mariana

 

Mariana bordaba y miraba de reojo a sus hijas que estaban sentadas a la turca sobre almohadones rosados y verdes. Observó a la monja sentada en una silla; tenía la espalda recta y sobre las rodillas un compendio de gramática castellana. Mariana se aburrió y regresó la mirada sobre el bastidor para ponerse a bordar nuevamente. Sonrió al escuchar a sus hijas repetir oraciones gramaticales en las que se hablaba de la virtud de la virgen. En ese momento entró Adolfina, se inclinó y le dijo al oído:

Su merced, tiene visitas.

¿Quién?—susurró Mariana.

La monja se distrajo con los susurros y alzó la mirada, Mariana que la vio dijo:

Madre, me van a perdonar pero tengo que atender a alguien.

Las niñas aprovecharon ese instante para estirar las piernas y cambiar de posición antes de que la monja las retara.

Mariana y Adolfina se dirigieron al corredor y cerraron la puerta detrás suyo, la marquesa dijo:

Qué alivio respirar aire puro, uno se ahoga junto a la monja—Se miró en el reflejo de uno de los espejos y dijo—La intemperie está acabando con el cristal, ya no sirve para nada.

Su merced, uno de los franceses la espera en el salón.

¿El señor De La Condamine?

No, Niña. Es otro, creo que es el jefe de todos.

¿El señor Godin? Pero si yo lo conozco muy poco, La Condamine no lo quiere.

¿Le digo que se vaya, su merced?

No, yo no tengo por qué meterme en los líos de otros.

Pero el amo se puede enojar.

Mariana se encogió de hombros y caminó hacia el salón, activó violentamente el picaporte y abrió la puerta. Se quedó clavada en el piso cuando vio la figura de un hombre de espaldas que miraba por la ventana al jardín de rosas. Estaba a contraluz y no pudo reconocer a ninguno de los franceses. Se acercó en silencio para poder verlo sin que las palabras interrumpieran ese momento. Aspiró una fragancia cálida y profunda que le recordó la rama de un árbol quebrada por el viento. Se acercó un poco más, el hombre se volteó y le dijo:

Disculpe, marquesa que entre así en su casa sin ninguna invitación—Le besó la mano.

Los geodésicos franceses siempre son bienvenidos en mi casa.

Sí, pero yo nunca he estado en este lugar tan hermoso.

Me alegra que le guste.

Me va a gustar mucho más si pudiera sentarme, estoy agotado.

Qué tonta que soy, por favor tome asiento—Le señaló un sofá.

Cada vez estoy más maravillado con la elegancia y el lujo de Quito, es algo que nunca imaginé, pensé que era una aldea muy fea y sucia.

Bueno, puedo ser muy sucia y fea, depende de dónde se encuentre uno.

¿Desean que les traiga algo, sus mercedes?

¡Ay, Adolfina! Me había olvidado que estabas aquí.

Señor…

Godin. Louis Godin, Madame.

El que nos salvó del encierro en la fiesta de gobierno

 Mariana se acercó un poco más y preguntó

—¿Le apetece algo para estas horas de la mañana, como un chocolate, un café o un jugo de frutas?

Un jugo de frutas, me encantan las que tienen acá.

¿De qué fruta le gustaría?

Sorpréndame.

Ya oíste, Adolfina. Sorpréndenos.

Como ordene su merced.

El sol se retiró de las ventanas y el salón se sumió en una semi oscuridad. Mariana no pudo ver con claridad la fisonomía del visitante sentado en el sofá, las piernas largas reposando sobre la alfombra. Alzó la mirada para verle los ojos pero solamente percibió su sonrisa. Él dijo:

Soy Godin, madame. El hombre del que tan mal hablan mis compañeros, dicen que les robé el dinero que me dio la Academia.

Yo nunca creería eso, señor, es usted el que nos salvó del encarcelamiento en la fiesta de María Luisa Bejarano. Lo recuerdo muy bien, ese día nos enseñó a bailar a la moda de París.

Él sonrió de una manera que hizo que ella bajara la mirada y la posara sobre la alfombra de flores.

Pero es verdad, malgasté el dinero de la misión.

Mariana se llevó las manos al pecho y lo miró con intensidad.

Está usted a contraluz, madame. Así nunca va a ver mi fisonomía. El sol está en este instante en la mitad oriental del cielo, diría yo que son las diez de la mañana.

En ese instante el reloj de la Catedral dio las 10 campanadas, Mariana se estremeció y bajó los ojos buscando el tiempo que se escondía bajo los sillones.

Hugot es muy buen relojero, ha compuesto el reloj de la catedral que no funcionaba desde hace años—Hizo una pausa y continuó—Para que usted pueda saber la hora.

