Uso del cuarto de círculo para medir los ángulos

Mariana entró a la habitación que le habían preparado y se puso un camisón de dormir de Josefa, se metió en la cama y la esclava de la hacienda le frotó la espalda  con hierba mora. Esa noche soñó con los cóndores sobrevolando cerca de su cabalgadura: Era ya entrada la mañana cuando alguien entró y dijo:

¿Descansaste reina?

Mariana sintió una mano fría sobre su hombro y abrió los ojos, vio a una mujer elegante que le sonreía.

¿Ya no me conoces, reina mora?

Rosa—Se incorporó en el lecho y le dio un beso en la mejilla—Qué bueno que estés aquí, pensé que iba a pasar unos días a solas con la Grameson.

No, yo te dije que seríamos algunas mujeres, están las Dávalos, la Teresita y la Micaela Maldonado.

¿Y Pedro Gramesón?

Está ocupadísimo ayudando a Jean Godin en sus trabajos, ya sabes, lo mandan los geodésicos de la seca a la meca. Pobre chico.

Mariana se vistió sola, al amparo del biombo, se lavó como pudo y salió fresca como una flor al amanecer.

Qué linda estás, bueno eso siempre ha sido así—Rosa la tomó del brazo y juntas entraron al comedor donde las demás las esperaban.

Buenos días a todas—Mariana les mandó un beso con la mano y se sentó junto a Rosa—Me muero de hambre.

¿Qué vas a tomar?—Le preguntó Josefa.

Café, por favor bien cargado y dos choclotandas—Dijo Mariana frotándose las manos.

Sí, pero antes vas a tomar jugo de nuestras naranjas.

¿Y el café?

Despuecito, también lo cultivamos aquí.

Qué delicia tomar café de la hacienda, qué delicia todo.

Mariana bebió su jugo y luego pidió que le sirvieran el café. Observó a sus amigas; le parecieron alegres y más abiertas que cuando estaban con los maridos. No dijo nada pero pensó que era un descanso estar solas, como cuando estaban en el convento, aunque ella nunca estuvo en uno, no recibió educación hasta que conoció a Paul en la Ciénega. Siempre soñó con conocer ese mundo único de las compañeras de estudio, envidió la intimidad que parecían tener y bebió el último sorbo de café.

Qué lindo tu pañuelo, Magdalena—Dijo Teresita.

Si quieres te lo presto.

Gracias, nunca he tenido uno para ponerme alrededor del cuello, queda muy bonito— Teresita se colocó el pañuelo.

Mariana se dio cuenta que le hacía falta la complicidad entre amigas y miró de una en una a las señora elegantes que desayunaban servidas por esclavos y sirvientes indígenas. Su mirada se posó en Rosa y decidió que sería su mejor amiga. Recordó que en la mañana la había llamado reina mora, eso le pareció el colmo de la intimidad y se sintió dichosa. Se mantuvo callada mientras comía las choclotandas y aprovechó para estudiar el comportamiento de las señoras; se llamaban a sí mismas mamías y reina, mi reina. Reclinaban la cabeza sobre el hombro de la otra, se dijo para si misma que eran tan distintas a como se comportaban en las fiestas y cacerías. Pero luego recordó que a veces, cuando hacían un aparte, conversaban con una familiaridad que a ella le dolía y la llenaba de celos.

¿Qué vamos hacer ahora?

Ya no más paseos, ni baños, ni recogidas de capulíes y chirimoyas. Les propongo ir a visitar a los franceses que están midiendo no sé qué cosa en Yaruquí.

Quieren saber la forma de la Tierra, para eso están tratando de medir un grado de longitud y latitud para comparándolos llegar a una conclusión más certera de la forma que tiene la Tierra—Dijo Mariana.

Las otras mujeres guardaron silencio, Mariana bajó la mirada y Rosa dijo:

Mariana se pasa con Pedro Vicente Maldonado y La Condamine, ha aprendido mucho.

Nosotras también queremos entender, vamos a verlos.

Los podemos invitar a comer.

