Rosalarrea

Cuando Rosa vio salir al último funcionario se dejó caer sobre el pie del lecho de su esposo y se puso a llorar inconsolablemente.

Ya está bien, Rosita. No te ofendas por lo que dice ese mozalbete, es un niño maleducado, eso es todo.

Pero viste cómo me faltó al respeto, me mandó a callar por mi calidad de mujer. Es decir, porque soy mujer valgo menos que un hombre.

Lastimosamente así son las cosas. Las mujeres deben obediencia a sus maridos.

Rosa lo miró atónita, se limpio la nariz y le dijo con voz gangosa:

A mi marido como quiera porque además eres el presidente de La Real Audiencia, pero a ese malcriado de Ulloa…Hubiera querido asesinarlo con ese puñal que tienes junto a tu mesita de noche.

Rosa, así no se resuelven los asuntos.

No, pero el mozalbete te ha sacado en cara que pagaste veintiséis mil pesos por el cargo que tienes ahora y él se vanagloria de sus méritos, sus estudios. Te insultó de una manera atroz, no se puede permitir un comportamiento así.

Rosa lloró con más fuerza y mojó el pañuelo. Araujo la miró con ternura pensando que tenía toda la razón, pero no supo cómo consolarla.

Ya viste que he ordenado su prisión domiciliaria.

Sí, pero acuérdate que vive donde el fiscal que te odia, que nos odia por ser criollos. ¡Qué consejos les estará dando a los dos tenientes de navío!

Araujo, incorporado sobre las almohadas de su lecho llamó a Balasantegui que entró enseguida.

Haga el favor de pedir a Yolanda una de las tisanas que me hizo esta mañana, es para mi esposa.

Yolanda entró un momento después con una bandeja donde humeaba una taza grande con toronjil, valeriana y cedrón. Depositó la bandeja junto al puñal de la mesita de noche y dijo a la esposa del presidente.

Su merced, tómese esta agüita, y verá qué bien le va a sentar, le puse bastante raspadura para que quede dulce, ya verá cómo le va a gustar.

Pero Rosa no pudo beber nada, se ahogaba en llanto, Yolanda se acercó y le dijo:

Póngase así, eso es con los codos sobre las rodillas, éste lienzo sobre la falda y tranquilícese.

En esa posición le comenzó a golpear suavemente la espalda para limpiarle las mucosidades, cuando lo logró, comenzó a poner cucharadas de la tizana en la boca de Rosa que bebió entre suspiros..

Mal ha terminado este 30 de enero de 1737, mal me ha tratado la Audiencia de Quito—Dijo José Araujo y se tapó con las mantas.

Rosa comenzó a cuchichear con Yolanda:

¿Cómo están las obras de palacio?

Ya mismo se terminan, su merced. Yo pensé que iba a durar años pero han duplicado a los peones y están trabajando rápido…—Le dio otra cucharita y continuó—su alcoba y recamara ya están listas, no vea lo linda que quedó.

Qué bueno, Yolanda, que podamos ya vivir aquí, tanto tiempo en la casa del cabildo ya me tenía muy mal.

Además, aquí debe vivir usted, aquí está el poder.

El dos de febrero de 1737, Rosa Larrea se sintió enferma y se metió en la cama. Desde el lecho miró el papel azul y la cenefa dorada de las paredes. El techo estaba pintado con ángeles de mejillas rosadas, una lámpara pendía del medio pero no tenía velas, para alumbrarse ocupaban los candelabros sobre las mesas de madera pulidas. Una alfombra de azul claro cubría el entablado y del brasero se desprendía humo con aroma a capulí. Todo era tan nuevo, y sin embargo, no se sentía feliz, la cal húmeda le molestaba mucho.

Rosa escuchó a alguien caminar fuera de la recámara y recordó que el padre Juan venía a tomarle la confesión como cada mañana, esta era la primera vez en su alcoba de mujer del presidente. Llamó a Yolanda que estaba arreglando su ropa y le dijo:

Arréglame el cabello y dame un poco de agua de rosas para lavarme las manos, ya mismo viene el padre Juan.

Yolanda la peinó y le puso un camisón limpio, le lavó las manos con el agua de rosas y con un paño blanco le mojó la cara para reanimarla.

Qué rico huele esta agua, Yolanda.

