FILIPINAS0016

 

 

Como Las Casas Reales estaban en mal estado, José Araujo se alojaba en el Cabidlo. Era ya entrada la mañana cuando despertó en su habitación prestada. Se vistió con la ayuda de su esclavo, luego se miró en el espejo y examinó su porte alto, cabellera negra que le llegaba a los hombros y al cinto, su espada reluciente.

Su señoría ya está listo.

El presidente se arregló el bigote y se miró las botas, dijo:

Qué mal haces las cosas, mi calzado está sin lustre.

Perdón, amo. Es que todavía no me acostumbro a la altura de Quito y mi cabeza no está en su sitio—Salió a buscar el betún en la sala de armas y regresó para lustrar las botas. Cuando el presidente estuvo listo, lo miró directamente a los ojos y le ordenó:

Déjame solo, quiero empaparme bien de lo que me han contado.

El esclavo salió y José Araujo releyó lo que le había redactado uno de sus amigos para ponerlo al tanto de lo que pasaba en Quito.

Hay dos grupos de poder que quieren abarcar todos los cargos; por un lado está el grupo de ocho regidores encabezado por el tesorero Fernando García Aguado que lograron en 1735 imponer la elección de los alcaldes ordinarios. En 1736 lograron la reelección total, a pesar de que otro grupo enviara a Lima una protesta. En marzo de 1736, el Virrey dio la razón a la otra fracción por lo que, Simón Álvares de Monteserín y Lorenzo de Nates pasaran a ejercer las alcaldías. Estos dos funcionarios eran la cabeza de otro grupo de poder vinculado al comercio. Para el año de 1736 solamente tres de los ocho que alquilaron las regidurías habían renovado los arrendamientos. Sin embargo, cuando se supo que venía un nuevo presidente, se postularon diez para ocupar los puestos vacantes. Esto es, su señoría, el claro propósito del tesorero García Aguado para recuperar los puestos y el interés que tiene el grupo de los comerciantes para dar pelea y adquirir poder.. En este proceso se puso en evidencia los conflictos que viven desde siempre en Quito y el nacimiento de un nuevo grupo de poder liderado por el mentado Álvarez de Monteserín que obtuvo el puesto de regidor. Hay un conflicto entre el contador José Suárez de Figueroa y el tesorero García Aguado, aquí es donde entra Juan de Mena en defensa del tesorero García y se violenta con Suárez de Figueroa por un asunto de tributos. Recuerde, su señoría, que cuando viajó a Quito vía Guayaquil, se hospedó en Latacunga en la casa de La Audiencia, lo recibieron dos miembros de los grupos contrarios; por un lado el tesorero García Aguado y por otro el fiscal Balparda. Ambos con intención de conseguir sus favores.

En ese momento sintió un fuerte temblor y pegó un grito, llegaron los criados que le dijeron que así mismo era y que no tuviera miedo, pidieron permiso para limpiar los trozos del tumbado que estaban esparcidos por el piso. El presidente los mandó salir y les dijo que se ocupen de sus tareas en otro momento. Cuando se calmó continuó con la lectura:

No olvide, su señoría, negar que recibió el regalo de 1500 pesos que le hizo el tesorero. Recuerde también a Balparda que le escribió una carta zalamera en la que le pedía que trajera vino de Chile como si fuera parte de sus pertenencias, por lo que le aconsejo no confiar en él. Balparda aduce que usted lo humilló al visitar primero a un particular y no a él, son excusas.  Balparda quiso hacer valer su amistad y le tiene un odio feroz porque usted no le dio el vino ni le hizo mucho caso, eso es terrible para su vanidad”

José Araujo guardó, en un cajón de su velador el documento que le había entregado su secretario para ponerle al tanto de lo que sucedía en Quito. Se levantó de su asiento y se acercó a la ventana que tenía vista a la Plaza Mayor. Exhaló un suspiro y entrecerró los ojos al ver a los hombres de poder acercarse al portón, los guardias los dejaron entrar. Llamó a su secretario y salió de sus apartamentos privados, le dijo mientras se arreglaba la espada en el cinto:

¿Está todo listo sobre mi escritorio de la presidencia?

