reloj

Mariana estaba sentada en una banca del jardín cuando un soplo de aire le rozó la cara y la hizo estremecer. Sin saber de dónde, le llegó un impulso por ver la torre de vigía que su suegro había construido a finales del siglo pasado y se levantó con rapidez. Mientras caminaba en dirección a la torre pensó en que estaba casi en ruinas y en desuso porque ya no eran los tiempos peligrosos de años atrás en que siempre había alguien vigilando para proteger la casa desde un sitio alto.  Se detuvo un momento en el que vaciló, pero un deseo extraño la obligó a subir a lo más alto para que nadie la interrumpiera en sus pensamientos. Caminó con prisa hasta que se encontró con las gradas casi ocultas en una esquina y trató de no rozar con sus manos las paredes llenas de telarañas.

Cuando llegó, se sentó en una silla vieja que era lo único que quedaba en la edificación del tiempo de su suegro. Sentada como estaba se reclinó sobre el muro de la ventana de cristales rotos y lo que vio hizo que olvidara sus problemas. Se entretuvo viendo los tejados rojos, los patios encerrados, las casas de sus amigos y las iglesias. Su mirada iba y venía veloz hasta que descubrió a una pareja que se besaba junto a una pileta de piedra, no vio su cara porque el hombre tapaba a su novia y a si mismo con su capa larga. En otro patio más lejano unas mujeres lavaban trastos en la acequia que pasaba por el medio del adoquín. Algo le llamó la atención y se fijó en un hombre que cavaba un hueco, puso mucha atención al ver que depositó una muñeca de trapo y bebió chicha de un solo trago. Estiró el cuello para ver mejor porque se dio cuenta de que se trataba de  un trabajo de brujería y se persignó, la gente hacía cosas sin saber que una mirada lejana los observaba con las pupilas dilatadas.

Hacía frío y se levantó de su asiento con tal rapidez que tropezó con una estera vieja que estaba enrollada en el suelo. Para no caer puso instintivamente las manos contra la pared y entonces se percató de que había un mueble muy antiguo escondido tras unas cortinas llenas de polvo y descoloridas por el paso del tiempo. Se limpió las manos con el ruedo del vestido y tosió varias veces. De pronto, se quedó inmóvil y sintió un miedo irracional; del mueble parecía irradiar una fuerza oscura y poderosa. Se animó y descorrió las cortinas, el polvo la obligó a estornudar, en uno de los cajones encontró unos pergaminos que quiso leer, pero encontró arrimado contra la pare el cuadro de Rosa de La Escalera que pareció mirarla con desaprobación. Dejó todo como estaba y con mucho nerviosismo apresuró el paso para salir de ahí.

Cuando alcanzó la planta baja se detuvo al ver a Adolfina que le dijo:

Mi niña, tiene visitas.

¿Quién es?

El señor La Condamine y otro francés que no entiendo cómo se llama—Adolfina pareció fijarse en algo extraño y dijo—Niña, algo le pasa, está muy pálida.

Sí, cuando estemos solas te comento lo que vi en la torre.

Adolfina le hizo una mueca y la miró con los ojos interrogadores, la marquesa se alzó de hombros y no contestó. El viento quebró una rama del capulí y un gavilán grande y oscuro sobrevoló sobre sus cabezas.

Me está entrando miedo, Adolfina. Ese gavilán nos quiere picotear.

Pastora, que llegó en ese momento y la escuchó, le dijo:

Patronita, su merced. Encima viene volando el quilico para avisarnos que el gavilán quiere hacer algo malo.

¿Qué puede querer el gavilán?

Amita, patronita. Se quiere comer los pollos pero el quilico grita así para avisar que hay peligro.

El quilico es tan chiquito, mucho más chiquito que el gavilán—Dijo Mariana siguiendo el sobrevuelo con la cabeza.

El quilico es bien hanchi pero avisa, las gallinas tienen tiempo de esconderse.

Mariana vio una nube negra que venía del Pichinchi y ocultó al pájaro de mal agüero. Caminó junto a Adolfina y le dijo:

Anda y di a Ismael que no ha hecho lo que le pedí, quiero que ponga el cuadro de doña Rosa en su habitación, que no lo deje arrumado en la torre vieja que ya mismo se derrumba—Iba a marcharse pero se volteó y dijo—¡Ah! Quiero que bajen el mueble viejo que está allá arriba y lo pongan en la misma habitación, creo que pertenecía a la madre del marqués.

Mariana nunca supo porque dijo eso, a lo mejor sintió que doña Rosa de La Escalera la había llamado a la torre para que la sacara de ahí.

Decidió ir a ver a sus visitantes y caminó con paso rápido, cuando llegó al segundo piso se detuvo frente a un espejo y se pasó una mano por el collar de perlas. Adolfina dijo:

Su merced, los franceses se van a morir del susto.

