jesuitas

 

El 8 de junio de 1736, La Condamine se despertó sin recordar dónde estaba; la luz entró por la ventana alta y aclaró un dormitorio desconocido, pudo ver una cómoda con floreros y una cesta de frutas. Cerró nuevamente los ojos y recordó el calor abrumador de las selvas, los piquetes de mosquitos, las fiebres que lo debilitaron tanto, días que se hacían insoportables, noches que llegaban abruptamente. Sin embargo, su deseo de llegar a Quito y ver el brillo nuevo de las estrellas lo impulsaron a seguir y llegar flaco y mal vestido, casi sin fuerzas. Se le hizo difícil recordar dónde estaba hasta que se sentó al borde de la cama y vio un bacín, un mueble para su aseo personal, una caja que decía “cincuenta libras de chocolate”, azúcar, un molinillo y un hornillo. Siguió examinando y se encontró con un cajón de bizcochos y golosinas quiteñas.

Recordó que estaba en el convento de los jesuitas. Recorrió con la mirada la habitación y sus ojos se detuvieron en un escritorio cubierto con un paño azul, se levantó y pasó la mano por cuadernos, papel, plumas preparadas, tijeras, arenillas, tintero y cortaplumas.

¡Esto es lujo, civilización!—Exclamó y se sintió bendecido.

La Condamine se aseó lo más que pudo y se puso la ropa un poco burda que encontró sobre una silla. Se miró en el espejo y desaprobó su atuendo, no era elegante como el que usaba en París, pero como no tenía nada más se encaminó hacia el refectorio donde le habían guardado el desayuno, se sentó junto al rector y le dijo:

No sé cómo agradecer tanta gentileza, estoy abrumado

Espero que haya dormido bien y haya encontrado todo de su agrado.

Imagine lo agradecido que estoy, no esperaba tanta comodidad, la hermosura del lugar conmueve.

Termine su desayuno para que visite los tesoros que tenemos aquí.

Momentos más tarde, La Condamine seguía al rector por el templo de La Compañía. En silencio estudió la belleza casi perfecta de la iglesia y del gran conjunto del altar mayor dorado desde el suelo hasta la bóveda. El padre jesuita lo dejó admirar los labrados y arabescos de alto relieve de oro fino que reposaban sobre un lecho de color rojo encendido y barnizado. La Condamine, absorto no se dio cuenta de la cantidad de gente que entró a esa hora a rezar, sabía que la misa se oficiaría más tarde, era su presencia la que causaba tanta curiosidad, sin mediar palabra se adelantó al padre y regresó a los patios del colegio por una puerta trasera.

El jesuita lo siguió y La Condamine se adentró en el Colegio para seguir por el corredor largo que parecía la calle de un pueblito por lo ancho y dilatado, el padre lo acompañó y le preguntó:

¿Por qué tanta prisa?

Padre, no puedo presentarme en ésta traza, soy un académico reconocido y he extraviado mi equipaje.

No hombre, no. Su equipaje debe demorar una semana nada más y podrá usar su ropa para hacer la visita al Presidente de La Audiencia.

Padre—Se detuvo y dijo con un ademán de la mano—Godin es el jefe de la misión y sé que está furioso conmigo porque tomé otra ruta para llegar a Quito, mi interés es meramente académico—Se pasó la mano por la frente y dijo—Godin, aprovechando que es el jefe, ha dilapidado dinero que no es suyo.

Sin darse cuenta habían entrado en un patio fragante, sembrado de plantas medicinales. Olvidó lo que decía y se detuvo ante un arbusto de un aroma intenso. Se acercó para oler las hojas y se puso a observarlo con tanto interés que parecía ser lo único que le importaba en el mundo.

El padre jesuita le tocó en el hombro y le dijo con la voz y el tono que utilizan los religiosos.

Mi querido amigo, este arbusto es el Cedrón, especie nativa de estos lugares y es excelente para los malestares estomacales, las vías urinarias y no tener fuga.

La Condamine vio que había mucho de esos arbustos aromáticos. El padre, al ver su interés, le explicó:

Estamos en el patio de la botica, aquí se preparan mezclas para la venta. Mire, esas flores azules se llaman iso y sirven para las vías respiratorias, éstos arbustos son los tilos americanos y estas especies de plantas mentoladas son los tipus. Una mezcla de flores azules con tilo y tipu es mano de Dios para la tos y los bronquios.

Muy interesante el colegio—Comentó La Condamine y continuó su recorrido por el edificio de ladrillo y piedra tan bien labrada que le sobrecogió.

