SIGCHOS

Juan Andrés se acercó a su amo francés y le dijo:

Amito, te pido una semana de permiso para ir a visitar a taitas que están solitos.

¿Hace cuánto tiempo no ves a tus padres?—Preguntó La Condamine.

Tiempos tan que no les he visto.

¿Y cómo crees que voy a pasar sin un sirviente?Ya sabes que mandé a mi esclavo con el equipo que está examinando el mejor lugar para las mediciones

Para eso va a venir mi cuñado Segundo, te va a servir como yo.

¿Estás seguro de lo que dices?

Sí, amito. Ya está aquí tan.

Está bien, pero tienes que avisar al marqués.

Juan Andrés se estremeció un poco y mintió:

Ya me dio permiso.

Entonces ve con Dios pero antes trae a Segundo para conocerlo—Iba a despedirlo pero cambió

de idea y le dijo—Mejor te vas después de tres días, hasta que tu cuñado entienda cómo servirme.

Como mande, su merced.

Esa noche, después de enseñar el oficio al Segundo, Juan Andrés, sentado en el suelo comía lo que

Pastora le sirvió. Hablando en quichua dijo:

Me voy en unos días a Sigchos para visitar a taitas.

Tendrás cuidado, es peligroso viajar solo. Te pueden apresar.

Juan Andrés miró al techo humilde de la vivienda que compartía con Pastora en la casa de Santa Catalina y dijo:

No me han de encontrar, conozco chaquiñanes bien escondidos.

Hablá con el patrón, no te vayas sin su permiso.

Juan Andrés puso cara de preocupación y aspiró el olor penetrante del humo. La tulpa prendida

iluminó la cabeza de uno de sus hijos que dormía rendido de cansancio.

El guagua está bien cansado, duerme como tronco.

Es que se pasó cuidando al amo Gregorito y se quedó rendido.

Pastora puso otra cucharada de comida en el plato de Juan Andrés y le dijo:

Te veo preocupado.

Tranquilo estoy—Pero sintió una opresión en el pecho.

Algo te pasa, tomá aguita de toronjil.

Juan Andrés tomó entre sus manos callosas la taza de barro que le dio Pastora y sintió la tristeza de

su casa, el futuro de sus hijos. No importaba lo que se había esforzado en la vida, nada contaría

después, nadie sabría nunca quien fue. Recordó cuando su papá le pegaba con el acial y los golpes y palizas que le propinaba su mamá y las veces que le azotó con ortiga mientras le bañaba de madrugada en la acequia helada que pasaba por su casa. Era un niño y sin embargo, no lloró porque intuía que era una forma de amor que sus padres le daban. Entre tanta misera, nadie sabía amar de otra manera. Siempre estaba apurado pastando la manada de ovejas de su familia y ayudando a su papá a trabajar en los grandes sembríos de la hacienda. Ahí recibió los latigazos del mayoral y comió al apuro una colada de granos semi crudos.

Vení a dormir que mañana hay que trabajar—Le dijo Pastora.

Juan Andrés se sobresaltó y contestó:

Me dio permiso el amo francés, no tengo que trabajar.

Andá a hablar con el patrón.

Juan Andrés se tendió sobre la estera y se cubrió con el poncho viejo. Hacía suficiente calor en ese espacio chiquito donde todos dormían juntos con el sueño pesado y el aliento seco de cansancio. Miró al techo de paja por donde el humo se agolpaba buscando las hendijas para salir y recordó el día que lo mandaron a buscar un venado en las faldas del Cotopaxi:

Los amos estaban de cacería y se les escapó un macho soberbio por el escarpado. El patrón le ordenó que lo buscara y él, en lugar de sentir miedo, sintió paz y se alejó a la carrera para buscarlo entre el pajonal, atrás lo seguía el patrón en su caballo castaño. Se le afinó el olfato y se le agudizó el oído mientras buscaba agazapado y nervioso. La niebla tapó el sol y al perder la orientación gritó de gusto sin saber por qué, sólo tenía diez años y se sintió poderoso. Comenzó a sudar copiosamente a pesar del frío que era intenso, y entonces se apareció como un milagro el Cotopaxi con un tinte rosado en la cumbre, había nieve dispersa sobre las rocas. Cayó de rodillas porque no supo otra forma de reaccionar ante semejante revelación; el monte blanco lo había llamado y se había descubierto sólo para él. Mientras estuvo arrodillado sintió la presencia del volcán, el frío intenso de la nieve y una energía cálida se le fue metiendo por los poros. Siguió un largo rato de rodillas en comunicación silenciosa con el monte y entonces el sol brilló y dispersó las nieblas. Sintió un vuelco al corazón cuando vio al venado acercarse despacio con los ojos fijos en él. Se miraron con seriedad, como si se estuvieran comunicando y entonces, escuchó el disparo que derribó al animal poderoso y la sangre se regó sobre la nieve blanca. En ese momento desmontó el patrón,  le pasó la mano por el hombro y le dijo:

Eres un macho, machote Juan Andrés.

Él se inclinó para agradecer el cumplido, el hijo del patrón desmontó también y se colocó junto a su padre que le dijo:

Hijo, quiero que seas amigo de este indiecito, que aprendas a ser valiente como él.

Desde ese día, acompañó a Gregorio en sus cacerías y juegos y cuando el joven se convirtió en el amo absoluto tras la muerte de sus padres, lo tomó a su servicio como su hombre de confianza, a veces llegó a pensar que lo consideraba su hermano.

Esa mañana, Gregorio inspeccionaba unos rosales junto al jardinero que estaba reemplazando a Juan Andrés. Levantó la mirada y lo vio acercarse con timidez.

¿Qué haces aquí? Estás con permiso del señor de La Condamine?

Juan Andrés se detuvo a una distancia corta del patrón y con el sombrero entre sus manos y la mirada baja dijo:

Sí, su merced. Amo patrón.

¿Qué vienes a hacer?

Juan Andrés enmudeció, las palabras no le salieron de la boca y fue Gregorio quien se le acercó y tomándole por los hombros le dijo:

¿Qué te pasa? Dime lo que tengas que decirme—lo obligó a mirarlo y le dijo:

–Tranquilo. Seguro que no has matado a nadie.

Patrón, quería pedir permiso para ir a Sigchos.

Claro que puedes ir si te lo ha permitido La Condamine.

Juan Andrés no alzó la mirada y el marqués le dijo:

Voy a ordenar a José que te redacte una autorización  para que puedas viajar sin problemas. Llévate un caballo y cambiarlo en La Ciénega por otro descansado.

Juan Andrés besó la mano del patrón y dijo:

Dios se lo pay, amo patrón.

Está bien, anda con cuidado que no quiero que te pase nada.

Gregorio lo vio partir y sintió una corazonada muy mala, pero luego se acordó lo valiente que era y descartó esa intuición para retomar lo que estaba haciendo con el jardinero. Un chihuaco graznó sobre la copa del capulí, el semblante del patrón se ensombreció y entró en la casa apresuradamente.

José—Gritó

Señor—José apareció y dijo—¿Me llamó?

Sí. Verás, el Juan Andrés va a ir a Sigchos a visitar a sus padres, quiero que redactes un documento que diga que viaja por orden mía.

Enseguida, señor.

Gregorio se alejó pero luego regresó y dijo:

Quiero que le den un buen caballo y que tenga la oportunidad de cambiarlo en La Ciénega. No sé, estoy preocupado por este viaje, a lo mejor no debería permitir que se vaya—Se pasó la mano por la cabeza.

José lo miró con incredulidad y dijo:

Señor, nadie sabe viajar mejor que ese indio, usted mismo me ha dicho que tiene poderes sobrenaturales. No creo que haya que preocuparse, desde que es guaguito anda viajando por todas partes.

Tienes razón, un hombre que vuela sobre los riscos no puede sufrir ningún percance.

Gregorio pasó el día malhumorado, la casa le pareció sombría y una nube negra se instaló sobre su cabeza.

Rebeca, voy a dormir en mi cuarto. Me duele la cabeza, dile eso a mi mujer.

Rebeca fue al cuarto de Mariana y le dijo:

Señora, el amo dice que está con dolor de cabeza y va a dormir en su dormitorio.