A dormir, pobrecitos deben estar agotados.

Es una buena idea—Dijo Josefa que también se interesaba por las ciencias—A lo mejor necesitan ayuda nuestra.

Me parece que nuestros maridos han mandado cuadrillas de indios para que hagan el trabajo.

Sí, son indios de Tumbaco, Puembo y de aquí mismo—Contestó Josefa.

Mi marido mandó al mejor de todos—Comentó Mariana.

Las demás la miraron asombradas, ellas ni se imaginaban que pudiera haber diferencias entre indios. Mariana se sonrojó pero luego dijo:

Se llama Juan Andrés y sabe escalar los nevados más altos para traer hielo, también ayuda en las cacerías, mi marido no se mueve sin él cuando salen de caza.

Las demás no dijeron nada, la miraron como a un bicho raro. Josefa dijo:

Bueno, qué les parece si vamos andando, queda cerca.

Pero mandemos a los sirvientes con limonada y frutas para que los pobrecitos coman algo fresco.

Mariana preguntó por Adolfina y se dirigió a su cuarto, apenas entró llegó su esclava ya descansada.

Vamos a ir andando a ver lo que hacen los franceses.

Qué bueno, su merced. Le voy a llevar el cucavi al Juan Andrés. La Pastora le mandó comidita.

Adolfina—La marquesa la tocó en el brazo— dime con sinceridad si crees que estas señoras me acepten.

Pero qué dice mi niña—Adolfina se volteó y la miró asombrada—si usted es la más bella, la más rica y la más marquesa de todas.

Sí, pero eso no cuenta, no formo parte de su grupo—Suspiró y dijo—Tú que tienes miedo de lo que pueda decir Gregorio quiero que sepas él me pidió que viniera y me aconsejó que tratara de ser más amiga de ellas, por el bien de mis hijos.

¿Por el bien de sus hijos?

Sí, Adolfina. Tienen que tener contactos, moverse en sociedad, hasta ahora sólo recibimos en casa, nunca vamos de visita, es hora de comenzar, así lo ha dicho el marqués.

Bueno, ustedes saben más que yo, pero sí le digo que esas señoras se mueren de ganas de ser amigas suyas, venga a que la peine—Movió el taburete para que se siente.

Mariana se miró en el espejo y dijo:

Quiero los corales rosados que me regaló Gregorio.

¿Los que se puso en la selva cuando venimos acá?

Sí, son más frescos, menos ostentosos.

Tiene razón, se la ve jovencita y fresca para un día caluroso como hoy.

Cuando las señoras estuvieron listas, se reunieron en el corredor y salieron seguidas de sirvientes y esclavos.

¿Queda lejos?

No, Marianita. Estamos cerca.

¿No tenemos que pasar una quebrada?

No, si estamos al otro lado de la quebrada, para regresar a Quito tenemos que volver a pasar ese puente horroroso.

Caminaron amparadas por sombrillas de encajes y mango de marfil. Se recogían las faldas con la mano libre tratando de pisar en terreno plano con sus botines de campo. Las esclavas llevaban cestas llenas de fruta y los indios cargaban pondos de limonada a sus espaldas. Mariana se divirtió y rió con las otras como si se hubieran conocido desde niñas y se hubieran contado secretos en los dormitorios helados del convento. Por fin se detuvieron y se quedaron mudas al ver el inmenso operativo que se desplegaba ante sus ojos.

Esos caballeros tan elegantes son los franceses—Dijo Rosa achicando los ojos para ver mejor.

Todas se le acercaron y se detuvieron presas de una timidez repentina. En silencio observaron las cuadrillas de indios limpiando los matorrales mientras los capataces montados en caballos restallaban los látigos. Mariana alcanzó a ver a la distancia a Juan Andrés que daba forma a unos maderos con la asistencia de unos cinco indios. Regresó a ver a los franceses y se fijó en Godin dando órdenes a sus colaboradores que obedecían sin rechistar. El viento sopló suave, su sombrilla se estremeció y se quedaron quietas a la espera de una señal. Por fin, Mariana dijo:

Sé que los geodésicos se han dividido en dos grupos. ¿Cuáles son los que están aquí?

