baile en santacatalina

. El marqués de Maenza, montado en su caballo blanco, iba a paso lento junto a Pedro Vicente Maldonado. Dijo:

Junio es el mes que más me gusta.

¿Por qué? Es el preludio de los vientos de verano.

Sí, pero es el tiempo del equilibrio cuando ya no llueve y todavía no aparece el viento.

Pedro Vicente se acomodó el sombrero mientras sostenía con la mano izquierda las riendas de su caballo. Dijo:

Ha salido todo Quito al paseo.

—Salieron para tomar solcito—Dijo el marqués contestando el saludo de las mujeres que se paseaban con los parasoles comprados en la tienda de los jesuitas—Se nota la mano de La Condamine.

Gregorio, es una pena que la presencia de los franceses se note sólo en las nuevas vestimentas que hemos comprado en la tienda de los jesuitas, deberíamos conocer más sobre los estudios académicos y las mediciones que están haciendo.

El marqués sostuvo las riendas de su caballo y dijo:

Pedro, eso nos interesa a muy pocos, a ti sobre todo por que eres científico..

Tú también te interesas en eso.

Nadie tiene tus capacidades don Pedro—El marqués espoleó a su caballo y los dos galoparon el pequeño trecho que los caminantes habían dejado libre.

Bajaron el paso al encontrarse con más gente que paseaba en busca del sol, el aire era tan puro que hasta los caballos parecían respirar con más facilidad mientras atravesaban avenidas de capulís y naranjos en flor. Gregorio dijo:

A La Condamine le hace gracia ver que unos naranjos agrios tengan flores, frutos verdes y otros maduros, eso no se ve en los países de cuatro estaciones.

Siguieron a paso lento saludando con los que se topaban; todos se conocían. Los que iban a pie entraba a los jardines, huertos y casitas al lado izquierdo del camino, el cielo estaba espléndido y el aire lleno de perfumes ligeros

Los dueños de huertos y jardines dejen a la gente entrar sin ningún impedimento, como si fuera parte del paseo—Dijo Pedro Vicente.

Yo también dejo que entre la gente, es como si tuviera invitados, de todos modos nos conocemos todos.

Tú lo tienes todo—dijo Pedro Vicente Maldonado riendo.

Ya sabes que lo mío es de mis amigos.

Eres todo un caballero—Pedro Vicente palmoteó la crin del caballo del marqués.

El marqués se levantó en su silla y bajó el ala del sombrero de Pedro hasta taparle los ojos, luego le sujetó del cuello como si quisiera ahorcarlo, por poco atropellan a una señora que llenaba un cesto con moras de castilla. Rieron como si estuvieran de vacaciones.

Siguieron a paso lento, el cielo estaba despejado, esplendoroso y el sol calentó tanto que tuvieron que quitarse la capa. Gregorio dijo:

Sol de aguas, debemos apurarnos que si nos demoramos nos cae el aguacero.

Pedro Vicente miró unas nubes formándose tras el Pichincha, Sintió la fuerza del sol traspasando su sombrero negro y se secó las gotas de sudor con el pañuelo que sacó del bolsillo de su casaca.

¿Qué horas crees que son?

Las once y media por el sol y por el reloj que compré a Hugot—Contestó el marqués examinando al reloj de oro que tenía sujeta a una leontina en su bolsillo.

Llegaron a La Alameda y se sentaron al borde del lago, dos indios salieron de la nada para hacerse cargo de los caballos y siguieron a pie por los caminos bordeados de naranjos agrios. La mujeres iban protegidas por parasoles y los hombres con sombreros a la moda.

Alzaron la mirada y vieron las nubes avanzando sobre el Pichincha.

Me parece que alrededor de las tres va a caer con fuerza—dijo Pedro Vicente—Pero sigamos caminando que quiero ver los naranjos que sembraste hace tres años.

Hice sembrar naranjos agrios para que Rebeca perfume sus platos secretos.

Rebeca es una gran cocinera, tienes las mejores mujeres en tu casa, deberías encerrarlas, te las van a robar—Pedro Vicente le dio un codazo en el brazo y continuaron su paseo.

