JUANANDRES

 

Salvador Lujano, a pesar de las amenazas de José, no cambió su forma de manejar el obraje. Todos los días ordenaba latigazos y la gente comenzó a pensar que le gustaba el sufrimiento de los indios. Se sentía poderoso cuando después de contar por decenas los latigazos en las espaldas escuálidas de los trabajadores se arrodillaban frente a él, le besaban la mano y con voz temblorosa decían; Dios se lo pay, así ya no he de ser tan malo. Se sentaba en la silla destartalada y bebía largos tragos del licor que siempre llevaba en su bolsillo mientras veía a sus vasallos alejarse sollozantes y sin poder caminar bien. Gritaba:

Agradece que no te dejo encerrado toda la noche, hoy no quiero oír llanto de mujeres pidiendo clemencia.

Un día supo que Juan Andrés había llegado desde Quito hasta la Ciénega y lo mandó llamar. Juan Andrés salió a las cuatro de la mañana y se puso a correr como el chasqui que era. Llegó en dos horas a Pachogsola y se presentó ante el administrador.

Salvador Lujano salió al corredor haciendo sonar las espuelas de sus botas y pisando fuerte en el corredor abierto al aire libre con piso de ladrillos viejos. Amarrado a su cintura llevaba el terrible látigo hecho con la piel del miembro de un toro bravo. Juan Andrés lo esperó sin miedo.

¿Te crees muy machito porque eres el mimado del patrón?

Juan Andrés no contestó, le sostuvo la mirada y un viento agitó su cabellera larga y tan negra que brilló con la luz del sol.

El patrón no está aquí, se va a quedar en Quito por mucho tiempo, con tu mujer que es una india atrevida que le ha hecho brujerías a la patrona.

¿Para qué me mandó a llamar?

Salvador Lujano le golpeó en el rostro con el látigo. Juan Andrés se estremeció ante el embate sorpresivo.

Indios desgraciados, hechiceros, brujos. Tú y la india de tu mujer han hecho brujerías al patrón y a su familia. Si no es así, dime ¿cómo puede un patrón como el mío querer a un indio muerto de hambre como vos?

Juan Andrés bajó la cabeza sin atinar a contestar.

Ahora que no está tu papacito vas a saber lo que es trabajar como lo hacen todos los indios, te voy a quitar lo gallito. Ponte a trabajar en el obraje.

A Juan Andrés se le heló la sangre y no pudo moverse. El látigo volvió a caer sobre él y tuvo que entrar corriendo al edificio sucio y pestilente. No pudo respirar normalmente.

Ahí indio bruto. No sabes tejer así que a teñir la lana, bastante vas a sudar. Por primera vez en tu vida vas a trabajar.

Los días pasaron y Juan Andrés no tenía qué comer, nadie de su familia sabía dónde estaba. Se alimentó de las sobras de los demás que no eran más que pedazos de carne dañada y cucharas de maíz molido y cocinado. Durmió dentro del obraje que permanecía cerrado para que no escapara y supo lo que era recibir latigazos todos los días. En sus noches de soledad y desesperanza pensó en la Pastora, sus hijitos y en el Segundo, su cuñado que trabajaba en la Ciénega. Soñó con el hielo del Cotopaxi y en las cacerías del patrón. El patrón lo contrataba con su familia como una cuadrilla de peones especializados en alta montaña, eran expertos en elaborar puentes colgantes y en vadear ríos correntosos. Las haciendas de Gregorio Matheu de La Escalera constituían un verdadero territorio con tierras altas y bajas que producían toda clase de productos y era Juan Andrés y su familia los que se encargaban de las recuas de mulas para transportar lo que se necesitaba en tan extensa propiedad y de traer el hielo del nevado.