Tendrá mucho tiempo para recorrerlo, la semana que pase aquí la va a utilizar conociéndolo, es uno de los orgullos de Quito.

La Condamine consideró que pasaría visitando ese lugar que lo maravilló por hermoso, sobrio y a la vez ricamente adornado con el oro de los indios. Se detuvo al borde del riachuelo que pasaba por el adoquín y alzó la mirada para descubrir que arriba, en un lugar apartado había una edificación larga y estrecha, se quedó observando y el sacerdote dijo:

Esos son los servicios higiénicos—Señaló la construcción elevada con el índice y continuó—Desde ahí arriba se botan los desperdicios en este río que crece mucho en ciertas épocas.

¡Qué comodidad, padre, qué lujo!

El padre notó que La Condamine estaba cansado. Le puso la mano en el hombro y le dijo:

Lo veo agotado, tómese una siestita.

Creo que tiene razón, a lo mejor me tomo toda esta semana para descansar.

Vaya, vaya. Un viaje como el que ha hecho cansa bastante. No sabe lo mucho que va a dormir por unos días.

La Condamine recorrió los patios y corredores largos y escrupulosamente limpios que lo llevaron hacia su dormitorio, bajó la mirada para observar sus zapatos viejos pisando los ladrillos rojos y cuadrados, alzó la vista y vio las columnas de piedra que sostenían el edificio tan singular y diferente a todo lo que conocía. Por fin llegó a su cuarto y se desplomó sobre la cama, se durmió sin cerrar los cortinajes. Un sirviente entró sin que él lo supiera, le quitó el calzado y lo tapó con una colcha de lana que estaba doblada sobre el pie de la cama. No sintió nada y se acurrucó con cara de placidez hasta que unos golpecitos en la puerta lo despertaron:

Señor, Condamine, dice el padrecito que ya venga al refectorio, que ya está lista la comida

La Condamine se olvidó momentáneamente del idioma español y no entendió, además lo habían sacado de un sueño delicioso. Refunfuñó, pero volvió a escuchar los golpecitos y la misma voz bajita que le insistía:

Señor Condamine, el padrecito le espera, van a comenzar a leer en el refectorio—Como el francés no contestara, la voz continuó—Se va a enfriar la sopa, por favor le están esperando.

La puerta se abrió y un sirviente indio entró para ayudarlo a calzarse y arreglarse el cabello para ir al comedor. Le colocó una peluca que a La Condamine le pareció horrible:

Ya no sé qué horas son ni cuánto tiempo he dormido—Y se miró en el espejo.

Avanzó por el corredor y cuando culminó la ascensión de los ocho escalones de piedra grande y pulida lo deslumbró el sol con una potencia inusitada, sus ojos se fueron acostumbrando poco a poco al destello del mediodía y se dio cuenta que estaba en un patio más grande que los otros, en la mitad una fuente de piedra hacía de surtidor de agua. El patio, que era un cuadrado irregular, tenía dos palmeras de cocos chiquitos, una buganvilla morada, unos arupos rosados, una higuera y un limonar. Cuando llegó al refectorio se sorprendió de que estuviera tan oscuro, esperó un momento en la penumbra, todavía tenía el sol en los ojos.

Se sentó en una de las mesas y poco a poco se fue acostumbrando al claroscuro del refectorio. Descubrió un púlpito dorado, soberbio como para una iglesia. Charló y bebió con los religiosos mientras sus ojos de académico contaban el número de cuadros, imágenes y muebles de maderas talladas, doradas y esmaltadas. Al fondo, en el torno de la cocina, habían colocado una ronda de vasos pequeños de cristal con licor que un lego repartió en su mesa.

Son mistelas, un poco dulces—Le dijo el rector.

Se están tomando demasiadas molestias por mí, padre.

Todo lo contrario, tener a un académico de su talla es un honor para el colegio, nos puede ayudar mucho con sus conocimientos.

Entonces, si me permite puedo impartir clases de astronomía, física y matemáticas. De esa manera pudiera pagar en algo lo mucho que hacen por mí.

Sería magnífico aprovechar el tiempo que usted estará con nosotros hasta que llegue su equipaje, espero que nadie lo moleste.

La Condamine se sirvió otra mistela y dijo:

Nadie sabe que estoy aquí, sin embargo siento miles de ojos puestos en mí, aún a través de estos gruesos muros—Se secó la boca con la servilleta blanca larga y dijo—Usted no puede comprender lo importante que es estar bien vestido, soy francés y no lo puedo evitar, a más que si me presento ante la gente o las autoridades de la ciudad con esta ropa, pueden tomarlo como agravio.

En eso tiene usted toda la razón, espero que nadie se haya enterado de que está aquí y pueda hacer una buena impresión con la sociedad.