Las madres de Santa Catalina tienen las mejores rosas de Castilla y el agua más pura de Quito, la receta es secreta, no se la dan a nadie.

He oído que usan agua de lluvia.

A lo mejor, pero con el chorro tan lindo que tienen no creo que necesiten la lluvia.

Cuando terminó de arreglar a su señora, Yolanda abrió la puerta al padre Juan.

Pase padrecito, no se quede parado.

El padre Juan, con su sonrisa bondadosa y sus ojos oscuros se acercó al lecho de doña Rosa y le dijo:

Señora, es un honor que usted me haya mandado llamar.

Rosa se fijó en la estatura alta y fornida del padre, hasta ella llegó el aroma a campo y humo del hombre que visita las casas humildes.

¿Visita usted muy a menudo a los indios, padrecito?

¿Tanto se me nota?

Para ser sincera, sí. Huele a humo, a tierra. Pero, aunque no lo crea, me agrada mucho—Se pasó la mano por el cabello y despidió a Yolanda que miraba embelesada al padre.

Siéntese por favor. Si me va a tomar confesión es mejor que lo haga sentado, así me da más confianza.

El padre Juan se acercó, un rayo de luz le iluminó la cara que a Rosa le pareció llena de bondad, pero percibió que tenía una determinación fuerte.

¿Por qué me mira así?

Ay, padre. Es que me ha parecido un lobo disfrazado de cordero—Le hizo un ademán con la mano y continuó—Pero en el buen sentido.

Está bien, a lo mejor tiene razón. Hay que andar con cuidado en esta ciudad, no sabe cuánta traición y mala fe puede uno encontrar—Le guiñó un ojo y continuó—Hay que disfrazarse un poquito para que lo dejen a uno entrar así en las casas de los poderosos.

El padre cerró los ojos y ella se confesó a pesar del cansancio y la fiebre. El padre la escuchó y le dijo:

Doña Rosa. Me parece que ese exceso de mobiliario que trajo en mulas no es muy ético, sus otros pecados son veniales así que le voy a dar de penitencia que cuando me vaya rece quince ave marías y doce padrenuestros.

¿Y por el contrabando?

Por eso, le doy de penitencia donar una de sus joyas a la virgen del Carmen.

Rosa dijo que sí y Yolanda entró con el chocolate y los bizcochos, la acompañaba uno de los criados. Acomodaron una mesa para que desayunara el padre y a Rosa le sirvieron en la cama.

Padre, usted va a pensar que soy mala cristiana por lo que le voy a contar.

Ya pasó el momento de la confesión—El padre Juan dejó la taza de chocolate a medio alzar.

No, no es un pecado, solamente que es la primera vez que no siento mi alma tranquila.

¿No tiene paz, señora?

Desde que hemos llegado a esta Audiencia de Quito, no. Le confieso que soy muy infeliz; mi esposo puede sufrir un ataque o algo peor, por las preocupaciones que tiene.—Sus ojos se llenaron de lágrimas y se limpió la nariz con el dorso de la mano—Para que se haga una idea, hace dos días entró el señor Ulloa y luego de ofender a mi esposo que estaba en cama, me insultó y me dijo que por ser mujer no estoy a su altura, que no se dignaba hablar conmigo.

Eso no es de extrañar, las mujeres deben mandar en su hogar donde son las reinas, pero no en los asuntos públicos.

Rosa miró al cura y pensó que al fin y al cabo era un hombre y jesuita encima de todo. No pudo terminar su chocolate y lo dejó sobre la mesa de noche y dijo:

No entiendo por qué piensan los hombres que deben mandar sobre nosotras, es muy duro ser mujer y criolla encima de todo.

¿El señor Ulloa la ofendió por ser criolla?

Sí. Los padres del presidente y los míos son españoles y sin embargo, por haber nacido en las colonias no se nos considera españoles. ¿Ha visto algo tan ruin?

Ese problema se está dando cada vez con más fuerza, imagínese lo que es para los descendientes de los conquistadores y primeros españoles que llegaron acá, su situación es muy mala, no pueden acceder a los puestos más importantes. He visto padres españoles tan orgullosos de su condición de peninsulares que no quieren que sus hijos sean tomados en cuenta para nada por haber nacido aquí, a pesar de que son sus propios hijos.

