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El 28 de diciembre de 1736 hizo su entrada en Quito el nuevo presidente, José Araujo y Ríos. Los balcones brillaron con los estandartes del rey y la Iglesia, hubo comparsas del Colegio de los jesuitas y las mujeres se pusieron sus joyas más finas. Vestido con sus mejores galas saludó al pueblo, iba en caballo enjaezado y desmontó frente a Las Casas Reales donde tomó juramento como gobernador y capitán general. El acto fue sobrio, lo acompañaron caballeros de capa y espada.

José Araujo caminó por las calles de Quito acompañado de su amigo el fiscal Balparda, saludó con unos y conversó con otros hasta que se detuvo y despidió a los que estaban junto a él, quería conversar a solas con el fiscal:

Balparda, no me gusta como están Las Casas Reales, no pienso hospedarme en ellas.

Señoría, está dispuesto su nuevo alojamiento en una casa particular—Le contestó Balparda con tono de enojo.

Lléveme entonces a mi domicilio, estoy cansado.

José Araujo, como si toda la vida hubiera sido el amo del lugar se dirigió a su nuevo alojamiento y pidió que le sirvieran la cena y le prepararan la cama. Un criado lo ayudó a desvestirse y a ponerse la bata de dormir, se hizo cargo de su ropa y lo dejó solo en su lecho de colgaduras finas.

Apoyado en las almohadas releyó una vez más la carta que recibió en Madrid de su amigo Balparda:

Amigo y querido mío: sabe, soy todo suyo, ya sabe cuanto es de mi obligación servirle haciéndome del favor y confianza de Vmd”, “me haga el gusto de mandar comprar media docena de botijas de vino de la Concepción de Chile y encargar a un criado las traiga con cuidado como que son de VM, pues esperando esta ocasión no se puede conseguir en esta ciudad .

Hizo un alto en la lectura y pensó en voz alta:

Esta carta me la envió cuando yo estaba finiquitando los trámites para legalizar mi nombramiento como presidente de La Real Audiencia de Quito. Ahora entiendo; está furioso porque no le traje el vino y porque en Latacunga me pidió que me pusiera de parte del grupo de Álvarez de Nates y Monteserrín. Yo me negué y creo que fue lo mejor, sólo que ahora tengo un enemigo en Balparda.

El sirviente, entró en la habitación y con una reverencia dijo:

¿Su excelencia, usted me llamó? Escuché su voz y por eso vengo.

No hombre, no. Estoy hablando en voz alta y no quiero ninguna intromisión. ¡Fuera!

Acostado sobre su lado izquierdo recordó que al llegar a la ciudad de Latacunga visitó primero la casa de unos particulares que le habían preparado un agasajo, eso también enfadó a Balparda, pensó. Antes de dormirse vio la cara indignada de su antiguo amigo, que ahora era su enemigo feroz. No importa, para algo tengo este carácter fuerte, sabré imponerme. El cansancio lo venció y se quedó dormido

Era entrada la mañana cuando alguien retiró las cortinas de su lecho. Se tapó los ojos con la mano para protegerse de la luz y se volteó en la cama para seguir durmiendo. Una mano respetuosa se posó sobre su hombro y le dijo:

Amo, es hora de levantarse—Era su esclavo negro, uno de los que habían venido con él desde Lima.

Maldito negro que me despiertas cuando el sueño era tan bonito.

El esclavo no se inmutó, le alcanzó el bacín para que hiciera sus necesidades y cuando estuvo listo le dijo:

Amo, ya está el baño.

¿Tengo que bañarme en este hielo? Si esta ciudad es un páramo.

El agua está caliente.

José Araujo observó a unos indios descalzos y sudorosos que llevaban a sus espaldas pondos de barro llenos de agua caliente. Con eso llenaron la tina de cobre donde se sumergió y se dejó lavar por su esclavo.

Se ve que ahora eres un caballero que ni siquiera puedes calentar mi agua, tienes indios para que te ayuden en eso, malditos sirvientes que sirven a otros de su misma clase, tú deberías preocuparte por calentar mi agua.

Amo, aquí son los aguateros los que se encargan de traer agua caliente de la cocina.

Se dejó lavar y perfumar para su posesión como Presidente de La Real Audiencia de Quito. Extrañó de forma inusitada a su esposa Rosa Larrea que iba a llegar con días de retraso y no podría acompañarlo en tan importante día.

José Araujo era oficialmente el Presidente de La Real Audiencia de Quito y como tal pasó a tomar su desayuno en la casa donde se había hospedado. Tenía tanta hambre que devoró panecillos con chocolate batido de forma tan exquisita que no encontró rastro del más mínimo grumo. 

