobles y ricos de la Audiencia han sido invitados, Quito está lleno de estos provincianos acaudalados.

Filomena—Dijo María Luisa mirándola fijamente—quiero que vayas a la Catedral y te presentes a la marquesa como sobrina mía que eres, la saludas y le pides que suba un ratito a conversar conmigo.

La joven se levantó como un resorte de su asiento y dijo:

En éste momento salgo para hablar con ella.

Espera—Le dijo María Luisa—No te olvides de salir con dos criados, no puedes andar sola.

Ni que fuera tan peligroso—Protestó Filomena.

La reputación vale más que el oro, una mujer de tu clase no sale sola.

Bueno, pero me voy a demorar hasta encontrar mi séquito.

Ningún séquito, he dicho dos sirvientes, no te hagas la muy sabida.

Filomena salió del Palacio de La Audiencia, dos hombres armados la acompañaron y un muchachito llevó su almohadón. Ya dentro de la catedral se arrodilló muy cerca de la marquesa y pudo ver sus manos blancas de las que pendía un rosario de corales con una cruz de esmeraldas. Esperó a que la misa terminara y salió antes que el cura la recriminara por llegar tarde al oficio. Se tapó con el rebozo para evitar el viento que se levantó en ese momento. Se acercó nerviosa a la marquesa y le dijo:

Señora, quisiera hablar unas palabras con usted.

¿Nos conocemos?

Vengo con un recado de doña María Luisa Bejarano, la esposa del Presidente Dionisio Alcedo, quiere que su merced suba a hacerle una visita.

La marquesa abrió su abanico y se cubrió la cara, enseguida lo cerró y la tocó en el brazo, le dijo con voz suave:

Vamos, señora. No se debe hacer esperar a la esposa del presidente.

Ordenó a sus esclavos que la siguieran e invitó a Filomena a caminar bajo el parasol que se quedó corto para proteger el cutis de las dos. En pocos pasos llegaron al palacio de la Audiencia y subieron las escalinatas, los esclavos se quedaron haciendo guardia a la entrada.

No me ha dicho cómo se llama.

Filomena, soy sobrina de doña María Luisa

Yo soy Mariana Aranda.

Me han dicho que vive cerca de Latacunga—Dijo Filomena mientras caminaban por los pasillos de la casa de gobierno.

Así es, llegamos a Quito hace poco.

A Mariana le pareció el palacio de La Audiencia una casa muy pobre al lado de la suya y sintió el frío de las habitaciones y la sobriedad de las paredes desprovistas de adornos, le pareció un cuartel. Subieron unas escalinatas y entraron por la puerta que les abrió un guardia, era la habitación de una mujer madura que se levantó de su asiento, despidió a la dama de compañía y la saludó.

Mi querida Marquesa, no sabe el gusto que me da que haya aceptado mi invitación.

Pensé que no se debía desobedecer a la esposa del presidente—Contestó Mariana y se sentó donde le señaló María Luisa.

Bueno, bueno. Me alegra que sea tan obediente, así la puedo mirar de cerca.

¿Y qué ha visto?

Una mujer extraordinariamente hermosa.

La marquesa bajó los ojos y se sonrojó. María Luisa dijo:

Supongo que está en Quito para asistir a la recepción de los miembros de la Misión Geodésica Francesa.

Así es. Hicimos el viaje a Quito por su invitación.

Me imagino que vino con su esposo.

Por supuesto—Mariana sonrió y dijo—Mi marido jamás permitiría que viaje sola.

Doña María Luisa y Filomena se estremecieron levemente al recordar que Gregorio Matheu de La Escalera la había raptado siendo muy niña. Filomena le preguntó:

¿Tiene usted hijos?

Tengo seis—Contestó mientras bebía un sorbo de agua que fue lo único que aceptó tomar.

Pero es demasiado joven, no parece que haya parido nunca—Le contestó María Luisa.

Me casé muy jovencita…

Debe haber sido una niña—Le interrumpió María Luisa que de pronto sintió lástima por ella.