¿Le parece, padre que los criollos sean dignos de manejar estas tierras?

Ellos creen que les pertenece todo este territorio, pero hay algo que los hombres no entienden y es que nadie posee nada, nada nos llevamos al morir.

Es usted un santo, padre. Nadie cree en eso—Rosa miró el único cuadro que habían colocado, uno de la Sagrada Familia—¿Usted cree que la familia que vemos representada en ese óleo es feliz y están reunidos en el cielo?

Bueno, doña Rosa. Eso no debe ni siquiera preguntarse porque es una revelación que debemos creer con fe. Lo que interesa es llevar el legado de esa familia a todos los seres humanos de la tierra.

Usted lo ha dicho bien, el legado de toda la familia, pero resulta que en esta tierra la familia es propiedad del hombre que manda y decide.

El padre Juan se percató de que la fina piel de la esposa del presidente había sufrido con el sol de Quito.

Doña Rosa, a un eclesiástico como yo le interesa el sufrimiento de los débiles por eso me preocupo por las mujeres, los niños y los indios. Los indios sobre todo porque están desamparados, abusados y maltratados—Espantó una mosca con la mano—Usted sabe que hasta los esclavos negros abusan de ellos.

Sí, pero a lo mejor son más felices que nosotros.

¿Cómo dice?

Verá, todo lo que vemos lo creemos a pie juntillas y a lo mejor no es así— puso las manos sobre su pecho, miró a la Sagrada Familia y continuó—Yo tengo envidia de los indios porque son capaces de vivir en dos mundos; en el nuestro donde sirven y en el de ellos; imperturbable, impasible. ¿Sabe que hacen sus prácticas en secreto, sin que nadie lo sepa?

¿Y cómo lo sabe usted?

Las mujeres vemos cosas que ustedes ignoran, los hombres ven la realidad como les han dicho que es y nosotras también, pero a veces podemos escaparnos de esa esclavitud y vemos cosas que ustedes no ven, como los pétalos amarillos de las flores con que adornan el camino cuando pasa una autoridad o el amo de la hacienda, el dueño del obraje, no son pétalos de rosa ni ramas de laurel—Miró hacia arriba y dijo—son amarillas como el sol y tienen la fragancia de la miel. Los indios tienen el cuerpo roto por los latigazos pero conocen el ritmo de la vida porque se consideran parte de ella.

Vaya, doña Rosa. Usted parece amar a los indios.

No. Yo no amo a los indios porque no necesitan de mi amor para ser lo que son, los comprendo un poco más y como mujer los envidio porque pueden escapar a la servidumbre a que están sometidos y cumplen lo que se les ordena porque no tienen otra opción, pero en el fondo saben algo que nosotros no. Nunca han sido libres, ni bajo los españoles ni bajo los incas ni otros caciques, ellos se mimetizan con la vida—Se miró las manos y acarició el anillo de matrimonio y luego dijo—Conocen una vida que está en el humo, en los nevados, en las piedras, pensamos que son criaturas primitivas, pero a lo mejor no es así.

El padre Juan miró lo cansada que estaba la mujer del presidente de La Real Audiencia, se agitaba al respirar y sus manos sostenían la cruz de esmeraldas que colgaba de su pecho.

Señora, creo que debo marcharme. Debe descansar hasta la tarde cuando vengan a visitarla su hermano y su marido.

Gracias, padre. Ha sido usted un bálsamo para mi dolor y recuerde no contar nada de lo que ha escuchado aquí.

Guardaré su secreto porque de lo contrario la pueden quemar en la hoguera de la inquisición.

Doña Rosa le sonrió con cariño y se reclinó en sus almohadas para recibir la bendición.

El padre Juan abrió la puerta de la alcoba y sintió la intensidad de la mirada tras sus espaldas.

Rosa pasó todo el día en cama; el disgusto con Ulloa era de tal magnitud que no pudo ni siquiera ir a misa. La fiebre la había agotado y se quedó dormida hasta el mediodía.

En la tarde se sintió mejor y recibió a su hermano Juan Larrea que le hizo reír al referirle un altercado que presenció en la iglesia de San Francisco entre una negra y un joven cuencano que sacó la espada para amenazarla, pero ella se subió a una pilastra desde la que se le lanzó al cuello para casi ahorcarlo con sus manos y herirlo gravemente con los dientes.