Tomaron café y más mistelas hasta que se hizo tarde y La Condamine pidió retirarse a sus habitaciones, el sirviente apareció de la nada para acompañarlo por los corredores que en ese momento le parecieron un laberinto. Llegó a su cuarto y se dedicó a escribir sus impresiones y los recuerdos del viaje.

Louis Godin caminaba por las calles de Quito acompañado de su comitiva y los guardias que había mandado la Presidencia de la Real Audiencia para recibirlo como a un héroe. Sin embargo, estaba preocupado porque le habían dicho que el presidente no estaba contento con su llegada. Se detuvo un momento para respirar, le faltó el aire. El guardia lo esperó y le dijo:

Señor, tiene que acostumbrarse poco a poco a la altitud de Quito, en unos días respirará normalmente.

Godin iba tan bien vestido que la gente se detenía a mirar su peluca impecable y la capa que ocultaba su espada al cinto. El agua corría por la mitad de la calzada, las fachadas de los templos eran imponentes y a la vez dulces como el ánimo de los indígenas que había conocido. La vida bullía en las ropas de colores intensos, en los burros cargados de alfalfa. Le pareció que la selva alimentaba misteriosamente a Quito, ciudad de altura y páramo. Todo está conectado con hilos delicados fluyendo en secreto, pensó. Dejó sus cavilaciones al encontrarse a las puertas de la casa de gobierno.

Siguió al guardia y atravesó el patio de piedra y las arquerías de bóvedas falsas sin que los soldados lo detuvieran. Atravesó portones, notó que había corrientes de aire y se abrigó con la capa, pasó de la luz brillante del sol al frío de los cuartos oscuros y húmedos por donde pasó hasta llegar al despacho del presidente. El guardia le abrió la puerta y entró.

Dionisio de Alcedo, Presidente de La Real Audiencia de Quito no pudo menos que sonreír a pesar de su mal humor cuando vio a Godin admirar el lujo, los oros y la tapicería con que estaba adornado su despacho. Lo miró con ojos fieros y Godin, que no pudo disimular su asombro dijo:

Excelencia, su gabinete parece más una residencia principesca.

Y qué espera, soy español, nací en Europa. Para su información estos territorios pertenecen a la corona española, no debe sorprenderse si el presidente de una audiencia como la de Quito, dispone de una casa como esta.

Por supuesto que lo entiendo, excelencia—Godin cambió el gesto y dijo—Sólo que me ha sorprendido ver tanto esplendor luego de atravesar selvas, pantanos, riscos y lugares inhóspitos.

A propósito de lo cual me gustaría saber dónde están sus amigos, el señor De La Condamine,, por ejemplo. Es una falta de respeto llegar a la ciudad y no presentar sus respetos a la autoridad.

Godin lo escuchó con la respiración entrecortada, le era difícil respirar y menos con la indignación al verse recibido con tanta hostilidad.

Excelencia, La Condamine tomó otro camino y no sé cuándo llegará—mintió.

Parece que está mal informado, yo he escuchado que está donde los jesuitas, así que mejor lo visita y le dice que venga a rendir cuentas conmigo.

Excelencia, soy el jefe de la Misión Geodésica Francesa, estoy aquí para comandar el trabajo de medir el arco del meridiano, tengo poder para tomar cualquier decisión.

A mí no me interesa ninguna misión científica, ni que quieran medir ningún arco. Este es un territorio joven, rico e inexplorado, tengo mucho cuidado con los extranjeros—Lo miró con ferocidad y le dijo—Cuidamos que no haya contrabando, esa práctica está causando mucho daño a los erarios reales—Caminó hacia la ventana y mirando a través de los cristales dijo—Si he llegado a ostentar cargos tan importantes en el gobierno español es por mi desconfianza hacia los extranjeros, lo aprendí cuando fui prisionero de guerra en Inglaterra. He combatido al contrabando con mano férrea, por eso estoy donde estoy.

Godin iba a responder pero alzó la vista hacia los ventanales y se quedó tan fascinado, que olvidando la presencia del presidente, se encaminó hacia las ventanas desde donde pudo observar la Plaza Mayor y más allá la campiña de Quito, verde y fértil alargándose hasta los montes y nevados donde parecía encontrar su destino.

¡Qué portento!—Exclamó como si estuviera solo.

El presidente dio unos pasos hasta quedar junto al francés y extendiendo el brazo le señaló toda la belleza que se observaba desde su despacho, le dijo:

Lo que usted alcanza a ver es una mínima parte de lo que España tiene en éste lado del mundo. Ahora bien, la Real Audiencia de Quito pertenece al Virreinato del Perú y Lima está muy lejos, España aún más, así que la última palabra la tengo yo.

