bailepalacio

Doña María Luisa recorría los salones del palacio de la Audiencia dando órdenes para que todo saliera perfecto, caminaba con paso inquieto y se encontró con el presidente que decía:

Cuidado con dejar entrar a cualquiera, sólo pueden entrar los que tienen invitación.

Dionisio— le tocó en el hombro para que la escuchara.—El palacio está horrible, me da pena por los invitados.

Pero los salones están muy bonitos.

He tratado de tapar todos los desportillados, pero es una vergüenza recibir así, se van a dar cuenta de que todo es una capita de barniz.

Qué nos importa, la comida está exquisita y los vinos llegaron de España, no son como los que traen en barriles de Chile tapados tan mal que se dañan al llegar.

Si tú dices.

En ese momento entraron los Dávalos, los Maldonados y los Gramesón, luego llegaron los marqueses de Maenza y poco a poco el salón se llenó con criollos y españoles. En un instante formaron grupos, la conversación parecía un murmullo a punto de desvanecerse.

Hay que servir el licor o esto se muere antes de que lleguen los extranjeros—Dijo María Luisa a uno de los mayordomos.

Se abrieron unas puertas y los pajes entraron con bandejas llenas de licor.

Qué buen vino—Dijo el marqués de Maenza.

Tienes razón, en tu casa se toma el mejor.

—Pero no dura mucho cuando vienen mis amigos a visitarme–Dijo el marqués riendo.

Ahora hablaban alto y se movían de un grupo a otro.

Señora, ya llegaron los extranjeros—Dijo un guardia.

María Luisa y el presidente se colocaron en el sitio de honor para recibir a los huéspedes de la ciudad. Una exclamación apenas disimulada salió de la garganta de la esposa del presidente, se llevó la mano a la boca y se quedó petrificada cuando vio llegar a los extranjeros. Los invitados locales, que estaban detrás del presidente, también enmudecieron.

Parece que nunca han visto un francés elegante—Dijo Godin al oído de Bouguer.

–Los quiteños están vestidos como en el siglo pasado—Contestó Bouguer atónito.

Magdalena—murmuró Mariana al oído de su amiga—Están disfrazados de príncipes o qué les pasa. Nunca he visto una elegancia igual.

¿Te parece que son más elegantes que nosotros?

—Por supuesto que sí. Vienen de París.

¿Cómo vestirán las mujeres en París?

No como nosotras, seguro que estamos con la moda bien pasada.

Bueno, pero tenemos más oro en nuestros vestidos que las mujeres parisinas en sus joyas—Contestó Mariana.

Mariana puso atención a cada uno de los franceses cuando se acercaron a saludar a los anfitriones, nunca había visto pelucas tan finas ni casacas tan sobrias y a la vez bordadas en forma preciosa, las medias y los zapatos les deba una apariencia casi femenina pero las espadas al cinto recordaba que eran hombres valientes. De todos el que más llamó su atención fue Godin.

Magdalena, creo que el que está saludando primero es Godin, lo sé por sus maneras tan finas.

—¿Cómo sabes que tiene las maneras finas si no lo conoces.

Se nota en la forma como se mueve, como saluda.

Los pajes circulaban con bocaditos y licores; los hombres rodearon a los académicos y les contaron todo sobre sus haciendas, obrajes, leyes, la comida, los volcanes y casi no dejaron que sus invitados dijeran nada. Cerca de la medianoche, el mayordomo hizo pasar a los invitados a una mesa de mantel largo. Los franceses se detuvieron ante las fuentes de plata maciza donde reposaban piñas, sandías, babacos, chirimoyas y toda clase de fruta, las velas de los candelabros de la mesa daban una luz cálida a los vasos de cristal y las cucharitas de plata.

¿Cómo vamos a comer esas frutas sin no hay platos ni cubiertos?

Tenemos que imitar lo que hacen—Contestó La Condamine en voz baja.

Los extranjeros vieron a los comensales acercarse a la mesa y desmoronar las frutas con las cucharas de servicio y luego servirlos en las copas, iban poniendo un poquito de mango, naranjilla, mora, chirimoya.

Son helados de Quito—Les dijo la marquesa de Maenza—Se toma con estas cucharitas y se acompañan con barquillos y quesadillas. ¿Qué les parece?

