realismo

A las once de la mañana del día siguiente, una caravana de caballos, mulas y sirvientes salía de la casa de Santa Catalina. Rosa Larrea apareció montando una yegua alazana, la acompañaban dos indios y una negra que llevaba sobre su cabeza la ropa de su ama. Pedro Vicente la vio y le dijo:

Doña Rosa, qué bueno que nos acompañe, ojalá su esposo no se moleste.

¡Uff! Hasta que se entere pasaran unos meses, está en Guayaquil fiscalizando los barcos que llegan con contrabando, además le gusta que yo pase bien.

Bueno, si es así nos vamos con permiso de la autoridad—Pedro Vicente tomó una copa que le alcanzó Ismael y dijo—Salud, doña Rosita—El caballo hizo cabriolas.

Salud, don Pedrito—Rosa Larrea tomó una copa de mistela y rió sin razón y su yegua se unió al caballo de Maldonado.

La marquesa, en su caballo blanco enjaezado como para una procesión, abrió la marcha y avanzaron a paso lento por las calles de Quito. Cuando llegaron al camino de Guápulo, tenía las mejillas encendidas y tuvo que contenerse para no galopar y meterse por los chaparros en flor del camino sinuoso que bajaba al santuario. Escuchó las risas de los demás que paraban para esconderse tras unos matorrales y hacer pila, dos se cayeron de su cabalgadura y no pudieron levantarse de la risa que les causó, el marqués se les acercó en su caballo y les dijo:

A ver si no beben tanto y se sostienen en las monturas.

Los dos hombres que se habían caído no podían levantarse. El marqués ordenó a dos peones que los subieran:

Jalen los caballos hasta llegar a la casa.

Sí, su mereced—contestaron los peones que levantaron a los borrachos y los colocaron en las monturas. Los demás seguían riendo y conversando entre ellos, de vez en cuando alguien gritaba.

¿Habrá más traguito?

Uno de los mayordomos, que iba a pie, llevaba una alforja con el pisco y unas copas que servían al que pedía entre bromas. Pronto estuvieron cerca de la iglesia.

El caballo de Mariana no pudo controlar las ganas que tenía de llegar a los pastos de la quinta y comenzó a resoplar impaciente. Mariana aflojó las riendas y emprendió la carrera, el viento le alborotó el cabello bajo el sombrero de paja y las ramas le rozaron la cara. Se llenó del vigor, olor y calor del animal que paró de golpe cuando salió uno de los peones de la quinta para sujetarlo. Desmontó y Rebeca salió a recibirla, los niños corrieron a besarla, ella se arrodilló para mimar a cada uno y enseguida entró en la casa. Aspiró el aroma a cera de abeja con que habían abrillantado los pisos de tabla y recorrió con la mirada las alfombras limpias, ni una mota de polvo en ninguna parte.

Rebeca, cuando llegue el marqués con los invitados preocúpate de que que haya el suficiente personal para hacerse cargo de los caballos y por favor les enseñas las habitaciones para que no dejen todo regado por aquí—Le tomó las manos y le dijo mirándola con cariño—gracias por tenerlo todo tan bien.

¿Tanto galopó, señora?—Espió por la puerta abierta y dijo—Todavía no hay seña de los demás.

Mariana tuvo tiempo de ir a su alcoba a refrescarse y luego esperar sentada en una butaca. Escuchó los cascos de los caballos y salió a la escalinata para recibirlos, la siguieron Rebeca y algunos sirvientes.

Los niños comenzaron a revolotear alrededor de sus padres, el marqués besó a cada uno de sus hijos. El niño Gregorio balbuceó unas palabras y se sujetó de sus piernas llorando, él le dijo:

Tranquilo, Gregorio. No pasa nada aquí estamos todos juntos para pasar un rato bonito—Lo abrazó.

Rebeca se encargó de que cada invitado encontrara su cuarto, habló con los sirvientes y esclavos que vinieron con sus amos y les señaló la casa de atrás donde debían acomodarse como pudieran. Los invitados, cansados por no haber dormido en una noche de baile loco y una mañana de cabalgata, se dejaron caer sobre los lechos mullidos y durmieron hasta entrada la noche cuando en el comedor les esperaba un caldo de patas con ají y tamales de mote rellenos de pollo.

Ismael se acercó a la marquesa y le dijo algo al oído. Mariana se levantó, dejó la servilleta sobre la mesa y dijo en voz alta:

¿Quien quiere jugar?