Godin se retiró unos pasos y se sentó sin que lo hubieran invitado, le vino una opresión en el pecho al darse cuenta que no iba a tener el apoyo que tanto necesitaba.

Señor Godin, comprenda que España tiene muchos enemigos, los peores y más peligrosos son aquellos que deberían sentirse completamente españoles, pero que se sienten dueños de estas tierras por haber nacido aquí. Tenga cuidado con la adulación peligrosa que va a recibir de los criollos; son extremadamente ricos y presumidos, tienen extensas propiedades y mandan sobre indios y mestizos como si fueran pequeños reyes con casas de hacienda que parecen palacios y caballos enjaezados en pura plata.

Godin seguía sentado respirando con dificultad, Dionisio de Alcedo mandó a traer un té de coca con raspadura que era lo habitual para los visitantes.

Es raro que se sienta así si ha pasado ya por sitios altos, pero el mal de altura siempre viene de improviso, sobre todo cuando se camina tan aprisa como lo hizo usted, lo vi por la ventana.

Godin lo regresó a ver, pero en ese instante un guardia le trajo el agua medicinal y el se la tomó poco a poco y en silencio. Dejó la taza vacía sobre una mesita y vio que el presidente, que seguía de pie lo miraba como a un bicho y raro y le dijo:

A primera vista parece que Quito no debería ser la capital de la Audiencia ni debía haber suscitado tanto interés en los Incas—Lo miró con superioridad y continuó—Como usted ya ha visto es una ciudad dominada por un volcán que erupciona más de lo que debería y tiene tantas quebradas que es difícil caminar y está la altura que tanto le molesta.

Creo que pronto me pondré bien—Dijo Godin.

Sin embargo, el clima es ideal, la temperatura deliciosa con más frío que calor, pero nunca tan fría ni tan caliente como en Europa, además está en un lugar que durante el Equinoccio el Sol brilla sin rastro de sombra.

Godin, enervado por la perorata del presidente, quiso llegar al grano y sacó unos papeles de su casaca y dijo:

Solicito carta blanca para mi trabajo—Le entregó las instrucciones del rey.

Alcedo leyó los permisos del rey, su mano tembló pero dijo con aparente calma.

Está bien, señor Godin, hasta que encuentre hospedaje puede quedarse en el palacio.

Gracias, ordenaré a mi comitiva que se traslade para acá—Godin hizo una leve reverencia y continuó—Necesito casas, caballos, sirvientes—Se retiró.

Alcedo lo vio salir y al quedarse solo se acercó a su mesa y releyó las instrucciones del Virrey “Asista a los astrónomos en todo lo que necesiten; entre sus obligaciones está la de levantar el mapa de las colonias” Aquello interesaba a Alcedo porque él mismo se había lanzado a trazar un mapa de la cuidad de Quito. Pero luego leyó otro párrafo en el que el Virrey decía “Esté atento a que los antes mencionados astrónomos no utilicen sus permisos en cosas que no sean su misión específica que es científica.” Estas últimas palabras hicieron recordar al presidente que las autoridades le dejaban actuar a su arbitrio, estaba solo frente a la llegada de los geodésicos. Se sentó en su escritorio y escribió al Virrey

Quito, 1736

Su excelencia,

Marqués de Villagarcía:

He recibido la visita del señor Godin, jefe de los astrónomos franceses que me ha blandido en la cara las instrucciones del Rey, nuestro señor, mientras exigía que se le dieran casas, sirvientes, mulas y dinero para gastar, todo pagado por las rentas reales.

Estoy muy preocupado por el deterioro que está sufriendo el poder español en estas tierras; las bases de la economía siempre ha sido la venta del paño azul y de los tejidos de los cuatrocientos obrajes de la Audiencia, que han estado en poder español y eclesiástico, pero el precio del paño azul ha bajado mucho debido al contrabando de las telas europeas. Es un golpe para el poder español, los criollos pueden asumir ciertas pérdidas porque son dueños de todo lo demás. El año pasado ya se vio un intento de usurpación de poder por parte de estos criollos cuando el Tesorero Real, el criollo Fernando García Aguado posicionó en el cabildo a toda su parentela. Esto fue una afrenta frontal al poder español, mucho tuve que moverme, gracias a Dios con la ayuda de mi yerno, el Fiscal Juan Balparda y el jefe de los gremios Lorenzo Nates. Ahora, cuando yo deje el poder, viene a posesionarse como Presidente de la Real Audiencia de Quito, el criollo José Araujo y Río que ha pagado veintiséis mil pesos por esta presidencia. Por eso hay que estar con los ojos bien abiertos ante la llegada de estos franceses que vienen vestidos a la moda de la corte y traen asistentes, sirvientes y esclavos. Cualquier movimiento en falso puede dar poder a los criollos.