¡No puede ser! Alguien tuvo que hacer algo.

Claro, Rosita. Los guardias reales se llevaron a la negra, me imagino que a estas horas ya le habrán dado los azotes de rigor.

Pobre mujer—Suspiró Rosa.

En ese momento entró en la habitación el presidente José Araujo, ella recibió su beso sentada en el lecho, Se había puesto una chalina para protegerse del frío.

¿Cómo sigues?

Mejorcita, ya estoy más tranquila, las aguas de Yolanda son un milagro.

Yo también vengo contento, resolví casos complicados el día de hoy.

José Araujo la besó nuevamente y abrazó a su hermano. Yolanda entró con el chocolate de la tarde y los bizcochos.

A mí me dan una aguita de cedrón con bastante raspadura, no creo que me siente bien el chocolate en estos momentos—Dijo Rosa tapándose el pecho con su rebozo.

El presidente y Juan Larrea tomaron chocolate aromatizado con canela y clavos de olor.

-Se vive bien en la casa del presidente—Bromeó Juan Larrea

En ese momento escucharon unos pasos en el pasillo, la puerta se abrió y el secretario Balanstegui entró con cara preocupada.

Disculpe su señoría, el teniente de navío señor Jorge Juan desea hablar con usted.

Araujo miró a su cuñado y dijo:

¿Ya ves? Seguro que viene en son de paz, se van a acabar nuestros problemas con los marinos españoles.

Rosa, incorporada en su lecho miró hacia la puerta que permanecía semi abierta. El corazón le latió con fuerza cuando vio, a contra luz, la figura de un hombre elegante y espada al cinto. Hasta su cama llegó el aroma del perfume francés que usaba. No le pareció de buen augurio esa elegancia y adivinó un estado de ánimo belicoso, se le secó la boca. Se arregló el cabello y bebió un poco del agua que ya estaba fría pero que le ayudó a refrescar el aliento. Miró a su marido levantarse con una sonrisa amistosa y dirigirse al teniente de navío que se encontraba frente a él y que le dijo:

Soy Jorge Juan teniente de navío y caballero de Malta.

Lo sé, lo sé—El presidente lo invitó a pasar con una amabilidad que turbó un poco al académico.

Tome asiento, estamos tomando un chocolate con canela y bizcochos, me gustaría que nos acompañara.

No, muchas gracias. Mi visita es estrictamente protocolaria.

¿Ah sí?—El presidente tomó un sorbo.

Sería por demás referirnos a los hechos que ocurrieron aquí entre usted y el señor Ulloa, sepa que soy el único superior de Ulloa y es por eso que he venido a hablar con usted.

Me alegro mucho, muchísimo. Si hubiera estado usted aquel día las cosas hubieran marchado de otra manera. El teniente de navío Ulloa no me hubiera faltado al respeto como lo hizo.

El cuñado del presidente de la Real Audiencia continuaba sentado y no dejaba de intercambiar miradas con su hermana. Se levantó y dijo:

Señor Jorge Juan, me gustaría que saludara con la esposa del presidente, doña Rosa está delicada de salud, estos son sus departamentos particulares.

Jorge Juan giró hacia donde estaba doña Rosa y se cuadro ante ella como un militar. Rosa le devolvió el saludo con una venia y se alegró de que la volviera a ignorar y no se le acercara mucho, desde su sitio podía observarlo todo con más calma, como si estuviera en asistiendo a una función de teatro. El presidente dijo:

Lo que pasó con Ulloa fue una ofensa a la autoridad; me escribió una carta en la que me solicitaba que cancele una deuda suya con el arriero que trajo su equipaje hasta Quito. Pero en lugar de dirigirse a mí como Su Señoría, lo hizo como se trata a un particular.

Siento mucho que se sienta ofendido, pero usted mandó a un sirviente a decir a Ulloa que aprenda maneras y guarde estilo. Además, el tratamiento de Señoría no le corresponde a usted.

El presidente creyó haber entendido mal y contestó con calma:

El tratamiento de Señoría me corresponde por que soy la más alta autoridad en la Real Audiencia de Quito, eso lo sabe todo el mundo.

Jorge Juan mantuvo su postura amenazante. Dijo:

Señor presidente; no he visto, no conozco de ninguna cédula ni ley que mande a tratar de “Su Señoría” a un presidente de una real audiencia.

