ENCUARTO

La Condamine hacía cuentas a la luz de las velas del candelabro que reposaba sobre el escritorio. Estaba asustado porque el dinero no iba a alcanzar para meterse de lleno en el trabajo académico al que habían venido. Godin había gastado casi todo en mujeres y placeres a lo largo del viaje y ahora no bastaba lo que recaudó de las ventas que hizo a los criollos. Recibió una pequeña fortuna por ello, pero se dio cuenta que no iba a ser suficiente para el tiempo que pensaban quedarse en la Real Audiencia. Sumó, restó, mojó la pluma en el tintero y no encontró la manera de escapar de la realidad; tendría que pedir prestado o hacer magia para colectar la suma necesaria. Dejó la pluma en el plumero, puso las manos tras la nuca y comenzó a balancearse en la silla para ver si le llegaba alguna inspiración divina, en ese momento escuchó unos golpecitos en la puerta. Se levantó, quitó el cerrojo y retrocedió, un viento helado le rozó el torso, un hombre embozado entró y se descubrió. La Condamine sacó un puñal del cinto, el hombre le enseñó las manos limpias y dijo:

No se asuste, soy el padre Juan, jesuita misionero.

¡Padre Juan, casi me mata del susto!

No es para tanto, señor De La Condamine, no soy tan feo como cree usted.

No se crea, no se crea. Si usted se hubiera visto cuando abrió la puerta se hubiera desmayado, parecía un fantasma o la aparición de la muerte.

El jesuita, con su hábito oscuro y la capucha sobre sus hombros preguntó:

¿Puedo sentarme?

Por supuesto—La Condamine quitó los libros que estaban sobre una silla y los puso en otro lado—Siéntese y póngase cómodo.

El padre Juan se sentó en la silla y el francés sobre la cama, la luz de las cinco velas lanzó sombras sobre las paredes blancas, hacía frío, La Condamine le prestó un poncho de alpaca que el padre se lo puso al instante mientras decía:

¡Dios, qué frío!

Voy a llamar a mi sirviente para que nos prepare un chocolate, así nos protegeremos un poco del hielo que hace en este páramo.

Usted debe tener algún licor fuerte, eso sí nos protegerá toda la noche.

¿Toda la noche?

Es un decir, mientras dure la conversación y usted no me arroje a la calle.

La Condamine se echó a reír y se levantó para traer una botella de pisco peruano que tenía en su cómoda. Sacó dos copas y dejó la botella sobre su mesita de noche.

Mire, quiero ir al grano y explicarle el motivo de mi presencia en su dormitorio a estas horas de la noche.

La Condamine se encogió de hombros y llenó las copas.

Sé que usted está corto de dinero, que lo que pudo obtener de la venta de sus bienes no le va a alcanzar para las investigaciones que quiere realizar.

¿Entiende cuál es mi trabajo, padre Juan?

Sí, entiendo que tiene que medir el ancho de la Tierra para ver si es achatada en los polos o tiene forma de huevo, pero tengo prisa para explicarle mi presencia en su cuarto. Puedo ayudarlo económicamente.

La Condamine abrió los ojos y dijo:

No me diga que un espíritu lo ha mandado hasta aquí justo cuando estaba pidiendo al cielo un milagro.

Las sombras volaron por las paredes, el jesuita hizo un ademán con la mano y barrió el aire, La Condamine lo miró con asombro y dijo:

Estoy confundido, es mucha coincidencia su presencia en este momento, comprenda que estoy un poco alterado—Y adoptó un aire más sereno.

Soy un jesuita misionero, las almas de mi rebaño viven en un sitio tan difícil de acceder que el único cristiano que ha ido por ahí soy yo y un antiguo sacerdote que murió desbarrancado en un abismo. Los fieles de este humilde pueblo me tienen una confianza muy grande.

El padre Juan calló para ver si La Condamine tenía algo que decir, pero este, se levantó para llenar otra vez las copas.

