la-tarabita

El padre jesuita, José Antonio Maldonado, sentado frente a su escritorio escuchaba y trataba de poner en orden las ideas que salían a borbotones de la boca de su hermano Pedro Vicente. Con la mano le pidió silencio:

Calla un ratito, no entiendo lo que quieres decirme—Puso los codos sobre la mesa donde reposaban libros abiertos, apuntes y dibujos geográficos—Tú quieres poner en práctica todo lo que has aprendido hasta ahora, quieres adentrarte en la selva y llegar al mar.

No me entiendes, necesito terminar lo que empecé.

Pero, por Dios, si ya hemos recorrido tanto, medido tanto, escalado tantas montañas y nevados que no creo que sea necesario internarse en un infierno. ¿para qué?

Pedro Vicente Maldonado vivía obsesionado con la geografía, las matemáticas y las mediciones de la tierra donde había nacido. Caminó por la habitación hablando sin parar. Por fin se sentó en la silla frente al escritorio y los dos bajaron la vista a los dibujos:

Hemos medido y dibujado mucho, no creo que valga la pena desperdiciar tanto trabajo.

Pero si son apuntes para un estudiante, no para publicarlos.

Lo sé, pero ahí nace la semilla de algo más grande.

—¿Qué puede ser tan importante para que quieras lanzarte a tal aventura? Ya te fracturaste la clavícula cayéndote en un abra del Chimborazo, te has enfermado de frío y hambre pero al menos estabas en territorio templado que conoces tan bien, pero la selva…¡Por favor!

No entiendes, me mueve un solo deseo, estoy obsesionado con conocer a profundidad el territorio en el que vivimos. El conocimiento hace al hombre poderoso, parte de nuestras limitaciones es que no conocemos la tierra que pisamos y tenemos tanto miedo a esta geografía que no nos atrevemos a salir de nuestras casas.

Pedrito, has medido ríos.

Escucha, cuando los conquistadores llegaron avanzaron por riscos y selvas en busca de oro, nada los detuvo. A mí me anima una obsesión similar pero no por oro sino por conocimiento, por abrir caminos para integrarnos, para hacer comercio. Si no hacemos algo rápido, la Real Audiencia va a morir de pobreza.

¿Has visto cuánta riqueza hay aquí?—Preguntó su hermano y con la mano extendida le señaló el oro de los artesonados—¿Has visto la riqueza de nuestros templos, la riqueza de las haciendas?

Es una riqueza para muy pocos, y si queremos que perdure tendremos que encontrar nuevos lugares, la agricultura podría florecer en otros sitios, más frutos, más cosechas. Quién sabe cuánta riqueza se esconde en la selva, cuántos árboles medicinales. He oído de curaciones milagrosas a tus amigos los jesuitas misioneros.

Sí, pero también has oído de enfermedades que nunca se han curado, de jesuitas que nunca regresaron, de cuerpos destrozados en los despeñaderos o muertos de forma horrible por picaduras de serpientes, mordeduras de insectos desconocidos, ataques de jaguares….

Sí, pero todo eso no es más que la gran protección que tienen esos lugares con tesoros escondidos, Dios nunca lo puso fácil a nadie para que encuentre lo grandioso que yace en la inmensidad de la Tierra.

Pedro Vicente se levantó de su asiento y puso las dos manos sobre el libro abierto. Dijo:

–No hay tiempo que perder, quiero que me ayudes, hay que abrir caminos, rutas, tenemos que conocer donde vivimos.

El padre José Antonio ante la vehemencia de su hermano supo que no tenía más remedio que consentir lo que le estaba pidiendo.

Está bien, veré cómo ayudarte, a lo mejor se te puede encargar una misión de reconocimiento del terreno de sitios remotos—Se frotó las manos y continuó—Si logro conseguir esto, reuniremos cuadrillas de los mejores peones para que te acompañen—Con la mano le hizo un gesto y dijo—No me mires así, te daremos mulas, caballos, bueyes lo que necesites, irás con el apoyo familiar. Sé que eres el mejor estudiante que ha tenido Quito en mucho tiempo, sé que eres valiente. Pero también tengo miedo de tu intrepidez, recuerdo muy bien el año de 1744 cuando saliste con una patrulla a buscar al salteador que mató a nuestro cuñado, Esteban Villavicencio.