Todos se levantaron y tiraron las servilletas sobre la mesa mientras trataban de formar grupos antes de entrar en el salón de juegos.

Pedro, no te apartes de mi lado y llama a La Condamine a nuestra mesa—Dijo el marqués.

Se sentaron alrededor las mesas que estaban dispuestas con tapete y pilas de cartas; los académicos habían puesto de moda los naipes franceses y los quiteños se olvidaron de la baraja española cuando los académicos estaban invitados. Ismael y dos sirvientes uniformados pasaron licor de cacao y café hecho en la casa, una esclava llevó charoles con copas de pisco y aguardiente. Cuando terminaron de jugar llegó un grupo de músicos que ejecutaron contradanzas, se formaron las cuadrillas y bailaron hasta bien entrada la madrugada.

Es una noche muy francesa dijo—José a Paul mientras jugaban billar en una esquina del salón.

Cuando el reloj de pedestal dio las cinco de la madrugada, la marquesa propuso:

Vamos a recibir al sol en el vado—al ver la cara de estupor explicó—mi marido mandó a represar un poco del Machángara para poder bañarnos lejos de las miradas ajenas.

Los sirvientes ensillaron nuevamente las mulas y los caballos y minutos más tarde bajaron por el camino sinuoso y fragante de la madrugada.

El sol apareció cuando todos ya habían desmontado, los indios se hicieron cargo de los animales, doña Rosa lloró enternecida por el momento, uno de los músicos rasgó la guitarra y las mujeres entonaron canciones alegres que habían aprendido de sus esclavas negras. Luego de un rato se echaron sobre la hierba y dejaron que el sol los calentara poco a poco, estaban bastante más bajo que Quito lo que hacía que la temperatura fuera mucho más cálida. Dormitaron por un rato, el aire los arrulló. Tendidos sobre la hierba miraron las nubes en el cielo azul intenso y las aves sobrevolando el chaparro. Una luz mágica bañó los párpados cerrados y los pies descalzos hasta que hizo tanto calor que tuvieron que desperezarse y estirar los brazos. Con el sol poderoso sobre sus cabezas se levantaron y decidieron meter los pies en el agua helada.

¡Qué delicia!

Ven, Rosita. Haz la prueba, está delicioso.

Doña Rosa miró a su amiga Mariana con los pies metidos en el agua y le dijo:

No, no me atrevo, el agua debe estar helada.

Los hombres se fueron animando y metieron poco a poco los pies descalzos en el agua fría, al principio gritaban ¡achachai! luego se acostumbraron.

Vengan, vengan bonitas después de un momento ya no se siente frío, los pies se amortiguan y ayuda a terminar con el chuchaqui.

No se olviden de ponerse agua en la coronilla, si no nos va a dar insolación—Gritó Gregorio.

No , en el pelo no—Protestó la marquesa que chapoteaba los pies sin alejarse mucho por miedo a caer en un sitio muy profundo.

Agua en la cabeza, todos—Dijo el marqués y enseguida pasó su brazo izquierdo por la cintura de Mariana y con la mano libre le puso agua helada mientras ella protestaba sin poder defenderse.

Los demás hombres tomaron por la cintura a las mujeres y les pusieron agua entre risas y aspavientos, cuando las mujeres estuvieron libres botaron agua a los hombres y terminaron todos mojados y riendo a más no poder.

¡Que toque el músico!

Los músicos volvieron a entonar canciones y ellos bailaron entrelazados, mojados y con la ropa pegada al cuerpo, la guitarra sonó más alegre que nunca. La voz de uno de los músicos era tan fuerte y hermosa que el baile se hizo más íntimo, como una caricia, los labios se rozaron, los brazos ciñeron con más fuerza las cinturas y ya no sintieron el picor de la hierba. Ismael, como mago pasó aguardiente sin que nadie supiera de donde lo sacaba. Doña Rosa se dejó llevar por los brazos fuertes y poderosos de La Condamine. Las parejas desaparecían entre los matorrales y regresaban para retomar el baile y el aguardiente.

Cansados de tanto trasnochar, bailar y beber se dejaron caer nuevamente sobre la hierba, el marqués llamó a Ismael y le ordenó:

Anda a la casa y trae el almuerzo.

Todos dormitaban sobre la hierba mientras el sol les secaba las ropas.

