pachosola

 

José y Rebeca se encontraban en la hacienda de Pachogsola visitando los almacenes del obraje. José, con el libro de cuentas, anotaba las cantidades de todo lo que se había manufacturado ese año. Escogía lo mejor para llevar a Lima y abastecer de productos de la tierra al almacén Polvos Azules que hacía de mayorista en esa ciudad. Rebeca pasó la mano por las frazadas de lana pura, algunas de alpaca, la mayoría de lana de oveja. Una sensación de bienestar la invadió al sentir en su piel la delicadeza y los colores naturales, el olor a campo que se sentía en el lugar, todo cabía dentro de un orden absoluto.

Qué bello es esto, don José.

Parece mentira que sea hecho por los indios.

Rebeca palpó con sus manos los sombreros, las alpargatas, las sogas, las bridas. Le gustaba el frío que hacía en el interior y el sol que iluminaba las estanterías al entrar por las ventanas altas. Aspiró con fuerza como si quisiera dejar grabado en su memoria aquella mañana, el aire se filtró entre los paños de algodón y lana. Se estremeció cuando vio los látigos con todo su esplendor, bellos y bien logrados, todavía no tenían esa apariencia opaca que adquirían cuando azotaban sin piedad a los indios en los obrajes, en las siembras y en los caves de papa. Se puso a inspeccionar las alpargatas y las sillas de brida, pero no pudo dejar de pensar que hasta los látigos que se usaban contra los indios, los hacían ellos mismos. José estaba con un ayudante que iba contando la cantidad de mantas, ponchos, alpargatas y todos los productos mientras él anotaba en su libro de cuentas. Así debían ser los tambos de los incas con la diferencia que en esos lugares antiguos se encontraban cosas de tal finura y belleza que ahora sería imposible imitar, pensó José mientras anotaba lo que su ayudante le dictaba. Rebeca palpó las mantas de color azul tan cotizadas en el exterior y escuchó al ayudante de José dictar:

50 mantas capa de duque, 80 pardos, 90 alas de mosca, 100 almendrucados, 80 hojas de olivo,

130 florentines.

Hermosa forma de nombrar los diferentes colores logrados con tintes naturales; de hojas de nogal, flores de isso y cholán, pensó Rebeca y dijo:

Parece que ya termina, don José.

Sí, sí. Sólo falta una minucia y estamos afuera.

No me diga que no se muere de hambre, estamos desde las cinco y media de la mañana y ya van a ser las nueve, me muero de ganas de un buen desayuno de campo.

¿Con huevos y pan?

No, con pan, nata batida y café negro.

Qué rico—Dijo José frotándose las manos para entrar en calor.

Cuando terminaron el inventario, salieron y el aire frío de la mañana les hizo titiritar un poco, Rebeca se arregló la manta con la que se cubrió la cabeza, dijo:

¡Achachai!

Entraron en la cocina que olía a pan salido del horno.

Huele bien—Dijo José mirando las paredes cochambrosas de la hacienda-obraje que estaban inspeccionando.

No sabe lo que me costó volver a poner todo en orden en la Ciénega—Rebeca deslizó con sus dedos el rebozo y quedó con la cabeza descubierta.

La vi, la vi. Estaba furiosa.

Y cómo no iba a estarlo si se han tomado dos años de vacaciones, los años que la familia se trasladó a Quito.

Parece que el marqués ha decidido pasar seis meses acá y seis en Quito.

Me parece lo mejor o sino la casa de La Ciénega se cae. Imagínese que me encontré con las gallinas en la sala principal, los muebles eran tacines de huevos, no vea la cantidad de plumas, huevos rotos, pollos chiquitos correteando por las alfombras—Puso los codos sobre la mesa y dijo—Cómo quiere que no me ponga furiosa. Tuvimos que traer dos cuadrillas de indios para que laven las alfombras y pongan cera de abeja en los pisos—Miró a su alrededor y dijo—Esto es un asco, hice arreglar lo que pude. Mis obligaciones son con la Ciénega y no con esta cocina—Miró con desagrado el lugar humilde y sucio.

