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¡Dios mío, esto era lo que tanto pesaba en la habitación!

¿Por qué? Es una mujer muy bella, no creo que haga daño a nadie—Contestó Adolfina ensimismada en la pintura.

Por eso mismo, Adolfina. ¿No ves que es doña Rosa De La Escalera, la madre de Gregorio? En la Ciénega hay otro de sus retratos

Pero esta casa era de su propiedad…

Igual que todo, por eso debe salir de mi estrado. Ahora soy yo la dueña de esta casa.

Pero si la saca de aquí se puede molestar la finada, me da miedo.

No.La vida tiene que seguir su curso y éste es el estrado de una marquesa joven, voy a pasar muchos años en éste lugar, tiene que tener mi sello.

¿Quiere que llame a Ismael para que quite el cuadro?

Sí, lo vamos a colocar a la entrada del oratorio, es el lugar en el que debe estar la antigua dueña de la casa.

Cuando Mariana se quedó sola examinó el cuadro con atención y descubrió que la mujer tenía a su lado derecho una virgen sin alas y con el vientre abultado sobre una repisa semi oculta. Se puso el índice en la boca y se dijo a si misma: ¿Será parte de la composición que hizo el pintor, o la señora tenía esa virgen en su estrado?

Adolfina corrió en busca de Ismael y lo encontró arreglando un ladrillo en el corredor. 

¿Qué andas gritando, negra mala?

La marquesa quiere que vayas al estrado en éste momento, lleva todo lo necesario para cambiar un cuadro.

Ismael entró en el estrado con los clavos y el martillo.

Buenas tardes, su merced. Me dijo Adolfina que me necesita.

Mariana se estremeció un poco y contestó sin dejar de ver el cuadro.

Saca éste retrato de ipso facto.

En seguida su merced. ¿Lo guardo en la bodega?

No, lo vamos a colocar a la entrada del oratorio.

Cuando Ismael vio el cuadro sintió que un viento le cruzó la espalda, y supersticioso como era, se atrevió a preguntar.

¿Es la madre del marqués? A lo mejor el amo se va a enojar mucho.

No. No te asustes que no va a pasar nada y si se enoja será conmigo, no contigo. Además la vamos a poner en un lugar más importante, ella va a reinar en la espiritualidad de esta casa. Yo, en todo lo demás.

Ismael comenzó a temblar. “Me está dando un mal de aire y se me están quitando las fuerzas”, pensó mientras salía con el cuadro para colocarlo donde le ordenó la marquesa. 

Mientras tanto, Rebeca escuchó el sonido de los cascos golpeando el empedrado en el patio de los caballos y reconoció el alboroto que se armaba cada vez que venía el marqués acompañado de sus mayordomos. Se limpió las manos en el delantal que luego tiró sobre una mesa y corrió al patio trasero para presentarse ante Gregorio.

¿Cómo está la marquesa?

Muy bien, señor. Está en su estrado, bordando junto con Adolfina.

Gregorio se encaminó hacia el lavamanos y esperó a que Rebeca le diera el jabón y le echara el agua que ya estaba lista. Cuando vio a Ismael, le ordenó:

Ven conmigo.

Ismael lo siguió

¿La marquesa sigue en el estrado?

Sí, su merced.

Gregorio salió de su habitación y se dirigió al estrado, abrió sin tocar y cuando vio a Mariana bordando en un bastidor, se acercó sin hacer ruido y la levantó tomándola del brazo. A ella se le escurrió la labor que cayó sobre la alfombra. 

Un rato después conversaban sentados frente a frente en una esquina.

¿Cómo están los guaguas?—Gregorio tenía la vista fija en el tapete de la mesa.

Juegan en el jardín.

¿Con Rebeca?

No, con Pastora y José Manuel. Rebeca está aquí porque sabía que llegabas.

El marqués se estiró en su silla y se tocó los labios en un gesto muy suyo. Ella le contó:

Cambié de lugar el retrato de tu madre, doña Rosa.

