CENA EN EL PALACIO

Mientras tanto, en el Colegio de los jesuitas, La Condamine recibía la visita de criollos que lo escuchaban fascinados. Los cocineros del refectorio preparaban almuerzos y meriendas y La Condamine, tapado con la capa prestada, recibía a sus invitados que lo escuchaban hablar hasta por los codos.

Los criollos, atestados en su dormitorio, oían una y otra vez el relato que el académico repetía cada noche. A la luz de las velas imaginaban los rugidos del jaguar y la ventisca de los riscos. Un escalofrío les recorría el cuerpo al escuchar el miedo que tuvo que vencer al pasar un puente colgante.

¿Cómo son esos puentes colgantes?—preguntó una visitante.

¡Oh, Madame! Son los que aún quedan de los que construyeron los incas, no entiendo cómo no sentían vértigo al ver bajo sus pies tan caudalosos ríos. En un momento creí desfallecer, pero un sacerdote jesuita que pasó por ahí me dijo que no mirara abajo y confiara en la infinita bondad del creador, así lo hice y pude llegar al otro lado.

¿Cómo pudo sobreponerse al susto?

Bueno, Madame. Cuando uno pasa por peligros tan grandes y no puede dormir las noches, se acostumbra al rugido del jaguar.

Yo voy a escuchar los rugidos de ahora en adelante, es usted muy malo para contarnos eso a nosotras, que somos tan sensibles.

La Condamine sonrió y sujetó la mano de la joven entre las suyas, ella le dijo:

Charles, el presidente ya sabe que usted está aquí, está furioso así que mañana a primera hora debe presentarse ante él.

La Condamine se desplomó sobre su lecho ante la consternación de sus amigos. Pedro Vicente Maldonado le dio una copa de un licor que había traído bajo su capa, le dijo:

Vamos, un hombre tan valiente que ha pasado riscos, puentes incas y ha dormido en los territorios del jaguar, no puede tener miedo del presidente por muy español que sea.

Los demás dijeron vivamente que sí, que no tuviera miedo y que si las cosas se ponían escabrosas, ahí estaban ellos para protegerlo.

Sí, Charles—Le dijo una señora—Nuestros esposos son tan poderosos que en último caso pueden formar un ejército para salvarlo del presidente que a veces puede ser terrible, ya sabe que hizo quemar vivos a dos falsificadores de moneda.

Gracias, Isabelita—Le dijo un joven—No asuste usted así a nuestro amigo, estoy seguro que mañana se mete en el bolsillo al presidente.

La Condamine, contagiado por la seguridad con que habló el joven criollo decidió mandar a lavar y arreglar su peluca prestada para presentarse ante el presidente y se fue a dormir con el firme propósito de no postergar más la angustia.

La ciudad estaba oscura, iluminada por débiles velas que se agitaban entre los vidrios de los faroles de hierro aclarando un poco la noche. La Condamine, embozado, caminaba delante del fiel sirviente indio que le habían asignado. No entendió cómo pudo vivir antes sin sus cuidados y buena voluntad; le lavaba la ropa en la lavandería del colegio y la ponía a secar al sol y al viento del patio de la cocina, así podía vestirse con cierta dignidad.

Con ropa vieja pero limpia se presentó ante Dionisio Alcedo Herrera que lo esperaba con el ceño fruncido y las manos crispadas.

Buenas noches, excelencia—saludó La Condamine con una reverencia respetuosa y elegante—Pido perdón por haber guardado en secreto mi estadía en Quito.

No entiendo cuál es su excusa, porque ningún extranjero que viene en misión a Quito puede esfumarse de esa manera, es altamente sospechoso.

La Condamine se irguió y con una sonrisa amistosa, contestó:

Señor, me da mucha pena que mi presencia en Quito haya levantado temores en las autoridades.

Estamos hablando de mí autoridad, yo soy el presidente,  soy la máxima autoridad en esta Real Audiencia.

Lo sé, y por eso no encuentro en el idioma español las palabras exactas para expresar mi remordimiento—Bajó los ojos y miró fijamente la alfombra que le pareció de buena calidad—Señor, qué hermosa alfombra tiene usted, no he visto una así en ninguna parte.

Son alfombras que se hacen en los obrajes de las haciendas de los criollos, pero con diseños españoles, si se les explica bien, los indios hacen buenos trabajos.