Delicioso, madame—Le contestó Godin mirando cómo se metía la cucharita en la boca.

Gregorio, que hablaba con La Condamine miró a Godin conversando con su mujer, se les acercó y dijo:

Espero que le gusten los helados—Tomó del brazo a Mariana y dijo—Con su permiso me llevo a mi mujer.

Cuando los marqueses estuvieron solos, Gregorio le dijo:

Sabes que nuestro amigo es La Condamine, Godin es su enemigo, si se reúne con él es porque tiene la obligación de trabajar con su jefe. No quiero que hables a solas con él.

Mariana sintió un nudo en la garganta y miró a Godin, pero desvió la mirada con rapidez al notar la forma intensa con que el francés le clavó los ojos.

Poco después llegaron los músicos, Bouguer dijo al oído de La Condamine:

Qué trajes tan raros, pero llamativos, vamos a ver cómo interpretan la música.

Pero no tuvieron tiempo de comentar nada porque comenzó el baile y momentos después sudaban y brincaban como no lo habían hecho nunca. Las mujeres casadas se retiraron al estrado de doña María Luisa para tomar más helados y conversar hasta que sus maridos decidieran regresar a casa.

¿Se siente confortable en este palacio, María Luisa?

No veo la hora de que llegue el nuevo presidente y podamos vivir otra vez como siempre en nuestra casa particular. Tuvimos que trasladarnos acá para dejar más o menos habitable el palacio, que de palacio no tiene nada.

La vamos a extrañar, doña María Luisa.

Mi querida Mariana, siempre la recordaré como la más bella de Quito—la observó con atención y dijo—La veo un poco pálida y parece que se aburre.

Nunca había estado en un baile en el que nos encierren en el estrado.

Es para dar una buena impresión a los visitantes, además ¿Para qué quiere usted bailar si ya está casada?

Un criado entró con refrescos y Mariana pudo ver por la puerta abierta el baile desenfrenado en el salón.

Mañana van a estar todos enfermos—Dijo mientras trataba de ver lo que sucedía en el salón.

El sirviente salió y cerró la puerta tras suyo, ella se durmió en el sofá mientras las demás hablaban en voz baja para no despertarla. María Luisa la tapó con un rebozo e hizo señas a las otras para que no subieran la voz.

Un velo cubrió la mente de Mariana mientras dormía bajo el rebozo y suspiró. María Luisa la examinó con atención y le pareció más bonita que antes; tenía una llama rosada en el rostro y en la postura en que estaba se podía apreciar las trenzas oscuras recogidas sobre la nuca con diamantes y flores de azahar. Se ve tan joven, pensó y como también estaba aburrida dijo:

Qué les parece si dejamos abiertas las puertas y vemos cómo bailan los muchachos, las niñas están locas por los jóvenes franceses.

Pero los académicos ya tienen su edad.

Ni tanto, La Condamine que es el mayor está en unos treinta y tantos, los demás son menores, pero los que están causando furor son Jean Godin, Couplet, Jorge Juan y Antonio de Ulloa—Se levantó y abrió las puertas.

La música y las risas entraron en el estrado y despertaron a Mariana, que abrió los ojos. Se acomodó con cuidado y pensó que lo que pasaba frente a sus ojos era un sueño; su marido bailaba con una rubia, La Condamine trataba de seguir el paso a Filomena y Louis Godin daba vueltas con todas las que se turnaban por bailar con él. Sintió una languidez en su cuerpo y agradeció que todos creyeran que estaba dormida. Bajo el mando de Godin trataron de hacer una cuadrilla y bailar el minuet, los esclavos negros atravesaban el salón con bandejas de bebidas para los que se detenían sedientos. Por momentos, los pajes uniformados se paraban frente a la puerta tapando la vista, entonces Mariana se impacientaba pero pronto se movían de un lado a otro y ella podía observar tranquila. Vio a uno de los guardias abrir la ventana para que se pudiera respirar mejor, el aire que entró le trajo el aroma de la fiesta y se estiró un poquito porque se le había adormecido una pierna. Le llamó la atención un grupo de niñas de diez y once años que bailaban con los más jóvenes y pensó con tristeza que pronto sus hijas estarían en una fiesta y ella recostada en un sofá por vieja. Las niñas eran bonitas y llevaban flores olorosas entretejidas en las trenzas, aretes de perlas y esmeraldas. Se volvió a acomodar recordando su niñez y pensó que en pocos años esas niñas iban a estar casadas.