¿Le va a contar al marqués como encontró la casa?

Ni muerta, me mata aunque yo no tenga la culpa.

En ese momento llegó una sirvienta desaliñada que puso sobre la mesa las tazas, el pan caliente, la nata batida en un recipiente redondo y la esencia de café en una botellita de cristal con su tapa. Rebeca puso un poco de esencia en las tazas, la muchacha regresó con la jarra de leche caliente que vertió sobre la esencia, cada uno se puso dos cucharas de azúcar y tomaron café y pan con nata.

Tiene razón, doña Rebeca. Al marqués le gusta ver resultados no explicaciones.

¿Se acuerda que quiso traer gente de Europa para que trabajen con salario en los obrajes, qué pasó con eso?

No se lo permitieron, los trámites burocráticos son imposibles y a los españoles no les interesa que venga más gente, tienen miedo que se quieran convertir en amos, ya sabe doña Rebequita, menos bulto más claridad.

Menos boca más me toca—Terminó la frase Rebeca y con las manos limpió las migas de pan salpicadas en el vestido.

Antes de ir a inspeccionar el obraje vamos un ratito a mi despacho, tengo que llevar los libros y poner los nombres de los nuevos encargados.

Llegaron al despacho que quedaba en uno de los corredores traseros de la casa de hacienda. José abrió la puerta con su llave de loba y se quedó maravillado al ver que todo permanecía igual que antes de su partida, dos años que no entraba en lo que siempre consideró uno de sus dominios. Rebeca lo siguió de cerca y se fijó que lo único que estaba sucio eran los vidrios de las ventanas, las abrió y el aire removió el olor mohoso.

Qué rico que es ese olor a hierbas silvestres, es bien bonito vivir en el campo—Dijo mientras José buscaba entre sus libros el que necesitaba.

—¡Por fin, mi libro de cuentas! Exclamó José al encontrar lo que tanto buscaba. Dijo:

-A ver doña Rebeca haga el favor de dictarme los nombres que están en este papel

Rebeca tomó el papel entre sus manos y cuando José estuvo sentado con la pluma empapada en tinta dictó:

Administrador:

Salvador Lujano

Rayadores

Juan Hoca Pedro Guaca, Bartolomé Chicuemba

Comitres

Juan Carguay, Blas Cusco, Juan Cusi

De todos el único antiguo es el Juan Hoca, a ese lo conoce el marqués, los demás los ha traído el nuevo administrador.

No sé por qué me da mala espina estos cambios, no sé por qué el patrón le dio un cargo tan importante al Salvador Lujano—Dijo Rebeca.

Salgamos ya—Dijo José mientras mantenía la puerta con su mano que cerró apenas salieron.

Caminaron por el empedrado mojado por el agua de una acequia desbordada, José dijo:

¿Ve lo que le digo Rebeca? Hasta las acequias están descuidadas, tengo que hacer una inspección del agua antes de que venga el marqués.

Rebeca asintió con la cabeza tratando de no mojarse los zapatos. Ojalá no me resfríe porque tengo tanto que hacer, pensó mientras saltaba unos charcos y recogía con sus manos el vuelo de su vestido oscuro. Por fin llegaron al edificio grande, de paredes de adobe mal pintadas con ventanas enrejadas situadas en lo más alto para que nadie pudiera escapar ni distraerse viendo lo que pasa en el exterior, la puerta estaba cerrada. José llamo al administrador y como no obtuvo respuesta gritó a todo pulmón:

¡Salvador Lujano!

La puerta del obraje se abrió y salió un hombre alto que usaba poncho azul añil, sombrero de fieltro, botas hasta la rodilla y un acial o látigo con el que golpeaba sus botas. Dijo:

Buenos días, don José—Se sacó el sombrero para hacer una venia.

Rebeca se estremeció, siempre había pensado que era un hombre malo y así se lo susurró al oído a José:

No me gusta ni un poquito, se le han subido los humos.

Cuando llegaron cerca de Salvador Lujano, se saludaron y José dijo:

Venimos de parte del marqués para hacer la inspección.