Sí, era casi una niña—Las miró con ojos misteriosos y continuó—Conocí la felicidad en la casa del marqués.

Todo el mundo sabía que muchas mujeres se casaban siendo unas niñas y que con el tiempo se convertían en mujeres melancólicas, no se imaginaban que pudiera existir alguien como la marquesa que parecía no haber tenido hijo jamás. Su talle era tan esbelto que se quebraba cuando caminaba, no tenía una arruga y parecía alegre y despreocupada, pensaron que un matrimonio bien llevado hace maravillas.

¿Ustedes creen que estos franceses vengan a espiarnos?—Preguntó Filomena mientras tomaba una mistela dulce y aguardentosa.

Pues sí—contestó María Luisa—últimamente se ha despertado el interés en muchos países de Europa por estas colonias, por eso el rey, nuestro señor Felipe V dio permiso de entrar en la Audiencia de Quito a estos franceses siempre que vinieran con ellos los dos españoles Jorge Juan y Antonio de Ulloa.

Doña María Luisa, mi marido y yo estamos encantados con asistir recepción en honor a los franceses y a los dos españoles—Dijo la marquesa y espió por la ventana para ver lo que sucedía en la plaza—Me gusta Quito, es la primera vez que vengo.

¿La primera vez…Acaso el marqués la ha tenido secuestrada?

Secuestrada desde el día en que me conoció, pero en esta ocasión he viajado junto a él para atender la invitación de sus mercedes.

¡Ay, mi querida marquesa! El gusto es nuestro, no siempre se encuentra en un salón a dos jóvenes como usted y el marqués.

Usted ya conoció a mi marido—Dijo cambiando ágilmente de postura para ponerse frente a ella, la miró directo a los ojos y le preguntó—¿Le parece que es muy apuesto?

¡Ay, doña Mariana…yo diría que sí!

Se volteó hacia Filomena que dijo:

No lo conozco, pero he oído que es joven y el hombre más rico del Virreinato.

Mariana le hizo un cariño en el regazo, Filomena se lo devolvió y las dos se entrelazaron por un minuto las manos. La marquesa le preguntó:

¿Ha amado alguna vez?

Una mujer no puede amar si no es al escogido por la familia.

Eso es otra cosa, lo que pregunto es si ha amado alguna vez.

María Luisa se bebió el resto del agua que había dejado su sobrina sobre una mesita.

Filomena dijo:

Una vez me sentí atraída hacia un muchacho de cabellos oscuros y mirada melancólica, pero como no tenía dinero se metió a sacerdote. Lloré mucho y enfermé, luego pasó el tiempo y lo he visto en las procesiones tan contento y soberbio que se murió el encanto—Se pasó la mano sobre su cabello recogido y luego exhaló un largo suspiro para concluir—Nadie tiene la suerte suya.

Si quieren les cuento un poquito.

María Luisa echó a los sirvientes con un ademán de la mano y les dijo:

Vayan a hacer cosas de provecho y cuidado con oír tras de la puerta.

Los sirvientes se retiraron de mala gana, parecía que les pesaba cada movimiento. Las mujeres se sentaron alrededor de una mesa baja, Filomena trajo la botella de cristal y tomaron mistelas para escuchar la historia. La marquesa dijo:

Yo no quería casarme, mi mamá me obligó porque estaba sin un peso—Entornó los ojos y les preguntó—¿Sabían que ya no teníamos ni para alimentarnos? Los criados eran unos maleducados que no querían hacer sus labores y decían que ya era más de siete meses no se les había pagado, solamente contábamos con la ayuda de nuestros esclavos. Mi madre a pesar de ser tan díscola, no quiso vender ni uno sólo, los quería mucho.

¿Era tan grande la ruina en que estaban?—Preguntó María Luisa, reclinada hacia adelante con su copa de mistela entre las manos.

Pues sí, por eso mi madre aceptó la extraordinaria proposición que le hizo Gregorio: Si aceptaba que yo me casase con él, le pagaba todas las deudas y encima le daba una renta fija por el resto de la vida. Mi madre aceptó al instante.