Gregorio buscó el lugar donde siempre había estado el cuadro, y al verlo vacío, dijo:

Eres el ama y puedes hacer lo que quieras; añade cosas, quita otras, quema lo que no te guste—Sus ojos brillaron.

Mariana le agradeció con una sonrisa, se acomodó el cabello que lo tenía revuelto, se arregló el escote y continuó:

Se asustó el negro Ismael al cambiar el retrato, dijo que a lo mejor te molestabas mucho—Se sacudió el vestido—Yo le dije que te molestarías conmigo y no con él, sin embargo, el pobre está en una tristeza que da pena.

El marqués se levantó de su asiento y se paró frente a la ventana que daba al patio de los caballos, Mariana se fijó en que aunque parecía absorto en lo que miraba, tenía tensa la espalda. Lo vio pasarse la mano por la nuca como si un pensamiento lo estuviera perturbando, se levantó y tomándolo de la mano le dijo:

Los niños deben haber regresado, vamos a verlos.

Vamos

Le colocó sobre los hombros el mantón de fino paño que se le había caído—Hace frío.

Entraron al cuarto donde las niñeras indias y negras jugaban con los niños entre besos y risotadas; les hablaban en quichua, sus hijos hablaban mal el castellano. Gregorio besó a cada uno y les preguntó sobre sus juegos, casi no los entendía porque contestaban todos a la vez, el pequeño Manuel mamaba de su nodriza. Los niños se subieron sobre la espalda del marqués y jugaron hasta que el cansancio los rindió.

Rebeca no se acostumbraba a las limitaciones de esta cocina que no tenía comparación con la espaciosa y luminosa de la Ciénega, todavía no contaba con un gabinete ordenado y limpio para ella sola. Si vamos a quedarnos un tiempo en Quito tendré que pedir al maestro Jorge que arregle todo esto, pensó, pero se distrajo cuando vio a Ismael y Adolfina conversando en voz baja. Dijo:

¿Qué les pasa? Secretos en reunión es mala educación.

Ay, doña Rebeca, es que el amo llegó y se fue directo al estrado.

¿Y qué tiene eso de extraño, Ismael?

Doña Rebeca, que el amo se va a enojar mucho cuando sepa que cambié el retrato de su mamá, ya sabe cómo la quería.

Pero eres bruto, Ismael. El marqués sabe que lo hiciste para cumplir las órdenes de la marquesa, no te asustes por tonterías. Ni que vos pudieras sacar un cuadro así porque sí—Rebeca iba montando en cólera, siempre había tensión cuando el amo llegaba.

Ismael se sentó a la mesa donde se amasaba el pan, puso los brazos sobre el tablero pulido y hundió la cabeza, exhaló un suspiro. Rebeca se acercó y le pasó la mano sobre la cabeza, sintió la tensión en su musculatura y la angustia de su cuerpo fuerte. Le dijo:

¿Por qué te asusta tanto el cuadro de doña Rosa?

No sé, todos los retratos de la finadita patrona tienen algo pesado, voy a tener pesadillas hasta que me muera.

A ver, doña Rosa ya está muerta.

De muerta es más poderosa.

¿No estarás con mal de aire?

En ese momento entró Pastora que saludó:

Buenos días, su merced mama Rebeca.

¿Qué vienes a hacer, con quién dejaste a los guaguas?

Con doña Adolfina tan están, su merced, vine a llevar agua de cedrón para la ñuño que está con sed.

Bueno, la cocina está apagada así que tienes que encenderla, ojalá la longa nodriza no se haga la bien servida y amamante bien al niño Manuel—Dijo Rebeca y salió.

Cuando Pastora se quedó a solas con Ismael lo vio temblando de la cabeza a los pies, luego encendió la cocina con la leña que había debajo del fogón.

¿Don Ismael, quiere que le haga una limpia rapidita?

Bueno, haz lo que quieras pero ayúdame que siento que me voy a morir.

Pastora llenó un vaso con agua hasta la mitad y encendió una vela de cera de abeja que tenía guardada junto con unas hierbas. Tomó uno huevo de una canasta, lo lavó y lo secó.