Sí, su señoría.

Impecable y con todo el aire de autoridad, José Araujo y Ríos pasó al despacho donde lo esperaban los miembros del Cabildo para comenzar así la nueva administración. El presidente tomó asiento en el sillón de mando y los miembros del Cabildo se sacaron sus sombreros con los que barrieron el suelo en señal de respeto.

Señores—Les dijo en tono firme—no vamos a entrar en demoras. Por el bien de todos y la paz que debe imperar propongo dos candidaturas: Joaquín Lasso de La Vega y Tomás Guerrero, pienso que con ellos habrá estabilidad y lo más importante, un estado de calma para lograr nuestros propósitos.

Su señoría—Le dijo Simón Álvarez Moneteserín—Creo que sería oportuno escuchar lo que pensamos nosotros que conocemos mejor lo que sucede en Quito por tener años de servicio.

¿Qué insinúa? A lo mejor piensa usted que voy a doblegarme a sus voluntades como lo hacían los anteriores presidentes de la Real Audiencia—Su voz se iba elevando de tono—Sepa usted que aquí yo soy la máxima autoridad y como tal se elegirán a los alcaldes de la forma que he señalado.

Un murmullo se elevó entre los hombres de capa y espada que no esperaban esta respuesta. El presidente pálido dijo:

¡Silencio! Ahora demos comienzo a las elecciones.

El secretario no levantó la cabeza mientras anotaba las votaciones, los demás esperaron el resultado en un silencio denso. El secretario contó los votos varias veces, a pesar de la tensión en que se encontraban los arrendatarios de las regidurías. Por fin, se levantó de su asiento y en voz alta dijo:

Después de contar los votos, los señores Joaquín Lasso de la Vega y Tomás Guerrero han obtenido la mayoría, por lo tanto, Su Señoría estoy a la espera de su decisión.

El presidente Araujo, sin moverse de su asiento dijo:

Doy mi aprobación total a la mayoría y pido a los señores de la minoría que respeten la decisión que hemos tomado hoy, 1 de enero de 1737.

Los miembros de la minoría abandonaron el salón haciendo rugir su furia y los de la mayoría quisieron acercarse al presidente, pero este los rechazó diciendo que tenía que redactar unas disposiciones para lo que llamó a su secretario Balasantegui y le ordenó:

Tome papel y pluma y redacte un informe sobre las parcialidades y bandos que se han dado en esta Audiencia.

El Balasantegui, sentado ante el escritorio, tomó nota y cuando terminó alzó su mirada y esperó a que el presidente continuara dictando. José Araujo caminó por la habitación hasta que se detuvo junto a la ventana y dictó:

Ordeno la suspensión de Álvarez de Monteserín como regidor por haberse encontrado que es el mayor instigador de esta división en el cabildo y ordeno el destierro del regidor Hidalgo por alborotador.

El secretario se tomó el tiempo necesario para redactar en forma clara y precisa las disposiciones y luego salió de la habitación cuando el presidente así se lo ordenó.

Cuando Araujo se quedó solo, pidió a su esclavo agua de hierbas endulzada con raspadura, estaba agitado y no podía serenarse. Su figura alta y esbelta, el cabello negro y la espada reluciente le daban la apariencia de un hombre a punto de cometer un crimen. Tomó entre sus manos un adorno de porcelana y lo lanzó al suelo, enseguida entró un sirviente indio que recogió los pedazos con los ojos bajos y temblando cada vez que veía las botas negras acercarse donde limpiaba, sentía el vuelo de su capa rozándole la cara.

