Plaza_principal_de_Quito,_anónimo_-_siglo_XVIII_(Museo_de_la_Moneda,_Bogotá)

¡Qué bueno que el rey de España sea francés!—Dijo La Condamine mientras embarcaba en el Callao para dirigirse a la Real Audiencia de Quito.

Cuidado alguien lo puede escuchar, amo—Le advirtió Josué, el esclavo negro que lo había acompañado en Lima.

Nadie nos escucha, mira, están ocupados en que las maletas lleguen bien, hay mucho ruido, pero yo lo quería decir así, al mar, al cielo.

Pero amo, Felipe V no es francés, es español, nacido en Madrid.

Felipe V, nacido en Versalles, nieto de Luis XIV es francés y esa es nuestra suerte.

No entiendo por qué.

Ahora en España gobierna la dinastía Borbón, ya se acabaron los Hasburgos que no dejaban a ningún extranjero venir acá, claro que ahora es igual, pero como Luis XV es sobrino de Felipe V, recibió permiso de su tío, el rey de España para que llegue a la Real Audiencia de Quito la Misión Geodésica Francesa, por eso estamos aquí, para determinar por dónde pasa la línea equinoccial, pero sobre todo, para conocer la forma exacta del planeta.

Josué miró con cierta desaprobación la conducta audaz de su amo. Viajaban a Quito a enfrentar un juicio por contrabando, La Condamine estaba enjuiciado y en lugar de sentir miedo se ponía así de contento.

Su merced, disculpe que me entrometa en sus asuntos pero por lo que sé el rey español mandó a don Jorge Juan y don Ulloa para que hagan un reconocimiento de los territorios españoles.

La Condamine miró a su esclavo y soltó una carcajada mientras decía:

Se nota que eres listo y que has aprendido mucho con nosotros, yo digo lo que tú no puedes decir, que los dos marinos españoles son espías, como lo oyes, espías.

Josué rezaba para que su amo hablara más quedito, pero no había forma, reía a carcajadas. Miró a su alrededor y vio que nadie los escuchaba, se pasó la mano por la frente.

Esa noche, La Condamine se acostó en el lecho de su camarote. estaba tan contento que no dejaba de estirarse, cambiar de lado y soñar con el dinero que había conseguido. En las tertulias se enteró del movimiento entre los altos funcionarios y en sus recorridos por los barrios bajos supo cómo los poderosos movían los hilos desde arriba para que los de abajo ejecutaran los trabajos difíciles sin conocerse entre si. Pensó que las estrellas en la latitud de Quito brillan con más claridad, se pierden tras los nevados y se comunican a través de un lenguaje luminoso.

Por fin un día, La Condamine y Josue llegaron a las cercanías de Quito y se alojaron en una de las propiedades que el marqués de Maenza había puesto a su servicio. Ahí durmió una noche, descansó, se bañó y se adecentó para entrar como un académico francés elegante.

¡El marqués piensa en todo! Fíjate que nos ha dejado una cocinera, un caballo con montura, un sirviente y dos indios. Ahora entro a Quito con gusto, no como la primera vez que tuve que esconderme por no tener mi ropa.

Mi amo está elegante—Dijo el esclavo mientras le colocaba la peluca.

Me parece escuchar el ruido de unos caballos, ve a ver quién es.

Pero antes de que Josué saliera a la puerta, esta se abrió y por ella entraron dos jóvenes con capa que lo abrazaron y le palmotearon mientras reían.

Mis queridos Gregorio y Pedro Vicente…¿Qué hacen aquí?

Pedro Vicente Maldonado y el marqués de Maenza traían en su ropa el aire fresco del campo, se veía que habían galopado para llegar a tiempo y no dejarlo solo.

¿Crees que hubiéramos permitido que entres a Quito solo si tienes enemigos en el gobierno?Te pueden hasta detener, uno nunca sabe lo que puede pasar ante el poder real—Dijo Gregorio sentándose en una butaca desde donde podía ver a La Condamine frente al espejo mientras su esclavo lo terminaba de vestir.

Un sirviente se presentó, hizo una venia para saludar a todos y luego se inclinó ante el marqués para preguntarle:

¿Desea que le sirva algo su merced?