Entre, entre nomas, que aquí no se esconde nada.

José y Rebeca subieron las gradas de piedra desiguales y entraron por la puerta oscura y llena de hollín. Rebeca no pudo contener un grito cuando sintió el olor nauseabundo.

Parece que es usted demasiado sensible, doña. Será mejor que espere afuera.

La señora Rebeca tiene órdenes del marqués de saber todo lo que ha sucedido en estos dos años en la hacienda y en el obraje.

El obraje es el corazón de la hacienda, don José. El corazón no descansa nunca.

Rebeca, aterrorizada por el olor y las tinieblas fue enfocando los ojos, una tenue luz caía de lo más alto de las paredes. Parecía el infierno y poco a poco fueron apareciendo los rostros taciturnos, tristes y grises de infelices que no dejaban de accionar las ruecas, los telares, las cardas y devanadoras. Las cabelleras largas, descuidadas y llenas de piojos caían sobre las espaldas de los hombres que no alzaban la vista de los telares. Si un indio se equivocaba en su labor, uno de los comitres destellaba el látigo sobre la espalda semi desnuda. Rebeca vio que todos recibieron latigazos, las caras angustiadas, la palidez y la delgadez la horrorizaron. Más allá, en una especie de cuarto abierto vio las pailas de bronce donde se tinturaba la lana. Las hermosas mantas azul añil salían de ese infierno.

Parece que no van a poder quedarse mucho tiempo aquí, don José, esto es trabajo de hombres.

¿Está insinuando que no soy hombre, Señor Lujano?

No, pero es usted demasiado fino como para atender estos menesteres, déjenos a nosotros los chagras y gente del campo manejar a los indios. Nunca han trabajado tan bien, han sido los años más productivos porque no somos mariquitas que tratamos a los indios como si fueran unas damitas. No, aquí se trabaja en serio y se pagan los impuestos.

No tengo tiempo para hablar con usted en este momento, lo espero a las cuatro de la tarde en mi despacho, tenemos que hacer un informe completo de la forma en que está manejado este obraje—Dijo José y salió.

Rebeca lo siguió y se puso las manos en el pecho para que no se le saliera el corazón. Se alejó un poco y vomitó el desayuno.

Rebeca, no se ponga así—Le dijo José que la esperaba a lo lejos hasta que se pusiera mejor.

¡Ese lugar es horrible, qué olor, qué dolor!

Pero usted ha visto foetear a los indios, ha visto a los mayorales montados en sus caballos pegar con el látigo a los indios, lo hacen siempre en las cosechas, en los sembríos, en los caves de papa, no me diga que no ha visto eso—Dijo José caminando junto a ella.

Claro que sí, pero nunca como lo que he visto hoy–Tragó saliva–Además en las cosechas y caves los indios están en el campo y les dan chicha y guarango. ¡Dios mío respiran aire puro, no están encerrados!

Rebeca, tenemos que calmarnos.

Usted es el que tiene que calmarse, tiene que poner a ese hombre en su sitio—Rebeca no miró por donde pisaba y se mojó los pies y el ruedo del vestido.

No se preocupe y la próxima vez me deja a solas con el Salvador Lujano.

De eso no tenga la menor duda, no quiero verlo ni en sueños.

Rebeca entró en la cocina y dio órdenes para que prepararan locro con choclos y aguacates.

Es el almuerzo de hoy día para todos.

Sí, señora Rebeca y también hay dulce de higos y manjar blanco de postre.

Un almuerzo como para reyes—Dijo y salió de la cocina agitando las manos.

Cuando estuvo sola en su habitación se tiró boca bajo sobre la cama y lloró pensando en el obraje. Sabía que su abuela había sido india, sabía que uno de los amos la poseyó y nació su madre a la que también poseyó otro de los amos y nació ella. Le dolió su abuela india, su sangre, su condición. Los indios del obraje casi no comían, les daban minutos para tragar una avena mal cocida o un morocho semi crudo. Las lágrimas corrían por sus mejillas, sus zapatos llenos de lodo ensuciaron la colcha de su cama. Lloró hasta que se durmió, una criada india entró, la descalzó y la tapó con una manta que estaba doblada sobre el baúl, una manta verde oliva hecha en el obraje. Cuando la despertaron era la hora de ir al almuerzo.