Momentos después entró una sirviente mestiza con la infusión endulzada. Araujo se la tomó a sorbos porque estaba muy caliente. De pie, junto a la ventana vio a un hombre cruzar la calzada con un pergamino sujeto con cinta roja. ¡Eso es para mí, maldita sea! Se dijo a sí mismo y en voz alta:

¡Llévese la taza vacía, qué hace parada como muda!—Le dijo a la criada que salió corriendo con la taza entre sus manos.

Estaba tan furioso que cerró el puño y dio un golpe en el antepecho de la ventana, entonces escuchó los golpes en la puerta. Gritó:

¡Adelante!

Su secretario se inclinó ante él y le dijo:

Su señoría, traigo una carta que me ha entregado un sirviente del fiscal.

Ya vi que venía un criado con un pergamino para mí, lo vi desde la ventana—Araujo le arrebató el pergamino, tiró al suelo la cinta y leyó el pedido que le hacía el Teniente de Navío Antonio de Ulloa para que ordenara al Tesorero Real a que pagara veinte pesos al arriero que no se movía de los bajos de la casa del fiscal. Araujo se puso pálido, su secretario se dio cuenta de que estaba al borde de un ataque, sin atinar qué hacer le preguntó:

¿Se encuentra bien, su señoría?

¡No! Me encuentro peor que nunca—Volvió a caminar por la habitación como jaguar enjaulado, el secretario se hizo a un lado para que no le alcanzara con el movimiento de sus brazos. Es muy grande y ágil, pensó con susto de que desenvainara la espada y la pasara por su cuerpo.

¡Cómo se le ocurre a este Ulloa darme el trato de su merced cuando sabe que soy el Presidente de La Real Audiencia, no le han enseñado a dar el trato que se merece una autoridad como yo!

El secretario miró embobado al presidente y a su cabello que volaba como si estuviera en mitad de un ventarrón. ¡Dios mío, qué carácter! Pensó.

Mire usted, Balasantegui. Escuche lo que dice este embrión español, aprendiz de capitán de navío, crío que aún no ha dejado la teta de su madre, lea usted mismo en voz alta.

El secretario comenzó a leer:

Señor Don José Araujo y Ríos, presidente de La Real Audiencia de Quito.

Su merced, pongo en su conocimiento…

¡Basta! No es necesario que lea más, lo que dice después no interesa, lo que molesta es el tratamiento de merced en lugar de señoría. Ponga en conocimiento del Alguacil que el señor Ulloa queda detenido hasta que se disculpe y haga pasar al criado de Balparda.

Cuando el criado de Balparda entró en el despacho de Araujo, se encogió por temor a que le llegara un manotazo del hombre, que furioso gritaba:

¡Dígale a su amo Ulloa que la urbanidad se la haré aprender yo, mal le pese!

El criado, enmudeció e hizo una profunda reverencia y salió temblando, en el pasillo se encontró a la mujer mestiza que hacía la limpieza del despacho y conversaba con el secretario, les comunicó:

El presidente ha mandado a detener a don Ulloa, imagínese qué lío.

Prisión domiciliaria le ha de dar, ya verá bonito—Le contestó la criada.

Mientras tanto, en el despacho, José Araujo continuaba caminando como toro en el corral cuando se detuvo frente a la ventana que daba a la iglesia de La Compañía, Vio a una mujer que caminaba en medio de esclavos negros, una de las esclavas llevaba una canasta y otro le llevaba el parasol para defenderla de los rayos de sol. Esa ráfaga de elegancia y opulencia lo hicieron olvidar por completo el disgusto que se había llevado minutos antes, parecía una pantera agazapada, al acecho de un perfume que le llegó a la ventana abierta. La cerró con la rapidez del felino y se escondió tras unas cortinas para ver esa aparición luminosa. La mujer que se sabía espiada alzó la mirada para posarla en las cortinas donde percibió el destello de unos ojos negros. Sonrió y aquella sonrisa dejó helado al presidente que se repetía a sí mismo, no me ha visto, no puede verme, estoy oculto tras estas cortinas polvorientas, todo está polvoriento pero ya no me importa.