Juan Andrés, encarcelado pasó las noches con dolores en el cuerpo y muchas veces con fiebres que lo hacían delirar y recordar el campo ancho y libre por donde transitaba entonando canciones de tiempos pasados. Era de la raza de los chasquis que corrían por el Cápac Ñan o camino del inca y del linaje Quitu-Cara. En esta ocasió había venido a La Ciénega por orden del patrón para arreglar los jardines y tuvo que acudir al llamado de Salvador Lujano.

Una noche, en su choza de la Ciénega, Segundo Quispe, cuñado de Juan Andrés, sintió un olor a humo diferente. Tuvo la intuición de que era algo muy importante y aguzó los sentidos en profundo silencio para no despertar a su mujer y a los guaguas. Los cuyes casi no se movían y no había una gota de viento, pero el olor a humo de siempre se había intensificado y lo despertó como si quisiera comunicarle algo, supo que Juan Andrés le pedía ayuda y tocó a su mujer en el hombro, le dijo en quichua:

El Juan Andrés me anda buscando, voy a ayudarlo.

¿A dónde vas?

A Pachogsola, allá lo llamó el administrador.

La Tránsito se movió sin hacer ruido y le preparó un quipe donde puso una portavianda llena de sopa, un pedazo de cuy y maíz tostado.

Llévale al Juan Andrés, mamitico muerto de hambre ha de estar. Si no ha regresado, algo malo le ha pasado.

Segundo supo que Juan Andrés estaba encerrado en Pachogsola y con el quipe bajo el poncho corrió  para llegar al obraje al amanecer. Escaló la pared por la parte trasera y cuando llegó a lo alto pegó la cabeza a las rejas de la ventana pequeña y lo buscó en la oscuridad. Las lágrimas le corrieron por las mejillas al ver el bulto de un hombre que parecía hueso y pellejo dormitando con la respiración debilitada. Al reconocer a su hermano silbó como huirachuro. A Juan Andrés le tomó tiempo reconocer a su cuñado y cuando lo hizo se sentó con el alma en la mirada. Segundo le arrojó un atado con tostado pero no pudo darle la chicha ni la sopa. Se miraron a los ojos y un dolor profundo se extendió hasta el último resquicio de esa madrugada amarga. Segundo lo animó con una seña a comer y Juan Andrés comió despacito porque le dolía ese alimento nuevo después de días de haber comido las sobras que le dejaban los demás por piedad. Comió de uno el maíz tostado bajo la mirada impasible de Segundo que ahuecó las manos en la boca para susurrarle en quichua.

Voy a entrar a la hora de la comida para darte lo que tengo aquí—Y desapareció.

Segundo se escondió tras unos matorrales y comió huevos de tórtolas que encontró en un nido abandonado. El tiempo pasó lento y para no aburrirse hasta el mediodía, abrió el morral donde tenía lo que la Tránsito había puesto, buscó un poco de chicha. Miró con sorpresa que su mujer había puesto un poncho nuevo para que Juan Andrés no pasara frío por las noches. Era el poncho que le había regalado el patrón para que subiera a recoger hielo, se puso a recordar las veces que su hermano volaba de roca en roca con el poncho rojo agitándose al viento.

Sonaron las campanas de la iglesia avisando la hora de llevar la comida a los tejedores del obraje. Una fila de mujeres ojerosas y asustadas esperaban que se abrieran las puertas para llevar la comida a sus maridos, había uno o dos hombres que llevaban el almuerzo a sus papás viudos, se puso tras ellos y entró como uno más. Los tejedores tenían media hora para comer lo que habían preparado sus parientes. Segundo avanzó por la penumbra y alcanzó a vislumbrar a un hombre famélico que lo miró con los ojos ardientes.

Juan Andrés, aquí está tu cucavi.

Dios te pague, primera vez que como comidita de verdad, pay, pay.

Hablaban en quichua como todos los demás.

¿Qué te pasó, por qué estás tan mal?

El administrador me mandó a llamar y me encerró. Ya no voy a poder salir—Juan Andrés contestó mientras sorbía la sopa.

Voy a pedir ayuda.