¿Qué pasó, Rebeca? Hace meses que mi marido está extraño. No entiendo su comportamiento—Mariana caminaba en círculos por su estrado.

No lo sé, su merced. Lo veo preocupado—Entrelazó las manos y la miró de frente. Le dijo—Por favor, no le moleste ahora, ya sabe cómo se pone cuando está aproblemado.

Lo sé. Da miedo acercarse a su puerta—Mariana se sentó al borde del lecho y puso la cabeza entre las manos—Hace tiempo que está lejano, ya no confía en mí ni puedo hacer que se ponga contento.

Señora—Rebeca se arrodilló junto a ella y le dijo—Son tiempos difíciles, las autoridades aparecen por todas partes y últimamente han confiscado mercadería del patrón.

Mariana levantó la cabeza y la miró sorprendida. Dijo:

Eso no ha pasado nunca, me hubiera enterado.

Al amo no le gusta preocuparla por los negocios.

¿Ves lo que digo? Para el amo me he convertido en un mueble de su casa, en un adorno más.

Por favor, recuerde que a más de que confisca la mercadería, el comercio está difícil. Ya no son tan productivos los obrajes.

Lo sé, las reformas borbónicas no han traído más que pérdidas para los obrajes.

Sin embargo, los obrajes del amo todavía son muy productivos pero está ocupado en consolidar la ganadería para hacer quesos y no depender tanto del obraje, vienen nuevos tiempos.

Sí, ya sé. Todo el mundo se lamenta pero Gregorio tiene una fortuna tan grande que no debería preocuparse tanto.

Eso pensamos todos. Pero está decidido a diversificar la producción. Por eso está construyendo canales de riego y sembrando pastos para el ganado lechero.

Sí, pero eso no le da derecho a alejarse tanto, se pasa en el campo, me deja muy sola.

Rebeca sólo consiguió que le doliera la cabeza a ella también y se retiró llena de pena.

Juan Andrés respiró con amplitud y sintió los rayos del sol que le quitaban las penas y le señalaban el camino. Iba en el caballo que le dieron en La Ciénega y tenía los papeles en su morral, había pasado muchos controles y cuando vieron sus papeles, le dejaron partir. El nombre del patrón era poderoso. Pasó Saquisilí, Canchagua, Toacaso y en Isiinlivi se detuvo para tomar alimento y descansar un momento.

Se sentó sobre un montículo y sintió la inmensidad del paisaje que se desplegaba entre nubes rosadas y cielo azul. Sonrió con la boca llena de tostado y le mandó un saludo con la cabeza al caballo que pastaba tranquilo sin bocado ni riendas. Dormitó por un rato y su cuerpo se llenó paz y olor a páramo. Cuando despertó, ensilló el caballo y llegó a la laguna del Quilotoa. Vio el azul del agua y bajó a pie el camino arenoso y difícil, cuando llegó al borde alto del cráter, levantó las manos al sol y absorbió la luz con una respiración rítmica. Sus células resplandecieron y cuando abrió los ojos no encontró la línea divisoria entre el cielo y el agua azul que se hizo verde y luego amarilla. Sintió un aleteo poderoso y el aire se pintó de esmeralda y ámbar dorado. La Naturaleza cambiaba de colores mezclándose con el blanco de las nubes y las plumas del cóndor. Se esfumó lo concreto y tomó forma el diseño primordial de las cosas que él conocía, entonces vio el molde de la chuquiragua, la sombra de un frailejón y la lluvia como movimientos verticales sobre el tapiz de colores que se desplegó ante sus ojos en ese instante .

Un fuerte viento le azotó en la espalda y le arrebató el sombrero obligándolo a sentir su cuerpo y a subir la cuesta para volver a montar y llegar a Sigchos antes del atardecer. El tapiz desapareció y volvió a ver el contorno de las rocas y de todas las cosas.

Cuando divisó Sigchos sintió la presencia de ancestros del tiempo que se habían mimetizado con los montes y las rocas del camino. La región era luminosa por la ausencia de neblina a esas horas y entonces vio a lo lejos la choza de sus papás que vivían en las tierras altas. Cuando era pequeño le gustaba bajar por las estribaciones de la cordillera para hablar con los hombres de tierra más caliente y aprender sobre su magia. Un frío líquido le cubrió la cara y desmontó. La mujer que trabajaba la tierra alzó la vista y le dijo que se acercara.