Rosa vio a su marido dar vueltas por donde estaba Jorge Juan pegado al piso como una estatua. José Araujo dijo:

Sepa usted que así tratan los Virreyes a los presidentes de audiencias y qué decir a los capitanes generales; yo soy Capitán General de la Real Audiencia a más de su presidente.

Por primera vez Jorge Juan cambió de posición buscándole la mirada, cuando sus ojos se encontraron le dijo:

¿Capitán General de qué tropas?

Sus insolencias no van a salvar a don Antonio Ulloa de la ley. Sepa usted que mandé a que guardara prisión domiciliaria y no lo ha hecho pues se lo ha visto paseándose con toda tranquilidad.

Rosa tranquilizó a Yolanda que la había tomado de la mano muerta de susto. Le gustó que su marido se mantuviera tan calmado y no explotara como lo hacía siempre. Hubo un silencio, nadie se movió hasta que don Jorge Juan dijo en tono más educado.

Me gustaría llevar a mi compañero las ordenanzas que usted le dio y que él olvidó en su enfado.

Sí, sí—el presidente en persona entregó dos libritos que eran las ordenanzas que había olvidado Antonio de Ulloa.

Jorge Juan hizo una venia y se marchó con los manuales en su mano izquierda. Rosa lo vio perderse tras la puerta que había permanecido abierta y que el guardia cerró.

Yolanda, trae agua que creo que todos estamos con la garganta seca—Ordenó el presidente.

Sí, su señoría.

Cuando Yolanda salió, Balasantegui la esperaba.

Yolanda, escuchamos todo, ese teniente es un arrogante.

Ay, don Balasantegui, ya le cuento pero primero tengo que traer agua—dijo mientras se encaminaba a la cocina seguida de las sirvientas que también habían presenciado la escena.

Los funcionarios vieron a Jorge Juan salir de la sala con paso rápido, la espada casi tocando el suelo. A Balasantegui le pareció que salía fuego de sus botas lustradas, oscuras y tenebrosas. ¿Serán tan malos estos tenientes de navío? Se preguntó mientras se dirigía hacia la ventana para ver con sus propios ojos cómo se alejaba don Jorge Juan. A su lado estaban Yolanda, la doncella, los guardias y los demás funcionarios.

Una decena de ojos miraban por la ventana del despacho del palacio de la Real Audiencia a Jorge Juan uniéndose a un grupo de españoles que lo esperaban formando un círculo de capas largas y sombreros emplumados en la mitad de la Plaza Mayor.

En ese momento, en el mercado de la Plaza de San Francisco, Adolfina se codeaba con compradoras y vendedores tratando de hacer el mandado, la acompañaba un indio descalzo con el pelo largo, un pondo y una soga. El olor a carne fresca la estaba enloqueciendo, se tapó la cara con su rebozo para mantener lejos tanta pestilencia. Alcanzó a ver a Yolanda que se le acercó y le dijo:

¿Qué haces a estas horas en el mercado? No veo que compras nada y eso que vienes con cargador.

Doña Yolanda, ya sabe cómo es la marquesa; quiere todas las uvillas de Quito y ya no hay. Creo que de todas partes me han regalado y en el mercado no venden

Qué van a vender eso si se da como mala hierba—dudó un momento pero luego dijo—¿Es para el mudito?

Sí, dicen que las uvillas ayudan a hablar, pero el niño Gregorio es bien raro, no dice ni una palabra, se hace sus necesidades delante de todo el mundo y se revuelca en el lodo el rato menos pensado.

Mientras caminaban se dieron cuenta de un movimiento inusual, la esclava dijo:

Vea, doña Yolanda. Viene el Alguacil con unos gendarmes por la calle, subámonos a la acera o nos van a embestir, vienen armados.

Junto a la puerta de la portería del Colegio Mayor de los Jesuitas, Jorge Juan y Antonio de Ulloa conversaban tranquilamente. Yolanda se puso la mano en el pecho y pensó que el Alguacil venía a tomar prisionero a Ulloa.