Señora, el almuerzo está listo en la cocina, don José la espera.

Rebeca se levantó desorientada, los brazos le dolían por la posición en que se había quedado dormida. Le tomó tiempo entender lo que le decían pero finalmente se lavó la cara y las manos con agua helada de la lavacara que tenía sobre la cómoda. Se arregló el cabello y se miró en el espejo con la mirada absorta en el reflejo del cristal y reconoció a la abuela india en sus ojos oscuros. Se retiró del espejo, se sentó en el borde de la cama y pensó; tengo que saber la verdad. Se arregló el cabello para almorzar con José, en la cocina pidió crema fresca de leche y se untó en la cara y las manos para no sentir la piel tirante y seca por el agua helada.

Qué sed que ha tenido don José—Rebeca se sentó frente a José.

Sí, creo que el trabajo de la mañana me deshidrató.

A mí me horrorizó—Rebeca se calló mientras la servicia les sirvió el plato de locro—Hay que hablar sin que se enteren los sirvientes—dijo en tono misterioso mientras se metía una cuchara de locro caliente.

Nos hacía falta un buen locrito doña Rebeca—Dijo José y le pasó el plato de barro con ají y chochos.

¡Ay. Don José! Comidita era lo que nos faltaba.

La servicia entró otra vez con los aguacates y los choclos con queso fresco cortado en pedazos grandes.

No me vea así, don José. Hoy no comemos carne ni pollo, no podemos hacer eso mientras los pobres indios comen dos cucharas de avena mal cocinada, además estamos en Pachogsola, no en La Ciénega, aunque sea aquisito nomás

Bueno, bueno. Pero parece que ya no está tan afectada como esta mañana.

Rebeca lo miró en silencio y no volvió a decir palabra durante el almuerzo, se sentía mejor pero ardía en deseos de saber la historia de su nacimiento.

La veo muy calladita—José se relamía con los higos en miel.

Rebeca dejó que les retiraran los platos vacíos y poniendo los codos sobre la mesa dijo:

No puedo estar tranquila hasta no saber de dónde mismo vengo.

Rebeca no sabía quiénes eran sus padres, una vez había oído la historia de su abuela india pero no sabía cómo llegó a la Ciénega. La sirvienta les trajo agua de cedrón, el aroma los tranquilizó. José dijo:

¿Nunca se lo ha preguntado a don Gregorio?

No, cómo lo voy a molestar con esas tonteras.

No son tonteras.

Es que él tampoco conoce nada sobre mi origen.

¿Cómo lo sabe?

Rebeca tomó la taza humeante entre sus dos manos y bebió un trago largo, el cedrón la ayudaba en momentos de gran tensión. Contestó:

Porque yo estuve aquí antes que él

¿A ver, qué recuerda de su niñez, qué es lo primero que le viene a la mente?

Rebeca bebió más de la taza, cerró los ojos para atrapar el recuerdo que venía en una nube aromática y dijo:

Es confuso. Lo primero que viene a mi mente es la habitación humilde de una choza. Dormíamos sobre el piso de tierra alrededor de la tulpa encendida donde había una olla que siempre hervía, no sé qué contenía. Puedo ver clarito mis pies descalzos, el olor a humo rozando mi pelo y saliendo por la paja del techo–Bebió otro sorbo–Yo era muy chiquita pero alrededor de esa lumbre no tenía miedo a nada, había dos mujeres…la una debía ser mi madre que siempre estaba llorando y la otra mi abuela que era india y vestía anacos, pies descalzos, huascas de colores, zarcillos de coral y en el pecho, bajo las huascas le colgaba una pieza de oro.

Si era india no podía tener oro.

Pero era de oro.

¿Cómo podía saber usted eso tan chiquita no debe haber oído siquiera la palabra oro?