Los dos hermanos guardaron respetuoso silencio ante el recuerdo del Alférez Real abatido por el sanguinario Agustín Argüello cuando trataban de hacerlo prisionero. En ese entonces, Pedro Vicente, que apenas tenía 17 años, se unió a la patrulla que organizaron las autoridades, estaba tan dolido que encaró al bandido y lo redujo con sus puños, aquella odisea se contaba una y otra vez en todo el reino de Quito lo que había le había dado una aureola de héroe.

Pedro, todos hemos visto tu esfuerzo, tus estudios extenuantes. Eres extraordinario en las ciencias, pero también Dios te ha concedido una constitución robusta, temeraria. A veces pienso que eres un ser mitológico al que no le hiere trueno, granizo, tempestades o ventiscas. Te he visto avanzar por sitios que nadie se atreve a pensar siquiera…Creo que hay que darte una mano.

Sé que lo harás y que te vas a romper el seso tratando de obtener una misión geográfica para mí. —Pedro Vicente se sintió emocionado y calló un momento para serenarse, luego respiró profundo y dijo—No sería nadie si no hubiera nacido en el seno de nuestra familia, sin la ayuda de ustedes jamás hubiera recorrido los caminos que recorrí, ni hubiera tenido los libros que tuve, ni hubiera viajado a Europa, no tengo más que agradecer a la divina providencia por tanta suerte, por tanto amor—Se dejó caer sobre la silla y trató de disimular su emoción.

Mira, Pedro. En estos territorios solamente vale la audacia, el espíritu conquistador de nuestros padres—José Antonio hizo una seña a su hermano para que no lo interrumpiera y continuó—Ya sé que eres un conquistador de otra índole, no te mueve el deseo del oro ni de adquirir más tierras—Lo miró con cariño y dijo—tus deseos están en lo desconocido, sólo cuando logres conocer este inmenso, inescrutable territorio, estos despeñaderos, riscos y ríos embravecidos estarás satisfecho.

Pedro Vicente miró a su hermano que ahora parecía más entusiasmado que él mismo mientras caminaba por la habitación. José Antonio se detuvo y dijo:

Un territorio plagado de leyendas y miedos. Yo sé que no puedes dormir ni tendrás paz hasta que te encuentres cara a cara con lo desconocido.

Quiero trazar un camino, elaborar una carta geográfica para ponerle piso a nuestro mundo, así como estamos viviendo en esta ignorancia nunca vamos a ser dueños de nuestros destinos—Pasó la mano sobre los mapas y se levantó para despedirse.

José Antonio vio a su hermano traspasar la puerta de la habitación y se juró a sí mismo ayudarlo a cómo diera lugar, pero Pedro se detuvo en el umbral, se volvió y dijo:

El Reino de Quito es una unidad geográfica que reúne a una diversidad de razas, climas y paisajes asombrosamente diferentes, sin embargo, es una unidad y yo tengo que trazar una carta geográfica que nos ubique para siempre, y ahora sí me despido.

José Antonio estaba junto a su hermano, se dieron un abrazo y se juraron trabajar cada uno para lograr que se hicieran realidad sus sueños.

Unos meses después los Maldonado ayudaron a preparar la expedición. Pedro Vicente respiró tranquilo, su tesón, conocimientos y la ayuda de su hermano el jesuita habían servido para que La Real Audiencia de Quito le permitiera emprender la construcción de un camino entre Quito y Esmeraldas sin que la Real Hacienda tuviera que invertir ni un sólo peso; la empresa correría a su costa y expensas a cambio de que se le entregara el usufructo de la obra y el nombramiento de Gobernador de Esmeraldas para él y que el hijo que tuviera lo heredara. Las autoridades así lo dispusieron.

El territorio de Esmeraldas es muy peligroso, los pocos que han estado ahí ha sido por extravío o por naufragios cerca de sus costas—Dijo José Antonio que había trabajado tanto para que su hermano Pedro Vicente hiciera realidad su sueño.

Es verdad, pero alguien tiene que hacerse cargo de esto y digo no solamente ser gobernador sino explorador, pacificador y organizador—Estaba tan contento que no dejaba de revisar los efectos que llevaría en su expedición.

Afuera las mulas y los caballos resoplaban, nerviosos por tanto ajetreo, Pedro Vicente había entrado y salido mil veces supervisando que todo estuviera en orden.

Gran capitán eres—bromeó su hermano—las cuadrillas de indios y peones están apunto, no has olvidado ni a los cocineros ni los alimentos.