Mariana no sabía si creerle, pero como se trataba de un sabio francés decidió que debía ser verdad que las horas ahora funcionaban gracias a Hugot. En es momento entró Adolfina con una fuente en la que había dos vasos y una jarra de cristal llena de un jugo enigmático.

¿Qué me van a dar?

A ver, pruebe y adivine qué es—Contestó Mariana.

Por la forma en que me está mirando creo que algo peligroso.

Pruebe, no hable tanto—Rió Mariana.

Es una delicia—Dijo Godin que sostuvo entre sus manos el vaso lleno hasta la mitad—Esto es —Cerró los ojos—esto es nuqui.

No, no. Es naranjilla.

Por eso, es nuqui o naranjilla de Quito. Pero en realidad es solanum quitoense. Los incas llamaban a esta fruta lulum.

Sabe usted mucho.

Bueno, me he quemado los sesos estudiando desde muy niño y he visto recompensados mis trabajos con el reconocimiento de la Academia de Las Ciencias de París.

Por eso lo nombraron jefe de la expedición a pesar de ser el más joven, era el más apto.

Sí, en las ciencia sí, pero luego ya ve, no pude administrar la empresa y hemos quedado en bancarrota.

Mariana miró por la ventana, pero él, que ya se había terminado el jugo, le dijo:

Señora, la gente espera que un académico sea más casto que un sacerdote—Hizo una seña a Adolfina para que llenara otra vez el vaso y continuó—Pero somos hombres llenos de necesidades que de pronto nos encontramos solos en medio de un sitio bello pero hostil, diferente y alejado de lo que nos es familiar. Con esa tristeza y desesperanza llegué a la isla de Santo Domingo y debo confesarle que no pude vivir como lo hicieron La Condamine y los demás. A lo mejor era el más débil de todos y pronto comencé a frecuentar La Dame en Rose.

Mariana vio con asombro que Godin despedía a Adolfina que esperó la orden de su señora para marcharse, la marquesa le dijo:

Adolfina, déjanos solos.

Adolfina le sacó los ojos con desesperación, la marquesa no podía quedarse a solas con un hombre cuando su esposo estaba ausente.

Vete a ver a los niños, mis hijas deben seguir con la monja.

Adolfina quiso decir algo pero no se atrevió ante la mirada autoritaria del francés y terminó por abandonar la habitación. Se quedó detrás de la puerta pero Mariana la abrió y le dijo:

Anda, Adolfina. No necesito que me cuiden de día y de noche—Y sin decir más cerró la puerta de un portazo. Volvió a abrirla y gritó—¡No me espíes!

Cuando regresó al salón, el francés estaba de pie ante la ventana, ella se acercó y pudo verle los ojos y la boca con toda claridad.

¿No quiere sentarse? Así, de pie estamos incómodos.

Me gustaría salir al jardín, aquí estamos encerrados—Se acercó aún más a la ventana y miró hacia el cielo—Afuera hace un día hermoso y podemos hablar sin que usted quede como una mujer que se encierra con un hombre en el salón de su casa.

Mariana hizo un movimiento de asombro y se preguntó si era demasiado provinciana para un cosmopolita como Louis Godin.

Vamos al jardín, a la vista de todos.

Salieron por el corredor, doblaron dos esquinas y bajaron por las gradas de piedra. Godin dijo:

Qué aroma, es exquisito un jardín de rosas sembradas como el maíz, en hileras.

Aquí llaman guachos a las hileras, es una forma un tanto primitiva de diseñar un jardín, pero el terminado es asombroso, el aire huele a rosas.

Se sentaron en una banca de piedra a la sombra de un magnolio oloroso. Sus cabezas casi se rozaban y sintieron el calor del sol sobre los pies que escapaban a la sombra.

¡Qué paz!

Sí, señor Godin, es el lugar más sanador del mundo, aquí las penas se van como por magia. Se sacó un zapato y lo agitó para que saliera una piedrita que le estaba molestando y luego dijo:

—Cuénteme sus pecados, los quiero oír.

Es usted audaz—Le sonrió.

Ella se perturbó y dijo:

No lo creo, todas queremos que nos cuenten cómo es el mundo fuera de estas montañas—Logró calzarse el zapato, alzó la vista y vio al Pichincha. Dijo—Siempre está ese monte ahí, no nos deja ver el mar ni París.

¡París, Madame! Todas las mujeres que conozco sueñan con París.

Es que de ahí viene lo elegante. Por eso debe haberse enamorado de la Dame en Rose, qué nombre tan bonito.