José Araujo se alejó de la ventana para sentarse en el sillón de su escritorio y se puso a pensar en esa estela de refinamiento y delicadeza que había visto al pie de la ventana, En su ofuscación no vio si la mujer entró a la iglesia o continuó de largo, pero no, estaba seguro que entró a la iglesia a misa; de qué hora Dios mío ya no sé ni dónde estoy. Sintió que el corazón le latía más rápido de lo normal y que le faltaba el aire.

Yolanda entró en ese momento y vio al presidente lívido sentado en el sillón. Dejó la infusión de valeriana y nashca sobre la mesa y se acercó despacito para constatar que don José estaba todavía con vida.

Su eminencia, tómese un poquito de esta aguita.

Su señoría, dígame “su señoría” ¡Qué falta de conocimiento de la gente de aquí!

Bueno, su señoría. Tómese el aguita, está bien dulce.

La mujer, que le sirvió la taza, le pareció el familiar más cercano. La miró de reojo y se dio cuenta que ocupaba un cargo superior al de criada; era mestiza y estaba vestida como gente del pueblo. Su pecho abultado se movía con apacibilidad y las manos anchas y trabajadoras reposaban sobre el vientre abultado, llevaba el cabello recogido en una trenza. El presidente se fijó que tenía algunas canas y supuso que estaría en cerca de los cuarenta años. Le gustó y decidió que se quedaría en su servicio mientras durara su presidencia en la Audiencia de Quito.

¿Cómo te llamas?

Yolanda para servirle su señoría.

Quedas desde este momento a cargo de toda mi casa.

Sí su señoría, así ha de ser.

Me siento mal, necesito ir a la cama pero la casa donde me hospedo queda lejos para alguien que se siente tan enfermo.

Su señoría, como ve los albañiles están reparando el palacio de gobierno, doña Rosita va a encontrar todo bien bonito. Por eso mismo, para que su merced descanse dispuse que se arreglara un dormitorio aquí mismito, cerca de su despacho.

Vaya que eres una mujer inteligente y previsora, debes saber ya que mi mujer está desesperada en la casa del cabildo.

—Así dicen, que la señora Rosita está aburrida de vivir ahí. Pero le cuento que mandó un sirviente para que arreglara un cuarto, yo solamente obedecí—le contestó Yolanda riendo.

A José Araujo le llamó la atención esa risa ruidosa que debía oírse hasta la calle y decidió que se trataba de una mujer franca, sincera y de confianza.

Vamos a que me enseñes mi dormitorio.

Yolanda ayudó al presidente a levantarse porque notó que se había mareado.

Cuidado se priva.

El presidente, a punto de desmayarse, se asió con fuerza de la mano de esa mujer que lo llevó a su nuevo dormitorio, le quitó la ropa sin ningún pudor, le puso una camisa del antiguo presidente y lo arropó con las cobijas de lana pura. Estaba agotado, y se quedó dormido bajo el efecto de la valeriana y la nashca.

Cuando Yolanda salió, se encontró con Balasantegui en el pasillo.

Yolandita. ¿Qué pasó con su su señoría?

Ya está acostadito en la cama. ¿Sabe qué es lo que más me llamó la atención de su señoría, a más del carácter terrible que tiene?

¿Qué?

Las manos, son largas y muy bien tenidas. Parecen manos de alguien bien sensible, es como si tuvieran vida propia, como si fueran dos personas

En ese momento entró doña Rosa, la esposa del presidente. Caminaba con prisa y asustada, el cabello sujeto con una redecilla y en la garganta un sobrio collar de donde pendía un crucifijo cuajado de esmeraldas. Se detuvo frente al secretario, y le preguntó sin saludarlo.

¿Qué ha pasado con mi marido?