¿Por qué?

Es usted demasiado hermosa—mintió Adolfina que se asustó al verla tan transformada.

La marquesa entró en la sala más importante de su casa y encontró a los dos franceses admirando los cuadros y objetos de arte, se volvieron cuando la oyeron llegar y ella les dijo:

Buenas tardes, señores—Hizo una leve reverencia con la cabeza y su aroma se esparció por el aire.

Madame, permita que le presente al señor Hugot, relojero de nuestra misión.

La marquesa los invitó a sentarse y cuando vio llegar a Ismael, preguntó:

¿Les puedo ofrecer un chocolate caliente y espeso para este frío?

Oh, madame. Es usted por demás amable, pero hemos tomado ya un chocolate con quesadillas en el refectorio del colegio. Le aceptaríamos un café bien cargado para despejar la mente.

Ismael se inclinó y se retiró para traer lo que habían pedido.

En el salón, la marquesa dijo:

Me han dicho que usted es relojero, señor Hugot.

Hugot se fijó en el polvo que tenía la falda de la marquesa pero no dijo nado, fue La Condamine el que contestó:

Es de los mejores de Francia, ha fabricado relojes para catedrales y conventos. Lo he traído porque quiero que ponga a punto el reloj que compró el marqués y que veo lo han puesto sobre esa mesita. La marquesa se levantó para situarse junto al reloj y dijo:

¿Esto es malaquita?

Sí, madame—Hugot se colocó junto a ella—Fíjese en la delicadeza de los dorados que hacen resaltar el verde de la malaquita. ¿Sabía usted que la malaquita es una piedra que espanta los malos espíritus?

La marquesa abrió los ojos.

Bueno, es un decir. Pero en la antigüedad se decía que era una piedra protectora, que atrae la buena fortuna y ahuyenta a los envidiosos.

La marquesa pasó su mano sobre la malaquita rodeada de oro y sintió una palpitación extraña en el corazón. Hugot dijo:

A veces la malaquita produce palpitaciones—Pasó su mano por la superficie lisa—Está constituida por carbonato de cobre que produce esas vetas de color verde.

Pero, señor Hugot. Quiero saber sobre sus propiedades mágicas.

Madame, a las mujeres les gusta mucho el misterio, le diré una cosa que no sabemos si es verdad.

La marquesa lo miró atenta.

Se dice que estas vetas verdes actúan como reguladores de los nervios y que ayudan a sobreponer las tristezas—Miró los zapatos de Mariana llenos de polvo y dijo—absorbe la tristeza.

Señor Hugot. Es maravilloso lo que me dice.

Hugot estaba volcado sobre el reloj, ella se movió un poco para ver lo que estaba haciendo pero sólo pudo ver su espalda inclinada.

¿Qué pasa, señor Hugot?—Se acercó y se paró en las puntas de los pies para observar lo que hacía.

Madame, cuando Hugot trabaja no escucha nada, se vuelca en los relojes, es como si fueran sus amantes—Dijo La Condamine.

Hugot parecía buscar su alma en la parte trasera del reloj. Por fin se enderezó, se colocó delante de la esfera de cristal y la abrió. Sacó de su bolsillo un paño de seda con el que limpió las manecillas. Dijo:

Mire, estos son los números romanos que señalan la hora, los días de la semana están representadas por estas divinidades antiguas.

¿Qué estaba haciendo en la parte posterior del reloj?

Me aseguraba que el rodamiento estuviera bien engranado, ya lo revisé e hice los ajustes necesarios—Le enseñó una llavecita—Tiene que darle cuerda todos los días para que siga funcionando.

Señor Hugot, sé como dar cuerda al reloj, sé qué hora es por el sol y el tañer de las campanas. Lo que me interesa del reloj es la malaquita.

En ese instante entró Ismael con Adolfina para servirles el café.

Sentados alrededor de una mesita los franceses observaron a los esclavos abrir un frasquito con esencia de café que pusieron en cada taza. Adolfina, con la jarra de agua caliente en sus manos, preguntó:

¿Le gusta cargadito, señor La Condamine?

¡Oh, sí! Muy cargado, bien negrito como tú.

Ismael y Adolfina rieron, le pusieron doble ración de esencia y cuatro cucharitas de azúcar. Lo mismo para el relojero que estaba sentado con la vista fija en las flores de la alfombra que casi cubría todo el enladrillado.

Madame—Dijo La Condamine—Su marido está por llegar, me imagino.

No, mi marido fue a visitar algunas de las propiedades que tenemos por los alrededores, se quedará a dormir en una de las haciendas.

¿En la Ciénega?

No. En alguna de por acá, no me acuerdo el nombre.