Louis Godin, que enseñaba los pasos más novedosos de París, sintió que alguien lo observaba desde algún sitio, no le dio importancia y continuó con la danza, pero era tanta la presión en su nuca, que decidió detenerse y encontrar lo que le estaba distrayendo tanto. Buscó por los rincones, por las sillas donde algunos descansaban sin encontrar la mirada que adivinaba se escondía en alguna parte, hasta que descubrió los ojos verdes que lo miraban sin pudor y se sobrecogió como si estuviera ante una aparición.

Mariana tardó unos segundos en desviar su mirada pero fue tarde porque Godin se aproximó a las puertas abiertas del estrado. Ella se sentó y se arregló el cabello y el vestido, el collar de perlas se balanceó sobre el pecho agitado, miró fijamente al suelo y fingió no haber visto a Godin cuando entró en el estrado y dijo:

¿Pero qué pasa aquí que no dejan bailar a las mujeres más bellas, no sabía que en Quito se castigara así a las mujeres?

Señor, Godin. No castigamos a nadie, solamente queremos que ustedes se diviertan con las jóvenes solteras.

Doña María Luisa, ustedes son lo más bello de esta región, vengan a bailar con nosotros.

Pero Señor Godin, no estamos acostumbradas a esa danzas tan nuevas.

No son tan diferentes, además para eso estamos nosotros, para guiarlas en estos nuevos placeres—Abriendo los brazos continuó—Huyan, ya no son prisioneras.

La señoras rieron y salieron apresuradas para no perderse esa fiesta memorable, única en Quito. Se formaron las cuadrillas, se perdieron en los pasos, se detuvieron para recibir las instrucciones de Godin y la ayuda de los demás académicos que tenían unas maneras exquisitas. Mariana bailó como cuando tenía trece años, se deslizó por el salón bajo la atenta mirada de Godin que la llevaba tan bien que nunca perdió el compás. Un viento helado sopló en las afueras, los indios ya estaban barriendo y cargando las inmundicias de la ciudad, casi no levantaron la mirada hacia el palacio ni escucharon la música, ni vieron el fuego de las velas flameando tras las ventanas.

Esa noche, en su habitación, La Condamine recordó la fiesta mientras, Juan Andrés, su sirviente indio lo ayudaba a desvestirse. Frente al espejo observó la forma delicada con que le quitó los broches de brillantes y los botones de oro con diminutas gemas incrustadas. Sonrió al recordar el asombro de los criollos al verlo tan elegante. Su equipaje había llegado sin ningún inconveniente y ahora tenía en su poder alhajas de mucho valor, pelucas a la última moda de París, capas, zapatos y mucho más que había traído. Dijo:

Juan Andrés…

Mande su merced.

¿Puedes hablar con el marqués de Maenza?

Sí, su merced.

¿Conoces a los marqueses bien?

Sí, pes.

Ya, ya—La Condamine alzó la mano para hacer una seña y continuó: Ya sé que te mandó el marqués a que me sirvas. ¿Pero puedes acercarte a ellos?

Sí, amito.

Entonces oye bien lo que te voy a decir—La Condamine ya estaba acostado en su lecho y Juan Andrés le arregló las cobijas—Vas a decirles que tengo joyas y ropa para que la marquesa compre, pero no se lo dices a nadie más.

Sí, su merced, no diré nada a nadie.

Así me gusta, somos amigos.

¿Quiere que apague las velas, su merced?

La Condamine vio una luz clara en las pupilas oscuras de Juan Andrés cuando apagó las velas de su mesita. En la oscuridad lo sintió salir sin hacer el menor ruido.

En la soledad del lecho, La Condamine se puso a recordar la fiesta de esa noche. Todo Quito estaba ahí; los hacendados habían viajado semanas atrás para para recibirlos.

Son nuestros huéspedes más ilustres—Le dijeron muchas veces.