Sí, trae una jarra de limonada para todos, estamos sedientos.

Cuando terminaron la limonada, montaron sus caballos y emprendieron la entrada a Quito, galoparon a campo traviesa hasta tomar el camino y no bajaron la marcha sino cuando estuvieron a las puertas de la ciudad. La mañana era soleada, las nubes aparecieron poco a poco tras el Pichincha. Sol de aguas, pensaron todos presintiendo la lluvia de la tarde.

Hermosa mañana para entrar a Quito—Dijo La Condamine mientras bajaban la marcha—Gracias otra vez por ser tan amables conmigo, llegar donde mis verdugos con dos criollos es más de lo que hubiera podido soñar, parece una aventura increíble.

Los jóvenes rieron y el académico contestó los saludos de la gente que pasaba a su lado. Dijo en francés para que no lo entendieran los que se acercaban:

Tengo la seguridad de que este juicio se va a resolver a mi favor.

El presidente es buena persona pero tiene un carácter que lo sobrepasa, no sabe cómo moderar sus enojos. Fue muy amigo mío en Lima, acudimos a las mismas fiestas y estuvo en mi casa muchas veces—Dijo el marqués—Es criollo, nacido en Lima, sin embargo, ha logrado enemistarse con nosotros y con las autoridades españolas, en este mismo momento salen cartas para el Virrey y para el Real Consejo de Indias con denuncias sobre el contrabando que hace a vista y paciencia de todos.

La Condamine exclamó:

¡Y me enjuician a mí por contrabando, bah!

Las casacas bordadas en oro resplandecieron bajo el sol, los caballos se pusieron nerviosos. Los que se agolparon al borde del camino, los aplaudieron cuando pasaron. Ya en la ciudad, se detuvieron frente al palacio de La Audiencia y entraron escoltados por los guardias reales, los sirvientes se hicieron cargo de los caballos.

En la sala de justicia de La Audiencia tuvieron que achicar los ojos mientras se iban acostumbrando a la oscuridad. La Condamine, súbitamente nervioso, perdió el paso pero la presencia de sus amigos lo animaron. Poco a poco la luz, que se filtró por las ventanas altas, desveló los rostros de los jueces y oidores que tenían la expresión fruncida y siniestra. La Condamine se separó de sus amigos y avanzó hasta ocupar el lugar que le asignaron, se sentó y cuando alzó la vista vio la sala llena de los criollos que habían venido a apoyarlo de todo el territorio de La Real Audiencia de Quito, alcanzó a ver entre ellos a sus amigos franceses, a todos. Ahora entendió las caras sombrías de los jueces que no querían enemistarse con los dueños de estas tierras, las autoridades españolas no contaban más que con las cartas de quejas que enviaban al virrey en Lima o al Real Consejo de Indias en España, pero quienes mandaban en estas tierras eran los que habían venido a respaldarle. Lo que pasó después no lo hubiera creído si no lo vivía en persona; no necesitó de abogado, se defendió solo, habló de manera gentil y sabia, hizo reír tantas veces a los asistentes que los jueces no tuvieron más remedio que reír también y así, sin mayores esfuerzos logró deshacer el juicio puesto por el Presidente de La Real Audiencia, José Araujo y Ríos que casi sufrió un síncope cuando se enteró que La Condamine salió absuelto sin que se haya hecho un debido proceso.

Estos criollos van a pagar muy caro lo que han hecho—Gritó en sus habitaciones privadas.

Pero si eres criollo tú también, no entiendo porque te enemistas con todo el mundo—Le dijo Rosa tratando de calmarlo.

No puedo estar con ningún bando, ¿no entiendes que soy la autoridad y que me debo al bien común?

Claro que te debes al bien común, pero hay que saber actuar con cierta habilidad sin hacer enemigos en cada esquina.