Le voy a pasar el huevo.

Pero apúrate que estoy temblando.

Pastora le pidió que se parara y abriera los brazos. Le pasó el huevo por el cuerpo y le pidió que se sentara para terminar en las plantas de los pies. Rompió el cascarón y dejó caer el contenido en el agua. Ismael, que estaba sentado frente al vaso y a la vela encendida se horrorizó al ver una mancha negra cerca de la yema. Pastora rezaba el Padrenuestro y repetía frases en quichua, con su mano callosa hizo la señal de la cruz sobre el vaso y dijo:

Un espíritu está rondando cabeza y va a estrangular corazón.

¡Qué dices!—Ismael estaba pálido del susto.

Pastora tenía los ojos semi cerrados y hablaba con una voz extraña entre español y quichua:

Estos hilos que parecen alfileres, están comiendo corazón. Le voy a limpiar con ruda, marco y Santa María.

Se acercó al sitio donde había encontrado la vela y formó un ramo con las hierbas, se acercó a Ismael y le dijo:

Papacito, ponete de pie y abrí bien los brazos con las palmas de las manos hacia arriba.

Ismael obedeció y Pastora le barrió esta vez con las hierbas que soltaron un aroma penetrante, iba diciendo palabras en quichua.

¿Querís que te sople?

Haz lo que tengas que hacer.

Pastora regresó al nicho de las hierbas y tomó una botella de trago. Sacó el corcho con la boca y comenzó a escupir con todas sus fuerzas el alcohol al cuerpo de Ismael mientras seguía barriendo el cuerpo con las hierbas. De pronto, todo terminó y el esclavo se sentó rendido de cansancio. Pastora le sirvió una bebida caliente y le dijo:

Tomá aguita, papacito hasta que te llame el patrón, ya te vas a sentir mejor—Y salió con el agua de cedrón para la nodriza que esperaba en el cuarto de los niños.

Cuando Ismael vio entrar a un sirviente, le dijo:

Pedrito, me siento mal y no voy a poder atender al amo, no seas malito, andá tú.

¿Qué te pasa negro bandido?

Me siento enfermo.

Bueno, espero que el patrón entienda.

Ismael entró en su dormitorio y se lavó lo que más pudo, se puso una camisa limpia y se metió en la cama. Durmió como no lo había hecho en toda su vida de servicio, jamás había faltado a sus obligaciones y Pedro entró al cuarto del marqués para relevarlo.

Gregorio, al ver a Pedro en su habitación, le preguntó:

¿Por qué no está Ismael?

Su merced, el Ismael está enfermo y me pidió que por esta noche lo atienda yo.

Vamos, toma un candelabro y llévame al cuarto de Ismael.

Gregorio siguió al criado por los corredores y bajó las gradas de piedra hasta llegar al dormitorio del piso bajo y se detuvo. Ordenó con una seña a Pedro que abriera la puerta y entró. Se acercó a la cama y al ver que el esclavo dormía profundamente, le dijo en voz baja:

Descansa, Ismael. No quiero que te enfermes.

Esa noche Rebeca y Pedro entraron con la cena, los marqueses se sentaron alrededor de la mesa de siempre, se pusieron las servilletas sobre las rodillas y se dispusieron a tomar el primer plato.

Me gusta lo cariñoso que eres con los niños, sin embargo, estoy algo preocupada porque hablan mejor el quichua que el español.

Gregorio le tomó mano a través de la mesa y los dos se reclinaron sobre la sopa caliente.

Eso nos ha pasado a todos; mamamos la leche de las nodrizas indias y negras, nos cuidan, nos miman, juegan con nosotros.

Con razón hablan el español con las erres tan arrastradas—dijo Mariana y se enderezó para mirarlo mejor.

Así es, por eso hablamos quichua y español desde la cuna, primero el quichua, luego vienen los sacerdotes y nos enseñan castellano, así va a pasar con nuestros hijos, no van a hablar tan limeño y bonito como lo haces tú.