Le avisaron que los ministros de la Audiencia llegaban a pie, en cuerpo de Tribunal para sacarlo de su casa y llevarlo a la plaza donde se darían las corridas de toros, los invitó a desayunar y luego salieron juntos. Se situó en el medio y juntos se encaminaron haciendo sonar sus espadas mientras el viento ondulaba sus capas oscuras.

El presidente llegó a la plaza y alcanzó a ver,  en los palcos designados a los funcionarios, al fiscal Balparda que salió apresurado para darle el encuentro en medio del albero, pero los ministros, en actitud solemne le cerraron el paso y llevaron al presidente a sus palcos particulares donde disfrutaron del espectáculo de los caballistas y el capeo del toro.  Fueron tres días de festejos en los cuales el pueblo, los funcionarios, criollos y eclesiásticos tuvieron la oportunidad de compartir con el Presidente Araujo.

 A Balparda, la muchedumbre lo abucheó por adulador, entonces tomó la salida y fue a su despacho donde escribió al rey sobre los últimos acontecimientos. Estaba concentrado en contar hasta el último detalle para hacer quedar mal al presidente cuando escuchó unos golpes en la puerta y con la pluma en la mano dijo:

¿Quién es?

Su merced, soy yo.

El fiscal alzó la vista y vio entrar al potentado Álvarez de Monteserín.

¿En qué puedo servirlo? Estoy muy ocupado.

Balparda miró con aire preocupado a su amigo Álvarez que venía sofocado, aparentemente había corrido para llegar a tiempo. Dijo:

Vengo a comunicarle querido amigo que han entrado en el territorio muchas mulas cargadas con tanta mercadería que es sospechoso.

Habrá que averiguar quién es el dueño de la mercadería y seguir el debido proceso, ahora por favor puede dejarme porque estoy muy ocupado.

Álvarez Monteserín se acercó al escritorio donde escribía el fiscal y sentándose en la silla que estaba frente a él, le dijo:

Vas a cambiar de opinión querido amigo cuando sepas a quién pertenecen las recuas y la mercadería.

Quien quiera que sea se verá conmigo.

¿Y qué diría su merced si le cuento que con esas mulas hace entrada en Latacunga la señora Rosa Larrea?—Se levantó de la silla y se mantuvo de pie a la espera de una respuesta.

El fiscal dejó la pluma y miró a su amigo con la boca abierta. Álvarez Monteserín lo miró con aire triunfal, la espada al cinto, la capa casi rozando el suelo.

¿Doña Rosa Larrea? Me dices que la esposa del presidente está en….

En Latacunga haciendo tambo en la casa del marqués de Maenza.

¿Y dices que viene con más mulas de las que pueden traer el menaje de su casa?

Por supuesto, aquí tiene casa de alquiler con todo lo necesario, con lujos digamos así, hasta que se arreglen las Casas Reales y pase a vivir donde debe. No necesita traer tantas cosas, dicen que es un cargamento enorme.

Eso es contrabando, Simón Álvarez de Monteserín, vil contrabando y hoy mismo voy a escribir al rey para que sepa la calidad de presidente que tiene aquí.

Monteserín se paseó por la habitación observando los cientos de papeles arrumados en estanterías de madera tallada con aplicaciones de pan de oro y esmalte rojo. Se detuvo y volvió a mirar al fiscal, dijo:

Querido mío, no sé si sea bueno enemistarse con José Araujo, tiene fama de saber lo que hace y un enorme don de mando, no es hombre de titubeos.

Monteserín se sentó en una de las sillas que estaban por ahí y dijo:

Hay que tener cuidado porque Quito está claramente dividida en dos grupos; el mío y los otros.

Siempre ha sido así.

Siempre, pero recuerda que cualquier decisión que tomemos tendrá una respuesta del otro grupo que ya debe estar en gracia con el presidente.

Ahora tiene enemigos que nunca imaginó—Continuó el fiscal que retomó la pluma—Somos dos bandos es verdad, ahora veremos cual es el más fuerte.

Simón Álvarez de Monteserín y Nates, Corregidor de la Real Audiencia sonrió confiando en su poder y riqueza; ni el presidente podría contra su grupo poderoso. Dijo:

Pasando a otra cosa mi querido Fiscal, como sabes La Condamine tiene embobados a todos, se dirigen a él como si se tratara del mismísimo Rey de Francia.

Sí, lo sabemos, lo sabemos. Mi suegro, el anterior presidente tiene en muy alta estima a los geodésicos franceses, son sabios. Nunca antes habían llegado a Quito gente de tanto prestigio.