Está Godin con Jorge Juan. Verguin y Jean Godin los asisten.

¿Y La Condamine?

Está al otro lado con Bouger y Ulloa.

Godin se fijó en ellas y dio órdenes a su sobrino Jean para que las atendiera. A Mariana el corazón le latió de manera incomprensible cuando vio al joven asistente venir. Se enderezó y esperó que le dijera algo, pero el francés se dirigió a Josefa y le dijo:

Madame, Godin quiere que pasen a su tienda de campaña para que no les de una insolación.

Encantada, enséñenos el camino.

Las mujeres siguieron a Jean y atrás las esclavas con los cestos de frutas y provisiones. Mariana bajó la vista para ver por dónde caminaba pero adivinó la presencia de Godin esperándola al pie de la tienda. Caminó con las dos manos férreamente asidas al mango de su sombrilla y cuando sus ojos se encontraron, se asustó tanto que quiso dar marcha atrás pero el sol la cegó y sin darse cuenta llegó a dónde la esperaban. Godin estaba tan elegante que parecía haberse vestido para la ocasión. Se acercó a ellas y les dijo:

Gracias por venir, es un honor compartir nuestro trabajo con ustedes.

Queríamos tanto ver por nuestros ojos lo que están haciendo, es mucho lo que nos han contado—Dijo Rosa.

Señora, tiene razón. Todos los días tenemos visitas, vienen de todos lados a observarnos, pero nunca hemos tenido una tan agradable—Godin sonrió y con un gesto ordenó a sus asistentes arreglar la tienda. Jean y Verguin entraron para disponer en un semi círculo las sillas para las señoras.

Mariana se quedó rezagada y cuando las demás entraron, Godin se acercó a ella y le dijo al oído:

Qué bueno que haya venido, la estaba esperando.

Ella quiso protestar pero Godin ya estaba en el interior de la carpa, dijo:

Señoras, pónganse cómodas. Sé que es un sitio modesto para lo que están acostumbradas, pero en un trabajo como este no se puede pedir mucho.

Las señoras se acomodaron como pudieron, Mariana se sentó entre Rosa y Josefa, no sabía por qué se sentía tan incómoda, quería regresar a la casa lo más pronto, pero se vio acorralada entre sus amigas y los franceses. Las esclavas pusieron un mantel azul sobre la única mesa y sacaron los aguacates, chirimoyas, limonada y tajadas de queso en platos que traían al fondo de los canastos. Se pusieron a cantar.

Godin tomó asiento y a las señoras les pareció el monarca absoluto de las ciencias y las estrellas. Sus asistentes esperaban su más mínima orden para complacerlo al instante. Se hizo un silencio incómodo, lo único que rompía el hielo era el ajetreo de las esclavas, pero aún eso dejó de ayudar y las señoras miraron el piso sin saber qué decir. Los franceses las observaron admirados de la vestimenta que llevaban y las sombrillas tan finas que ahora estaban plegadas frente a ellas. Godin dijo:

Bueno, espero preguntas.

Como nadie preguntó, el dijo:

Les voy a explicar lo que estamos haciendo.

Ellas levantaron las cabeza y lo miraron muy atentas. Él dijo:

Para llegar a saber la verdadera forma de la Tierra vamos a medir un grado de longitud y otro de latitud y comparar estos dos grados—Las miró y ellas asintieron. El continuó—Vamos a hacer nuestras propias observaciones sin fijarnos en las que han hecho otros como los Cassini.

Godin se levantó y pidió a sus asistentes que desenfundaran el globo terráqueo y lo trajeran. Las señoras lanzaron un grito de admiración al ver la belleza de la esfera terrestre montada en un caballete.

Es muy bello, una obra de arte y precisión como pocas—Dijo Godin mientras manipulaba el globo—Se trata de medir un grado de latitud y otro de longitud para comparar estos dos grados y llegar a una conclusión sobre la forma de la Tierra.