Los criados y gendarmes, que marchaban tras el Alguacil, pasaron rozando a Adolfina que dio un grito y vio cómo se tambaleaba el pondo que cargaba el indio guasicama. Se puso la mano en el corazón y le dijo:

Dios mío, taitico, este pondo pesa más que una vaca, anda a la casa a sacártelo de encima o te va a romper la espalda.

Ari, pay mamita—contestó el indio.

Adolfina se quedó boquiabierta cuando vio que el guasicama iba a trote con el pondo en sus espaldas.

Yolanda le tiró de la manga y Adolfina se acercó.

El Alguacil le está diciendo algo a don Ulloa.

Se acercaron más y escucharon la voz pomposa del Alguacil pidiendo a Ulloa que se entregara por voluntad para entrar en prisión, no alcanzaron a oír lo que contestó el marino pero vieron espantadas que quiso resistirse por lo que los guardias y el esclavo del Alguacil lo sometieron y tiraron al suelo.

Quieren ponerle los grillos, Adolfina. Mira cómo Ulloa se defiende en el suelo con patadas—Yolanda se puso las manos en el pecho fascinada con lo que veía.

En ese momento don Jorge Juan desenvainó y con una pericia militar que los sirvientes no tenían se puso a dar lances hiriendo a Antonio, esclavo del Alguacil.

¡A mí!—Gritó Jorge Juan.

De repente, una de las ventanas del costado del palacio de La Real Audiencia se abrió y el presidente Araujo enfurecido gritó:

¡Qué les pasa tarea de inútiles, cómo no pueden detener a dos jóvenes que estaban charlando tranquilamente, inútiles, animales!—Agitaba las manos, se mecía los cabellos y golpeaba el antepecho de la ventana.

Los que pasaban por ahí, miraron entusiasmados la agilidad y pericia del capitán de navío. Comenzaron a burlarse de los gendarmes que se quejaban como señoritas dijo uno, los demás se mofaron, El momento en que vieron al presidente en la ventana se callaron para escuchar lo que decía, pero al verlo tan exacerbado y enojado, se pusieron a reír.

Ave María, no permitas que a su señoría le de un ataque, por favor madre misericordiosa protege a don Araujo—Rezó en voz baja Yolanda.

Mientras tanto los marinos españoles, ya dentro del colegio, escucharon los consejos de unos canónigos que les recomendaron acogerse al sagrado, invocando la inmunidad del Colegio como casa de religiosos. Afuera llegaron los clérigos de otras comunidades para ver lo que pasaba y dar apoyo a los perseguidos mientras la gente común se reía a más no poder, en pocos minutos todo Quito estaba en la calle del colegio de los jesuitas.

Adolfina se despidió y apresuró el paso para llegar a la casa. Se detuvo en el zaguán al ver a Rebeca que salía junto con los guasicamas.

Señora Rebeca, ya vengo con las uvillas para el niño Gregorio.

A ti te pasa algo—Rebeca la detuvo por el brazo—No puedes mentir, se te ve en la cara que has visto algo en la plaza.

No, en la plaza no. Fue en la calle del Colegio de los Jesuitas.

¡Ah! ¿La trifulca que dizque se ha armado con los capitanes de navío y el presidente? Todo el mundo habla de lo mismo.

¿La marquesa ya sabe?

Sí, se lo acaba de contar el relojero Hugot, vino a inspeccionar el reloj de malaquita que no funcionaba bien, le contó que Quito parecía un tablero de ajedrez por los hábitos blancos y negros de los religiosos que salieron de iglesias y conventos a ver lo que pasaba en la iglesia de La Compañía

¿Pudo arreglar el reloj? La marquesa lloró toda una tarde pensando que no iba a funcionar.

Claro que lo arregló, es un genio ese francés, son todos inteligentes, saben muchas cosas.

Mientras tanto, en el refectorio del colegio de los jesuitas, el padre Juan tomaba su merienda junto a los demás curas. Comió poco y cuando terminó se disculpó diciendo que tenía un fuerte dolor de cabeza. Había pasado todo el día dando misas, confesando, elaborando remedios para la farmacia y rezando frente al crucifijo de su gabinete. Por fin podía retirarse a sus aposentos y lo hizo con pasos rápidos, contestando el saludo de quienes se encontraban en su camino y dando la bendición a los indios que recogían la basura a esa hora. Abrió la puerta de su dormitorio y se encontró con la vela encendida y el brasero ardiendo. Se frotó las manos junto a la lumbre y se sentó al borde de la cama. Juan Andrés, que estaba reclinado contra la pared, se arrodilló ante él mientras le decía:

Alabado, su merced. Bendición padrecito.