Nadie puede ayudarme—Se atragantó con el pilche de chicha.

Ponte este poncho que te regaló el patrón, así aguantas más el frío.

Juan Andrés se puso el poncho y ensiguida se oyó los gritos de los comitres y del administrador que los llamaban a trabajar.

Corré, que no te vea—Le dijo Juan Andrés a Segundo que se esfumó sin que lo viera Salvador Lujano.

Juan Andrés se alejó y dejó el poncho cerca suyo para ponérselo en la noche cuando el frío no lo dejaba dormir. Se puso a trabajar en el teñido de la lana, el calor de las pailas de cobre era tan intenso que le pareció que se derretía en sudor, esa noche no tuvo comida, pero al amanecer volvió a oír al huirachuro que, sujeto a los barrotes de la altísima ventana, le arrojó una bolsa con tostado que él devoró antes de salir a trabajar. Segundo, desde lo alto lo vio con el poncho rojo y le pareció que volaba por los riscos y la nieve del Cotopaxi.

Esa madrugada Juan Andrés durmió como no lo había hecho en tantas noches. El abrigo del poncho y la comida fresca, lo sumieron en un sueño reparador, por eso no pudo levantarse a tiempo y se asustó cuando sintió un latigazo sobre su espalda.

¡Levántate, indio vago!

Juan Andrés estaba de pie cuando Lujano le gritó:

¡Con el poncho del patrón, indio ladrón! Espera que llegue a saber que robas en su obraje.

Este poncho me regaló…

Tres latigazos le cruzaron la cara y sin que pudiera defenderse, Juan Andrés estaba en el cepo de castigo. Los miembros le dolieron tanto que rezó por su muerte. Así estuvo sin saber cuánto tiempo pasó con el cuerpo encorvado, la cabeza y las manos sujetas contra la tabla del cepo. Estaba casi desfallecido cuando lo arrancaron de su calvario y lo arrojaron al suelo. Alcanzó a ver a Salvador Lujano que le dijo:

Pareces perro apaleado, te hace falta agua. ¿Estás con sed?

El indio Juan Andrés alcanzó a mover la cabeza afirmativamente, entonces, el administrador le echó un balde de agua sucia.

Ahí está tu agua.

Juan Andrés abrió la boca para saciar la sed y se quedó solo.

 La cabalgata del marqués de Maenza avanzaba hacia la Ciénega por el camino bordeado de pencos. Gregorio sintió algo extraño a su alrededor, un viento malo le cruzó la cara.

¿Le pasa algo, patrón?

Sí, me parece que el verano se ha adelantado, tengo polvo en los ojos y la boca.

El viento arreció con más fuerza y su sombrero voló lejos, el mayordomo hincó las espuelas en el caballo, saltó una acequia y lo recogió entre las espinas de un penco azul. Lo alcanzó sin desmontar. Gregorio le dijo:

Gracias, Juan Manuel. Este maldito viento va a acabar con nosotros.

Emprendieron nuevamente el galope dejando atrás al grupo de peones y mulas de carga que los seguían. Estaban a unos minutos de la casa de la hacienda y el viento comenzó a amainar.

Los limones y las flores están secándose. ¡Qué descuido del Juan Andrés, nunca me ha fallado así!

Cierto, patrón. Ese indio nunca ha dejado tan descuidado el jardín.

Gregorio revisó con la mirada la tierra seca, los limones llenos de polvo y preguntó:

¿Qué pasó? Hace poco llovía a cántaros y ahora todo está seco, y el Juan Andrés me va a oír, no ha regado ni limpiado la acequia.

Juan Manuel vio la ira en el rostro de Gregorio y sintió pena por el castigo que iba a recibir el indio favorito.

¿Qué pasó con el Juan Andrés?–Insistió Gregorio.

Bien raro está esto, patrón.

Llegaron al patio de los caballos y un grupo de indios salió a recibirlos. Gregorio preguntó:

¿Dónde está Rebeca?