Cuando se acaben lo que llevamos iremos comprando por los sitos que recorramos, estoy impaciente por partir.

Pedro Vicente Maldonado aprendía del aire y de las rocas y conoció la geografía del inmenso territorio antes de pisar las aulas. Había estudiado a conciencia la historia del virreinato, desde la conquista hasta sus días buscando siempre esa energía vital que llegaría cuando cualquier vecino pudiera viajar sin temores por su territorio.

Al mando de una pequeña expedición de indios y peones de sus haciendas, partió a la región de Esmeraldas. Recorrieron pueblos pobres, aislados y solitarios, iba tomando nota de todo. Cuando llegaron a Esmeraldas se enteró de la existencia de cinco pueblos en la costa y quince en las montañas; los recorrió pasando por caminos peligrosos. Los caballos y las mulas se resbalaban y ellos hacían esfuerzos sobrehumanos para pasar los pantanos y desbrozar los matorrales. En la noche, cuando levantaban su campamento primitivo, escribía lo que había visto y estudiaba las mediciones que había hecho:

“Pobreza por todo lado, gente que se ha agrupado para formar una población de la que casi no pueden salir por estar rodeados de víboras y naturaleza agresiva, el agua emana de la tierra e inunda sus viviendas por lo que viven y duermen sobre lodo, casi desnudos y famélicos, las iglesias impresionan porque el monte trepa los altares, el suelo y los misales tan húmedos y cubiertos de fango, se deshacen cuando se los toca. Lo que más me importa es la gente que ha buscado un medio de vida y están devorados por la selva, las condiciones climáticas y los animales salvajes. Cada minuto que pasa me convenzo más de que es imprescindible un camino que ayude a estas gentes y vean recompensados sus esfuerzos”

Escribía en su diario de viajes y lo hacía hasta que caía rendido de cansancio.

 

La marquesa de Maenza bordaba, de vez en cuando veía de reojo el reloj de malaquita y escuchó unos golpecitos en la puerta, se volteó donde la monja que enseñaba a leer a sus hijos y le dijo:

Madre, vaya a ver quién es.

Señora, seguro es Adolfina o Ismael—respondió la monja.

Adelante—gritó la marquesa retomando su bordado.

Su merced, don Pedro Vicente Maldonado acaba de llegar—Dijo Ismael.

La marquesa dejó caer el bastidor con las agujas sobre su falda, arrugó la frente sin entender bien, preguntó:

¿Estás seguro, Ismael?

Sí, su merced. Viene con su sirviente y unas mulas, parece muy maltrecho.

¡Oh! Seguro que viene de sus expediciones.

Las niñas se distrajeron y la monja, disgustada, arqueó las cejas. El reloj dio las cuatro de la tarde.

Ismael, el pobre señor Maldonado debe estar cansadísimo, haz que se encarguen de sus cosas y le preparen una buena habitación, para el sirviente también—Se puso de pie y el bordado cayó sobre la alfombra—Haz que preparen un buen caldo de gallina.

¿Servimos la comida a las siete como siempre, su merced?

Claro, anda a ordenar lo que te he dicho y luego te encargas de que el señor Maldonado pueda lavarse y refrescarse, ya sabes como lo estima el marqués. Quiero que cuando llegue encuentre a su amigo bien instalado.

La marquesa salió del estrado y espió por el corredor; se escucharon los pasos frenéticos de los sirvientes, las voces de las indias pidiendo agua y leña. Entró nuevamente en el estrado alterada por las visitas que siempre le gustaban. Corrió hacia la ventana que daba al patio y observó desensillar los caballos y bajar los bultos de las mulas. Con la cabeza pegada a la ventana, hizo una lista rápida de los vestidos que mandaría a lavar y las joyas que iba a usar durante la visita de Pedro. Quiso salir nuevamente pero esta vez sólo entreabrió la puerta, no era de buen gusto recibir a solas a un caballero cuando su marido estaba por llegar. Por una hendija casi invisible vio a Pedro Vicente con su vestimenta rasgada y los zapatos rotos. ¡Qué horror! Está hecho una lástima, tiene el pelo enredado y más largo de lo normal, espero que Ismael traiga el agua, van a tener que darle un baño de esponja o mejor que llenen la tina del cuarto de la azotea, ojalá se le ocurra al negro todo esto, yo ya no puedo salir, pensó con rapidez.