Muy interesante—Interrumpió Magdalena y no dijo más.

Godin no levantó la vista del globo terráqueo y continuó:

De acuerdo con Newton, el diámetro de la Tierra en el plano ecuatorial es 34 millas más larga que en los polos y un grado de longitud en el ecuador debería ser un poco más largo que un grado de latitud—Su mano larga y poderosa señaló en el globo los polos y la línea ecuatorial. Continuó—Con las dos medidas en las que estamos trabajando se puede comparar un grado de latitud en el ecuador con uno medido por los cassinis en Francia o por Maupertuis en Laponia.

Mariana se levantó y mirando por la puerta dijo:

No entiendo cómo van a hacerlo en esta planicie.

Tiene razón en preocuparse por eso, debemos determinar la longitud de la base con precisión.

Mariana miró dudosa la enorme planicie donde los capataces hacían trabajar a los indios sin descanso. Godin la observó y se colocó junto a ella.

Esta base de línea va desde Oyambaro hasta Caraburo—Le señaló con la mano la planicie—Hemos marcado las terminales de la base con grandes piedras de molino y ahora estamos limpiando la vegetación.

Godin las invitó a salir para ver los trabajos. Magdalena llamó aparte a Josefa y le dijo:

No sabes cómo me arrepiento de haber venido, no entiendo nada y estoy cansada de estar bajo este solazo viendo indios trabajar, hasta acá llega el olor a sudor.

No te quejes que te veo entusiasmada con los franceses.

Claro, pero lo que no quiero es recibir clases de astronomía.

Las dos regresaron junto a Mariana que preguntó a Godin:

¿Y ese sendero tan liso que han hecho para qué es?

Me alegro que lo haya descubierto, todavía no está terminado. Para eso están los indios trabajando. Debemos nivelar con precisión el sendero que servirá para las triangulaciones.

¿Y dónde termina el sendero?

Para ser más eficaces nos dividimos en dos grupos, al otro extremo están La Condamine, Brouger y Ulloa. El camino está marcado cada kilómetro, así nos orientamos mejor.

Las señoras parecían cansadas y propusieron regresar a la tienda de campaña para beber la limonada que habían traído. Godin dijo:

Está bien, ya las alcanzamos. Me gustaría enseñar a la marquesa de Maenza lo que están haciendo los indios que nos prestó el marqués.

Mariana no pudo decir nada y lo siguió. Caminaron entre hombres que limpiaban matorrales con machetes y mulas que cargaban los desperdicios para dejar limpio el camino. Godin le ofreció su brazo y ella aceptó; le era difícil caminar entre tanta rama y trozos de madera, la sombrilla la protegía del sol. Por fin llegaron a un aserradero junto al cual encontró a Juan Andrés puliendo unas vigas de madera, él la miró y dejó su trabajo. Se acercó y se arrodilló para besar el ruedo de su vestido, dijo:

Alabado, amita patrona.

Por siempre alabado, Juan Andrés. Levántate y sigue con tu trabajo—Le contestó.

Juan Andrés vio la mirada autoritaria de Godin y regresó a su trabajo. Godin, se acercó al sitio donde estaban unos postes pulidos cubiertos de una resina para protegerlos de la intemperie y los examinó minuciosamente; pasó la mano por la superficie y los olfateó. Mariana sintió el miedo de Juan Andrés y ella también se asustó al ver la cabellera oscura de Godin agitarse con el viento, no pudo ver su cara y rezó en silencio para que todo estuviera bien. Al cabo de un momento, el geodésico dijo:

Por fin alguien que entienda lo que quiero. Buen trabajo, Juan Andrés.

Mariana suspiró aliviada y se acercó para ver el magnífico trabajo de Juan Andrés, no podía más del orgullo.

Juan Andrés es muy bueno—Susurró al oído de Godin y se retiró rápidamente.

Hemos pintado cada una con un color codificado para que siempre estén en el mismo orden.

Son sólo tres—Dijo Mariana.

Sí, señora. Cada grupo tiene tres perchas de 6 metros para las triangulaciones.

