QUITO SE VISTEJESUITAS

  

Los marqueses de Maenza desayunaban en una mesita que habían colocado en una galería de vidrios en la planta alta con vista al convento de Santa Catalina. El marqués, vestido con su atuendo de montar, miró al convento y preguntó:

¿Qué parte crees que sea?

Debe ser un patio privado, a lo mejor las monjas hacen ejercicios espirituales ahí—Dijo Mariana achicando los ojos—La madre superiora ha sido muy amable conmigo, me ha enseñado el convento entero menos este patio—Tomó entre sus manos la taza de chocolate y bebió lentamente mientras observaba hasta la última hoja de la palmera alta, llena de coquitos, luego se fijó en los naranjos y limonares.

Mariana, anoche fuiste la más bella de la noche—El marqués le pasó la mano por el cuello.

—De ti no sé nada porque me encerraron con las viejas.

El marqués bajó la mano y con aire serio le dijo:

Mariana, lo importante es que hice una buena amistad con La Condamine.

–Pensé que eran amigos, le mandaste a Juan Andrés.

Sí, está feliz con él—Luego cambió de tema y dijo—A éste lugar quiero trasladar la biblioteca, no me gusta para comedor.

¿Vamos a tener un comedor permanente?

Sí, es la moda hoy en día tener una habitación dedicada a servir las comidas, en la Ciénega tenemos algo así, aunque cambiamos muchas veces su ubicación.

Extraño la Ciénega, me hace falta el campo.

Pronto conocerás el campo que tenemos por acá, Quito es precioso y sus alrededores son lindos me gusta que la ciudad esté rodeada de tanto verdor, tanta naturaleza.

Ismael entró en ese momento y dijo:

Sus mercedes, el Juan Andrés viene de parte del señor de La Condamine.

Hazlo pasar, quiero saber cómo se porta con La Condamine.

Minutos más tarde apareció Juan Andrés descalzo, pantalón de tela tosca que le llegaba un poco más abajo de las rodillas, camisa del mismo género, el pelo negro y lacio le caía sobre la espalda. Tenía la mirada baja y un sombrero de paño duro entre las manos, se mantuvo en silencio hasta que el marqués le dijo:

¿Para qué te ha mandado el señor de La Condamine?

Su mercé, amito, el amo La Condamine tiene cosas que le puede interesar.

La marquesa se revolvió en su asiento; un olor a tierra y humo le rozó la cara. Le pareció que una presencia etérea había entrado para recordarle los días de su adolescencia cuando comía mote y chochos en las quebradas. Sentía cariño por ese indio talentoso que además era el marido de Pastora.

Juan Andrés no levantó la vista, la tenía clavada en el suelo en señal de humildad pero sintió a la marquesa como si fuera una mariposa azul volando entre los guaicundos. El marqués se levantó.

Habla—Le ordenó y se sentó en una butaca alejada de la ventana.

Su merced, el señor francés dice que tiene cosa bonita para vender a tu esposa si te gusta a vos tan.

La Condamine tiene algo que ofrecernos.

Ari, su merced. Tiene cosas brillantes y bien bonitas que va a gostar a la patronita.

¿Y dónde?

El indio alzó por primera vez su mirada tímida y contestó:

El amo Charles dijo que vengas al almacén del colegio cuando sea ya de noche tan.

Mariana se sentó junto a su esposo en el brazo del sillón. Dijo:

Dile a tu señor que esta noche estaremos ahí.

El indio bajó la cabeza y contestó:

Ari, su merced, madrecita, yo le aviso al patrón extranjero.

Mariana esperó a que el indio saliera por la puerta y dijo:

Cómo puedes vivir sin Juan Andrés, le has prestado a La Condamine y la pobre Pastora se pasa llorando por su marido.

Gregorio tomó a su esposa por la cintura y bajándola del brazo del sillón, la sentó en sus rodillas. Le dijo:

Al Juan Andrés le sienta estar con los sabios, aprende mucho—La besó en el cuello y continuó—Vamos a ver qué cosas lindas tiene el francés para mi mujer.

¿Piensas comprarme algo?

Claro, todo que te guste.

Mariana se sintió incómoda, hace tiempo que sentía a su marido lejano, parecía que la compensaba con cosas caras y bonitas, pero pronto desechó la nube que le nubló el corazón y se alegró al oír el trajín de ensillar caballos.

Esa noche, los marqueses escoltados por Ismael y cuatro hombres más, caminaban por las calles de Quito, entraron a rezar en La Compañía que estaba iluminada por más de cien velas creando un ambiente místico. El oro resplandecía bajo la luz de las velas y la gente que rezaba estaba elegante, más de lo que se ve en una iglesia de Quito a esas horas. Tocó el brazo de su marido con el codo y le murmuró al oído:

Parece que seremos muchos en el almacén de los jesuitas.