Un disgusto, su merced—Contestó el secretario haciendo una reverencia—Ahora está tranquilo en su cama gracias a los cuidados de doña Yolanda.

Rosa Larrea, esposa del presidente se fijó en Yolanda a la que no había visto y le preguntó:

¿Cómo está mi marido?

Ya está mejorcito, su merced. Le dio como un soponcio cuando leyó la carta del Teniente de Navío, el señor Ulloa que le dijo su merced en lugar de su señoría.

Rosa Larrea no disimuló su disgusto y dijo dirigiéndose al secretario.

Se fija usted en la prepotencia del teniente de navío, quiere demostrar su desprecio por los criollos.

Balasantegui asintió con una venia, la señora le dijo:

Voy a quedarme junto a mi marido, haga el favor de mandar a alguien a la casa donde me hospedo para que manden mi bordado, así no estaré tan nerviosa mientras lo acompaño.

Balasantegui y Yolanda se encargaron de que el bordado llegue a tiempo a manos de doña Rosita.

Con el bordado ya no se ha de aburrir, don Balasantegui—Dijo Yolanda

Qué dice, doña Yolanda, mejor vamos a ver las obras que están haciendo los maestros en el palacio.

Palacio, palacio no creo que sea.

Bueno, bueno pero es la sede del gobierno y así se lo conoce.

Los españoles dicen a cada rato las casas reales, me muero ni que fueran de oro. Ya se está cayendo este palacio, ojalá le arreglen bien para que doña Rosita se sienta a gusto. Bien bonita ha sido la esposa del presidente—Contestó Yolanda y al secretario.

El secretario Balasantegui, con su traje de empleado real, entró en donde estaba el maestro mayor con sus dos asistentes y un buen número de indios que trabajaban sin levantar la vista del piso que estaban arreglando. Yolanda dijo:

Maestro, no se olvidará de arreglar la cocina también, parece una porqueriza.

Cuando regresaron al despacho el secretario se detuvo frente a la ventana que da a la Plaza Mayor y se fijó en que un joven muy elegante, con peluca francesa atravesaba la plaza con prisa, parecía estar de muy mal humor; gesticulaba y vociferaba mientras daba grandes pasos, la espada tambaleante y el rostro enrojecido. Desde aquí se ve hasta las emociones que tiene un joven como…¡Ulloa, Dios mío si es don Antonio de Ulloa! pensó el secretario. Llamó a Yolanda que estaba limpiando los polvos de un anaquel viejo.

Venga a ver doña Yolanda, el capitán de navío Antonio de Ulloa viene acá furioso.

Ha de ser por lo que el presidente le dijo al sirviente del fiscal; que lo va a tomar preso—Contestó Yolanda que ya estaba en la ventana junto al secretario.—Pero si es jovencito, yo pensaba que era ya entrado en años, por la forma como escribió a don José Araujo.

Pues no, tiene solamente dieciocho años—Balasantegui miró cómo el joven oficial amenazaba a los guardias de palacio, alcanzó a oír que decía que era español enviado del Rey que se iban a meter en problemas si no lo dejaban entrar.

Mejor me voy, su merced. Parece que va a ver un lío bien grande—Yolanda miró al secretario de los pies a la cabeza y continuó—Me da miedo ver a tanto hombre con espadas por aquí.

Balasantegui dijo:

No se irá muy lejos, la podemos necesitar.

No, si voy a llamar a los funcionarios que encuentre por aquí y a más criados para que vengan a defender a su señoría.

Unos dos funcionarios españoles de capa y espada entraron al recinto, tres pajes se pusieron en sitios estratégicos y el más fornido de todos se colocó junto a la puerta del cuarto donde descansaba su señoría.