¿Qué son esos aparatos que están haciendo más allá?

Son los trípodes, para que no haya ninguna variación de tamaño por causa de los cambios de temperatura, venga—Godin la llevó nuevamente donde estaban las perchas y le señaló una—Todas tienen en el extremo una delgada plancha de cobre para que empaten perfectamente y las mediciones sean exactas.

Mariana trató de entender pero se distrajo al ver al teniente de navío Jorge Juan que se acercó a donde estaba y la saludó para luego dirigirse a Godin:

Ya está todo listo para poner las perchas sobre los trípodes—Enseguida ordenó a los trabajadores que dejaran lo que estaban haciendo y se concentraran en poner las perchas en los trípodes. Gritó—¡Son seis trípodes donde deberán colocarse las varillas!

Mariana se sentó sobre una piedra y observó la precisión con que se ejecutaron las órdenes y el cuidado que puso cada de uno de los geodésicos en todo. Se olvidaron de ella que los observó hipnotizada. Pusieron los seis trípodes y cuando estuvieron listos, Godin gritó:

¡Vamos a poner el borde de la primera perpendicularmente sobre el extremo de la base!

Cuando así se hizo, se acercó Jorge Juan con una plomada que era un hilo que colgaba de esa primera percha.

Ahora que ya está puesta la primera percha vamos a colocar la segunda y la tercera, tienen que tocarse con precisión los extremos de cobre—Explicó Godin a los peones.

Mariana se levantó para buscar a sus amigas que no salían de la tienda pero se sorprendió al ver una cantidad de gente sentada al borde la acequia, se dio cuenta que era los que venía de todas partes para ver el trabajo que hacían los franceses. Los observó curiosa, eran dueños de tierras, tenderos y familias enteras que comían chirimoyas sentados sobre la hierba a la sombra de árboles frutales. Botaban las pepas y cáscaras al agua correntosa de la acequia.

Venga, le enseño algo.

Mariana miró a Godin parado frente a ella con el sol tras la cabeza y el cabello ondeando sobre los hombros. Se levantó y avanzó con cuidado por el camino lleno de ramajes. Él se volteó y le dijo:

Tómese de mi brazo para que pueda caminar con más facilidad, le voy a enseñar algo que cuidamos mucho.

Mariana se turbó; no entendía qué hacía en ese lugar lleno de hojarasca y trabajadores, pero se dejó conducir por la poderosa fuerza de Godin que quería enseñarle un tesoro. Por fin llegaron a una choza con la puerta cerrada, Godin sacó la llave y entraron. Mariana se quedó en la entrada, él la llamó desde el interior y le enseñó un aparato muy extraño.

No es una joya como se imagina, pero es tan valiosa como cualquiera de las que usted tiene.

Mariana se aproximó hacia la mesa donde Godin había puesto un estuche que abrió con sumo cuidado, le hizo una seña para que se acercara más. Se colocó tan cerquita de Godin que pudo oír su torrente sanguíneo y ese perfume discreto que parecía salir de su pecho. Él acarició con la mano una barra de acero, ella vio que tenía una inscripción en un borde. él le dijo:

Esta es la toesa de Langlois que hizo dos copias de las de Chatelet en París para esta misión. Es una barra de hierro terminada en dos recintos en cada extremidad, estas reglas caben perfectamente dentro de las cantoneras terminales que las protegen durante su transporte y manipulación.

Están muy seguras las reglas, a muy buen recaudo.

Sí. Esta toesa la utilizamos para comparar la invariabilidad de las perchas por eso las tenemos con este cuidado. Las guardamos también con este termómetro para evaluar las alteraciones lineales producidas por los cambios de temperatura.

¿Cada cuánto tiempo hacen las comparaciones con la toesa?

Cada tres días. Marcamos sobre las perchas con un compás de vara, la longitud de la toesa con la mayor exactitud y clavamos tachuelas en donde cae la punta del compás.

¿Encuentran diferencias en la longitud de las perchas?

Cuando encontramos diferencia en la longitud de las perchas hacemos la corrección sustrayendo o añadiendo lo que hemos notado.