Prisionera en su habitación se sentó junto a sus hijas para escuchar los progresos en la lectura pero pensó en invitar al señor de La Condamine que había conocido a Maldonado en Esmeraldas cuando era el flamante gobernador. Escuchó unos cascos y regresó a la ventana desde donde vio a su marido desmontar, elegante con sus botas lustradas y el sombrero ladeado. Quiso bajar a saludarlo pero tuvo miedo de encontrarse con Maldonado semi desnudo por los corredores. Se asomó a la puerta y al no ver a nadie, salió.

En la escalera se retorció las manos y estiró el cuello para calcular el tiempo que tomaba a Gregorio lavarse las manos y entregar el sombrero a sus sirvientes. Por fin lo escuchó llegar y cuando él la vio en el último escalón le hizo un gesto con la quijada y le preguntó:

¿Qué pasó?

Acaba de llegar Pedro Vicente.

¿Está aquí, en esta casa?

Sí, está sucio, desarrapado y cansado.

Me imagino que lo habrán acomodado bien.

Sí, están preparando un caldo de gallina de esos que reviven a los que vienen de la montaña.

Gregorio se adelantó y subió las escaleras corriendo. Ella lo siguió a paso vivo y se fijó en los frescos, el piso encerado, los artesonados del techo y le pareció linda su casa y se retiró a sus habitaciones hasta que la llamaran a cenar.

A la marquesa le avisaron que la comida estaba lista cuando Adolfina la estaba peinando. Entró en el comedor y los dos hombres se levantaron para recibirla. Se sentó a la derecha de su marido y sonrió a Pedro Vicente que estaba frente suyo. Detrás de Pedro Vicente estaban las ventanas por donde entraba la negrura de la noche y el suave titileo de los faroles encendidos. Un candelabro de cinco velas ardía en el centro de la mesa y la atmósfera se hizo íntima.

¿A quién se le ocurrió hacer este caldo tan delicioso?—Preguntó Pedro Vicente aspirando el aroma que salía de la sopera de porcelana azul.

A mí, se me ocurrió que usted venía cansado.

Gracias, marquesa. Todo el mundo sabe que en ninguna casa se come tan bien como aquí.

El marqués le dio una palmada en el brazo que reposaba sobre la mesa y le dijo:

Come y no hables, primero a recuperarse.

¿Tan mal estoy?

Estás horrible, parece que has salido de la cárcel, flaco, pálido y ojeroso.

Rieron y tomaron la sopa y luego la carne asada con papas doradas y alverjas dulces, después vinieron los escabeches de perdiz y conejo.

Estas perdices son en realidad tinamúes, los españoles las encontraron parecidas a las de España y les bautizaron como perdiz, pero en realidad son mucho más sabrosas—Dijo Pedro Vicente.

La cena siguió amena mientras escuchaban a su amigo relatar los viajes sorprendentes. La marquesa a veces interrumpía y decía;

Qué peligroso lo que hacen, no deberían escalar montañas así, no sabía que era tanto el riesgo.

Por momentos, conmovida y emocionada decía:

Qué bueno que hayan encontrado aves para cazar, sino se morían de hambre.

Pedro Vicente le contestaba:

Su marido me ha acompañado muchas veces, también lo han picado insectos peligrosos y pasó alguna que otra noche con fiebres dentro de una cueva o machay.

La marquesa miró a Gregorio y le sonrió.

Señora, los viajes que hace su marido no son como los que hizo con usted cuando vinieron de Lima, cuando viaja conmigo es más humilde.

La marquesa contestó:

Se nota que lee mis pensamientos, no puedo creer que mi marido haya estado a punto de perder la vida en esos muros verticales de la Cordillera de Los Andes.

Pedro Vicente, sé que estás loco por abrir un camino que llegue a Esmeraldas por la sierra, por Nono, es una aventura demasiado riesgosa, no sé cuál es tu idea—Interrumpió el marqués.

Me han nombrado gobernador de Esmeraldas con derecho a réditos por lo que encuentre y coseche—Se limpió la boca con la servilleta que dejó sobre la mesa. Continuó—Es muy alentador trazar un camino que logre unir a Quito con el mar, con los puertos. Será más fácil sacar los productos, vender los paños, los vestidos de la tierra a Panamá, a España.

Mariana dijo a Ismael que estaba de pie, tras suyo:

Trae el licor de cacao que hizo Rebeca y sírvelo junto con el café.

Enseguida su merced.

Ismael retiró los platos del dulce de plátanos con miel de raspadura y nata.