Aquí, su merced.

¿Por qué está todo tan desordenado y descuidado?

Rebeca se quedó en la mitad del corredor sin atinar a decir nada; la casa estaba pulcra y con flores en los jarrones. Se estremeció y siguió a Gregorio a una distancia respetuosa. El patrón abrió puertas y pasó como una ráfaga por los salones, ella lo siguió con el susto en la garganta, él se detuvo por fin y se volteó para decirle:

La casa está bien, pero el jardín es un desastre. ¿qué pasó con el Juan Andrés?

Su merced, no lo he visto estos días, no sé qué pudo pasar.

¿Cómo que no está? Quiero que venga José en este instante.

Sí, su merced. Ya mismito viene. Se fue a ver el riego de los potreros.

Está bien, tengo hambre.

Enseguida le sirvo el locro que estamos cocinando y gallina con arroz. No sabíamos que venía y es todo lo que hay.

Gregorio se pasó la mano por el cabello, lo que tranquilizó a Rebeca, dijo:

Está bien, que José coma conmigo.

Rebeca salió apresurada para buscar a José, que según sus cálculos debía ya haber regresado de la inspección de la acequia. Lo encontró caminando por el patio de los caballos.

Don José, el marqués lo está buscando.

¿Está aquí? No nos dijo nada sobre su venida—Se sacudió el polvo de la casaca con las manos y dijo—Qué ventarrón tan terrible, casi me bota del caballo.

Vaya límpiese un poquito que ya mismo les sirvo el almuerzo, el patrón quiere que almuerce con él.

Sentados alrededor de la nueva mesa de comedor comprada a La Condamine, comían Gregorio y José.

Señor, la acequia avanza rápido, a pesar del viento y el polvo que dificulta el trabajo de los indios.

¿Cuántos son?

Alrededor de cien, están bajo las órdenes de los caporales negros.

Confío en que todo esté bien, si estás a cargo no tengo que preocuparme.

A José le pareció extraño que el marqués no mostrara más interés por la acequia que era el proyecto en el que había puesto tanta energía.

Lo que quiero saber es dónde está el indio Juan Andrés.

No lo sé, señor. Pensé que estaba aquí, tenía señaladas las tareas del jardín y los limones.

Vaya, qué bien cuidan mi hacienda cuando no estoy. Acabo de llegar y he visto la ruina de árboles y plantas, un descuido total.

No me había fijado.

Claro, ninguno de ustedes tiene la sensibilidad de apreciar lo bonito, lo que exalta el espíritu.

José bajo la mirada y no pudo comer más, el plato de gallina quedó intacto.

¿Vas a desperdiciar así la comida? Claro, como no te cuesta nada, piensas que el dinero se da en los árboles. ¡Estoy harto de tanto descuido!

José comió bajo la feroz mirada del marqués.

¿Qué esperas? Anda a ver qué pasó con el Juan Andrés.

Sí, señor—Contestó José y salió.

Gregorio, dio vueltas por el mismo salón a la espera de José que llegó en ese momento.

¿Qué fue del Juan Andrés?

Señor, dice la mujer del Segundo que al Juan Andrés le mandó a llamar el Salvador Lujano para que vaya a Pachogsola y que desde entonces no ha regresado.

Gregorio retomó su caminata por el salón y se detuvo frente a la ventana, se pasó la mano por el cabello y sus ojos se tornaron agua oscura y tormentosa. Dijo:

Quiero mañana mis caballos ensillados, vamos a Pachagsola. Tú, el José Manuel y dos peones.

Sí, señor.

Espera—Gregorio sin voltearse hizo una seña con la mano a José—quiero que prepares mi acial, mi látigo.

José, a pesar de que no podía ver la cara de Gregorio, supo que en ese momento era peligroso; una fría calma se había apoderado de él.

Sí, señor. Todo estará listo a la hora que usted ordene.

A las seis de la mañana, no te retrases.

Como usted ordene, señor.