Bendición, mamacita—Se arrodillo ante la mujer de pies llenos de tierra que le hizo la señal de la cruz sobre la cabeza.

Taita está desgranando el maíz, no sabía que vendrías.

El corazón de Juan Andrés sintió la frialdad del recibimiento pero no le importó porque así eran. Entró en el cuarto humilde y oscuro y su padre, como si no hubieran pasado años sin verse, le dijo:

Apura, entra rápido que tengo que hablar contigo.

Sí, taiticu.

El viejo no contestó y continuó desgranando el maíz, Juan Andrés lo miró con los ojos luminosos, lo amaba a pesar de los maltratos. Sabía que los azotes y golpes eran una forma de amar que no sabía manifestarse de otra manera, el viejo masculló:

Tomá lo que viniste a buscar y regresá donde el padre Juan.

¿El padre Juan sabe que estoy aquí?

Ari

Juan Andrés Supo lo que tenía que hacer pero antes bebió chicha con su familia hasta quedarse dormido en la hierba en plena madrugada. Se despertó bien entrada la mañana, cuando el sol lo obligó a levantarse.

Cuando Juan Andrés llegó a Quito era noche sin luna. Antes de presentarse ante La Condamine, entró al cuarto del padre Juan y se dispuso a prender la vela, pero el cura le dijo:

Vamos a hablar en la oscuridad, cualquier luz nos puede delatar. Has venido a ciegas y ahora quieres ver iluminado mi rostro.

Lo que diga su merced—Se postró y dijo—Bendición, padrecito.

A tientas el padre Juan hizo la señal de la cruz sobre la cabeza del indio.

— Juan Andrés, escucha bien lo que digo.

El indio sintió sobre su hombro la mano del padre y suspiró tratando de entender cada palabra.

Juan Andrés, la gente del pueblito de tus padres se han convertido a la religión verdadera, sin embargo, sé que hacen rituales paganos, que siguen adorando a los huacas.

Juan Andrés lo escuchó temblando, tenía miedo de que castigaran a los suyos, que los obligaran a trabajar en un obraje y no los dejaran lo único que tenían. Pero el padre lo tranquilizó:

No los voy a denunciar, me interesa salvar el alma de cada uno de ustedes por el convencimiento y no por el temor.

Gracias, su mercé taitico, papacito lindo, eres como taita y mama.

Sintió la mano en su cabeza mientras le decía:

Juan Andrés, sé que fuiste donde tu huaca y que trajiste lo que te pedí, sólo que no me lo has entregado.

Juan Andrés calló.

No calles, Juan Andrés. Di siempre lo que piensas, no te voy a traicionar, recuerda que no soy como los demás españoles, yo sólo quiero ayudar a los tuyos aunque sean pocos mis parroquianos voy a lograr que vivan con dignidad.

El dios verdadero es el dios del padre Juan.

El dios en el que creo es misericordioso y no juzga a los pecadores que somos todos nosotros, no hables por hablar y dame los objetos de oro que te pedí, así yo puedo ayudar con los impuestos para que los dejen vivir en paz.

Otra vez el silencio, el padre Juan se alejó un poco y perdió la ubicación de Juan Andrés. Escuchó la respiración acelerada del indio que debía continuar arrodillado frente a él. No sabía por qué estos naturales podían ver en la oscuridad mientras él apenas se orientaba por el sonido del aire que salía de su boca. Levantó los brazos y los puso alrededor de los hombros del indio; no se había equivocado, Juan Andrés seguía arrodillado, le dijo:

Escucha, necesitamos dinero para ayudar en las siembras, para que tengan buenas cosechas y paguen los impuestos con puntualidad, por eso necesito que me des las piezas de oro lo más rápido.

Lo sintió temblar bajo sus manos, no pudo contestar.

No quiero que me digas quién te entregó el oro, yo sé quien fue y te prometo guardar silencio, lo juro por Dios—Bajó la voz para que sonara más creíble—Sólo quiero ayudarlos y cumplir con mi consciencia y de una vez si se puede que Dios perdone tanta maldad que han hecho contra tu pueblo.