Tomaron café y licor de cacao mientras continuaban hablando sobre el camino que se iba a trazar, Mariana escuchó con atención.

Pedro Vicente, el camino que vas a abrir me conviene a mí y a los que llevan el real servicio, los viajeros, los oficiales del rey, los comerciantes—Puso el codo sobre la mesa y apoyó la quijada sobre la mano—Eso debe costar mucho dinero.

Lo estoy haciendo con mis caudales…

No es suficiente y lo peor es que el patrimonio con el que cuentas no es sólo tuyo sino de tus hermanos.

No les importa, quieren ayudarme.

Entonces, acepta mi colaboración también, es lo menos que puedo hacer por el servicio tan grande que haces.

No tardaré en pagarte.

Espero que lo hagas, no porque quiera que me pagues si no porque quiero que ganes, que tu camino sea una realidad y todos te lo agradezcan como lo hago yo de todo corazón.

La marquesa abrió los ojos y se enderezó en el asiento, su marido no le prestaba dinero a casi nadie Los observó con atención y vio una emoción extraña en los ojos de Maldonado, parecía ocultar una preocupación tras la mirada franca. Le preguntó:

¿Se encuentra usted bien. No quiere más café o tal vez cambiar el licor de cacao por un pisco?

Un poco más de café si es tan amable.

Ismael, atento como siempre a los deseos de los invitados, tomó la cafetera que se mantenía caliente en el samovar y sirvió otra taza a Maldonado.

No sabes lo que te agradezco, Gregorio. Este camino me ha costado más de lo que imaginaba, a mí y mi familia.

Lo sé, el dinero se va volando si no lo sabes manejar. No te enojes, no digo que no lo sepas manejar, es sólo que tengo más experiencia en eso.

Pedro Vicente tomó un poco de café para contestar:

¿Sabes qué? Eres nuestro propio Atahualpa, por los caudales que tienes, la cantidad de tierras y lo poderoso que eres.

Gregoriorió se acomodó en su asiento y dijo:

Ser Atahualpa es muy riesgoso.

No te quejes y gracias por que tu ofrecimiento, me ha llegado como una bendición.

Está bien, no es de buen tono hablar de dinero en la mesa, así que mañana José te dará lo que pienso entregarte—Hizo una seña con su mano para que se cambiara el tema y continuó—¿Cómo es el trazo del camino?

Mariana vio borrarse las preocupaciones en la mirada de Maldonado y lo escuchó decir con pasión mientras ponía los codos sobre la mesa y gesticulaba con las manos.

Durante un año exploré toda la región; desde Nono hacia la costa hasta conocerla de memoria. Dibujé su contorno, apunté hasta el último detalle. Tuve una experiencia fascinante al recibir información que no sé de dónde vino y pude ver el trazo perfecto para el camino, el mejor camino que jamás hemos tenido—Bebió un poco de licor y luego dejó la copa sobre el mantel.

Mariana le tocó levemente en el antebrazo y le dijo:

Cuénteme con más detalle, me parece extraordinario que haya recibido mensajes de los sitios por donde pasó; las piedras, las cascadas, es como si estuviera conectado a un nivel sobrehumano.

Al escuchar esto, Ismael se sobrecogió. Don Pedrito con poderes sobrenaturales, pensó.

Marquesa, es difícil poner en palabras aquellas intuiciones, los avisos llegan del murmullo de una cascada o de un súbito soplo de viento que hace a uno fijarse en un lugar que es el que está esperando—Entrecerró los ojos y continuó—Es como estar dentro de una corriente y dejarse llevar por ella, confiar y esperar—Se sumió en el silencio.

La magia de Maldonado flotaba entre el fuego de las velas y el aroma del café. Lo miraron con atención a la espera de que saliera de ese estado meditativo, la marquesa carraspeó dos veces. Al fin dijo:

Lo más complicado fue establecer una población en el embarcadero de Puerto Quito.

No me diga que no había pobladores.

Es un sitio muy precario, fue una tarea dura convencer a la gente a que se establecieran ahí y construyeran sus viviendas. Tuve que gastar mucho en eso…Pero valió la pena porque la tierra es de una bondad tan grande que en poco tiempo han surgido cultivos de todo tipo y hay arrieros y peones que se pueden contratar.

Maldonado miró a Mariana y le dijo:

No sé si les conté que el chocolate de Esmeraldas es el mejor del mundo, más fino que ninguno.