Puedes retirarte.

Gregorio se encerró en su dormitorio y nadie lo volvió a ver. Rebeca tocó tímidamente a su puerta, pero él contestó:

¡He dicho que no se me moleste!

Rebeca se retiró y cuando estuvo lejos de la puerta de la habitación corrió a ver a José, lo encontró en la cocina tomando colada de máchica.

¿Qué pasa, don José?

No lo sé, Rebeca. No lo he visto tan enojado en toda mi vida. Quiere ir a Pachogsola a buscar al Juan Andrés.

Seguro lo quiere matar por haber descuidado así el jardín. ¿Cómo así está en Pachogsola?

Me dijo la Tránsito que el Salvador Lujano lo mandó a llamar.

Entonces, el patrón tiene que entender que el pobre Juan Andrés no podía desobedecer—Rebeca se llevó las manos a la boca y miró a José con los ojos desorbitados.

Sí, doña Rebeca. Me parece que va a pedir cuentas al Lujano, ya sabe que no le gusta que desobedezcan sus órdenes.

¡Dios mío! Irá tranquilito don José.

Esa noche, a pesar de la ira que lo dominaba, Gregorio se quedo dormido apenas puso la cabeza sobre la almohada. Su dormir fue profundo, sin sueños ni súbitos despertares, cuando amaneció su mente estaba lúcida y su corazón más enfurecido que el día anterior. Se vistió solo y se dirigió hacia la cocina donde pidió un café y una choclotanda que la cocinera le sirvió temblando de miedo. Cuando terminó su desayuno dijo sin regresar a ver.

Anda y di a José que ya estoy listo, que no me haga esperar.

Sí, amo patrón

José y los peones esperaban montados, un indio sujetaba el caballo de Gregorio que se movía inquieto. Montó y gritó:

¡Mi acial!

El mayordomo apareció con el vergajo de miembro de toro, lo entregó a Gregorio que lo tomó y lo enrollo a la espalda, su caballo golpeó el empedrado del patio con los cascos recién herrados.

En el obraje, Salvador Lujano escuchó un galope cercano. Dejó lo que estaba haciendo y salió al corredor de pilastras de piedra ennegrecidas por la mugre y el humo de las pailas que hervían las lanas y los tintes. Se puso nervioso cuando vio a lo lejos la polvareda que levantaban los jinetes, el viento le arrancó el sombrero y el corazón le saltó en el pecho cuando reconoció al marqués a la cabeza de la cabalgata. Sin sombrero, con el cabello alborotado y lleno de polvo entró nuevamente en el obraje y sacó a Juan Andrés que estaba con las manos atadas a la espalda. Los caballos ya habían llegado al patio cuando se escuchó el grito del marqués.

¡Salvador Lujano!

Salvador se adelantó unos pasos y se quedó de pie en lo alto del corredor, el viento sopló más duro y el polvo era un tormento que se metía en los ojos y en la boca. Gregorio desmontó con la ayuda de dos indios que lo recibieron y se hicieron cargo de su caballo. Escrutó con la mirada el corredor y vio a lo lejos la imagen de Juan Andrés prisionero con las manos amarradas a la espalda y escoltado por dos comitres, se dio cuenta que lo habían azotado y castigado por mucho tiempo y preguntó:

¿Qué pasó?

Su merced, este indio alevoso y malagradecido ha estado robando amparado en la confianza que usted le tiene.

¿Qué robó?

—Un poncho rojo de las bodegas, de esos que se mandan a Lima. No puede ser que se permita semejante abuso, hay que sentar un precedente y por eso lo traje acá para castigarlo y que los demás tengan mucho miedo de pasar siquiera cerca de los almacenes.

La ira de Gregorio iba en aumento, ahora resultaba que no podía confiar ni en el indio que era uno de sus mejores amigos, lo miró detenidamente y vio que soportaba el tormento con altivez, entonces se acercó a él y le dijo:

¿Cómo pudiste hacer algo así?