Los indios a los que catequizo tienen parte del oro del rescate de Atahualpa—Esta vez tuvo que callar porque vio la impresión que sus palabras hicieron en el francés, pero como no lo escuchó decir nada continuó—Usted sabe que una parte del tesoro del rescate del inca nunca llegó a Cajamarca y dicen que Rumiñahui lo escondió en tan gran secreto que nadie lo h encontrado a pesar de las cuadrillas que se han armado a través de los siglos para encontrarlo.

Sí, padre. Sé que hay gente que sólo vive para buscar el tesoro de Atahualpa y que nadie lo ha hallado jamás, he llegado a pensar que se trata de una fábula y que tal tesoro no existe.

En una cosa está usted en lo cierto; pienso que el tesoro no es lo que espera un hombre normal, los que invierten dinero y recursos humanos para buscarlo siguiendo rutas que nos han dejado cronistas que vivieron en la época de la conquista y de Francisco Pizarro—El padre Juan se inclinó un poco y posó su mirada en la copa mientras decía—Yo pienso que el tesoro no es tan grande y que además está enterrado en varios sitios, cada uno más inexpugnable que otro, también pienso que mucha gente ya ha encontrado partes y no han dicho nada, sin embargo, se han hecho muy ricos.

Padre, me parece muy interesante y si tuviera tiempo me dedicaría a buscar el tesoro, pero por ahora me urge arreglar mis asuntos financieros para dedicarme de lleno en las mediciones astronómicas.

Ya se olvidó de lo primero que le dije.

La Condamine lo miró con cara de no entender, se acomodó en la silla.

Le dije que puedo tener la solución para sus problemas económicos sin que tenga que acudir a nadie ni sufrir humillaciones.

Esto amerita más pisco.

El padre Juan esperó a que le llenara su copa y se sentara otra vez en silencio para continuar.

Cuando Francisco Pizarro decretó la muerte de Atahualpa, los españoles que estaban con él en Cajamarca habían ya fundido el oro.

Almagro llegó de imprevisto y quiso parte del botín. ¿Verdad?

Sí, pero eso en este momento no importa, nos vamos a centrar en qué pasó cuando algunos españoles decidieron regresar a España con llamas e indios cargados de oro—Hizo silencio para ver la reacción del francés que lo escuchó sin pestañear—Algunas llamas rodaron con el oro demasiado pesado sobre sus lomos y los indios huyeron para no entregarlo a los españoles y lo escondieron en huacas.

La Condamine escuchó casi sin respirar. Lo que le estaba diciendo el jesuita era más fantástico que lo que muchos hombres hablaban sobre el misterioso tesoro del inca. Se levantó para llenar otra vez las copas vacías; estaba preso de un encantamiento y no quería que amaneciera antes de entender qué era lo que el padre le quería decir. Le pidió con una seña que continuara, no se atrevió a poner palabra para no alargar el relato.

Hay un hombre entre los que viven donde yo catequizo que sabe dónde está y cómo conseguir el oro. Es una parte pequeña del tesoro, son reliquias que encontraron hace mucho tiempo

¿Pero, cómo es que las autoridades españolas no lo saben?

No lo sabrán jamás, los indios guardan absoluta reserva, no comentan sobre esto, yo me he enterado por una casualidad mientras caminaba por un páramo que prefiero no nombrar, fui testigo de un ritual donde utilizaron oro.

¿Logró observar sin ser visto?

El padre le contestó con la mirada, La Condamine se pasó las manos por la cabeza y exclamó:

¡No entiendo por qué me está contando esto si es tan secreto, por qué no habla con sus superiores!

Jamás. Mis compatriotas sólo quieren el oro, no ha terminado la conquista; éste territorio interesa sobre manera por el oro que está oculto, continúa la obsesión de Pizarro y Cajamarca.

¿Cómo puedo ayudar?