Rebeca lo miró estupefacta, el corazón le latió a una velocidad peligrosa. Se puso la mano en el pecho tratando de controlar el temblor que comenzó a sentir. José le sirvió más agüita y la tomó de las manos para tranquilizarla.

Don José, mi abuela tenía mucho oro, oro escondido y esa figura oculta en el pecho. Me imagino que como era muy niña no se preocupaba de que yo la viera esconder en la pared, en un nicho tapado con un tablero donde se colgaba la cebolla colorada. Cuando estaba sola conmigo retiraba la tabla y sacaba unas figuras de oro, me parece que hacía una especie de oración, no lo recuerdo porque en ese momento ahumaba tantas hierbas medicinales que la choza parecía llena de neblina—Rebeca se calló como si los recuerdos se hubieran esfumado.

¿Y cómo es que apareció en La Ciénega y al servicio del marqués?

No lo sé, lo que recuerdo es que estaba muy enferma, parece que había estado inconsciente por largo tiempo…mi primer recuerdo es la cara de su merced, doña Rosa de La Escalera que me decía que me despierte que era mucho tiempo de estar dormida.

¿Eso le decía?

Sí, era una señora muy buena pero muy dominante, le gustaba que se le obedeciera al pie de la letra, igual que el hijo—Rebeca sonrió—Luego, cuando pude hablar me regaló ropa, me alimentó y me puso en la escuela de los niños de la hacienda para que un cura nos enseñe a leer, sumar y restar y lo más importante era que nos catequizaban. Pasé a su servicio cuando debía tener unos nueve años, la servía y en la tarde iba a la escuela, la noche volvía, entonces, doña Rosa hacía que le leyera el misal. Se arrodillaba en su reclinatorio y rezaba con un rosario de oro y esmeraldas entre sus manos, yo me arrodillaba en el suelo hasta que las rodillas me picaban de tanto dolor, eran muchas horas de rezo para una niña tan chiquita como yo.

Se ve que doña Rosa le tomó afecto.

A su manera sí. Aunque me castigó varias veces, me pegaba en las manos mientras era una niña. El marqués nació en ese tiempo y entonces tuve que cuidarlo día y noche, doña Rosa no se confiaba de la ñuño que lo amamantaba, yo tenía que dormir con ellos y  ver que estuviera limpio, doña Rosa me enseñó a ser muy aseada.

Usted siempre ha estado al servicio del marqués.

Sí, no conozco otra vida.

Sin embargo usted viajó a Europa en la infancia de don Gregorio.

Sí, fue una experiencia única aunque casi me muero en el viaje, hay que salir de aquí a Guayaquil para ir al Callao, ya sabe lo difícil que es—Rebeca miró a José tratando de entender a qué venían esas preguntas, poseída por el recuerdo continuó—Me enfermé en el barco y doña Rosa me cuidó como si fuera su hija, llevaba muchos sirvientes que se ocupaban de todo, pero ella se ocupaba de mí.

No ha sido tan mala doña Rosa.

No, era muy severa y religiosa pero mimaba al marqués como si fuera un muñeco, no se imagina como lo amaba, era su único hijo. A mí me mimó durante mi enfermedad, son los más bellos recuerdos que tengo de ella. A don Gregorio lo pusieron a estudiar y a mí me hicieron aprender cómo manejar una casa, una cocina, un huerto—Levantó los ojos al tumbado—Cómo servir perfecto para que los amos estuvieran bien atendidos. No crea don José, fue muy difícil para una niña como yo aprender todo eso en inglés y francés.

Pero ahora es la mejor ama de llaves del mundo—José dio por terminado el almuerzo y se levantó—Podemos conversar otro ratito, en este momento tengo que volver a atender los asuntos del obraje.