Godin rió tan fuerte que Mariana puso la cara seria y espero a que se calmara.

Usted mismo me dijo que comenzó a frecuentar a La Dame en Rose.

Señora, dije textualmente: “a frecuentar la Dame en Rose”, que es muy diferente porque se trataba de un prostíbulo.

¿De un qué?

Un burdel, señora—Al ver su cara de asombro le dijo con una venia de la cabeza—Un lugar donde los hombres van a buscar compañía de mujeres.

¡Qué horror, señor Godin! Usted se refiere a una casa de p- u- t -a -s—Dijo mirando para otro lado.

Era un burdel muy especial.

Mariana no podía creer que un sabio francés llegara a su casa para hablarle de burdeles, pero se hizo la desentendida; ardía en deseos de saber cómo era la vida fuera de los dominios del marqués y entonces, preguntó:

¿Qué tenía de especial?

Podía sentir la respiración del francés, sus hombros casi se tocaban. Él dibujó círculos en el suelo con una rama del magnolio que había caído cerca, contestó:

Era un burdel regentado por una mulata.

¿Una mulata? Pero eso no es posible, aunque a lo mejor por tratarse de una casa de “p” puede ser.

Es difícil entender cómo funcionan las cosas en un sitio como Port au Prince. La esclavitud es brutal, tratan a los esclavos con tal crueldad que no parece real.

¿Igual que aquí tratan a los indios?

De alguna manera, sí. Pero es diferente, los indios tienen raíces, yo diría que están momentáneamente conquistados, pero un negro en Port au Prince es propiedad absoluta de su amo, no puede pensar, ni tener sus afectos sin permiso de su dueño. En fin.

¿Y cómo conoció usted a la mulata?

Godin se levantó para perderse entre las rosas. Ella lo siguió con la mirada y pensó que se había perdido. Se levantó para encontrarlo pero se sentó rápidamente porque lo vio regresar con una rosa entre las manos.

¿Pensó que me había perdido?—Le preguntó y se sentó a su lado.—La seducción que uno conoce en ese sitio puede llegar a capturar los sentidos de un hombre hasta volverlo esclavo de pasiones que nunca conoció. Es tan peligrosa como estas rosas que exhalan un perfume delicado pero que pueden perturbar un alma sensible—Se llevó la rosa al rostro y dijo—el aroma negro de La Dame en Rose era una puerta al infierno.

Mariana se sintió avergonzada por la conversación y el perfume de las rosas pero presa de un embeleso no se atrevió a moverse de su sitio para escuchar lo que Godin le relató.

Cuando entré por primera vez en ese sitio supe que estaba perdido, su dueña, la mulata Bastienne Josephe me hizo sentir un rey, el más amado de todos sus clientes y sin darme cuenta estaba yo en los brazos negros de las mujeres más hechiceras que pueden existir. Era tan denso el entorno, tan lleno de hechicería y perfumes extraños que yo perdí la voluntad y comencé a gastar el dinero de la expedición en complacerla a ella y a una mujer enigmática y de una belleza tan dominante que parecía una pantera.

¿Era otra mujer?

Sí, y de esa me enamoré hasta perder la cabeza, el corazón y la voluntad—Alzó la mirada al cielo como si tratara de encontrar consuelo en las nubes y continuó—Se llamaba Guzan, creo que en algún idioma debe significar deseo porque eso fue lo que me pasó; fui preso de un deseo que no pude controlar y por eso ahora mis compañeros me desprecian.

Pero usted es el jefe de la expedición—Mariana estaba temblando.

Ya ve que soy un desastre—Arrojó la rosa y la miró—La Condamine ha tenido que vender sus pertenencias y exponerse a humillaciones para poder tener un poco de dinero.

Mariana quiso regresar a la casa pero Godin continuó hablando como si lo hiciera para él mismo:

Me volví tan loco que ordené a nuestro dibujante, Morainville, que pinte los retratos de Guzan y Bastienne Josephe.

¿Usted ordenó eso al señor Morainville?

Sí, y no tuvo más remedio que obedecer. Las mujeres quedaron encantadas, pero ahí no termina mi locura; Guzan quería tabaqueras, ropas finas, plumas para ponerse en el peinado y un día me pidió un diamante que costaba tres mil libras, una pequeña fortuna.

Entonces, usted se dio cuenta del error que estaba cometiendo y se apartó de ella para regresar con sus compañeros.

Mala deducción, madame. Si hubiera actuado de esa manera mis compañeros no me odiarían como lo hacen ahora. No, utilicé más fondos de la misión y le compre el diamante. Mire, me agradeció en una cama de sábanas blancas y perfumes desconocidos, no recuerdo si fue real lo que me pasó aquella noche entre las llamas de la velas blancas y el sonido del mar cerca de la ventana.