Se escuchó un sollozo, el jesuita calculó la distancia en la oscuridad y tanteando con las manos tomó la cabeza del indio para decirle lo más quedito posible:

Nadie debe sospechar, el dinero será para guardarlo en caso de necesidad y pagar los impuestos.

Esta vez el padre Juan no tuvo que esperar respuesta, el indio le dijo:

Te creo, taiticu. Vos has sido bueno con nosotros, no te vamos a defraudar, vos tranquilo que yo tan te traigo regalito de huaca.

Tienes que tener mucho cuidado en cómo traes las piezas de oro, de una en una porque te pueden descubrir.

Ari, taiticu, padrecito. Nadie tan me ha de ver.

Así será, mientras tanto sirve al señor La Condamine como si fuera un príncipe, como si fueras sus ojos y sus oídos. El marqués decidió que cuidaras a La Condamine para que se sienta bien en esta tierra, tú obedeces a tu amo y me cuentas todo a mí.

Ari, padrecito.

El padre Juan sonrió; supo que el indio había visto la sonrisa en la oscuridad.

Juan Andrés se acercó a su amo francés y le dijo:

Amito, te pido una semana de permiso para ir a visitar a taitas que están solitos.

¿Hace cuánto tiempo no ves a tus padres?—Preguntó La Condamine.

Tiempos tan que no les he visto.

¿Y cómo crees que voy a pasar sin un sirviente. Ya sabes que mandé a mi esclavo con el equipo

que está examinando el mejor lugar para las mediciones?

Para eso va a venir mi cuñado Segundo, el te va a servir como yo.

¿Estás seguro de lo que dices?

Sí, amito. Ya está aquí tan.

Está bien, pero tienes que avisar al marqués.

Juan Andrés se estremeció un poco y mintió:

Ya me dio permiso.

Entonces ve con Dios pero antes trae a Segundo para conocerlo—Iba a despedirlo pero cambió

de idea y le dijo—Mejor te vas después de tres días, hasta que tu cuñado entienda cómo servirme.

Como mande, su merced.

Esa noche, después de enseñar el oficio aL Segundo, Juan Andrés, sentado en el suelo comía lo que

Pastora le sirvió. Hablando en quichua dijo:

Me voy en unos días a Sigchos para visitar a taitas.

Tendrás cuidado, es peligroso viajar solo. Te pueden apresar.

Juan Andrés miró al techo humilde de la vivienda que compartía con Pastora cuando trabajaba en Quito y dijo:

No me han de encontrar, conozco chaquiñanes bien escondidos.

Hablá con el patrón, no te vayas sin su permiso.

Juan Andrés puso cara de preocupación y aspiró el olor penetrante del humo. La tulpa prendida

iluminó la cabeza de uno de sus hijos que dormía rendido de cansancio.

El guagua está bien cansado, duerme como tronco.

Es que se pasó cuidando al amo Gregorito y se quedó rendido.

Pastora puso otra cucharada de comida en el plato de Juan Andrés y le dijo:

Te veo preocupado.

Tranquilo estoy—Pero sintió una opresión en el pecho.

Algo te pasa, tomá aguita de toronjil.

Juan Andrés tomó entre sus manos callosas la taza de barro que le dio Pastora y sintió la tristeza de

su casa, el futuro de sus hijos. No importaba lo que se había esforzado en la vida, nada contaría

después, nadie sabría nunca quien fue. Recordó cuando su papá le pegaba con el acial y los golpes y

palizas que le propinaba su mamá y las veces que le azotó con ortiga mientras le bañaba de madrugada en la acequia helada que pasaba por su casa. Era un niño y sin embargo, no lloró porque intuía que era una forma de amor que sus padres le daban. Entre tanta misera, nadie sabía amar de otra manera. Siempre estaba apurado cuidando la manada de ovejas de su familia y ayudando a su papá a trabajar en los grandes sembríos de la hacienda. Ahí recibió los latigazos del mayoral y comió al apuro una colada de granos semi crudos.

Vení a dormir que mañana hay que trabajar—Le dijo Pastora.