El marqués llamó a sus peones para que cortaran cartuchos para la casa, se dirigió a uno de ellos y le dijo:

Le dices a Rebeca que haga floreros lindos ¿Oíste?

Los dos jóvenes se tumbaron sobre la hierba, las flores olían a miel y los petirrojos volaron de rama en rama.Comieron choclotandas con limonada fresca y melcochas recién hechas.

Gregorio cerró los ojos bajo el sombrero con el que se tapaba la cara y Pedro Vicente, a punto de dormirse con el calor del sol, sintió un frío súbito que venía desde el Pichincha.

¡Qué fastidio, hace un momento me moría de calor y ahora sopla una brisa helada!—Se incorporó y se puso de pie.

¡Achachay, qué frío!—Dijo el marqués que ya se había puesto de pie también.

Enseguida aparecieron sus sirvientes con los caballos. Emprendieron el regreso, eran casi los últimos que quedaban. Comenzaron a caer gotas cuando llegaron a la casa. Entraron al patio de los caballos y desmontaron, los indios se hicieron cargo de desensillar. Los esclavos recogieron las capas y sombreros mojados de los señores y ellos subieron las escaleras de piedra y caminaron por el corredor de la planta alta. Desde ahí escucharon la lluvia golpeando los adoquines del patio.

Vete a tu habitación a cambiarte, Pedro. Luego nos vemos en el estrado de la marquesa.

Pedro Vicente entro en el cuarto y su sirviente le dijo;

Su merced no vino al almuerzo, debe estar muerto de hambre.

No, comimos choclotandas, habas, queso y melcochas en el paseo.

¿Y estuvo rico?

Sí.

Esa noche, Pedro Vicente fue el estrado de la marquesa, el esclavo iluminó el camino con un candelabro de cinco velas.

Maldonado se guió por el murmullo de voces que salían de las habitaciones iluminadas de los salones de Mariana, no reconoció el rostro nocturno de la casa tan grande. Un intenso aroma a canela le llegó al rostro. Hay algo delicioso en este lugar, pensó. Vio a la marquesa vestida con una elegancia discreta conversando con un grupo de señoras. Pedro Vicente se le acercó y le dijo:

No la he visto desde anoche, parece que fue hace un siglo—Le besó la mano.

No puedo creer que hemos dormido bajo el mismo techo—Le contestó ella—Ha cambiado desde la última vez que nos vimos.

Usted se ve más hermosa.

Usted se ve más descansado y limpio—Lo tomó por el brazo y le dijo

Venga, le presento a mis amigas.

Se detuvieron a conversar con ellas, hasta que Mariana se encontró con Rosa Larrea, le tocó en el hombro y le dijo en voz alta.

Quiero presentarle a Rosa Larrea, esposa del Presidente José Araujo.

Ella le dijo:

Don Pedro, me han dicho que es usted un sabio, que le gusta la Geografía y la Astronomía—Lo miró con unos ojos negros relucientes—Sé que es muy amigo del señor de La Condamine.

Sí señora, soy amigo suyo.

Si viera lo insoportable que es el Capitán de Navío Antonio de Ulloa—Dijo Rosa mientras se apartaba del grupo y se sentaba en un sofáVenga, siéntese junto a mí—se movió un poco para hacerle lugar—No olvide que soy criolla como usted.

De pronto lo he recordado—contestó el joven mientras la miraba a través de una taza de chocolate que le sirvió Ismael—Su esposo es el primer presidente criollo de la Real Audiencia.

¡Bueno! Por fin se da cuenta que hay un presidente criollo, ya veo que tiene usted recelo de los funcionarios españoles.

Señora, hay división entre nosotros.

Tiene razón, mi pobre marido sufre mucho porque no lo aceptan ni los españoles ni los criollos.

Es extraño sostener esta conversación en este estrado estrictamente femenino—dijo Pedro Vicente cautivado por el aroma sensual que flotaba en el ambiente.

Bueno, usted sabe que en Quito se rompen las reglas y con frecuencia se recibe en un estrado femenino—Rosa señaló con un gesto a Gregorio que conversaba en un apartado con La Condamine y dijo—Fíjese, es el terrateniente por excelencia, el nuevo aristócrata de estas tierras. No veremos otro igual en las siguientes generaciones.