Su merced no tiene que hablar con el indio, ese es nuestro trabajo, no tiene que ensuciarse en estos asuntos que puedo resolver yo. Tiene que ser el castigo tan grande que ningún otro indio se atreva a mirar siquiera los ponchos que se producen en este obraje. No se preocupe de nada, patrón. Yo me hago cargo de todo–Cambió el tema como si Juan Andrés ya no tuviera importancia y dijo–Si le parece, vamos a ver las nuevas pailas que nos trajeron de Latacunga, son una maravilla, ahí sí que saben trabajar el cobre como Dios manda.

El administrador estaba listo para llevar al amo a que viera las mejoras, pero Gregorio no se movió y dijo:

Juan Andrés, habla.

Juan Andrés sabía que su palabra no valía nada, que nunca podría contar su verdad, pero la mirada de Gregorio era insistente y él, que estaba resignado a morir en el castigo, bajó los ojos, Gregorio lo vio temblar y entonces se acercó. Le dijo:

Juan Andrés, quiero oír tu versión.

Lujano se acercó y dijo:

Su merced, un indio nunca da su versión.

¡Habla Juan Andrés, habla!

Juan Andrés estaba a punto de desfallecer; tantos días de azotes y casi nada de comida, tantas noches durmiendo con las ratas que le mordían las manos y los pies lo habían debilitado al punto que le era casi imposible hablar. Sabía que tendría que enfrentar el enojo de Salvador Lujano que no perdonaría si contaba su verdad. Cayó al suelo y los dos comitres lo sostuvieron por los brazos.

Ayúdenlo a levantarse.

Los comitres obedecieron y Juan Andrés quedó con las rodillas dobladas y la cabeza baja. Gregorio se acercó y ordenó:

¡Suelten las amarras de sus manos!

Los hombres obedecieron y Juan Andrés hizo un esfuerzo para mantenerse en pie, entonces Gregorio le dijo:

Quiero qué me digas por qué robaste un poncho.

Juan Andrés comenzó a sollozar tratando de no hacer ruido. Entonces, Gregorio lo abrazó y le dijo:

Tranquilo, Juan Andrés. Yo siempre he creído en ti, tiene que haber una explicación a lo que hiciste—Lo sintió temblar más y pudo aspirar el olor rancio de todos los sudores y dolores que había sufrido, sintió la debilidad de su cuerpo y la poquita cosa en que se había convertido, le dijo otra vez—Dime por qué tuviste que robar.

No, patrón, no su merced. No robé nada—Hablaba tan bajito que sólo Gregorio pudo escucharlo.

Tranquilo, te creo. No tienes que contarme nada. Lo recuerdo, el poncho que te regalé—Le abrazó para consolarlo y lo llevó junto a un poyo, lo ayudó a sentarse y le pasó la mano por la espalda.

Gregorio se apartó de Juan Andrés y tomó el acial que tenía alrededor de los hombros. Se acercó a Salvador Lujano y gritó:

¡Voy a ordenar que te muelan a palos!—El látigo cayó sobre el administrador que saltó en un intento por huir, pero Gregorio lo enlazó por los pies con el vergajo. Los hombres, que antes protegían al administrador, obedecieron al patrón y no lo dejaron alejarse para que recibiera los latigazos como si fuera uno de los indios a quienes tanto maltrataba.

Gregorio fuera de sí gritó:

—Voy a mandar a que te amarren en un palo y te den latigazos hasta romperte la espalda y después quiero que te vayas lejos de mi vista, no quiero que permanezcas una hora más en mis propiedades.

José se colocó junto a Gregorio y le dijo:

Señor, es mejor dejar el castigo en manos de los mayordomos. ¿Qué hacemos con el Juan Andrés? Parece muy enfermo.