Juan Andrés se sobresaltó y contestó:

Me dio permiso el amo francés, no tengo que trabajar.

Andá a hablar con el patrón.

Juan Andrés se tendió sobre la estera y se cubrió con el poncho viejo. Hacía suficiente calor en ese

espacio chiquito donde todos dormían juntos con el sueño pesado y el aliento seco de tanto

cansancio. Miró al techo de paja por donde el humo se agolpaba buscando las hendijas para salir y recordó el día que lo mandaron a buscar un venado en las faldas del Cotopaxi. Los amos estaban de cacería y se les escapó un macho soberbio por el escarpado. El patrón le ordenó que lo buscara y él, en lugar de sentir miedo, sintió paz y se alejó a la carrera para buscarlo entre el pajonal, atrás lo seguía el patrón en su caballo castaño. Se le afinó el olfato y se le agudizó el oído mientras buscaba agazapado y nervioso. La niebla tapó el sol y al perder la orientación gritó de gusto sin saber por qué, sólo tenía diez años y se sintió poderoso. Comenzó a sudar copiosamente a pesar del frío que era intenso, y entonces se apareció como un milagro el Cotopaxi con un tinte rosado en la cumbre, había nieve dispersa sobre las rocas. Cayó de rodillas porque no supo otra forma de reaccionar ante semejante revelación; el monte blanco lo había llamado y se había descubierto sólo para él. Mientras estuvo arrodillado sintió la presencia del volcán, el frío intenso de la nieve y una energía cálida se le fue metiendo por los poros. Siguió un largo rato de rodillas en comunicación silenciosa con el monte y entonces el sol brilló y dispersó las nieblas. Sintió un vuelco al corazón cuando vio al venado macho acercarse despacio con los ojos fijos en él. Se miraron con seriedad, como si se estuvieran comunicando y entonces, escuchó el disparo que derribó al macho poderoso y la sangre se regó sobre la nieve blanca. En ese momento desmontó el patrón y le pasó la mano por el hombro y le dijo:

Eres un macho, machote Juan Andrés.

Él se inclinó para agradecer el cumplido, el hijo del patrón desmontó también y se colocó junto a

su padre.

Hijo, quiero que seas amigo de este indiecito, que aprendas a ser valiente como él.

Desde ese día, acompañó a Gregorio en sus cacerías y juegos y cuando el joven se convirtió en

el amo absoluto tras la muerte de sus padres, lo tomó a su servicio como su hombre de confianza, a

veces llegó a pensar que lo consideraba su hermano.

Esa mañana, Gregorio inspeccionaba unos rosales junto al jardinero que estaba reemplazando a Juan Andrés. Levantó la mirada y lo vio acercarse con timidez.

¿Qué haces aquí? Estás con permiso del señor de La Condamine?

Juan Andrés se detuvo a una distancia corta del patrón y con el sombrero entre sus manos y la

mirada baja dijo:

Sí, su merced. Amo patrón.

¿Qué vienes a hacer?

Juan Andrés enmudeció, las palabras no le salieron de la boca y fue Gregorio quien se le acercó y

tomándole por los hombros le dijo:

¿Qué te pasa? Dime lo que tengas que decirme—lo obligó a mirarlo y le dijo—tranquilo, seguro

que no has matado a nadie.

Patrón, quería pedir permiso para ir a Sigchos.

Claro que puedes ir si te lo ha permitido La Condamine.

Juan Andrés no alzó la mirada y el marqués le dijo:

Voy a ordenar a José que te redacte un permiso para que puedas viajar sin problemas, puedes

llevarte un caballo y cambiarlo en La Ciénega por otro descansado.

Juan Andrés besó la mano del patrón y dijo:

Dios se lo pay, amo patrón.

Está bien, anda con cuidado que no quiero que te pase nada.

Gregorio lo vio partir y sintió una corazonada muy mala, pero luego se acordó lo valiente que era el indio y descartó esa intuición para retomar lo que estaba haciendo con el jardinero. Un chihuaco graznó sobre la copa de un capulí, el semblante del patrón se ensombreció y entró en la casa apresuradamente.

José—Gritó

Señor—José apareció y dijo—¿Me llamó?