En ese momento, Mariana vio la figura del jardinero limpiando los bordes del caminito que se dibujaba entre las rosas.

Es hora de que se marche, señor.

¿La he ofendido?

No, cómo puede pensar eso, me he asustado con el jardinero, debe estar escuchando.

Godin buscó entre las plantas pero vio sólo a un indígena con los pies descalzos que trabajaba con una azadilla sin levantar la vista. Dijo:

No creo que entienda lo que estamos hablando.

Señor, Godin—Suspiró hondo—Acá se enteran hasta las paredes.—Debimos hablar en francés.

No, no. Hubiera sido peor, ya todo Quito estuviera inventando cosas.

Adolfina llegó en ese momento con una pañoleta para protegerla del viento aunque el sol estaba radiante y hacía calor. Atrás llegaron Rebeca con el niño Manuel y un peón. Mariana agradeció en silencio el no estar sola con el académico, se despidieron y ella ordenó que Adolfina acompañara al señor a la puerta.

Cuando la esclava regresó, Mariana no le dio tiempo a decir nada y le ordenó:

Haz que me ensillen un caballo.

¿Y otro para mí o para el Juan Manuel?

No. Quiero ir sola.

El amo se puede poner furioso.

No está aquí, no puede saber lo que hago—Mariana dijo con un ademán de la mano en el aire.

Adolfina se detuvo un instante y Mariana, que andaba rápido hizo lo mismo y volteó a verla.

¿Qué te pasa, no vas a obedecer?

Señora, por favor, el patrón se va a enfurecer conmigo y con la señora Rebeca.

Está bien, Dile al José Manuel que me acompañe y que vaya armado con todo lo que encuentre.

Mariana entró en su dormitorio y se puso su traje de montar sin ayuda de nadie. Escuchó unos golpecitos en la puerta y gritó:

¿Quién?

Su merced, soy Ismael.

¡Entra!

Ismael entró con una bandeja pequeña de plata donde había una esquela, se la entregó a la marquesa que la leyó con atención ante la mirada curiosa del sirviente.

Quito, 1736

Señora marquesa de Maenza.

Mi querida Mariana:

La siguiente carta es para invitarte a pasar unos días en Puembo, ven con tus esclavas. Es una verdadera lástima que nuestros maridos no estén, pero como son tan ocupados nos tienen abandonadas y descuidadas, he pensado que sería mejor pasar juntas con un grupo de amigas y disfrutar del campo, hay un padrecito que oficiará la misa todos los días, de eso no hay que preocuparse.

Con todo mi cariño,

tu amiga y servidora,

Rosa de Araujo y Río.

Días después se dispuso el viaje de Mariana a la hacienda que los grameson alquilaban en Yaruquí y una mañana, Adolfina entró en la habitación de la marquesa, todavía no había aclarado así que llevaba una palmatoria con una vela encendida. Se acercó al lecho y descorrió los cortinajes, la marquesa suspiró y se tapó la cara con la almohada.

Su merced, ya son las cinco de la mañana, los caballos esperan ensillados.

¿Ya está todo listo?—Preguntó Mariana sentándose sobre la cama sin rastro de sueño.

Sí, su merced. Los baúles están empacados, los sirvientes y los esclavos listos.

Mariana se levantó y se dirigió al cuarto de aseo, Adolfina la siguió para lavarla y vestirla con traje de montar. La luz de la vela les ayudó a orientarse, hacía frío. Por alguna parte se filtró la frescura de la madrugada como la corriente de un río cuando corre bajo los molles.

¿El amo sabe que salimos por unos días a Yaruquí?

Sí, Adolfina. Te he dicho mil veces que salimos con su venia.

Mariana aspiró ampliamente y la magia de esa marea matutina que desapareció tan fugaz como cuando entró. Entró  Ismael con cara somnolienta trayendo el desayuno para la Marquesa que desayunó con prisas y la emoción de emprender un viaje sin su marido.

Adolfina, mientras la peinaba dijo:

La pobre Pastora no deja de llorar.

¿Por qué?

¡Ay, niña! El amo ordenó que una cuadrilla de indios salieran a trabajar a Yaruquí con los señores franceses. El Juan Andrés se fue como cabecilla, el amo dice que es el que más sabe.

Pero eso está muy bien. Gregorio dice que no hay nadie como el Juan Andrés para cruzar quebradas e inventarse formas de pasar caballos y aperos por esas peñas y laderas. Además, después de lo que le pasó en Pchogsola no lo quiere apartar de su lado, lo quiere proteger.