Rebeca se estremeció al recordar el infierno donde estuvo esa mañana y se levantó tras José, pero cambió el rumbo y se dirigió a la capilla. Caminó por los corredores, los patios y observó los jardines descuidados, los naranjos agrios cuajados de flores y frutos sobreviviendo entre la maleza. Aspiró hondo y llegó a la iglesia donde todavía no se daba la misa de la tarde, los cuartos destinados al catecismo aún estaba vacíos. Rebeca volvió a estremecerse al pensar la rudeza con que los curas y las monjas enseñaban a los niñitos indios a rezar, a entender la religión y el juicio final. Les decían que irían al infierno por vagos, malos, sucios y hechiceros. Mejor ya no pienso en eso, se dijo a sí misma y entró en la iglesia. El resplandor del pan de oro de los retablos, las pinturas y las tallas tan finas y bien logradas no dejaban de parecer extraños en una capilla tan humilde. Miró las manos de los santos, del señor Jesucristo, el encarne de los rostros todo hecho por los indios. Esa habilidad les tiene que venir de algo muy refinado que aparece cuando hacen estos santos, cuando esculpen la piedra. Rebeca repasó con la vista la piedra tallada como si fuera un encaje oscuro, las lágrimas volvieron a aparecer y dejó de mirar todo para dirigirse a a una virgen de talla pequeña sin joyas y con el vientre abultado por estar gestante. Se arrodilló sobre el almohadón del reclinatorio, puso los codos sobre el apoyo y cruzó las manos en actitud de rezo. Miró la cara de la virgen y se dijo que era la más linda de todas, tenía algo especial en sus ojos dulces y a la vez enérgicos, era la virgen de los sirvientes y la capilla estaba en cierto modo dedicada a ella.

El obraje, el llanto de esta mañana, el agua de cedrón y la conversación con José parece que me ha mareado un poco, pensó Rebeca y la virgen la miró directamente a los ojos. No puede ser, Dios mío, estoy alucinando. Puso la cabeza entre las manos para rezar en silencio pero no pudo resistir alzar su vista a La virgen y esta vez sintió una presión intensa en la parte alta del pecho, más arriba del corazón. Virgencita, qué me quieres decir, por favor perdona todos mis pecados, yo no soy culpable de lo que pasa en el obraje, yo no he hecho nada. Volvió a llorar con la misma intensidad que en la mañana mientras un calor misterioso se le prendió en el cuerpo ¿Será el fuego del infierno? Tenía tanto miedo al Juicio Final como cualquier indio; a quemarse por una eternidad, nadie entendía muy bien cuáles eran los pecados veniales o los capitales, no se sabía si el deseo del cuerpo era castigado igual que el robo de un pan. Volvió a esconder la cabeza entre las manos y poco a poco se fue calmando; una paz cálida la invadió, se secó las lágrimas con el pañuelo que tenía en el bolsillo y se atrevió a alzar la mirada pero esta vez no sintió miedo ni angustia, la virgen la había consolado, le había hablado con el lenguaje del corazón y ella entendió que debía estar en paz y no contarle a nadie lo que le pasó porque la podían creer loca. Una brisa agitó los naranjos agrios y el aroma a azahares le rozó la frente, por un minuto la iglesia se puso fragante y a ella le pareció que se había consumado un milagro. Agradeció tanta bendición y juró venir en peregrinación desde La Ciénega a Pachogsola con velas de cera de abeja y pagaría de su propio bolsillo a una india para que mantuviera la capilla limpia. La virgen lucía como siempre, por mucho que Rebeca la examinara de los pies a la cabeza no era más que una talla quiteña, el encarne y los ojos especialmente bellos. Claro, con esa perfección pensé que había adquirido vida, tanto llanto, cedrón y el olor de los azahares me tienen trastornada. ¿Quién habrá realizado la talla? pensó y salió de la iglesia. Ya en el empedrado alcanzó a ver que por los corredores venían los indios a misa, las caras demacradas, el caminar lento y un olor rancio a trabajo se esparció anulando el olor de los azahares, atrás venían los niños para el catecismo.

José esperaba en su despacho la visita de Salvador Lujano. Tenía sobre el escritorio los libros de cuentas y rayas. La puerta se abrió dejando pasar un poco de viento y luego el olor pungente y hediondo del administrador.

¿No me esperaba don José?—preguntó en tono burlón.

Claro que sí, Salvador, tome asiento.