¿Cuánto miden las tres perchas juntas?

Diez toesas—Godin cerró el estuche.

Mariana vio un escudo en la tapa del estuche donde se leía:

Inuenit et perfecit Toise de 1 ‘Académie qui á serui ámesurer la grandeur du dégré sous 1’Equateur et sur laquelle ont éte réglées les toises qui ont été enuoiées por ordre du Roy dans les principales valles du Royaume.
Le impresionó la inscripción elegante y recorrió con la mirada la choza. Estaba todo limpio, la mesa reluciente y la medida guardada como una princesa. No quiso quedarse más y salió, pero en el umbral de la puerta sintió la presencia de Godin demasiado cerca, entonces le dijo en voz alta para que todos la escucharan.

Ustedes han decorado esta planicie como si fuera una mesa adornada para un banquete.

Une table belle, quiere decir una mesa bella.

Mariana sintió la respiración de Godin en su espalda mientras miraba la planicie bajo el cielo azul y los nevados que parecían tan cercanos. De pronto vio un reloj de péndulo, grande como los que se usan en las salas elegantes. Preguntó:

¿Por qué está ese reloj ahí?

Al final de cada línea de observación están colocados dos relojes de péndulo sincronizados para determinar el grado de longitud. Esperamos hacer la sincronización con una señal luminosa, y en caso de que algún monte obstruya la luz, se hará con el ruido que hace un cañón de guerra.

Mariana salió de la choza y se encaminó hacia donde estaban sus amigas. Mientras caminaba vio que, entre la gente que estaba sentada al borde de la acequia, había sacerdotes y dibujantes que trataban de plasmar en sus cuadernos lo que hacían los franceses. Mientras avanzaba vio a un profesor con cuatro alumnos que preguntaban a los peones lo que estaban haciendo. Se detuvo un momento y dijo como si hubiera descubierto algo increíble.

Señor Godin: Table belle se parece de manera asombrosa al nombre del lugar: Tababela.

A lo mejor significa lo mismo en un idioma que ha desaparecido, son señales que nos dejan de siglos atrás para que nosotros las interpretemos.

Lo miró como si fuera la primera vez y, de pronto, se levantó un viento que le hizo imposible sostener la sombrilla.

Rápido, a la tienda—Ordenó Godin y tomándola del brazo la jaló a donde estaban sus amigas comiendo con los jóvenes asistentes.

Jorge Juan, que se había adelantado dijo:

Entren rápido que se va a levantar un huracán de esos fuertes.

Mariana se precipitó en el interior de la tienda y se colocó junto a sus amigas. Teresita dijo:

¿Qué pasa?

Es un huracán que está levantando polvo y arena. ¡Jean, Verguin tapen las hendijas, cierren la puerta!

Las mujeres hicieron un grupo y se arrodillaron a rezar. Godin, Jorge Juan y los jóvenes ayudantes salieron luego de asegurarse que las señoras estuvieran bien. La carpa se movía y ellas sentían la arena golpeando los lados que se agitaban como lo hacían los cortinajes de sus lechos cuando se abrían las ventanas para airear las habitaciones. Las esclavas se arrodillaron detrás de sus amas y entonaron rezos y cánticos para pedir ayuda celestial. El viento fue bajando poco a poco de intensidad y Mariana, a pesar del miedo que tenía, abrió la puerta y lo que vio, entre el polvo que flotaba en el aire, le pareció una catástrofe que le heló el alma. La hermosa Tababela estaba destrozada; árboles caídos, las perchas desparramadas por todo lado. Ahogo un sollozo y caminó con dificultada, el polvo le hacía difícil respirar, detrás del polvo alcanzó a ver a Jorge Juan y Godin con sus asistentes levantando con sus manos las perchas. No vio indios ni peones y avanzó para ver a Juan Andrés; un terrible presentimiento se apoderó de ella y se movió lo más rápido que pudo, a pesar de que tropezaba continuamente. Por fin lo pudo ver; trataba desesperadamente de reanimar a un trabajador que parecía inconsciente.