Cuando terminaron la cena, se metieron a la cama y se quedaron un largo rato abrazados mientras escuchaban la lluvia.

No hay goteras en la casa.

Claro que sí, lo que pasa es que he ordenado que se cambie todo el tejado, veremos cuánto tiempo dura.

Las velas titilaban suavemente como si quisiera quitarles una gran pena, sin embargo, Mariana no pudo evitar decir:

Sufro mucho por Gregorito, es un niño tan enfermo.

Mariana, Dios nos ha dado un hijo con problemas graves, nuestro deber es amarlo mucho y cuidarlo mientras viva.

¿Tú crees que Gregorito no va a vivir mucho tiempo?

Así, es. Un niño tan delicado como él no está destinado a vivir muchos años—Gregorio se acomodó para mirarla a los ojos y le dijo—Mientras viva lo amaremos como a nuestros otros hijos.

Me da celos la salud de Manuel, no es justo que sea tan hermoso y fuerte, las criadas lo adoran.

Es tan hijo tuyo como Gregorito, no lo olvides nunca.

Mientras tanto, en el piso bajo, Ismael, luego de dormir varias horas despertó pensando por primera vez en lo que sería ser libre: ¿Cómo será tener casa, familia y dinero? Luego descartó esos pensamientos por imposibles, en la Real Audiencia de Quito un negro jamás sería libre, tendría que contentarse con el techo, la comida, la ropa y la amistad del marqués, sabía que estaba mejor que muchos, incluso españoles blancos que comían un día sí y otro no. Metido en su cama miró su cuarto humilde pero aseado, había aprendido del marqués algunas cosas como limpiar el lugar donde vivía. Era ya muy tarde en la noche, la luz de la luna era tan clara que podía ver sus pensamientos deambulando por el tumbado. Se echó boca arriba y observó la cal del cielo raso sin una mancha, lo bueno de vivir en los bajos de la casa es que no hay goteras, pensó mientras recorría con la mirada el armario y la cómoda donde guardaba su ropa. El marqués le había regalado piezas muy finas, la más linda de todas era el tocador del lavamanos donde reposaba una lavacara y una jarra de porcelana que el cuidaba con esmero.

Ismael se puso en guardia cuando vio moverse la manija de la puerta y entró Adolfina iluminada por la luna, le hizo un puesto en la cama, ella se estrujó contra su pecho y le dijo:

Por fin estamos solos. Los niños y la marquesa dan tanto trabajo que tengo las piernas a punto de explotar.

Ven, te doy un masaje para que te calmes—Le contestó Ismael demasiado cansado como para hacer el amor.

Tú también estás cansado, se te nota—Dijo Adolfina entregando la otra pierna.

Adolfina, me quiero casar contigo.

¡Eso es una locura!—Exclamó Adolfina sentándose bruscamente sobre la cama.

No lo creo, la marquesa nos puede ayudar, seguro que si hablas con ella…

No.

Manuelita, dejemos que pasen las fiestas de los franceses y se lo digo al marqués, seguro que le va a gustar más que si sabe que dormimos juntos.

¡Ay, Ismael! Qué tonto eres, si aquí todos duermen con todos desde siempre.

¿Quién por ejemplo?

Todos; los esclavos, los sirvientes y la señora Rebeca con el señor Paul.

¡No!

¡Sí!

¿Y cómo sabes tú eso, negra bandida?—Le preguntó Ismael, preso de un deseo lujurioso. La desvistió.

Porque tengo ojos y veo en la oscuridad, tengo orejas y oigo, en las noches, como rechinan los picaportes y los suspiros y gritos de gusto de la planta baja. Don José piensa que son almas benditas arrastrándose con cadenas por la casa, no sabe que son las camas crujiendo—Contestó ella sin poder decir más porque sintió el poderoso embate de Ismael rasgándole la piel.

A esas horas, después de la lluvia, los magnolios del patio desprendieron su aroma. Ismael y Adolfina dormían, pero de repente, ella se incorporó y sacudió a Ismael para que escuchara una conversación al pie de la ventana de su piso bajo.