No olvide que el marqués tiene hijos que heredarán su fortuna.

Sí, pero los tiempos cambiarán, sus descendientes serán ricos y poderosos pero jamás brillarán como Gregorio Matheu de La Escalera y su esposa. Es el representante del nuevo poder, ha nacido en el lugar y tiempo preciso.

Pedro Maldonado sintió curiosidad por Rosa Larrea, nunca había conversado tanto tiempo con una mujer. Estaban sentados alrededor de un brasero de bronce donde ardía carbón perfumado, una esclava venía de vez en cuando y removía las brasas.

Le ponen palo santo, por eso huele tan bien—Dijo Rosa cuando se fue la esclava.

Doña Rosa, cuando yo regrese a Riobamba quiero llevarme un brasero así de elegante, los que tengo no son tapados.

El señor de La Condamine vende unos traídos de España, en Francia se usan las chimeneas.

Estaban cómodos alrededor del brasero, de vez en cuando venía la negra para remover las cenizas y poner un poquito de viruta de palo santo. Las tazas de chocolate vacías reposaban sobre la mesa, Ismael se acercó para retirarlas y luego los sirvientes sirvieron empanadas, vino, agua y pisco.

Doña Rosa, aquí no huele sólo a palo santo sino a canela—Cerró los ojos y continuó—No sabe cómo me gusta ese aroma.

Lo sé, todo el mundo comenta lo que tuvo que pasar para llegar a Canelos, dígame; ¿Se aventuró tanto para conocer de primera mano el árbol de canela?

No sabe lo duro que fue esa expedición, yo era muy joven.

¿Más que ahora?

Pues sí, tenía apenas veinte años y ya había desempeñado el cargo de Alcalde Ordinario y Teniente de Corregidor de Riobamba—Entornó los ojos como queriendo recordar algo lejano y continuó—Quise conocerlo todo de primera mano, no me interesaba que me contaran cómo es tal o cual río, tenía que conocerlo, navegarlo.

Pero eso es peligrosísimo don Pedrito, podía haber tenido un serio accidente, son aguas desconocidas, los animales feroces y los indios salvajes. ¿Cómo lo dejaron ir tan jovencito?

Era necesario ayudar a las misiones de Maynas, los misioneros lo tenían más duro que hoy para llegar hasta allá. Quise ver todo con mis propios ojos.

¿Y qué vio?

La belleza de esa naturaleza indómita y lo difícil que era llegar allá—Tomó una copa de pisco que le pasó Ismael—La vía de Canelos es la mejor, es más fácil navegar desde ahí hacia Andoas, al borde del río Pastaza.

¿Y para qué es tan importante llegar al Pastaza?

Porque de allí, en cinco días más o menos se puede llegar al Marañón y, en seis hasta Omaguas.

O sea que es el mejor camino para llegar a Maynas

Sí, señora.

Pero, debe ser muy difícil abrir un camino así.

Para abrir caminos hay que conocer los ríos, las rocas, los habitantes, la geografía, por eso he tomado nota de todo y sobre todo, he marcado las localizaciones de los lugares que he recorrido palmo a palmo.

Algo grande tiene que salir de todo esto, don Pedro—Rosa le tomó la mano.

¿Le puedo hacer una confesión?—Se volteó hacia ella hasta que sus cabezas se rozaron.

Pero claro, dichosa yo de ser su confidente.

Esta expedición y exploración fue mi primera maestra, desde entonces no cejo en el propósito de realizar la carta geográfica de todo el país.

Pero creo que ya está llevando a la práctica su sueño en la Provincia de Esmeraldas, señor Gobernador.

Usted está al tanto de todo.

Todos sabemos eso, mucho más yo que soy la esposa del Presidente de La Real Audiencia, sé que ahí conoció al señor de La Condamine. Sé que ha pasado muchas calamidades—Le pasó la mano por el brazo.—Sé que en sus expediciones ha perdido ocho de sus más preciados sirvientes, que se le acaba el dinero minuto a minuto porque compra alimentos y tabaco para sus peones, que es usted quien se pone al mando de todo.

¿De verdad, sabe todo eso?