Es usted una señora muy rica que no sabe el nombre de todas sus propiedades—Dijo La Condamine.

Sí, mi marido tiene que recorrer un territorio para visitar sus propiedades.

Y usted es ajena al manejo de su fortuna, me imagino que a una dama tan bella no le gusta la rigurosidad de los números.

Se equivoca, señor La Condamine, amo los números. Paul me ha enseñado mucho pero por el momento tengo otras preocupaciones.

La Condamine dejó su taza de café vacía, se acomodó en el asiento y observó a la marquesa mirar de reojo al reloj.

Señora, quería hablar con su marido porque pienso emprender un viaje a Lima para negociar unas letras de cambio, me habían dicho que el marqués conoce a los limeños más influyentes y podría darme una recomendación.

La marquesa se inclinó hacia él y poniendo su mano sobre la suya le dijo:

Señor, yo lo puedo ayudar en la ausencia de mi marido, nací en Lima y conozco a una persona que lo pondrá en contacto con todos los influyentes y poderosos.

Estoy por demás agradecido y sorprendido de que esta visita fuera tan fructífera. Si no le incomoda me gustaría saber a quién me va a encomendar.

La marquesa lo miró con los ojos sonrientes y dándole una palmadita en la mano dijo:

A mí madre, si gusta puede pasar mañana para recoger mi carta de recomendación.

Los franceses se levantaron para despedirse. Si se quedaban más de lo debido en la casa de una mujer con el marido ausente, se meterían en problemas.

Madame, ha sido un placer estar en su compañía. Nos retiramos con pesar porque nos espera mucho trabajo.

No se olvide de pasar mañana por mi carta, se lo pide al guasicama—Al ver la cara de extrañeza del francés, dijo—al indio que está de servicio, lo encontrará cerca a la puerta de salida.

Así lo haré, madame—La Condamine le besó la mano.

Cuando la marquesa se quedó sola llamó a Ismael que vino acompañado por Adolfina y le dijo:

Ismael, quiero que quites este reloj de aquí y lo lleves a mi estrado.

Su merced, el amo me ordenó ponerlo aquí.

No vuelvas a desobedecerme y haz lo que te ordeno. Además quiero que bajes el cuadro de doña Rosa y ese mueble viejo, no quiero que sigan en ese sitio destartalado.

Mariana salió seguida de Ismael y Adolfina que transportaban el reloj. Caminaron con pasos rápidos como si se tratara de un acto militar, la marquesa abrió el estrado y se encontró con dos indios que encendían las velas de la gran lámpara central, le costó orientarse al ver a la araña de cristal tan cerca del suelo. Esperó a que la levantaran y divisó la tabla de mármol de una repisa alta de madera oscura que estaba al final de la habitación. Dijo:

Ismael, pon el reloj sobre la repisa de mármol, pero limpia bien el polvo.

Ismael obedeció.

En su apuro, Mariana no se fijó que sus hijas estaban sentadas en un rincón, cerca del brasero que calentaba el aposento. Estudiaban castellano sentadas sobre almohadones, la monja sentada en un sillón bajito. se acercó y les dijo:

¡Pongan un poco de esmero, sólo les pido un poquito y aprendan a hablar bien el castellano, no me gusta esas erres arrastradas ni esas eses que parecen serpientes!

Trató de serenarse pero dijo:

Madre, por favor espero que logre quitarles ese acento tan feo, usted que es española sabrá cómo hacerlo—Se retorció las manos enjoyadas mientras hacía punta y talón con los pies.

Señora, no es culpa mía que hayan entregado a las niñas al cuidado de indias que solamente hablan quichua, hago lo que puedo.

La marquesa la miró con ferocidad y la monja bajó la mirada. Las niñas estaban asustadas y trataron de pronunciar con elegancia el español pero por mucho que lo intentaban no podían imitar el cadencioso acento de su madre. Ismael se mantuvo quieto con la cabeza baja mientras Adolfina miraba para otro lado.

¿Dónde están los niños?—Preguntó de pronto la marquesa.

Su merced, están con la señora Rebeca.

Mariana se acercó a la repisa del reloj, pasó la mano por la superficie lisa de la malaquita y sintió la magia de los ojos calmos rodeados de vientos verdes bajo su palma. La horas pasaban lentas en el reloj de malaquita, las campanas de una iglesia dieron las cinco de la tarde y en ese momento entraron Ismael y Adolfina con el chocolate caliente y los bizcochos recién horneados, Pastora traía al niño Manuel sobre sus espaldas envuelto a la manera indígena y tras ella venía Gregorito mirando al techo mientras la baba le caía por la quijada. La marquesa tuvo ganas de llorar pero se contuvo y tomó el chocolate rodeada de sus hijos, criados y esclavos. La monja se tomó dos tazas y cuatro bizcochos.

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