Ismael, que se moría de sueño le dijo:

Pero si ya sabes que que siempre se paran los chumados a conversar cerca de la ventana, les gusta el olor de las magnolias.

¡Chist!—le dijo Adolfina con el dedo en los labios—Oye que esto es diferente.

Ismael, ya sin sueño se sentó en la cama y escuchó a los hombres que se habían arrimado a la pared que daba a la calle:

Parece una ciudad salida de un cuento—Dijo uno con acento francés.

Sí, es una ciudad llena de armonía, Alcedo se ha dedicado como pocos presidentes a adecentar Quito—El hombre que se había detenido junto al francés levantó el índice para señalar a la distancia—fíjese, señor De La Condamine, Alcedo construyó el arco de la reina, terminó el Palacio de La Audiencia y levantó el puente de La Merced, antes era imposible cruzar al otro lado, era casi como viajar a otro país, mucha gente moría en el intento.

¿Es eso verdad?

Pues sí, y se arriesgaba la vida caminando en la noche como lo hacemos en este instante. Ahora hay guardias que dan seguridad.

Tengo entendido que el presidente es un hombre de capa y espada, no un togado y por eso hace cumplir la ley implacablemente.

Así es, señor La Condamine, en 1734 ordenó la quema en la hoguera de dos vecinos de Quito por haber falsificado moneda.

¿Los quemaron vivos?

Sí, señor. Cumpliendo la ley, fue hace dos años, en 1734.

Ismael y Adolfina vieron por la ventana al extranjero taparse con la capa porque el frío era intenso y lo escucharon decir:

No puede pasar esto en un lugar donde los magnolios huelen tan bien.

Cambiando de tema, señor De La Condamine, en esas habitaciones iluminadas por la tenue luz de la luna se ama mucho.

Parece que usted sabe demasiado para ser un jesuita—dijo La Condamine.

Los pecados de los quiteños me los conozco al dedillo—Contestó el que debía ser el jesuita y soltó una carcajada.

Ismael y Adolfina se subieron a una mesa para ver con mayor comodidad por la ventana alta y enrejada, casi podían escucharlos respirar.

Mientras tanto, en la calle, los dos hombres emprendieron el regreso al convento de los jesuitas donde se alojaba el académico francés.

Por favor, necesito lavarme y dormir, estoy tan cansado.

Enseguida, señor La Condamine, vamos al convento, a estas horas nadie puede ver en el estado lamentable en que se encuentra.—Apuró el paso y le dijo— tendrá que permanecer oculto en el convento hasta que llegue su equipaje, los hermanos se han encargado de ordenar que traigan todas sus pertenencias desde Guayaquil.

Ismael y Adolfina bajaron de la mesa y se metieron en la cama.

Ya se van.

Sí, ya no se oye nada, mejor duérmete Adolfina que mañana hay que trabajar.

Cerraron los ojos y se durmieron pacíficamente.

¡Ismael!—Exclamó de pronto Adolfina que se había sentado en la cama.

¿Qué pasa? Deja de molestar que tenemos que dormir.

Acabo de caer en cuenta que el que tenía acento francés es el señor Charles de La Condamine. Ya llegaron los otros franceses y sólo faltaba éste. Hay que avisar a los amos.

¿Pero qué les puede importar?

Todo importa, parece que las autoridades de la Real Audiencia no quieren ayudar a los franceses, entonces, los criollos quieren ayudarlos. Ya quiero que amanezca para contarle a la marquesa.

Si no te duermes te saco de mi cuarto, no quiero estar cansado mañana.

Sí, sí—Contestó Adolfina haciéndose un ovillo y murmuró—El señor Godin ya llegó con los otros y está furioso por que el señor La Condamine no se reunió con él para llegar a Quito juntos y según dice la marquesa, no se preocupó de traer las maletas desde Guayaquil, o sea que el señor La Condamine no tiene ropa para ponerse.

Ilustración Retrato de una dama novohispana no identificada

colección. Museo de Historia Mexicana, catalogación. Juan Carlos Cancino.

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