Sin embargo, creo su excelencia que debemos ayudar a los franceses ya que vienen con permiso del Rey, nuestro señor.

Quito,

Dionisio de Alcedo,

Presidente de la Real Audiencia de Quito.

Godin salió con paso apresurado, en la calzada lo esperaban Jussieu, Morainville, Couplet, Verguin, Godin des Odanais, Senierges, Hugot y los esclavos y asistentes. Respiró hondo y se acercó al grupo que estaba rodeado de una muchedumbre que les preguntaba cosas y querían tocar sus vestimentas tan ricas y vistosas. Godin ordenó en francés:

Miembros de la misión, vamos a instalarnos en los dormitorios de palacio, así lo ha ordenado el presidente, y luego en español—Señores guardias, llévenos a nuestros cuarteles.

En ese momento salieron personas de las casas, eclesiásticos de los conventos, sirvientas con el cesto de la compra, todos estaban impresionados con semejante elegancia y con los negros traídos de las islas del Caribe.

Los esclavos tienen unos instrumentos extraños—Dijo un lego y luego vociferó—Hay que echarlos, son enviados del demonio, vienen con aparatos para hacer brujería.

La muchedumbre asustada comenzó a lanzar piedras y los académicos buscaron refugio entre los soldados. Por fin salió el presidente que dispersó a todo el mundo con la espada en la mano y la amenaza de ordenar fuego contra los agresores. Enseguida la gente se dispersó y entonces se abrieron las ventanas de las casas, desde donde observaron en silencio y con mucha preocupación a los extranjeros que entraron en el palacio con la venia de la autoridad.

Godin, a la cabeza de los suyos, siguió al presidente que le dijo:

Señor Godin, por el momento es esto lo que les puedo ofrecer.

¡Cómo cree que podamos instalarnos aquí!—Examinó las paredes sin pintar, el piso levantado.

Señor Godin, es por el momento, hasta encontrarles algo mejor.

¿Pero nadie le advirtió que veníamos, cómo funcionan ustedes?

No sea insolente, señor Godin, hago lo que puedo, no hay remedio, este palacio está destrozado por tanto terremoto—Caminaban juntos, sus espadas se tocaban.

Y por el pillaje también, fíjese cómo han sacado los cuadros, los retablos que debieron estar un día—Señaló con su dedo los sitios donde se veían huecos, clavos y rastros de adornos de otro tiempo.

Tenga paciencia, señor Godin. Entiendo su frustración, yo mismo he tenido que tomar una casa particular para vivir, el palacio está arruinado, sólo mi despacho y unas cuantas piezas están en buen estado.

Godin lo miró con la ceja levantada y dijo.

Espero que pronto me den un lugar decente para vivir, no estoy acostumbrado a este tipo de viviendas.

Lo entiendo, se lo ve a usted muy señorito, muy guapito y elegante, pero tendrá que esperar.

Y sin decir más, salió y dejó a sus huéspedes con el corazón encogido. En ese alojamiento oscuro y deprimente estuvieron tres días hasta que se les dio una casa para ellos solos, pero luego de seis días, Godin entró nuevamente en el despacho presidencial, sin hacer antesala.

Señor, presidente. Es intolerable que tengamos que pasar el tiempo buscando una vivienda adecuada.

Pero si ya les hemos proporcionada una muy a propósito para sus trabajos.

Se nota que usted no tiene idea de lo que venimos a hacer, necesitamos una vivienda amplia, soleada, limpia y con buenos muebles. He visto dos en el barrio de Santa Bárbara y allá quiero que se traslade nuestro equipaje.

¿En el barrio de Santa Bárbara? Para vivir donde dicta la moda.

No me importa lo que piense, nuestra misión así lo exige y usted tiene que obedecer los mandatos del rey.

Días después Godin ordenó su equipaje en una de las lujosas casas donde iban a habitar, pronto llegó Bouguer y se acomodó en uno de los dormitorios que tenían sala y cuarto para el aseo.

Qué buenas casas has conseguido, Godin—Le dijo y se sentó en el borde de su cama.

Sí y mira qué jardines tan a propósito para nuestras observaciones.

Esto lo lograste solo, ya me imagino tu enfrentamiento con el presidente, pero siempre ganas.

Godin salió al jardín, tan elegante como cuando vivía en París.

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