Sí, ya lo dijo por eso no se olvide la próxima vez de traernos un saco porque adoro el chocolate y quiero probar ese.

Ismael quiso decir algo aunque sabía que debía permanecer mudo, pero como Maldonado parecía en un estado de ensoñación se atrevió a decir:

Su merced, el señor Maldonado trajo cacao, plátanos y muchas cosas más.

La marquesa sonrió y acomodándose en su silla dijo:

Es lo primero que tenía que contarnos, mañana bajo a ver con mis propios ojos el cacao de Esmeraldas, esta tarde olí un poquito que entró por la ventana.

Miró a Pedro Vicente a través del ámbar del licor que duraba horas entre sus manos y lo que vio fue un hombre que conquistaba todo, derribaba peñas, arrancaba árboles de cuajo, subía por paredes de piedra, bajaba por laderas imposibles. Movido por una invencible fuerza de voluntad derribaba obstáculos, subía pendientes, encontraba vertientes siguiendo el trazo que se le revelaba con un poder irresistible y con una sutileza que los demás no podían entender. Atrás lo seguía un pequeño ejército de colaboradores y peones de sus haciendas.

Mariana y Gregorio hacían preguntas de vez en cuando para entender cómo se hacía un camino por sitios que durante siglos nadie hubiera siquiera imaginado. Es un genio, pensó Mariana mientras se despedían para retirarse cada cual a su dormitorio. Ismael alumbró con un candelabro a los marqueses y un sirviente escoltó a Pedro Vicente a su cuarto.

Pedro Vicente desayunó en la cama y dormitó parte de la mañana. “Ya debe ser muy tarde”, pensó. Se levantó y abrió la ventana. Aspiró el aire puro y llamó a su sirviente que acudió enseguida para ayudarlo a vestir.

Parece que ha dormido bien, se lo ve muy recuperado.

Sí, los marqueses son los mejores anfitriones del mundo, todo es perfecto—Se miró en el espejo contento de su buen semblante, sus ropas a la última moda lo hacían ver como un criollo elegante. Cuando el sirviente terminó de hacerle la coleta, le dijo:

Don José lo espera en la biblioteca.

Pedro Vicente salió de su habitación y se desorientó por un momento. “Si saben que me he perdido en estos corredores se van a burlar de mí”, pensó. Caminó por los largos pasillos de barandas blancas donde se asentaban grandes maceteros con geranios, podía ver los diferentes patios mientras doblaba una esquina para entrar en otro corredor, reconoció el estrado de la marquesa por las madreselvas que trepaban las barandas. Dobló una esquina y se detuvo para ver los frescos que representaban la historia del matrimonio, reconoció al pintor como uno de los mejores y continuó hasta llegar a la biblioteca.

José levantó la vista del cuaderno de cuentas el momento en que se abrió la puerta y por ella entró Pedro Vicente Maldonado. Salió a su encuentro y le saludó:

Buenas tardes, don Pedro.

¿Ya es tan tarde? Pensé que sería cerca de las once de la mañana.

No, señor Gobernador. Ya es pasado las doce, lo esperan para el almuerzo.

Pero antes debía entrevistarme contigo.

Por supuesto, disculpe mi descuido.

José trató de disimular la conmoción que le causó la presencia del Gobernador de Esmeraldas, lo admiraba como a pocos y quería servirlo de la mejor manera. Maldonado se sentó en la silla que estaba al otro lado del escritorio.

Señor Gobernador, el marqués me ha ordenado que le entregue esta suma de dinero, solamente tiene que firmar aquí—Le señaló el lugar de la firma.

Pedro Vicente examinó el documento con atención y levantando la mirada dijo:

José, esto es mucho.

Son las órdenes del patrón—Sonrió con timidez y dijo—Ya sabe que no hay como contradecirle.

La mirada de Maldonado era clara cuando dijo:

Gracias, José.

No es a mí a quien tiene que agradecer.

Al marqués y a ti, porque eres tan leal y pulcro con sus cuentas que vales más que el oro.

Sus palabras significan mucho para mí.

Pedro Vicente firmó donde José le indicó.

José, este dinero va a ayudar bastante, ya quiero comenzar los preparativos del viaje.

Pero señor Gobernador, tiene que quedarse unos días, el marqués ha organizado muchas actividades para su estadía.

Pero claro que sí, no me voy sin antes pasar unos días con el marqués.

Ilustración La Tarabita de Charles Saffray del libro Viaje a Nueva Granada

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