Ponga mucha atención. En el mundo hay gente que piensa en el horror y terrible pecado que los españoles cometieron contra Atahualpa, contra los indios que confiaron en ellos. Yo no puedo hacer mucho, sería un iluso si pensara que puedo pedir la absolución divina para los españoles que tanto mal hacen a los indios, pero desde mi humilde servicio puedo ayudarlos.

El padre Juan se levantó, La Condamine vio su sombra desvanecerse por las paredes blancas a la luz de las vela agonizantes. Lo escuchó con una emoción desconocida hasta entonces. No entendió dónde estaba ni qué hacía a esas horas de la noche hablando con un cura medio loco mientras el viento y el frío se metían por las hendijas.

Señor de La Condamine, usted puede llevar objetos de oro y fundirlos en Lima, allá hablará con un inglés que se encargará de venderlo en Europa sin que se enteren las autoridades españolas.

¿Usted piensa regalarme el oro así como si nada?

No, usted se llevará un buen porcentaje, el inglés un poco menos y el resto me dará a mí para ayudar a estos pobres hombres a pagar sus impuestos para que las autoridades no los esclavicen en los obrajes.

¿Cómo piensa justificar el pago de esos impuestos? Van a sospechar que algo pasa.

Para eso necesito la ayuda suya y de Paul.

¿Usted conoce a Paul?

Sí, es una persona comprometida con la causa. Se ha ofrecido pedir al marqués de Maenza que compre la producción de maíz, lana y papas de mis feligreses, de esa manera y con su protección las autoridades no tendrán duda de dónde sacan el dinero mis pobres amigos.

¿Pero, no sospecharan del marqués, que produce maíz y papas compre lo que tanto tiene?

No, el marqués es demasiado poderoso y puede hacer lo que quiera.

Puede denunciarnos ante las autoridades.

No lo creo. El marqués pertenece a un grupo nuevo, mucho más refinado e intelectual que los funcionarios españoles, es decir, es un grupo que ha adquirido clase y reconocimiento, son nacidos aquí, éste es su hogar, no conocen otro—Miró al techo y continuó—Además nunca va a saber que está comprando nada.

¿Cómo puede usted vender al marqués sin que se entere?

Paul se encargará de eso.

¿Paul es un santo que quiere ayudar a los indios?

Tampoco es así. Paul es un francés que está obsesionado con las culturas prehispánicas y con Atahualpa. Quiere encontrar el tesoro, ya tiene muchas obras valiosas que piensa llevar de regreso a su país.

¿Para eso vino a estas colonias?

Sí, y para ayudar a la misión geodésica, está muy interesado en las ciencias—Miró al suelo y sonrió escondiendo el rostro. Dijo—Quiere escribir un tratado sobre las similitudes y diferencias entre la ciencia occidental y la de los antiguos habitantes de esta tierra.

Se escuchó la lluvia golpeando la ventana, La Condamine miró la copa que tenía entre sus manos y dijo:

El viento nunca trae lluvias, padre Juan. ¿Qué pasará?

A veces sí, puede tratarse de una nevada o qué se yo. Regresemos a donde nos quedamos.

La Condamine suspiró y dijo:

Me parece que he llegado en un momento interesante en las colonias españolas, verá usted, padre Juan; el mundo nunca se detiene, las estrellas en el cielo también están en constante de cambio.

Esta llovizna es como un rocío del amanecer, es normal a estas horas, pero se me ha hecho muy tarde—El padre señaló a la ventana y dijo—Ya brilla el lucero de la aurora, debo partir.

La Condamine lo miró sin entender bien lo que estaba pasando, el licor le había hecho efecto y antes de salir, el jesuita lo acostó en el lecho, le sacó los zapatos y lo tapó con las mantas de lana pura.

A la mañana siguiente La Condamine se encaminó hacia las casa de sus compañeros y los reunió en la salita más privada que había, les dijo:

El Virrey ha negado dinero para nuestra misión y el presidente dice que no hay nada en los caudales de la tesorería. Voy a ir al banco Castanier en Lima para cambiar letras personales mías y de esa manera financiaremos nuestros trabajos.

 

 

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