Sí su merced, pero la Pastora tiene miedo que le pase algo, se quedó bien asustada con lo que le pasó en el obraje—Remató las trenzas con unas cintas bordadas con perlas diminutas.

Mariana se puso de pie y salió de la habitación. Adolfina recogió los cepillos y espejos de marfil, los puso en un maletín de mano y salió apresurada tras su ama. Alcanzó a decirle en el corredor.

¿Quiere despedirse de los guaguas?

No, no los quiero despertar. Estoy tranquila porque se quedan con Rebeca, Pastora e Ismael. Están en las mejores manos, no les quiero arruinar su descanso.

Alcanzaron el patio de los caballos y Mariana montó con la ayuda de Juan Manuel, Adolfina lo hizo por sus propios medios, iban tapadas con un largo manto de lana para protegerse del frío. Salieron de Quito a paso lento para no arrollar a los vendedores de alimentos que entraban en la ciudad. Observaron a los cargadores de hierba, leña, carne y todo lo que se necesita para alimentar a la población y a los caballos, las indias que cargaban enormes bultos a sus espaldas mientras llevaban un recién nacido prendido del pecho.

Por fin pudieron galopar y enfilaron hacia Puembo la mañana iba desvelando las neblinas de la madrugada y poco a poco fue tomando forma el Cayambe, el Antisana y más allá el Cotopaxi. Galoparon sobre las nubes apiñadas abajo en la llanura. Mariana no tenía a quien decir sus pensamientos ni el arrobo que le produjo la limpieza del aire y la amplitud de la vista, pensó que bajo el amparo de los nevados todo estaba bien. Los caballos resoplaron y se llenaron de aire puro.

A Adolfina le llegaba de vez en cuando el aroma del maíz, chochos y ají que llevaba en sus alforjas para Juan Andrés. “Pobre Pastora”, pensó, “se quedó tan triste…” Una sacudida de su yegua la obligaron a fijarse en el camino bordeado por pencos y espinos azules en plena floración. Se sintió transportada por la delicia de la mañana, se arregló el mantón para que le entrara un poco de aire y le gustó el galope uniforme de los caballos. Tuvieron que desmontar para cruzar los puentes y no vadear el río y así, al final del día llegaron a la hacienda que Pedro Gramesón había arrendado en Yaruquí.

Entraron a galope corto por la avenida de aguacates, un perro les ladró y enseguida salieron varios sirvientes para hacerse cargo de los caballos y ayudar a Mariana a desmontar. Ya en el suelo, sintió que le dolía el cuerpo por una jornada tan larga sin detenerse más que para comer un poco de fritada con mote cerca del río y con el sol quemándoles el alma. Adolfina se paró junto a ella tambaleante y dijo:

Su merced, qué paliza el viaje, el amo hubiera descansado en una de sus propiedades.

Sí, pero por el momento está en Lima así que ahora se viaja como digo yo—Contestó con la mano en la cintura para mantenerse en pie.

En ese momento alcanzó a ver que las luces iluminaban el corredor de vidrieras y vio a su amiga Josefa Pardo de Figueroa caminar apresurada con una palmatoria en la mano, se detuvo en la escalera y entregó la vela a una esclava cuando alcanzó a ver a Mariana con el polvo del camino sobre sus ropas desarregladas.

¡Por Dios, mamía! Cómo se te ocurre hacer el viaje en una jornada, el río estaba crecido y tuve miedo de que no pudieran cruzar.

Ya ves, Josefa. A mí no me detiene nada.

Bueno, deja todo en manos de mi gente y entra para que tomes una limonada antes de que te desmayes.

Mariana la siguió y se sentó en una banca en el corredor, dijo:

Hasta aquí llegué, ya no doy más.

Ya vienen con la limonada y después te enseño tu cuarto.

Por lo que más quieras, que Adolfina también descanse.

¿Tu esclava? Claro, ya la mandé a la cocina para que coma y se vaya a dormir, hoy te pongo una muchachita para que te ayude.

Mariana tomó dos vasos de limonada y se sintió mejor.

Hace calor, Josefa.

Sí, acá es otro clima, mucho mejor que en Quito, ven te ayudo a quitarte ese mantón—Le retiró el mantón de los hombros.

Debe estar apestoso.

No te preocupes de nada, mañana lo mando a lavar, ahora mejor te vas a dormir y en el desayuno hablamos.

¿Está aquí Rosa Larrea?

Claro, está en cama cansada—Levantó las manos en seña de desasosiego y dijo—Pasó toda la tarde bajando capulíes de los árboles.

Ilustración: Roberto Bonifaz

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