Las cabezas bajo la sombra—Ordenó el marqués y todos se acomodaron a la sombra de los molles.—Nos puede dar una insolación si nos dormimos con la cabeza al sol.

Era pasado el mediodía cuando llegó Ismael con las mulas cargadas de bultos con fritada, mote, tostado, chochos, plátanos fritos, llapingachos y pondos de chicha fresca. Se levantaron hambrientos y se sentaron alrededor de una pañoleta azul añil en la que los sirvientes dispusieron las fuentes con la comida que les pareció la más rica del mundo . El viento comenzó a soplar con suavidad y brindaron con chicha dulce.

Pedro Vicente y La Condamine conversaban bajo la sombra de un árbol de aguacate frondoso.

Qué bien se está aquí, Pedrito—La Condamine se puso de costado y aspiró hondo—Es tan dulce el aroma y la sombra de éste árbol—Suspiró—los días que he pasado en Quito han hecho que olvide un poco el trabajo terrible que hacemos.

Sabemos lo duras que han sido las mediciones que hacen con tanto escrúpulo y dedicación, como si fuera una misión que recibieron del mismísimo cielo. Ustedes son admirables.

La Condamine, sonrió de una manera que a Maldonado le pareció llena de amargura y dijo:

Mi querido Pedro, es una enfermedad que nos acosa a todos, nos hemos peleado y distanciado y el terreno es tan duro y el clima tan inclemente que Godin se ha desmayado muchas veces y a mí me han sangrado las encías tanto que pensé que iba a perder los dientes.

Ese es el soroche, no deberían acampar tan alto ni quedarse ahí por tanto tiempo. Pueden bajar y regresar….

Imposible. Nos hemos quedado hasta dos meses con los miembros entumecidos de frío, casi sin comida porque encender una hoguera se vuelve más difícil que resolver una ecuación. Sin embargo, nos quedamos esperando que se dispersen las nieblas y poder ver aunque sea por un instante el cielo azul para hacer las observaciones, es muy raro que se despeje.

Por eso los llaman Los Caballeros del Punto Fijo, porque son un dechado de trabajo y profesionalidad.

Pedro, a veces pienso que tanto cálculo y trabajo es una muerte lenta.

Todo trabajo académico es muy doloroso.

Sí, Pedro. Pero estoy seguro de que es maldad hacer calcular y recalcular a quien el cálculo produce fiebre, sin piedad y sin fin, sin nunca poder regresar sobre sus pasos y remontar hasta la causa de los errores del cálculo, sin cometer otra nueva equivocación.

Ese es el vía crucis del académico, se está escribiendo un capítulo más en la historia de la ciencia, y tú vas a ocupar un lugar importante.

¿Crees que alcanzar la inmortalidad es lo único que nos mantiene bajo el hielo, la nieve y los vientos atroces?

Bueno, bueno. Ahora hay que pasar unos días alegres, no dejes que el páramo y las neblinas te depriman.

No, yo no me deprimo—La Condamine cambió de posición y se sentó con la espalda pegada al tronco del árbol, con la mano sostuvo unas pepas de aguacate limpias ya por el tiempo y las aguas y dijo—Pero al ver estas semillas grandes y lustrosas pienso en Jussieu que es un gran botánico—Se limpió las hojas secas de la casaca y miró cómo los otros se habían sentado alrededor de Rosa que tocaba la guitarra. Hizo un ademán para levantarse y unirse al grupo, pero Maldonado lo retuvo y le preguntó:

¿Qué pasó con Jussieu? No hemos sabido de él en mucho tiempo.

Ah, mi querido Pedro. Está en un estado de depresión que no sabemos qué hacer. Seniergues está desesperado porque él como médico necesita a su botánico. Vamos a ver si logra sacarlo de ese estado de melancolía.

La Condamine se levantó para unirse al grupo que cantaba alrededor de Rosa. Maldonado lo vio pedir una guitarra que rasgó y se puso a cantar en francés.

Cuando los invitados regresaron a sus casas, Pedro Vicente Maldonado lo hizo con los Maenza. Estaban tan contentos que ni siquiera se retiraron a sus habitaciones a descansar; pasaron la tarde conversando mientras tomaban café con leche y galletas de anís, a la noche cenaron en el estrado, junto al brasero caliente y perfumado con cedrón.

Estuvo todo muy bien, Mariana y Gregorio. Se lucieron como siempre.