El hombre se sentó en la silla vieja, frente a José que tosió un poco ante el olor nauseabundo que invadió el pequeño despacho y se levantó para dejar abierta la puerta y que entrara el aire aunque hiciera frío.

¡Achachaí, qué frío! De ganita abre la puerta, don José.

José no le respondió y se sentó. Abrió las páginas de los libros y dijo:

He visto que la producción se ha mantenido estable, los productos siguen siendo de mucha calidad, pero hay algo que me ha disgustado mucho.

¿Qué será, patroncito?

Verá, Salvador. El trato que se está dando a los indios es inhumano…

Ahí sí que protesto, estos indios vagos que no entienden nada, sólo entienden al látigo. ¿O quiere que se pasen quitándose los piojos o comiéndose los parásitos?—Lo miró fijamente y con voz pastosa y ronca dijo—Indios de mierda, vagos, malparidos, apestosos..

Ya le entendí, Salvador. A mí no me interesa lo que usted diga, hay que cumplir las órdenes del marqués que me ha dicho que quiere el obraje limpio, los indios bien comidos y que se use el látigo solamente cuando sea necesario y no más de diez latigazos, esas son las órdenes.

¿Pero si se trata a los indios como a niños bonitos, cómo espera pagar los impuestos, las capellanías, cómo espera tener dividendos si los obrajes están declinando por las nuevas leyes y la introducción de textiles desde Inglaterra? Ya verá como en poco tiempo se acaba la fabricación de paños en la Real Audiencia de Quito…

Hasta que eso pase, usted va a suspender la violencia y con los mismos indios va a lavar los pisos, las paredes y a blanquear por dentro y fuera con cal. Deberá dejar a los indios hacer sus necesidades afuera, el olor que hay en el obraje es insostenible, así está oliendo usted: ¡A mierda!

El hombre sacó de debajo de su poncho una botella de aguardiente de la que tomó directamente un buen trago, luego limpió la superficie con su mano sucia y le extendió la botella, le dijo:

Tómese un traguito, don José, ya verá cómo se le pasa el malhumor.

No tengo malhumor y gracias pero hoy no quiero aguardiente.

Parece que se ha contagiado de doña Rebeca, qué sensibles se han hecho en Quito—Dijo y rió a carcajadas.

No me importa lo que piense, el marqués ya mismo llega y a usted le conviene que todo esté en orden.

¿El marqués va a venir a Pachogsola? ¡Qué va! Se ha de quedar enfiestado en la Ciénega, ya verá que pronto usted tendrá que ocuparse de fiestas, corridas de toros y cacerías de venados, no creo que el marqués venga a una hacienda tan rústica como esta—Dijo Salvador mientras empinaba la botella.

José cerró los libros y se levantó para guardarlos, no contestó a Lujano que dijo:

Pelucas le ha de mandar a hacer, ya verá.

Salga por favor que debo cerrar el despacho.

El administrador se levantó con una sonrisa tenebrosa en su cara marcada por la viruela, dijo:

Pero vea, no sea malito, no le avise al patrón lo que acabo de decirle.

José percibió una especie de amenaza oculta tras los ojos de Salvador, le pareció ver por un momento el destello de una cuchilla metálica. No contestó y guardó los libros en un cajón del escritorio que luego cerró con una llave que sacó de su bolsillo. Salvador le tomó por el brazo y le insistió:

No le vaya a decir nada al patrón, entre nosotros tenemos que ayudarnos, los ricos como él hacen su voluntad y no les importa lo que nos pase, son los dueños de todo. Es demasiado poderoso para un pobre como yo, no lo olvide.

No pienso decirle nada, usted lo puede hacer si quiere—José respiró con dificultad, el aliento a aguardiente del administrador lo mareó—A ver si usted es más compasivo con los indios.

Los indios no cuentan, patroncito. Esos están para trabajar ¿De qué cree que vive la Real Audiencia y el imperio español? Los indios son siervos de gleba como dice el padrecito en la iglesia. Nosotros somos los fregados con los ricos latifundistas, los indios no saben ni entienden nada, nosotros tenemos que dejar la vida para lustrarle las botas al patrón.