Sí, me han contado que para que sus empleados no lo abandonen usted les da ejemplo caminando casi desnudo, lleno de cicatrices, resolviéndolo todo. Lo siguen como a un místico, pero se va a quedar sin recursos.

No se crea, tengo amigos bondadosos.

Pedro Vicente miró hacia donde estaba el marqués conversando con miembros de la Misión Geográfica y tuvo el impulso de levantarse pero doña Rosa seguía conversando.

Señora, me disculpa—señaló con la mirada—el marqués me está llamando.

Rosa Larrea se movió un poco para facilitarle la salida y le dijo:

Vaya, vaya. Deben estar hablando cosas de su interés.

Gregorio, que había dejado la charla para esperarlo, le dijo:

Te libraste de doña Rosa, ven acá—Y lo incorporó a su grupo.

¡Oh, Pedro! Vamos a divertimos—Le dijo La Condamine con una copa de vino en la mano.

No hablaron de Astronomía, por una vez se olvidaron de las estrellas y disfrutaron de las delicias del estrado de Mariana Aranda. La Condamine dijo:

Creo que su mujer viene para acá.

Un perfume poderoso pareció salir de las flores de los jarrones. Mariana, vestida de blanco y el cabello recogido con perlas y diamantes, se les acercó y dijo:

Ya vienen los músicos, quiero bailar hasta que amanezca para que nuestros académicos se olviden un poco de tanto trabajo.

Los músicos entraron con arpa y guitarras, un negro llevaba un cajón sobre el cual se sentó y comenzó a golpearlo como si fuera un tambor. Las esclavas de la casa sacaron a bailar a los invitados que perdieron toda timidez y se movieron con la cadencia de la selva. La Condamine miró al marqués y le preguntó:

¿Qué clase de música es esta?

Música local que no es tan refinada ni educada como la europea pero un fandango tiene que ser así.

¿No están los fandangos prohibidos en la Real Audiencia?

Sí, pero estamos en un salón privado.

La esposa del Presidente está presente.

No dirá nada, no tiene más amigos que nosotros, los españoles la desprecian.

La marquesa se acercó a donde estaban los hombres, la seguía Ismael con una bandeja de copas llenas de pisco, les dijo:

Señor La Condamine, para una buena fiesta hay que beber mucho pisco.

El francés aceptó y vio estupefacto a los invitados beber como si fuera agua, luego salieron a bailar de forma armoniosa y con un ritmo especial, mezcla de español, andino y africano. Él aceptó bailar con una esclava que le enseñó los pasos y pronto zapateó, se hincó y sacó el pañuelo como los demás. Jean Godin y Coupplet se quedaron con las esclavas y no sacaron a bailar a ninguna señora. Descansaban de tanda en tanda, los sirvientes acudían con más bandejas de pisco y el baile subía de tono; los hombres hacían maromas mientras zapateaban en un solo pie, se arrodillaban con el pañuelo sobre la cabeza y las mujeres palmoteaban y giraban alrededor.

La Condamine se sintió mareado y preguntó si había algo para comer.

Su merced, venga conmigo que lo llevo al comedor—Ismael le ofreció el brazo.

La Condamine sintió el aire frío al salir al corredor lo que le provocó un fuerte dolor de cabeza, pero en un segundo estuvo frente a una habitación en la que estaba puesta una enorme mesa llena de bocaditos sustanciosos que le devolvieron el alma al cuerpo. Ismael le sirvió un café caliente y fuerte, le dijo con una sonrisa.

Ahora sí, está nuevecito para volver a la fiesta.

La Condamine regresó y vio a sus asistentes Jean y Verguin bailando con las negras y decidió lanzarse al ruedo. Pronto hizo piruetas imposibles poseído por ese ritmo cadencioso. Los sirvientes abrieron las ventanas y apagaron los braseros. Pedro Vicente bailaba con doña Rosa que silbaba y batía palmas como ninguna. ¿Qué dirá el presidente? Se preguntó.. Momentos después, La Condamine descansaba junto a Maldonado, de pronto vio que habían colocado, en el piso, un vaso de aguardiente y los que bailaban comenzaron a torearlo con el propósito de levantarlo del suelo y beberlo de un golpe, los músicos y los que bailaban cantaban en  forma tan ruidosa que el francés no pudo escuchar las instrucciones que le daban.