¿Juan Andrés, qué pasa?

Su merced, terrible huracán nos arrastró por todo lado y parece que el Segundo está mal.

No puede ser—Se arrodilló junto a Juan Andrés que sujetaba la cabeza de un peón lívido con la cara y el cabello lleno de polvo.

Le has lavado un poco.

Con el pite agua que había, amita.

Mariana puso la mano sobre la boca de Segundo y dijo:

Está muerto—y acarició el cabello sucio de Juan Andrés que comenzó a sollozar y dijo:

No se puede hacer más, taita dios se lo ha llevado—Lloró con fuerza—Mi cuñado, el que me dio de comer cuando estaba preso en el obraje—Se limpió la cara con la mano sucia y continuó —Y ahora qué le voy a decir a la Tránsito, se va ha quedar solita con los guaguas, le han de botar de la hacienda.

No. No te preocupes por eso, el patrón no lo va a permitir.

El patrón no está aquí y los mayordomos le van a echar sin pena.

No pienses eso, yo no lo voy a permitir.

Juan Andrés continuó llorando.

Voy a mandar un peón para que le avise a la Tránsito. Voy a escribir a José para que vea por ella, te juro Juan Andrés que a tu hermana nadie le hará daño, si quieres ordeno que pase a vivir en tu casa.

Por favor, patroncita. Dios se lo pay.

Mariana sintió una pena inmensa al ver llorar de impotencia, a un hombre tan valiente. Se limpió las lágrimas con el ruedo de su vestido y abrazó a Juan Andrés y entonces vinieron cuatro peones a llevarse el cadáver. Uno de los mayorales gritó:

¡Hay que enterrar a ese muerto rápido antes de que se descomponga y comience a apestar!

Primero que el cura venga a darle cristiana sepultura—Ordenó Jorge Juan que había llegado en ese momento y ayudó a Mariana a levantarse.

No debería estar aquí, señora. Estos eventos la pueden enfermar y no llore tanto que ya lo estamos arreglando todo—Le señaló con la mano a los peones que se habían hecho cargo y ayudaban a Jean Godin y a Verguin.

Es una tragedia, señor. No puedo reponerme tan rápido, necesito tiempo.

Por eso las mujeres no deberían venir a estos lugares; todo el tiempo pasan cosas así, ya enterramos a nuestro querido Couplet.

La muerte no le importa.

No, porque es parte de la vida—Le ofreció su brazo y le dijo—Es mejor que se reúna con sus amigas, nos veremos en unos días.

¿Van a venir a la hacienda?

Sí, Pedro Germason nos invitó.

Él no está aquí.

No, pero viene con sus hijos así que iremos apenas nos tomemos un descanso.

Mariana aceptó el brazo que le ofreció Jorge Juan y se reunió con sus amigas para regresar a la hacienda.

Marianita ¿Cómo se te ocurrió salir antes de que se calme todo? Estás hecho una lástima—Dijo Josefa y le limpió el cabello lo mejor que pudo.

Adolfina se acercó para ayudar y cuando Mariana le dijo al oído que había muerto el Segundo, se puso a sollozar silenciosamente.

Las señoras regresaron a paso lento y sin hablar. Las esclavas cargaban las canastas vacías y las sombrillas de las señoras que ya no las necesitaban porque el sol se había ocultado tras las nubes de polvo.

Cuando llegaron a la casa se retiraron a sus habitaciones para lavarse lo mejor que pudieron y al anochecer se reunieron en el corredor de vidrios para tomar chocolate con bizcochos. La noche estaba clara, la luna alumbró el jardín.

Será mejor que nos pongamos a jugar a las barajas, así nos vamos a olvidar de la tragedia.

¿Qué tragedia, Mariana?

triangulaciones

Ilustración: Uso del cuarto de círculo para medir los ángulos. Fuente, La Condamine 1751

Ilustración #2-la medida de la base en las Observaciones astronómicas y físicas. Fuente Revista de Historia Naval Suplemento 15

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