En la habitación, José Araujo dormía plácidamente, Rosa, sentada en en un sillón, bordaba tranquila. Un ruido la sobresaltó pero volvió a su labor mientras pensaba en que muy pronto llegarían sus pertenencias y arreglaría el palacio como Dios manda. Escuchó unas voces en la antesala y luego unos gritos. Prevenida se levantó dejando con cuidado el bordado sobre la cama de su marido pero vio espantada la puerta que se abrió con estruendo y el criado fornido rodó hasta sus pies, estaba con la camisa rota por el forcejeo. Doña Rosa, turbada no entendió lo que había pasado hasta que vio al teniente de navío español dentro de la habitación, entonces se colocó al pie de la cama para proteger a su marido.

¿Qué son esas maneras, esos gritos en la alcoba de un enfermo? Haga el favor de salir.

Antonio Ulloa no le prestó atención y se adelantó a la cabecera donde el presidente dormía plácidamente, le gritó:

No tiene ningún derecho a darme clases de urbanidad, yo soy un académico, un teniente de navío auspiciado por el rey nuestro señor. ¿Quién se cree usted que es?

El presidente exhaló un suspiro y se volteó hacia la pared para continuar durmiendo.

Alto ahí, señor Ulloa. No voy a permitir que falte al respeto al presidente de la Real Audiencia, fuera de aquí, fuera—Doña Rosa estaba lívida y asustada.

Antonio de Ulloa dejó de gritar y miró con detenimiento a la esposa del presidente y con el semblante lívido, los ojos encendidos y el gesto amenazador, dijo:

Con usted no hablo, usted no es más que una mujer, inferior en todo los aspectos a mí. Haga el favor de dejarme a solas con su marido que es hombre como yo.

Doña Rosa se puso las manos en el pecho a punto de sufrir un desmayo y en ese momento vieron al presidente sentado en la cama con el pelo revuelto y los ojos abiertos. Dijo en tono pausado:

Usted no puede faltar el respeto ni a mí ni a mi mujer. Sepa que soy su superior, soy el presidente de la Real Audiencia.

Usted es el descortés que mandó a devolver mi misiva, usted el que no entiende que tengo fuero militar y que nadie en esta Audiencia tiene un grado suficientemente alto como para ofenderme.

Mire, Ulloa yo soy el presidente y a mí se tiene que dirigir como su señoría.

¡La señoría de su merced vale veintiséis mil pesos y se le acabará en ocho años, la mía vale mis méritos y me ha de durar toda la vida!

¡Balasantegui!—Llamó el presidente desde su lecho.

El secretario entró apresurado pero bajó el paso cuando vio al presidente tan calmado, le dijo:

A su mandar, señoría.

Vaya en busca del alcalde don Joaquín Lasso de La Vega y dígale que lo quiero en mi presencia.

José Araujo estaba extrañamente calmado, a pesar de la grosería del teniente y sobre todo por haberlo acusado de pagar veintiséis mil pesos por la Presidencia de La Real Audiencia de Quito. Ulloa seguía vociferando y gesticulando con las manos. Entonces, entró Joaquín Lasso que lo miró de reojo y se acercó al lecho, el presidente le dijo como lo más natural del mundo:

Mire, Lasso. Quiero que lleve a don Antonio de Ulloa a su casa para que guarde prisión domiciliaria, lo ordeno como Capitán General de la Real Audiencia.

Ulloa gritaba, pero como nadie le hizo caso se calmó y dijo:

Está bien, que conste que me marcho por mis propios pies.

No se olvide de guardar la prisión domiciliaria hasta que yo diga lo contrario—Terminó el presidente y pidió a todos que lo dejaran a solas con su mujer.

Lámina: tomada del blog Miniaturas Militares de Alonso Cańovas.    La fuente para la confección de esta lamina ha sido la descripción incluida en “Guia politica , eclesiastica y militar del Virreinato del Perú “.de 1792.
El predominio del rojo combinado con la divisa negra en solapa ,vuelta y collarin, hacen que este uniforme sea de los más vistosos, aun sin poseer grandes adornos.

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