Los tejidos incas tienen fama de haber sido extraordinarios…

Sí, sí. Los indios son buenos tejedores, pero no me gustan sus diseños. En fin, no demos vuelta al asunto y diga sus razones para tanta demora en presentar su saludo al presidente.

La Condamine, cuando el presidente le señaló un asiento, se sentó. Bajó la cabeza otra vez y dijo con timidez:

Tal vez usted que es español de pura casta pueda entender a un francés como yo, simplemente no podía pedir audiencia con estas ropas tan viejas, mi equipaje está en algún lugar en la costa, los jesuitas me lo van a traer.

Pero veo que trae puesta la capa española, con eso no hay problema, es una pieza muy elegante—El presidente hizo una pausa para agitar una campanilla de plata que tenía cerca de su mano, en una mesita lateral.

Un sirviente mestizo entró y  recibió la orden de traer una botella de vino y dos copas.

Después nos traes la cena—ordenó el presidente.

Con el primer sorbo de vino, La Condamine se sintió más animado, dijo:

Gracias por comprender mi situación, espero estar perdonado.

Lo entiendo perfectamente, debe ser muy penoso andar con ropa vieja—Dionisio Alcedo no pudo evitar que su mirada se detuviera en un pedazo de tela que asomaba bajo la capa negra. Arqueó las cejas cuando vio que estaba remendada con hilo grueso.

Se ha fijado usted en los remiendos de mi ropa, es lo que hace mi sirviente indio, es un ser de gran creatividad, todo lo resuelve.

El presidente rió gracias al vino y se sintió a gusto con este francés encantador, tan diferente al presumido de Godin. La Condamine relató sus aventuras, el presidente lo escuchó extrañado, tantas veces había echo él mismo ese camino y jamás lo había considerado como una aventura sino como un fastidio.

A mí nunca me ha gustado desplazarme por estos territorios, señor La Condamine, lo he hecho como parte de mis deberes, es muy fatigoso, ni siquiera le he puesto atención al rugido del jaguar.

La Condamine bebió lo que tenía en la mano y se dispuso a contestar, pero en ese momento entró el sirviente mestizo que hizo una reverencia y dijo:

Excelencia, doña María Luisa ha dispuesto que la cena se sirva en la antecámara de sus aposentos.

Está bien, donde manda María Luisa no queda más que obedecer.

La Condamine dejó la copa sobre la mesita y siguió al presidente.

Sintió un cálido ambiente en la sala donde esperaba doña María Luisa y Filomena, que tenía trenzas oscuras y tez blanca. Cuando La Condamine se acercó, la joven bajó la vista. Él dijo:

Doña María Luisa, es un honor el que me ha hecho invitándome a su mesa, no lo olvidaré nunca.

Todavía no ha probado la comida. A lo mejor no es tan buena como la de los jesuitas.

La Condamine era un hombre corpulento con el rostro picado de viruelas y mal trajeado pero Filomena pensó que tenía una personalidad desbordante y una inteligencia superior y se mantuvo en silencio casi toda la velada escuchando los relatos fantásticos sobre su viaje de Francia hasta llegar a Quito. Escuchó con las mejillas encendidas y bebió mucho vino.

Señor La Condamine. Nos ha hecho soñar, temblar, morirnos de miedo con su historia—Le dijo la esposa del presidente—Pero, venga. Deme su brazo y vamos a la mesa.

La Condamine observó la mesa de mantel blanco, la vajilla, las copas de cristal y la cubertería de plata que relucía bajo la luz de la araña de cristal que pendía del techo. Dijo:

Se nota un gusto exquisito, una mano de mujer mesurada.

Gracias. Soy muy cuidadosa con el dinero de la corona, no me gusta derrochar lo que pertenece al rey, solamente esta ala del palacio está adecuada con cierta decencia, el resto está casi en escombros.

La comida, muy española sin el sabor criollo que le daban cada día en el colegio de los jesuitas le gustó, hubo carne de caza y un vino tinto pesado y fuerte. Preguntó:

¿Hay cacería por los alrededores?

Mi querido Charles, hay perdices americanas, venados y otros pájaros que se dejan derribar.

¿Tienen que salir muy lejos para cazar?

No, hombre no. Todavía queda algo de venado en los barrios de la periferia de Quito, y pensar que hace años se pagaba a los cazadores para que los cacen—Contestó el presidente.

¿Los venados se comían las sementeras de maíz?

Sí, eran una plaga, ahora ya están casi en extinción.