El presidente Alcedo, tu suegro ha sido hombre muy cuidadoso en sus deberes y supo recibirlos como se debe. Lo que no nos hemos puesto a pensar es que también están con ellos dos españoles: Jorge Juan de Santacilia y Antonio de Ulloa.

El fiscal dejó nuevamente la pluma en el plumero, se limpió sus manos con un paño que tenía sobre el escritorio. Miró fijamente a Simón Álvarez de Monteserín y le dijo:

No entiendo qué tiene de particular el que el Rey de España haya mandado a dos oficiales españoles, no es conveniente que vengan solamente franceses. Tú sabes el interés que tienen los países de Europa en conocer los dominios españoles, esa es la razón por la que vienen los dos oficiales peninsulares.

¿Vienen como espías?

Yo diría que vienen para evitar que los franceses nos espíen, hay que apoyarlos y ayudarlos en todo.

Sin embargo, parece que están predispuestos contra los españoles nacidos en América.

Eso siempre será así, me imagino la inquina que tendrán con el Presidente Araujo que es nacido en Lima.

El fiscal limpió la pluma y afiló su punta. Dijo:

Mira en lo que tengo que pasar el tiempo, mi secretario está en los toros adulando al presidente.

¿Qué es lo que tanto escribes?

Denuncias contra Araujo, es corrupto y de malas maneras, a más de tu denuncia sobre la introducción de contrabando. Lorenzo de Nates y mi suegro firmarán este escrito, son de los más respetados en la Real Audiencia.

No pierdes el tiempo, gracias a Dios tenemos experiencia, desde que recuerdo hemos sido dos grupos enfrentados en Quito.

Es nuestra obligación que el presidente esté con nosotros, de otra manera Quito nunca saldrá adelante. Si Araujo se niega a lo que pedimos, haremos que el rey lo destituya.

Entonces, te dejo con tus escritos y no te distraigo más.

Se despidieron y Simón Álvarez Monteserín se dirigió hacia los toros para unirse al festejo. Su cara seria se transformó cuando una joven lo tomó del brazo y le dio un jarro de chicha de jora que lo refrescó y puso de buen humor. Cuando terminó de beber botó las últimas gotas sobre el piso como lo hacían los indios.

Bien, bien su merced, así me gusta que moje el piso—Le dijo ella mientras se apretaba a su pecho.

Tenía el cabello negro, el escote generoso y la boca abultada. Simón no pudo resistirse y la besó apasionadamente. Juntos se unieron a las fiestas, bailaron fandangos y bebieron chicha durante los tres días que duró el festejo. Por la noche durmieron en el dormitorio sucio y humilde de la joven, al mediodía comieron tortillas de papas con hornado de chancho y jarros de chicha frente a la carnicería para luego retomar el baile.

Balparda salió de su despacho y vio a lo lejos a Álvarez Monteserín bailando frenéticamente con una mujer de corpiño ceñido. La música era mala aunque muy pegajosa, las parejas sacaban los pañuelos que parecían palomas blancas volando por los aires. Balparda no pudo dar crédito cuando vio que Simón Álvarez saltó en un sólo pie, se arrodilló y la mujer dio vueltas alrededor suyo entonando coplas obscenas.

El fiscal huyó antes de que lo invitaran a la fiesta que presidía el presidente recién posesionado, un viento súbito casi le saca el sombrero por lo que prefirió subirse al portal de la Catedral para protegerse. Dobló la esquina, saltó una acequia llena de agua y pateó dos perros flacos que le ladraron al paso. Cuando llegó a la puerta de su casa no pudo ver en la oscuridad del zaguán. Mierda, siempre me pasa lo mismo, pensó. Se detuvo un instante hasta que sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad y vio el patio con la pila de piedra de cuya corona brotaba un chorro de agua fresca y cristalina. Por primera vez escuchó el piar de los pájaros y se llenó del aroma de los naranjos agrios. Tomó las escaleras de piedra para subir a la segunda planta y miró con asco la basura acumulada en las esquinas, se propuso castigar con todo rigor al indio que no había limpiado como se debía.

Cuando Balparda llegó al segundo piso escuchó el bullicio de invitados a una hora inusual. Se detuvo en la entrada del salón porque nadie lo escuchó llegar a pesar de su paso firme y el sonido que hacían sus espuelas. Su mujer conversaba con un grupo de caballeros, le gustó oír la fuerza del idioma castellano bien pronunciado, entonces puso atención en los dos jóvenes que llevaban capa militar y peluca blanca.