La Condamine se lanzó al ruedo y se puso a bailar como los demás, luego de varios intentos logró arrodillarse y beber el vaso de aguardiente, las mujeres bailaron alrededor suyo hasta que le faltaron las fuerzas y se desvaneció entre ruedos de vestidos que lo amenazaron con ahogarlo. Ismael tuvo que abrirse campo entre tanto bailarín y lo llevó en brazos a un dormitorio donde lo dejó sobre el lecho y lo cubrió con las mantas. Durmió hasta el día siguiente.

Desde su cama, La Condamine escuchó risas y se dio cuenta que los invitados desayunaban en el mismo comedor al que había ido a tomar café la noche anterior, se arregló un poco y salió de su dormitorio. Le dolía la cabeza y cuando entró en el comedor, aceptó otro café caliente. Las ventanas estaban abiertas y el aire entraba con vigor despejando los vapores del alcohol, era casi mediodía. Divisó entre los invitados a Jean Godin y a Verguin y los llamó para decirles:

La fiesta se acabó para ustedes, recuerden que tienen que ir a hacer inspecciones en el Sur.

Los asistentes franceses obedecieron al instante y salieron sin despedirse porque nadie parecía estar en juicio. La Condamine divisó a la marquesa fresca y lozana. Ella le sonrió y se le acercó.

¿Cómo está, señor La Condamine?

Olía tan rico como la noche anterior, estaba impecable, a lo mejor visitó la toillete esta mañana y se refrescó, no es normal que esté así de linda si todas las demás están cochambrosas, pensó. Luego le preguntó:

¿Cómo se mantiene tan fresca?

No bebo

¿Cómo hace eso si todos han bebido?—Rió mientras movía el dedo como se lo hace con un niño pequeño—Pícara, nos engaña a todos.

Yo jamás pruebo alcohol porque me daña el cutis y huele feo.

Pero todos le obligan a uno a beber, ¿cómo hace usted para evitarlo?

Me llevo la copa a los labios y luego la dejo por ahí.

La Condamine se quedó mirándola sin dar crédito a lo que escuchaba, la había visto bailar, zapatear y en ese instante, parecía que salía de un baño refrescante. Qué mujer singular, pensó. Un minuto después apareció el marqués tan sobrio y elegante como su mujer.

Marqués, a ti no te creo que no bebiste para estar tan bien si te vi hacerlo con mis propios ojos.

Constitución, costumbre y bailar toda la noche para que el licor no haga efecto dañino.

Yo hice lo mismo y estoy muerto. Me falta la constitución porque costumbre tengo de sobra.

Los dos hombres rieron y los que los escucharon repetían lo que había dicho el marqués, lo que contestó el francés y reían bajo los efectos del pisco de la noche anterior. Pedro Vicente, que estaba junto a ellos aspiró con fuerza el aire de la mañana. Dijo:

Ya está entrando el verano.

¿Cómo sabe?—Preguntó La Condamine

Fíjese mi querido Charles en la hojas de ese tocte—Señaló con la mano un árbol en el patio, dijo—El tocte es un nogal de estas latitudes, mire como se mueven las hojas, en unos días tendremos que resguardarnos del viento y dejará de llover, ese es nuestro verano.

Me imagino que no hará tanto calor por la altitud de Quito.

Así es, el verano es muy frío en las mañanas y va calentando poco a poco hasta alcanzar buenas temperaturas, pero nunca es muy caliente, lo malo es el viento. Aunque a veces, cuando hace mucho sol puede ser agradable.

El marqués se volteó hacia donde estaban los demás y dijo:

Mañana están invitados a la quinta de Guápulo, manden a llamar a sus sirvientes para que los acompañen, los que no tengan caballos no se preocupen, en mi casa siempre hay suficientes.

Los invitados salieron conversando mientras llamaban a sus sirvientes; ordenaron preparar todo lo necesario para pasar dos noches en la Quinta de Guápulo.

Lámina: Baile de Santiago. Autor Subercaseaux Errázuriz, Pedro

Colección: Biblioteca Nacional de Chile

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