Se volteó en la cama para cambiar de posición y recordó las cuadrillas de baile que armaron los académicos con sus técnicos, las quiteñas bailaron con una cadencia que no había visto en Europa. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue el interés que despertó su traje, peluca y joyas. Sus diamantes son extraordinarios, usted es la viva imagen del aristócrata francés, le dijeron muchas veces durante la velada. Recordó que Paul le había dicho:

Se lo dije en las cartas que le envié; los criollos tienen más dinero que los duques de Francia y no tienen en qué gastarlo.

Sin embargo, no sé cómo aproximarme a ellos con algo tan delicado.

Mi querido, la marquesa de Maenza le puede comprar lo que usted le ofrezca y los otros criollos también.

Sí, sí, sí. Pero pensarán que hemos estado gestando un contrabando desde hace mucho tiempo.

¡Oh, no! No les va a importar de dónde saca usted tanta mercadería.

Charles Maríe de La Condamine durmió esa noche como un santo.

 A la mañana siguiente, La Condamine caminó hasta el barrio de Santa Bárbara y se detuvo frente a una de las casas de los geodésicos, le llamó la atención el jardín grande y bien cuidado. Subió al segundo piso y deambuló por las habitaciones amplias y aireadas de muebles cómodos y cuadros en las paredes. Bajó por las escaleras para encaminarse al patio y sin darse cuenta entró en una cocina grande donde una mestiza daba órdenes a dos negras y varias indias que limpiaban cebollas, cortaban papas y lavaban trastes. Cuando la cocinera lo vio le dijo:

Usted debe ser el señor de La Condamine—Se había alejado de los fogones y se limpiaba las manos con un paño que encontró sobre la mesa de las legumbres.

La Condamine caminó hasta el barrio de Santa Bárbara y se detuvo frente a una de las casas de los geodésicos, le llamó la atención el jardín grande y bien cuidado. Subió al segundo piso y deambuló por las habitaciones amplias y aireadas de muebles cómodos y cuadros en las paredes. Bajó por las La Condamine miró a esa mujer morena y gorda que tenía las trenzas negras rematadas con unas cintas de colores, su delantal tenía bolsillos donde guardaba tijeras y las llaves de la despensa. Le contestó:

Sí, soy La Condamine y quiero ver a mis compañeros.

¡Ay, señor! Desde tempranito están en el jardín de atrás colocando esos aparatos rarísimos, casi no desayunaron así que tengo que hacer un buen almuerzo—Se secó el sudor de la frente con el delantal sucio y dijo—son un montón, el trabajo es demasiado para lo que me pagan.

Quiero hablar con ellos pero no sé por dónde llegar al jardín.

Su mereced, enseguida le mando a este guambrito para que le acompañe—Y haciendo señas gritó:

¡Rosalino, shamui!

El joven sirviente corrió a ponerse a las órdenes de La Condamine y lo guió hacia el jardín donde encontraron a los hombres acostados en el suelo, arrodillados junto a los instrumentos. Godin daba las órdenes y los asistentes lo obedecían como si fuera un mariscal, así habían estado desde el amanecer. La Condamine encontró a Bouguer, lo llamó a un lado y le dijo:

¿Te parece que es necesario trabajar bajo el mando de Godin?

No hay otra salida, Godin es el jefe absoluto, tiene nuestros pasaportes y los salvoconductos, sin él no somos nada.

Al menos por el momento—Contestó La Condamine.

Godin vio a sus compañeros conversando y dejó el mando a Sinierges para reunirse con La Condamine, Bouguer y los dos oficiales españoles, Jorge Juan y Antonio de Ulloa.

La Condamine dijo:

He logrado dulcificar al presidente y parece que nos va a ayudar siempre y cuando comencemos por levantar el mapa de la ciudad, debemos verificar la posición exacta de Quito.

Se sentaron alrededor de una mesa grande donde desplegaron los apuntes y cuadernos, trabajaron hasta que Godin dijo:

Vamos a almorzar—Mandó a llamar a sus asistentes.

La cocinera tenía lista la mesa con un mantel limpio y loza de buena calidad.

Me ha costado mucho acostumbrarme a esta comida, incluso me he enfermado.

Todos nos hemos enfermado con la comida porque es diferente y además la altura nos hace difícil la digestión—Dijo La Condamine devorando un plato de locro.