El marqués asintió con la cabeza, estaban arrodillados en los reclinatorios que habían traído sus sirvientes.

El padre Juan es mi amigo, nos reservó el primer puesto en la fila, él se encargará de hacernos pasar antes que nadie—Bajó aún más la voz—Debemos simular que no conocemos a nadie.

De todas maneras es imposible saber quiénes son, están todos tan embozados.

Nosotros también, nadie nos ha reconocido.

Los marqueses siguieron el resto del servicio religioso con fervor a pesar de que sentían el nerviosismo de los que estaban detrás. Cuando la misa terminó, el padre Juan se les acercó y los hizo pasar primero. Entraron a un patio oscuro iluminado por antorchas desfallecientes que a duras penas dejaban ver las piedras talladas del adoquín. La marquesa sintió frío y se tapó con su rebozo de alpaca. Una dulce languidez la invadió al divisar la tenue silueta del Pichincha elevándose detrás de los muro del Colegio. Juan Andrés apareció en el corredor oscuro que debían cruzar, los alumbró con un farol grande hasta llegar a las habitaciones donde estaba adecuado el almacén de La Condamine.

Siguieron por corredores que les parecieron interminables siempre alumbrados por el sirviente que caminaba despacio. Por fin se detuvo ante una puerta grande y golpeó. La Condamine abrió y besó la mano de la marquesa:

Qué honor que la más bella venga a ver mis pertenencias.

Ella sonrió y entró seguida de su marido, Juan Andrés cerró la puerta y esperó afuera.

Mis enseres, mi ropa—Señaló La Condamine con su mano abierta—Todo lo he puesto en venta porque los fondos para nuestro trabajo están cortos y hasta que llegue una carta a París, pasarán más de mil años.

¿Pero no les mandaron con suficiente dinero?

No, madame. Hubo dinero, pero Godin, nuestro jefe de misión, gastó más de lo que debía y hemos quedado en bancarrota.

El marqués le dijo:

No te preocupes que todo Quito está esperando para terminar con lo que tienes, mira—Señalo con la cabeza a Mariana que estaba perdida entre tanta mercadería.

¡A mi querido marqués! ojalá no te equivoques, es terrible no tener cómo pagar las cuentas y vivir de la caridad de los Jesuitas.

Bueno, bueno. Nadie va a dejar que mueras de hambre.

Gracias, lo sé. Amigos como ustedes son lo más valioso que uno puede encontrar.

La marquesa acarició las mesas de madera lustrosa, la seda de los muebles, el tejido de las alfombras…Los cuadros.

No sé por dónde empezar.

Mariana, creo que debemos comenzar con buenos muebles para arreglar la biblioteca y el comedor.

¡Ah! Tengo un juego de comedor de última moda en París, vengan conmigo.

Los marqueses lo siguieron, Mariana pasó la mano por el tablero de la mesa y por unos muebles con vidrio.

¿Para qué sirven estos?

Son los aparadores y sirven para guardar la vajilla—La Condamine se agachó un poco y dijo—en estos cajones de la parte inferior del mueble se guardan los cubiertos. Hay dos aparadores.

Hermosos, quiero los dos..

Me parece que queremos el juego completo—Intervino el marqués.

La marquesa sonrió cuando vio que su marido decía:

El escritorio, las butacas, los espejos, el reloj de malaquita, el de bronce, los cuadros.

La Condamine iba poniendo unos papeles con una cruz en los muebles que escogió el marqués.

Ahora quiero ver las joyas.

La Condamine sacó un cofre del cual Gregorio escogió lo más fino, lo que le gustó más.

No quiero acabar con todo, les arruinaría la diversión a los que esperan—Se detuvo frente al francés y le dijo:

Mañana mando una cuadrilla de hombres para trasladar los muebles a mi casa, lo haremos a la hora de la siesta cuando nadie ve nada—Se quedó un momento pensativo—Lo podemos hacer en tres días, pero mañana ven a visitarme para pagarte en efectivo lo que te debo.

Pero marqués, es una pequeña fortuna.

No hay ningún problema; embellezco mi casa y ayudo a un amigo.

Los dos se fundieron en un abrazo y un rato después los marqueses salieron por otra puerta donde los esperaba Juan Andrés. Minutos más tarde entraban los demás, admirados ante tanta maravilla nunca vista en Quito.

Fueron días de trajín; el templo de La Compañía se llenó todas las tardes con gente elegante, los hombres con sus capas negras y las mujeres cubiertas el rostro con mantones finos. No se daban cuenta que muchas veces coincidían los criollos y las mismas autoridades españolas que también querían comprar unas tijeras, unas joyas para sus queridas.

 

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