¿Y usted?—Preguntó Filomena.

Yo me moría del miedo, sobre todo cuando mi madre me dijo que debía obedecer y complacer a mi marido en todo lo que mandara. ¿Se dan cuenta del horror?

Las dos mujeres asintieron con la cabeza y bebieron más mistela.

Me raptó el mismo día de la boda, no permitió que bailara ni departiera con mis amigos. Lo odié y rechacé mientras pude.

¿Mientras pudo?—Filomena apretó la copa con sus manos nerviosas.

La marquesa exhaló un suspiro y contestó con la mirada fija en su regazo:

Durante el viaje tuve que someterme a su voluntad, viajamos con cien  negros y sesenta muleros. El viaje era tenebroso, y sin embargo…

¿Sin embargo, qué?—Preguntó Filomena después de vaciar su copa..

Es un poco penoso contar tanta intimidad.

Por favor no se detenga, estamos entre mujeres y esas cosas se cuentan a las amigas.

Bueno, cuando el marqués me tomó entre sus brazos tan fuertes y seguros supe que era el momento en que debía obedecer y complacerlo como me había ordenado mi madre, entonces opté por la sumisión total y dejé que él hiciera lo demás…Lo que no imaginé es que su abrazo me gustara tanto.

Las mujeres bajaron la vista y en el silencio se escuchó las campanadas de la iglesia. La marquesa se levantó y dijo:

¡Dios mío, qué tarde se ha hecho! Tengo que dejarlas—Se levantó del asiento.

¡Ay, qué pena, estaba tan agradable su compañía!

Lo bueno es que nos veremos pronto en la fiesta de los franceses.

Ay, sí. Tenemos que prepararnos, ya falta poco—Dijo María Luisa y se puso de pie.

Se despidieron frente a la puerta y cuando Mariana salió escuchó el rumor de los pasos de los sirvientes corriendo a esconderse, en el pasillo encontró un guardia de palacio que la escoltó hasta dejarla con los esclavos y sirvientes que la esperaban en la calle. Adolfina se acercó con el quitasol para protegerla de la luz y le preguntó:

¿Cómo le fue su merced?

Bien, ya todo Quito conoce mi historia de amor.

Mariana se dirigió a su casa entre el cortejo de esclavos y sirvientes. La llamaban la Casa de Santa Catalina por estar frente al convento de monjas de clausura. Entró por el zaguán, se separó de los esclavos y subió las escaleras de piedra que llevaban al segundo piso para dirigirse a su estrado. Atrás iba Adolfina con los pies descalzos, la falda roja y las cintas en el cabello minuciosamente trenzado. Mariana abrió la puerta y sintió un viento extraño. Se estremeció un poco y dijo:

Algo pesado hay aquí, Adolfina.

Miró las arañas de cristal que pendían del techo, le gustó la alfombra de diseños florales que daban un armonioso colorido a toda la habitación. Se acercó a una virgen de tamaño casi natural que la asustó un poco, pero era tan bella talla, tan fino el policromado que supo que no era eso lo que le molestaba. Tampoco las tallas de ángeles y arcángeles, ni los cuadros religiosos y pastoriles, ni el reloj de bronce rodeado de ángeles que nunca atinaba con la hora.

No sé, Adolfina. Abre las ventanas para que entre aire, hace tanto tiempo que todo ha estado encerrado.

Adolfina abrió las ventanas y el aire se arremolinó por los sillones como si los quisiera limpiar. Una liviandad entró por la ventana y las cortinas de gasa que tapaban parte de la pared del frente se agitaron. Mariana se acercó rápida, le pareció que una fuerza misteriosa intentaba levantar los velos de algún secreto. Parecía hipnotizada cuando vio el cuadro de una mujer majestuosa, vestida y enjoyada como una reina Se fijó en los ojos verdes y se asustó. Son intensos, demasiado autoritarios, pensó.

 

 

 

 

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