Gregorio se dio cuenta que iba a matar a Salvador Lujano y se detuvo, no dijo nada; los mayordomos sabían lo que tenían que hacer y encerraron a Salvador Lujano en una de las cárceles del obraje. Para Gregorio, Lujano había perdido importancia, el castigo ya estaba dictado y ahora había que ayudar a Juan Andrés, se acercó a él y pasándole la mano por el brazo derecho dijo:

Quiero que le den una buena comida y le ayuden a curarse esas heridas, quiero que arreglen un camastro en tu oficina, José.

Sí, señor.

Cuando esté mejor, lo van a llevar a la Ciénega para que termine de recuperarse y luego que regrese a Quito donde la Pastora.

Gregorio entró en el obraje y vio con sus propios ojos el horror que era el lugar. Dijo:

José, desde mañana se ponen a limpiar este lugar, he dicho miles de veces que quiero un sitio de trabajo ventilado y limpio, que a los indios se los castigue con mesura y se les dé una hora para el almuerzo, te quedas esta noche para que te encargues de todo—Mirándolo a los ojos le dijo—Lo primero es hacerse cargo del Juan Andrés, lo quiero sano en una semana.

Sí, señor.

Cuando Gregorio llegó a la Ciénega, se encerró en su cuarto y se acostó sin cenar ni hablar con nadie. Tumbado sobre su cama miró al techo y unas lágrimas silenciosas le mojaron el rostro; la indefensión de Juan Andrés, su cuerpo roto por los latigazos lo llenaron de una culpa desconocida. Se preguntó cómo el indio Juan Andrés, que volaba por la nieve, bajaba riscos y enlazaba toros bravos en los páramos más inhóspitos tenía que aceptar sin rechistar un castigo brutal. Lo que más le preocupó fue la desnutrición que sintió cuando lo abrazó, su amigo de siempre, el que más admiraba y respetaba no era más que un indio a merced de los caprichos de amos, religiosos, españoles, criollos, mestizos y administradores de los obrajes. Se juró a si mismo nunca más abandonar a Juan Andrés, se dio cuenta que había sido presa de la envidia y los celos. Gregorio no apagó la vela y tuvo un sueño lleno de sobresaltos.

Salvador Lujano, atado a un poste recibió latigazos y luego lo arrojaron a uno de los cuartos de prisión del obraje. Las ratas le mordisquearon las orejas y los pies, la sangre se le secó en costras gruesas. Una mañana entró uno de los caporales y le dijo:

Salvador, el patrón quiere que salga lo más rápido de su propiedad pero le ha dado dos días para que se recupere y alcance a recoger sus cosas, su mujer y sus hijos lo están esperando.

Salvador Lujano salió de su prisión y la luz solar le cegó por unos momentos. Estaba débil pero la rabia y el odio que sentía le dieron la fuerza necesaria para montar en el caballo que encontró ensillado. Su cabalgar fue duro y doloroso; sintió que se le desgarraba la piel y se le rompían los huesos, las lágrimas corrían furiosas por sus mejillas rasmilladas. Se detuvo por un momento, aspiró con dificultad para que el aire entrara en sus pulmones y gritó lo más fuerte que pudo:

¡Juro que vengaré lo que me han hecho y maldigo al Marqués de Maenza y a su descendencia; a sus hijos y nietos para que sufran los tormentos por los que me ha hecho pasar Gregorio Matheu de La Escalera!

Esa noche, José se encaminó hacia su cuarto, se detuvo al escuchar unos golpecitos en los vidrios de la galería, se acercó y vio a un indio que le hacía una seña con las dos manos como si le rogase que lo escuchara. Le dijo al indio:

Entra que hace mucho viento.

Preste posadita, mamitico—Le besó la mano.

¿Qué quieres?

El indio se descubrió la cabeza y bajando la mirada dijo en quichua:

Estaba yo pastando unos borregos del amo cuando oí al Salvador por Lujano gritando una maldición contra el patrón.

Lámina: Fragmento de “La Flagelación” de Eduardo Kingman. Colección Banco Central del Ecuador

Anuncios