Balparda observó el porte de su esposa y la forma tan natural con que alternaba con los marinos enviados por el propio rey, se acercó hacia donde estaba ella y, a pesar de que sabía quienes eran, le dijo:

–Preséntame a tus amigos.

Su mujer lo miró con una sonrisa y le presentó a los dos extranjeros que terminaban una empanada de queso y se limpiaban las manos con unas servilletas que les ofreció uno de los criados.

Mi esposo, el fiscal Juan Balparda—Los jóvenes le hicieron una reverencia y la señora Balparda continuó—Los capitanes de navío don Jorge Juan y don Antonio de Ulloa.

Balparda los saludó con educación, sabía que estaban en Quito hace unos días y que no tenían buena impresión del presidente Araujo.

Por fin los conozco, no he dejado de oír maravillas sobre ustedes, parece que son muy competentes para que el rey los mande a una misión tan difícil.

Gracias, señor Balparda, estamos encantados en Quito con los españoles que viven aquí, no sabíamos que eran tan hospitalarios.

Señor Ulloa, me alegro que esté contento con nosotros, es difícil ser fiscal pues la gente no entiende por qué razón doy casi siempre mi apoyo incondicional a los peninsulares.

Francamente, no lo sé estimado Balparda—Contestó Jorge Juan con una copa en su mano.

Bueno, los criollos son tan ignorantes que a duras penas saben hablar español, entonces sus escritos y demandas están mal planteadas, eso es suficiente para que uno se de cuenta de que si no saben escribir bien, no saben tampoco cumplir con la ley.

Tiene usted toda la razón, Balparda. Ayer fuimos a visitar al Presidente y nos trató con una frialdad difícil de comprender.

Mi querido Ulloa—Balparda pasó sus brazos sobre los hombros de los dos oficiales españoles y se los llevó al corredor—Ya ven, es imposible tratar con un criollo, el presidente es limeño de nacimiento, criollo hasta la médula y de un carácter encendido, pierde la cabeza por cualquier minucia.

¿Entonces, se portó tan maleducado con nosotros porque somos españoles?

Eso está más claro que el agua, no soporta tratar con españoles como ustedes, venidos por orden del rey.

Los tres hombres, que se habían colocado junto a los geranios, hablaban mientras desde lo alto del corredor veían la fuente de piedra que manaba agua, Balparda dijo:

No olviden nunca que ustedes, como marinos reales tienen fuero militar y no existe nadie que tenga rango superior en esta Real Audiencia.

Jorge Juan regresó al salón y dejó al fiscal y a su compañero solos en el corredor. Ulloa, que se había colocado con los brazos sobre la baranda del corredor, miraba sin ver los limonares y la fuente hasta que se fijó en unos indios que asomaron de la nada para cargar agua en pondos que llevaban a sus espaldas. Sujetaban las inmensas vasijas con una soga colocada alrededor de las frentes sudorosas y sucias. El olor rancio que despedían los indios le llegó como un soplo y volvió a pensar en el Presidente José Araujo. Se volteó hacia Balparda que también miraba a los indios y le dijo:

Mi querido fiscal, quiero hacerle una consulta.

Lo escucho.

El caso es que el arriero que se encargó de traer los instrumentos de matemáticas desde el embarcadero no nos deja ni a sol ni sombra por los veinte pesos que cobra por el transporte, pero como usted sabe todo lo concerniente a nuestro trabajo debe ser pagado con dineros del Real Tesoro.

Balparda sacó pecho y echando los hombros atrás dijo:

Por supuesto, ese asunto lo tiene que resolver el presidente, no dude en escribirle una carta insistiendo que dé la orden al tesorero para que pague al arriero, faltaba más. Recuerde,

Ulloa miró al fiscal que se se adornaba con gestos dramáticos y palabras difíciles, pero le inspiraba más confianza que los criollos y mestizos. Volvió a apoyarse sobre el pasamanos mirando a la pileta que sobresalía en la mitad del patio, los indios ya se habían marchado. Dijo:

A usted no le gustan mucho los criollos por lo que veo.

¡Cómo se le ocurre!—Balparda, que era alto y fornido gesticuló con las manos sobre su cabeza y continuó—yo no me tomo trabajo para estudiar los alegatos; me basta saber quiénes son los litigantes para conocer a quién se ha de hacer justicia; a los españoles se la hago, aunque no la tengan.

No debería hablar en ese tono, Balparda—Dijo Ulloa que había abandonado la baranda.

¿Dónde se hospeda don Ulloa?

En su casa, su esposa nos instaló con excesiva amabilidad.