Le he dado instrucciones a la cocinera para que le de un toque francés al locro y a muchos de los guisos que se hacen acá, ha quedado delicioso. Me encantan los llapingachos y el seco de chivo—Dijo Godin.

Los demás lo miraron sorprendidos porque nunca lo habían visto entrar en la cocina.

Me ha llamado la atención lo mucho que utilizan mantequilla, crema y quesos—Dijo Ulloa mientras bebía una copa de vino—Me dijeron que es por la cantidad de haciendas de leche y queserías que hay.

Lo que sí es malo de verdad son los vinos, los traen en unos barriles rancios y cambian de sabor—Dijo La Condamine que se comió las empanadas de mejido antes del segundo plato de sopa.

¿Qué les pareció la recepción del presidente’—Preguntó Couplet

Extraña, pero divertida.

A ver, La Condamine, qué es lo que más te llamó la atención

Lo que me sorprendió fue la ropa que usan. ¿Cómo les decimos a las damas que ya en París no se lleva el terciopelo, que las mujeres usan ballenas para ensanchar las faldas, que no se acostumbra tanto oro en el vestido? En fin, espero que compren lo que traje.

Tienes que convencerlas.

Me parece que están receptivas, les gustamos mucho, nos ven como si estuviéramos un siglo adelantados.

Estamos un siglo adelantados—Dijo Godin—Somos franceses.

Recuerda que estamos en territorio español—Dijo Bouguer, que bebía jugo de de naranjilla.

Sí, es territorio español, pero lo han ocultado tanto al mundo que se ha formado una sociedad extraña, algunos son muy ricos pero les falta el aire de Europa.

¿Adivinen que es lo que más me gustó?—Dijo Couplet mirándolos con una sonrisa especial.

Si tú no nos lo dices, cómo podemos adivinar.

Godin, señor. Nunca he visto mujeres tan lindas y dulces. Me gustó mucho la forma como llevan el cabello en largas trenzas que les cae sobre la espalda, trenzas adornadas con diamantes y flores perfumadas. Me gustaron las mujeres que vi esa noche.

¿Más que las francesas?—Preguntó Godin

Son más dulces, no saben nada y lo escuchan a uno como si fuera un sabio. En cambio en París, las mujeres de la buena sociedad son instruidas e insoportables.

Ante esas palabras todos rieron, bebieron y entornaron los ojos recordando que habían arrasado con las mujeres de la recepción.

Lástima que separaron a las mujeres casadas, eran las más hermosas e interesantes—Dijo Godin.

Pero tú las salvaste—dijo La Condamine

Si pero perdimos mucho de la noche.

Según me han contado a las mujeres las apartan de los hombres y son sus hermanos y padres los que las cuidan celosamente, pero han desarrollado ciertas habilidades para burlar tanto cuidado.

Me han dicho que si un hombre se enfurece porque has traspasado su territorio, lo puede matar—Dijo Senierges.

El vino que traen de Chile lo dañan por la forma como lo transportan—Jussieu cambió de tema y miró al infinito, continuó—Pero hay licores muy finos.

Los mejores son esos licorcitos dulces de café y cacao, son deliciosos—Dijo el joven Godin de Odanais.

La cocinera entró en el comedor y comenzó a retirar los platos con la ayuda de una sirvienta chiquita y morena que hacía lo posible por sostener lo que la cocinera arrumaba entre sus brazos.

Deja a la muchacha que se desocupe de lo que tiene para que haga otro viaje, va a romper toda la vajilla—Dijo Godin.

La cocinera obedeció como estaba acostumbrada mientras pensaba que el señor Godin era un tirano. Luego de las empanadas de mejido y los gatos encerrados llenos de miel, Godin mandó a traer las frutas que les había regalado Ramón Maldonado.

No te comas todas las chirimoyas, Jean.

Es la fruta más deliciosa que he conocido, no creo que se dé en ningún otro lugar.

Sólo en este Virreinato del Perú—interrumpió Godin y estirándose en su silla dijo—vamos a la siesta y luego regresamos, en esta altitud no se trabaja con el estómago lleno.

Se levantaron de la mesa y Godin dijo:

Con las mediciones que estamos haciendo me imagino que para 1738 ya estamos de vuelta en París. Couplet se desperezó y se acordó de sus padres, los extrañaba mucho.

 

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