Verás. el Juan Andrés va a ir a Sigchos a visitar a sus padres, quiero que redactes un documento que diga que viaja por orden mía.

Enseguida, señor.

Gregorio se alejó pero luego regresó y dijo:

Quiero que le den un buen caballo y que tenga la oportunidad de cambiarlo en La Ciénega. No

sé. Estoy preocupado por este viaje, a lo mejor no debería permitir que se vaya—Se pasó la mano por la cabeza.

José lo miró con incredulidad y dijo:

Señor, nadie sabe viajar mejor que ese indio, usted mismo me ha dicho que tiene poderes

sobrenaturales. No creo que haya que preocuparse, desde que es guaguito anda viajando por todas

partes.

Tienes razón, un hombre que vuela sobre los riscos no puede sufrir ningún percance.

Gregorio pasó el día malhumorado, la casa le pareció sombría y una nube negra se instaló sobre su cabeza.

Rebeca, voy a dormir en mi cuarto. Me duele la cabeza, dile eso a mi mujer.

Rebeca fue al cuarto de Mariana y le dijo:

Señora, el amo dice que está con dolor de cabeza y va a dormir en su dormitorio.

¿Qué pasó, Rebeca? Hace meses que mi marido está extraño. No entiendo su comportamiento—Mariana caminaba en círculos por su estrado.

No lo sé, su merced. Lo veo preocupado—Entrelazó las manos y la miró de frente. Le dijo—Por favor, no le moleste ahora, ya sabe cómo se pone cuando está aproblemado.

Lo sé. Da miedo acercarse a su puerta—Mariana se sentó al borde del lecho y puso la cabeza entre las manos—Hace tiempo que está lejano, ya no confía en mí ni puedo hacer que se ponga contento.

Señora—Rebeca se arrodilló junto a ella y le dijo—Son tiempos difíciles, las autoridades aparecen por todas partes y últimamente han confiscado mercadería del patrón.

Mariana levantó la cabeza y la miró sorprendida. Dijo:

Eso no ha pasado nunca, me hubiera enterado.

Al amo no le gusta preocuparla por los negocios.

¿Ves lo que digo? Para el amo me he convertido en un mueble de su casa, en un adorno más.

Por favor, recuerde que a más de que se confisca la mercadería, el comercio está difícil. Ya no son tan productivos los obrajes.

Lo sé, las reformas borbónicas no han traído más que pérdidas para los obrajes.

Sin embargo, los obrajes del amo todavía son muy productivos pero está ocupado en consolidar la ganadería para hacer quesos y no depender tanto del obraje, vienen nuevos tiempos.

Sí, ya sé. Todo el mundo se lamenta pero Gregorio tiene una fortuna tan grande que nada lo puede dañar.

Eso pensamos todos, pero él, está decidido a diversificar la producción. Por eso está construyendo canales de riego y sembrando pastos para el ganado lechero.

Sí, pero eso no le da derecho a alejarse tanto, se pasa en el campo, me deja muy sola.

Rebeca sólo consiguió que le doliera la cabeza a ella también y se retiró llena de pena.

Juan Andrés respiró con amplitud y sintió los rayos del sol que le quitaban las penas y le señalaban el camino. Iba en el caballo que le dieron en La Ciénega y tenía los papeles en su morral, había pasado muchos controles y aunque lo insultaron y azotaron, le dejaron partir. El nombre del patrón era poderoso. Pasó Saquisilí, Canchagua, Toacaso y en Isiinlivi se detuvo para tomar alimento y descansar un momento.

Se sentó sobre un montículo para sentir la inmensidad del paisaje que se desplegaba entre nubes rosadas y cielo azul. Sonrió con la boca llena de tostado y le mandó un saludo con la cabeza al caballo que pastaba tranquilo sin bocado ni riendas. Dormitó por un rato y su cuerpo se llenó paz y olor a páramo. Cuando despertó, ensilló el caballo y llegó a la laguna del Quilotoa. Sus ojos se llenaron del azul del agua y bajó a pie el camino arenoso y difícil, cuando llegó al borde alto del cráter, levantó las manos al sol y absorbió la luz con una respiración rítmica. Sus células resplandecieron y 

 

 

 

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