Qué tonto soy—Balparda se golpeó la cabeza con la mano.

Balparda y Ulloa regresaron al salón donde los invitados, todos españoles continuaban charlando alrededor del capitán de navío Jorge Juan que parecía cansado, cuando vio a Ulloa, se apartó del grupo y le dijo en voz lo suficientemente alta.

Ulloa, estoy muy cansado, tanto que apenas entiendo lo que me dicen.

De pronto me ha sucedido lo mismo, tengo mucho sueño—Contestó Ulloa que sintió un viento helado filtrándose por una hendija.

Balparda los tomó por el brazo y les dijo:
—Ordenaré a mis criados que los lleven a sus habitaciones, sus cuartos están limpios y el equipaje en orden. Les tengo un sirviente español que los ayudará en todo hasta que se reúnan con los suyos.

Mi querido fiscal, no tenemos cómo agradecer tanta amabilidad.

Los dos tenientes de navío siguieron al criado español que iba con un candelabro de cinco velas en la mano. Eran las seis y cuarenta de la tarde pero en Quito ya estaba oscuro, los dos sabían que en en estas latitudes todos los días tenían la misma duración. Atravesaron el corredor frío a esas horas y se detuvieron frente a la recamara donde una araña de bronce pendía del tumbado. Jorge Juan miró con agrado el mobiliario; las cortinas, los lechos de dosel de bronce, los dos escritorios con todo lo necesario para el estudio y el trabajo. Se dejó desvestir por el criado mientras Ulloa revisaba sus instrumentos. Jorge Juan, que estaba frente al espejo vio la figura de un indio descalzo que miraba fijamente el entablado. Le dijo a través del reflejo en el cristal:

¿Y tú qué haces ahí?

Su merced, espero que se desocupen para llevarme las bacinillas.

Su merced, hay dos biombos al final de la habitación—Dijo el criado español.

Jorge Juan se volteó cuando el criado le quitó la capa y la espada, dijo:

Ya veo, son buenos biombos—Se fijó en que estaban pintados en oro y nácar y junto a ellos vio dos mesitas con las palanganas para el aseo.

Ulloa soltó una carcajada y se dirigió al biombo que escogió para él mientras decía:

Qué amable el fiscal, luego de desahogarnos en selvas infernales y nieves que nos congelaban.

El sirviente español se despidió y dejó las puertas semiabiertas.

–¡Cierra la puerta!–Ordenó Jorge Juan.

El sirviente hizo una reverencia y contestó:

–Su merced, dejo las puertas entrecerradas porque si hay un temblor, pueden obstruirse.

–¿Hay temblores a menudo?

–Sí, sus mercedes. Pero no deben preocuparse que estas edificaciones son seguras.

Cuando los dos tenientes de navío se quedaron solos decidieron escribir una petición al presidente Araujo para que ordenara el pago que adeudaban al arriero que, según el criado español, ya estaba esperando en los bajos de la casa.

Enfundados en sus batas de dormir, cubiertos con mantas de lana de alpaca que les regalaron en Lima, se pusieron a escribir. Ulloa, se sentó frente a uno de sus escritorios y Jorge Juan acercó una silla para sentarse a su lado, hacía frío y se cubrieron lo que más podieron.

¿Cómo comenzamos, Jorge Juan?

Como se comienza una petición cuando se dirige a la máxima autoridad que en este caso es el Presidente de La Real Audiencia don José Araujo y Ríos, es decir con el tratamiento de “su señoría”

Iba Ulloa a mojar la pluma en el tintero cuando se le cruzó algo por la cabeza y sonriendo dijo:

¿El presidente no es un criollo? No hay necesidad de llenarlo de saludos que merecen solamente los peninsulares.

Los dos jóvenes rieron y decidieron darle el tratamiento de su merced, aquello les causó emoción y Ulloa con su letra impecable comenzó a escribir.

Cuando terminaron la carta, la secaron, enrollaron y sujetaron con una cinta de seda roja.

Mañana por la mañana enviamos al sirviente que nos puso Balparda para que lleve la carta.

¿Crees que ordenará el pago para el arriero, Jorge Juan?

Por supuesto, un criollo se desvive por un español, sobre todo si viene como enviado del Rey.

Estoy tan alterado que no puedo dormir, ¿qué te parece si jugamos un poco a la baraja hasta que nos de sueño?

Los dos jóvenes se sentaron en una de las camas y barajaron las cartas, jugaron hasta muy tarde y cuando se serenaron corrieron los cortinajes de sus camas y durmieron hasta bien entrada la mañana.

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