Es increíble la facilidad que tenemos los humanos para acabar con todo lo que florece, lo que crece y se reproduce, soy muy amante de la naturaleza y me preocupa lo que estamos haciendo con ella.

El presidente soltó una carcajada que hizo que se atorase, un sirviente lo levantó al vilo y le apretó el estómago, el trozo de carne voló hacia el plato de doña María Luisa que sin hacer ningún aspaviento se lo dio al mastín que estaba junto a sus pies.

Dionisio de Alcedo se recuperó del atoramiento, bebió de su copa y dijo:

Mi querido Charles, ojalá pudiéramos desmontar un poco la tupida naturaleza que nos rodea, me deprime.

Me imagino que será por razones administrativas, pero yo quedé embrujado por las selvas, los bosques húmedos, los matorrales cerca de Quito, la cantidad de agua que corre por la ciudad y el campo, es algo que no se ve en otras partes del mundo, es muy hermoso. Por uno de los patios del colegio corre un río que se crece cuando llueve. ¿No le parece que estamos en una ciudad mágica?

Me parece que usted es romántico a morir, la ciudad es fea y la gente descuidada, tuve que hacer el puente de la Merced y Los Arcos de la Reina, es duro, nadie coopera.

Les sirvieron helados y dulces de coco que el académico dijo que eran superiores a los de los jesuitas, María Luisa rejuveneció. Filomena, que casi no comió pero bebió todo el vino que le dieron, dijo:

No entiendo cómo no extraña París, he oído tanto de sus lujos, palacios, fiestas. Ustedes tienen coches para ir de un lado a otro, no como nosotros que debemos ir andando o a caballo.

La Condamine no la había escuchado en toda la noche y ahora hablaba a borbotones, como si tuviera miedo a que la interrumpieran. Se acomodó en su asiento, se tapó mejor con la capa para que no le viera las calzas y dijo:

Filomena, París es muy bello y los campos franceses son tan hermosos que hacen suspirar, pero nada se compara a esta monumental comunión con el cosmos que se encuentra aquí—Volvió a cambiar de posición y la miró directo a los ojos para que no mirara los remiendos de su capa vieja—Yo me bañé en lagunas azules en la mitad de la selva, vi al jaguar que es una figura portentosa, he sentido cerca mío el frío de la nieve, lo correntoso de los ríos.

Calló y se sumió en un silencio triste, como si tuviera miedo de que tanta belleza se perdiera en un instante, como cuando a veces se apaga una estrella.

La esposa del presidente se levantó de la mesa y propuso pasar al salón contiguo para tomar café y continuar la charla. Se sentaron en los sillones que estaban ubicados juntó a un brasero que daba calor a la habitación. La Condamine se sintió cansado, la expectativa de entrevistarse con el presidente y la cena pesada le hicieron sentirse un poco indispuesto, la esposa del presidente lo notó enseguida y con voz maternal le dijo:

Mi querido Charles, veo que está cansado. Todavía debe resentir el viaje, así que no lo vamos a retener más, pero antes que se vaya quiero pedirle un favor.

Lo que pueda hacer por usted, señora.

Mire, están invitados todos los nobles, criollos y autoridades a una fiesta que daremos en honor de la misión geodésica, lo malo es que con su retraso, no hemos enviado las invitaciones. El favor que le pido es que escriba los nombres de todos los que conforman la misión geodésica.

La Condamine asintió y buscó con la mirada donde escribir, doña María Luisa señalando a lo lejos, le dijo:

En éste escritorio tiene todo lo necesario para escribir.

La Condamine se levantó y se encaminó hacia el lugar donde había un escritorio de pie cubierto con paño verde. Mojó la pluma en la tinta y escribió:

ACADÉMICOS:

Luis Godin, matemático jefe de la expedición, nombrado por la Academia

Pierre Bouguer, matemático y astrónomo, nombrado por la Academia

Charles Marie de La Condamine, geógrafo, nombrado por la Academia.

ASISTENTES:

Joseph de Jussieu, médico y naturalista,

Couplet, geógrafo ayudante.

Godin des Odonnais, técnico agrimensor, sobrino de Godin.

Morainville, técnico.

Siniergues, cirujano.

Verguin, ingeniero

La Condamine entregó la hoja con los nombres de los franceses y se retiró besando la mano de sus nuevas amigas y con un abrazo del presidente, que era ya su amigo. María Luisa añadió el nombre de los dos tenientes de marina españoles, don Jorge Juan y Antonio de Ulloa.

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