José Araujo se dejó caer sobre el lecho y con la cabeza entre las manos se quedó en silencio. Rosa enternecida se sentó a su lado y lo abrazó mientras le decía:

Eres el mejor de los hombres, quieres hacer todo bien pero no te das cuenta que desatas actitudes irreverentes en quienes deberían obedecerte, los atacas sin son ni ton y ellos se unen y se defienden—Le pasó la mano por la cabellera oscura y abundante mientras decía—A ver, te has peleado con el fiscal Balparda, con Ulloa, con Jorge Juan y con todos los académicos franceses. Además con todos los criollos…¿No eras amigo muy cercano del marqués de Maenza? Fuiste muy tonto al pelearte con él, mandaste una queja al Rey para que lo sancione, te imaginas lo que va a pasar cuando le llegue el castigo desde España, eso no te lo va a perdonar nunca.

Tú que eres tan dulce y amiga de los criollos puedes interceder ante ellos.

No, recuerda que soy una mujer y en esta sociedad las mujeres no contamos para nada aunque seamos mucho más inteligentes y acertadas que algunos de ustedes, nadie me va a escuchar así que mejor hazme caso tú.

José Araujo la miró tan segura, tan inteligente y tan amiga suya que le dijo:

Está bien, hago lo que tú me digas.

Primeramente vas a ayudar a La Condamine y a todos los de la Misión Geodésica, les vas a dar todo tu apoyo, luego tendrás que amistarte otra vez con el marqués de Maenza, es demasiado poderoso como para ser su enemigo.

Pero Gregorio nunca me va a perdonar, es muy orgulloso.

Lo hará, es joven, agradable y de buenos sentimientos, ya lo verás.

Pero van a venir sanciones para él.

No importa, primero porque van a demorar mucho y luego porque nunca se sabrá quién es el que lo ha denunciado por meter candela entre criollos y españoles, no eres el único que escribe quejas al Rey, lo hacen todos los fiscales, comisarios y corregidores, esto no es más que un hervidero de chismes.

Bueno, si es así podemos empezar por invitar a todos a una cena en el palacio de La Audiencia.

No, no podemos emular una fiesta del marqués ni de sus amigos. Lo que tienes que hacer es conceder permisos, ayuda de hombres para los trabajos de los académicos, luego poco a poco las cosas volverán a su cauce.

Un cauce que nunca existió—Suspiró José Araujo buscando refugio en el pecho de su esposa.

Bueno, bueno. Pero podemos ir encauzando todo esto poco a poco, no te olvides de asistir en todo a Pedro Vicente Maldonado, es un sabio y es criollo…Muy amigo de La Condamine.

Está bien.

Y mientras eres conciliador con los criollos te pones a arreglar tus papeles, probar que no has cometido ningún desacato, ya sabes que te han denunciado como contrabandista y jugador empedernido. Para cuando llegue el momento tenemos que salir de aquí rumbo a España a explicarle todo al Rey.

José Araujo y Ríos, presidente de La Real Audiencia de Quito se dio cuenta que estaba hambriento, no había comido bien en los últimos días por tanta preocupación y la desobediencia de quienes eran sus subordinados. Se preguntó si él sobraba en un territorio que estaba bajo el mando de criollos ricos, dueños de inmensas propiedades donde mandaban como reyes y por otro lado los funcionarios de la corona que no entendían a qué hora se había formado esa clase tan poderosa si no eran más que americanos de segunda categoría. En toda esta pelea él era el que recibía los golpes de uno y otro bando y encima la visita de estos sabios franceses que medían latitudes, distancias que él no entendía y el relojero que pasaba de casa en casa arreglando relojes, de iglesia en iglesia reparando campanarios y fabricando nuevos instrumentos para reemplazar los que destrozaban los franceses en sus viajes febriles por todos los montes y nevados de los alrededores. Se separó de los brazos de Rosa y dijo:

Me muero de hambre, Rosita. Avisa a Yolanda que nos sirvan la comida más temprano que de costumbre.

En ese momento el piso comenzó a temblar, el presidente pensó que era un atentado y buscó su espada.

No hagas tanta alharaca, es un temblor.

No me gusta que todo el tiempo tiemble, cualquier rato hay terremoto.

No pienses en eso y trata de evitar un terremoto político.

En ese instante entró Yolanda con la comida, dijo:

¿Sintieron sus señorías el temblor? Bien fuerte fue.

Lámina Plaza Mayor de Quito a finales del siglo XVIII. Autor anónimo. Museo de la Moneda Bogotá

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