Por siempre alabado—contestó el padre Juan mientras trazaba la señal de la cruz sobre la cabeza descubierta del indígena que dejaba ver su cabello negro y largo.

Puedes levantarte—Dijo el padre mientras se lavaba las manos en la lavacara que estaba sobre la mesita de limpieza.

Juan Andrés se levantó y esperó con la mirada en el suelo a que el padre le dijera:

Me imagino que tienes noticias, quiero saber todo.

Amito, padrecito. Cuando el señor La Condamine recibió el oro se puso muy contento, yo ca le ayudé a envolver en unos trapos que pusimos en el fondo de su baúl.

Sí, sí. Eso ya lo sé, quiero saber si tienes noticias de él.

Sí, padrecito su merced. Tengo una carta que me trajo el señor Paul para usted, dijo que le diera cuando nadie tan nos viera.

¡Juan Andrés, por Dios! Dame la carta.

Juan Andrés sacó del morral, que tenía escondido bajo sus ropas viejas y zurcidas, la carta que que el padre arrebató de las manos mientras le ordenaba:

Ahora, déjame solo.

Sí, su merced—Su mirada era franca y directa—¿No necesita nada más, su merced?

¡No! Ya te dije que te marches.

Cuando el padre Juan se quedó solo se sentó en su escritorio y a la luz de la vela se puso a leer.

Lima, 1736

Padre Juan:

Su Eminencia:

Mi llegada a Lima ha sido muy provechosa porque he conseguido poner lo que me pidió a buen recaudo.

Al comienzo fue un poco difícil porque no conocía ni la gente ni el mecanismo del que debía servirme. Espero no cansarlo con mi mal español y mis faltas, sin embargo, creo que le gustará conocer todo lo que me ha acontecido porque parece una historia de aventuras con piratas y barcos fantasmas.”

El padre sonrió al imaginar al académico francés viviendo aventuras y experiencias fuera de la ley como a él le gustaban, pensó que era un aventurero que haría cualquier cosa con tal de conseguir lo que se proponía. Bebió un poco de agua y continuó la lectura.

Lo primero que hice fue ir directamente a la casa de la madre de la marquesa de Maenza. Qué bella dama, bello palacio, parece que vive como una reina pues durante todo el tiempo que he estado aquí me ha invitado a cenar con la gente más poderosa de Lima.: Qué bella que es esta ciudad. Aunque me quedo con Quito por su clima y las montañas y nevados que son lo que debo estudiar. Como le contaba, en la casa de doña Josefa se reúne lo más graneado de la sociedad y las fiestas que da son fabulosas; una mezcla de bailes de la corte de Versalles con ritmos locales nuevos que dan alegría y nos obligan a quedarnos hasta bien entrado el nuevo día en el que la bella Josefa nos da desayunos con café, chocolate y jugo de lúcuma. En una de estas veladas conocí al inglés Thomas Blechynden, entablé gran relación con él que aceptó mis letras de cambio para cobrarlas en París. Ya ve mi querido padre que he logrado un poco de dinero, sin embargo con eso no es suficiente así que me puse hablar con los esclavos, los sirvientes, españoles, extranjeros hasta conocer todo el tejemaneje del comercio marítimo, cuando nos volvamos a ver le contaré en persona lo que tuve que pasar para que nuestros amigos lleguen a Europa sin inconveniente.. Sé que usted comprende mi mal castellano así que me despido.

Charles de La Condamine.

El padre Juan sonrió aliviado por el éxito del francés en vender el oro y la discreción con que trataba el tema; había llevado piezas Incas y Caras bellamente labradas y  esmeraldas en bruto. Le habían pagado bien por el tono con que escribía, lo único que lo apenaba es que en Europa fundirían todo como lo hacían los españoles en las colonias, pero el bienestar de sus pobres fieles le importaba más que todo el oro del mundo.

El padre Juan quemó la carta con la llama de la vela y dejó que las cenizas ensuciaran el escritorio luego se levantó, se dirigió al crucifijo que estaba colgado en una de las paredes y rezó.

Lámina: Roberto Bonifaz

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