Sí, parece que todos quedaron contentos. Me causó gracia La Condamine bailando y cantando en francés. Es un encanto.

Sí, pero lo vi un poco taciturno cuando conversaba contigo, Pedro—Dijo Gregorio.

¿A qué momento?

Cuando charlaban debajo del aguacate

¡Ah, sí! Me estaba comentando lo duro que se les está haciendo el trabajo de mediciones en Yaruquí y en todos los sitios donde han estado. Les ha tocado un año fatal, el clima ha estado más severo que nunca. Se les vuelan las carpas, los vientos son infernales, aparte que se enferman mucho.

Tú también has pasado por tormentos iguales, Pedro.

Sí, el trabajo de un académico es duro—Pedro se puso de pie y estiró las piernas, dio unos cuantos pasos y se volvió a sentar, dijo—Lo que me preocupó fue lo que me contó sobre Jussieu.

¿Qué le contó?—Mariana se acercó lo más que pudo a Pedro para no perderse ni una palabra.

Me dijo que el botánico está sumido en una terrible melancolía.

Bien depresivo es ese francés—Dijo Gregorio.

¿Pero por qué, qué le pasa?—Preguntó Mariana.

Pienso que los fondos que ha logrado recoger La Condamine no alcanzan para los trabajos que Jussieu sueña, ya saben, es un fanático herbolario.

Todos sabemos que es casi un médico y anda con casaca de paño azul, sombrero de pico, zapatos con hebilla de plata y el bastón de oro, igual que Sienergues que es el cirujano oficial de la misión.

Conversaban muy cerca del brasero por el frío de la noche y el cansancio de tantos días de fiesta.

Les propongo ir a visitarlo uno de estos días.

Se va a intimidar con tu presencia, Mariana. Los geodésicos no se rodean de mujeres.

Qué equivocado estás, Gregorio. ¿No viste cómo bailaba La Condamine?

La Condamine es un hombre de mundo, de la corte. Jussieu es tímido a morir y tú puedes acoquinar a cualquiera.

¿Yo? Lo que no quieres es que vaya con ustedes, les gusta estar entre hombres y las mujeres sólo como adorno de la casa.

No es verdad, y para que veas que no pienso así, mañana vamos los tres a visitar al lunático de Jussieu.

Gracias, con tu autorización todo se puede.

Mariana, por favor no te pongas insoportable—La tomó de la mano y le dijo—Ven, ponte así a mi lado y no te pongas brava por cualquier cosita.

No me dirán que están chuchaquis y se van a pelear delante mío.

No, no. Es que extraño mucho a mi marido, casi no lo veo y él quiere armar visitas sin mí, es decir, no me quiere ver.

Gregorio la acunó entre sus brazos por un rato, luego ella se zafó del abrazo y dijo:

Mañana vamos con Rebeca y una cocinera para que nos haga café o chocolate, en fin, yo me encargo de llevar todo para que no se sienta mal por nuestra presencia.

Esa es una excelente idea, Mariana—dijo Pedro Maldonado y se sirvió un vaso de agua.

El marqués dijo:

—Pienso que Jussieu debe haberse deprimido también con tanto enfermo pobre, tanta suciedad y dolor en los hospitales de la ciudad. Es un horror cómo mueren de hambre y abandono los enfermos.

Sí, pero además está la cuestión económica, parece que no tiene un centavo para sus expediciones—Dijo Gregorio.

Bueno, Siniergue está haciendo una fortuna con su atención a los clientes ricos. Es un gran médico pero necesita al herbolario que es Jussieu. Con su dinero a lo mejor lo puede ayudar, veo que todos se ayudan entre sí—Dijo Pedro Vicente.

Siniergue también es nuestro médico, le tengo una confianza ciega—dijo Gregorio y se puso de pie—Bueno, creo que ya no podemos más del cansancio, vamos a dormir.

A la mañana siguiente, los Maenza y Pedro Maldonado caminaban por las calles de Quito. Adelante iban Mariana, Gregorio y Pedro que no dejaban de conversar, dos cocineras y dos indios transportaban todo lo necesario para preparar un desayuno en casa de Jussieu. Hicieron tanto ruido al entrar, que el francés, que estaba en cama, mandó a su único sirviente a que viera qué pasaba.

Señor, dicen que son los marqueses de Maenza y don Pedro Maldonado, vienen a desayunar con usted.