Bueno, Salvador tengo que cerrar ya, y no se preocupe que no soy chismoso, pero eso sí le aviso que cualquier día viene para acá, tendrá listo un caballo bien ensillado, tendrá limpia la casa, no se olvide de hacerle las venias que siempre le hace y sobre todo, no se olvide de adecentar el obraje.

José se alejó a paso vivo pisando los charcos y mojándose los pies. Mañana reviso el batán, pensó mientras oía el sonido del río muy cerca. Atardecía lenta y dolorosamente, siempre le había parecido triste la agonía del día, el lamento del agua que mueve los mazos para golpear los tejidos y volverlos compactos. Una angustia le consumió la boca del estómago, sintió el frío helado del viento pegándole en la cara. Que llegue pronto la noche para dormir y olvidar el día de hoy, pensó mientras se acercaba a la casa de techo de paja.

Rebeca, sentada alrededor de la mesa vieja esperaba a José, se moría de miedo del viento que soplaba fuerte, tanto que parecía pleno de mes de agosto. El frío era insoportable por lo que ordenó agua de raspadura bien dulce con hojas de naranja agria. Escuchó la voz de José y sintió alivio al saber que no estaba sola.

Entre, entre don José—Le dijo y le hizo una seña para que se sentara junto a ella—Me muero, qué frío, vamos a tomar locro recalentado y después agüita de raspadura con hojas de limón, si no, no nos calentamos ni en un año.

Tomaron el locro y estaban con el agua de raspadura y naranja cuando escucharon un sonido extraño, Rebeca se estremeció.

No es nada, doña. Así suena el viento sobre el chaparro y los sitios huecos.

¿Cuáles sitios huecos?—Preguntó aterrada Rebeca.

Es una forma de hablar, me refiero a cuando pasa el viento por donde no hay árboles ni chaparros.

¡Qué miedo! Parece que el viento se hubiera puesto furioso.

No me dirá que cree en esas supersticiones de los indios.

No son solo los indios, he oído historias terribles a mucha gente.

Rebeca calló un momento mirando la taza que tenía entre sus manos, cuando de repente dijo:

No sé pero esta noche duerme conmigo—Al ver la cara de asombro de José, dijo—Ni crea que en mi cama, usted duerme en ese catre que está junto a la ventana.

¿Se da cuenta lo que van a decir los indios? El marqués nos mata.

Yo le voy a contar antes que nadie le diga nada, le voy a decir que me dio tal susto que lo obligué a dormir en el catre, para que nadie piense mal voy a ordenar que lo tiendan y limpien bien, así van a saber dónde durmió usted y que lo hizo porque yo se lo pedí de puro miedo.

Rebeca se levantó de la mesa y se acercó a la puerta de la cocina y dijo en voz alta:

Olimpia, anda a limpiar y tiende el catre que está en mi cuarto, ahí va a dormir don José porque tengo miedo de dormir solita—La criada escuchó sin mover una pestaña, Rebeca le advirtió—Verás que le he pedido que me acompañe, si quieres vos también puedes dormir con nosostros.

Dios se lo pay su merced, pero tengo que dormir con marido y guaguas.

Bueno, bueno.

Esa noche, José y Rebeca se acostaron en sus lechos sin desnudarse por pudor. Se taparon bien y se dispusieron a dormir, el viento sonó más fuerte que nunca, tanto que abrió la ventana bajo la cual dormía José que se espantó y lanzó un grito.

¿Qué pasa?—Preguntó Rebeca sentada ya sobre su lecho, temblando de miedo.

No sé, doña Rebequita mejor dormimos juntos.

Era tal el miedo que Rebeca le hizo puesto en su cama y durmieron abrazados. La Culpa es del Salvador por esa mirada que me echó, clarito se vio que me mando una maldición, pensó José mientras se apretaba contra el pecho de Rebeca. No se atrevieron a cerrar la ventana.

Lámina tomada del blog Aprendo Historia 2.0

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