¿Pero qué modales son estos? Yo necesito dormir un poco más—Se volteó en su cama y se volvió a dormir como si no pasara nada.

Entró la marquesa y sin pedir permiso se dirigió hacia las ventanas y las abrió de par en par, luego hizo lo mismo con el cortinaje del lecho. Jussieu no se dio por enterado. Ella lo sacudió con delicadeza mientras le decía:

Señor Jussieu, lo hemos venido a visitar, no puede ser tan descortés como para no salir del lecho.

Por favor, que alguien me ayude, quiero dormir.

La marquesa se sentó al borde de la cama y le dijo:

Lo siento, nadie puede ayudarlo, hemos tomado su casa por asalto, si quiere llamo a su sirviente o caso contrario lo visto yo.

A mi sirviente, por favor.

Está bien, mando a su sirviente y lo esperamos afuera.

Las cocineras y las esclavas no encontraban ni un perol así que tuvieron que abrir los bultos y sacar todo, hasta las tazas y el mantel. Prendieron el fogón con la leña que trajeron y en una hora estuvo todo listo y se sentaron a la mesa, Jussieu entró al último con ropas sucias y la barba descuidada.

No debieron venir, hay que respetar el horario de dormir.

Pero si ya son las once de la mañana, ya no es hora de dormir—Le dijo Pedro Vicente.

Las horas de dormir son cuando a mí me da la gana.

Bueno, no sea tan bravo y tómese el chocolate, está delicioso—La marquesa ordenó a una esclava a que vertiera chocolate en la taza del francés.

¿Está de su agrado?

Jussieu, presa de un apetito voraz no contestó. Se tomó dos tazas y un pan dulce redondo. Dijo:

Los imperios necesitan demostrar que poseen algo más que colonias—mojó el pan en el chocolate y sin mirar a nadie, continuó—Quieren apropiarse de todo el conocimiento, por eso estamos aquí, para llenar los museos con lo que descubrimos; hierbas, insectos, árboles. Europa necesita mantener el control del mundo con respaldo real y divino.

Ustedes van a tener la gloria y el reconocimiento mundial por los trabajos que están realizando.

Usted lo ha dicho, marqués—posó la mirada nublada sobre Gregorio y continuó—Todos vinieron por la gloria y la inmortalidad, pero hay otros que llegaron a sitios más fáciles como el Ártico y ya tienen el reconocimiento de la Academia. Pobres mis compatriotas que siguen escalando montañas con las caras quemadas y la salud quebrantada.

Pedro Vicente y Gregorio se miraron mientras el botánico seguía hundido en su taza, Gregorio dijo:

Su amigo el cirujano Seniergues me dijo que ha levantado una pequeña fortuna para que usted y él vayan a Loja..

Gregorio no pudo terminar porque Jussieu levantó bruscamente la cara y apartó la taza, dijo:

Esa sí es una buena noticia, si han venido para contarme eso, me han hecho feliz.

Ya ve que fue buena la vista—Dijo Mariana, pero Jussieu la miró con desconfianza.

Viste cómo acoquinas a los hombres—Gregorio le susurró al oído.

Jussieu se levantó de la mesa y caminó por la habitación; una agitación nerviosa lo obligó a mecerse los cabellos y dar pasos rápidos.

Ahora sí voy a ver bien el árbol de la quinina, La Condamine es tan mal dibujante que no se entiende nada de lo que dibuja. Tengo que ir para verlo con mis propios ojos y estudiarlo…llevaré a Moranville, tiene que hacer dibujos perfectos, mi sueño se ha hecho realidad.

Ya ve, todo se soluciona en la vida.

¡Ah, madame! Estoy tan feliz que quiero ir a pasear, vamos que hace un sol tan lindo—Le ofreció el brazo y salieron.

Mariana corrió del brazo de Jussieu hasta que se detuvieron delante de una de las cruces de la ciudad. Hacia allá se dirigió el marqués y sujetando a Mariana por el brazo le dijo:

—Creo que ya hemos hecho suficiente, ahora regresamos a la casa. Jussieu está en otro mundo.
—Señora, será mejor regresar—Dijo Rebeca.
A Mariana le dio pena dejar al botánico pero éste no se movió de su sitio y miró a la cruz como si fuera lo único que le importara en el mundo.

Lámina: En el Sena. Autor Coubert

 

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