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Cuando las señoras preguntaron a Mariana cuál era la tragedia que la perturbaba tanto, ella contestó:

La muerte del Segundo—Al ver que la miraban sin entender, dijo—uno de los peones que mandó Gregorio.

Ah, sí. Oímos que había muerto un indio.¡Pobre!—Josefa dejó su taza vacía sobre la mesa, se acomodó el chal que tenía sobre los hombros y dijo—Menos mal que no fue uno de los franceses, gracias diosito santo—Se santiguó y lo mismo hicieron las otras.

Josefa ordenó que le trajeran las barajas y acomodaron una mesa con tapete para jugar hasta que se cansaron y se retiraron a sus habitaciones.

Ojalá podamos dormir, mamías.

Mariana se estremeció y se despidió de las demás. Un rato después, miraba la noche clara a través del cortinaje abierto de su lecho. La luna le acarició la cara y vio sobre la bóveda celeste a Godin midiendo las perchas con la toesa y más allá el reloj de péndulo que daba las horas del cielo.

Los días siguientes, las señoras descansaron y emprendieron cortos paseos por los alrededor. Uno de esos días, cuando estaban sentadas a la sombra de enormes aguacates, las esclavas les trajeron jarras de limonadas y empanadas de morocho.

Un tente en pie hasta la hora del almuerzo—dijo Josefa mientras tomaba una empanada y una servilleta para limpiarse los dedos.

Yo sólo limonada, por favor—Dijo Mariana que estaba recostada contra el tronco del árbol.

Pero si esto es una delicia—Rosa la miró con atención y luego dijo—A ti te pasa algo, estás cansada.

Sí, estoy rara, no tengo hambre.

La esclava que estaba sirviendo las empanadas se saltó el sitio de Mariana y se puso la mano sobre la frente para poder ver mejor, dijo:

Vienen unos jinetes—Aguzó más los ojos y dijo—Es el amo con unos caballeros y sus criados.

Mariana sintió un golpe en el pecho y se levantó para ver por sus propios ojos la polvareda que levantaron los jinetes, unos perros ladraron mientras corrían junto a ellos.

¡Vienen directo para acá, traigan más empanadas y limonada!—Gritó Josefa

El golpeteo de los cascos sobre el piso seco, la polvareda, los perros y los gritos de Josefa hicieron que Mariana se tambaleara y tuvo que volver a sentarse, pensó que se iba a caer. Tenía la cabeza baja y la levantó cuando vio a los hombres desmontar y los criados hacerse cargo de los caballos. El primero en desmontar fue Godin que se acercó hacia donde ella estaba y le dijo inclinándose:

No pude despedirme como se debe en Tababela y cuando quise hablar con usted ya había desaparecido.

¿Vino hasta acá para despedirse de mí?

No, Vine para visitarla—La miró desde donde estaba y dijo—Me gusta su peinado, deja al descubierto su cuello largo y delicado

Mariana, que tenía las trenzas recogidas sobre su cabeza, se tocó la garganta y sintió que se encendía en una llama. Él le ofreció la mano para ayudarla a ponerse de pie y la levantó como a una pluma, ella sintió su perfume cálido y el cabello oscuro le rozó la mejilla.

Josefa se les acercó y tomando a Godin por el brazo dijo:

 –Venga señor Godin. Lo están esperando sus amigos.

Mariana, que se había quedado rezagada vio a los hombres alrededor de las empanadas con limonada bajo la sombra de un árbol de chirimoyas. Una brisa se movió por el follaje refrescando el día caluroso. Ahí estaban Pedro Gramesón, su cuñado, José Pardo de Figueroa marqués de Valleumbroso, Jean Godin, Jorge Juan, Verguin y otro francés que ella no conocía. Mariana caminó por el suelo de hojarascas y sintió la frescura de una acequia cercana. Los hombres estaban solos, atendidos por los esclavos, las mujeres se habían sentado sobre un tronco largo y conversaban en voz baja. Ella se dirigió a donde estaban los hombres y dijo:

Me muero de sed, voy a tomar un vaso de limonada—Extendió la mano y un esclavo le sirvió la limonada y una servilleta pequeña.

Gracias—Dijo mirando las casacas claras y cabelleras largas, le parecieron académicos elegantes a pesar del trabajo duro y a campo abierto. Los caballos pastaban hierba con las riendas sueltas. Se bebió la limonada de un sólo trago, los hombres dejaron de hablar y la miraron sorprendidos, dijo:

No se callen por mí, sólo quería limonada.

Es un placer que se interese por nosotros—Dijo el francés desconocido.

Tiene razón, es a usted a quien quiero conocer.

Soy Jean de Morainville—Le hizo una reverencia.

Sé que es usted ingeniero y pintor, mi esposo me ha hablado mucho de usted—Recordó que había retratado a Guzan, la amante de Godin.

Su esposo es el marqués de Maenza.

¿Como lo supo?

Recuerdo que la vi en el baile del presidente Alcedo, no tuve el honor de que nos presentaran, usted pasó la noche bailando.

Los ojos de Mariana se abrieron y luego se entrecerraron al recordar que había bailado con Godin que en ese momento conversaba con Pedro Grameson. Adolfina se acercó a ella y le dijo:

Su merced, la están llamando sus amigas para entrar a la casa.

¿Dónde están las señoras?

Entraron hace un rato.

Mariana llamó a un esclavo para entregarle su vaso vacío y caminó junto a Adolfina.

Y tú te atreves a interrumpirme así como así.

Usted no debía acercarse de esa manera tan atrevida a los señores.

Quería limonada. ¿Y a ti qué te importa?

Me importa mucho—Adolfina estaba enfurecida.

Un momentito, parece que has olvidado que aquí la esclava eres tú.

Baje la voz, niña. ¿No se da cuenta que sus amigas la están espiando?

¿A mí?—Mariana caminó lo más rápido que su vestido y botines se lo permitían.

Su conducta es alarmante.

Mariana se detuvo y le dio un bofetón. Adolfina le sostuvo la mirada y le dijo en voz baja:

Tenga cuidado que si el amo se entera de cómo está usted, la va a repudiar. Ahí sí, ya no voy a ser su esclava.

Mariana corrió por el corredor de ladrillos lisos y entró en su dormitorio, Adolfina la siguió y cerró la puerta tras suyo.

No me importa si me manda a dar cien latigazos por decir esto— Adolfina lanzó chispas con la mirada.

Mariana se había echado boca abajo sobre su lecho, se mantuvo en silencio.

¿No me quiere oír?

Mariana no respondió.

Entonces, escuche—Adolfina se sentó sobre la silla que estaba cerca al lecho y dijo:

Usted quería que las señoras la aceptaran, pues no lo van a hacer si se pone a coquetear de esa manera tan descarada con el señor Godin.

Mariana se levantó como un resorte y se quedó sentada sobre la cama. Los pies se balanceaban nerviosos. Adolfina se levantó y mirándola a la cara le dijo:

A lo mejor todas esas señoras se han enamorado alguna vez pero nunca han traicionado a su marido—su mirada recorrió el cortinaje y dijo—Si lo han hecho, nadie se ha enterado.

No me había dado cuenta que tenía un sentimiento especial hacia Godin hasta que te escucho. ¿Cómo sabes tú lo que me pasa?

Es usted más clara que las ventanas del corredor, se ve todo lo que pasa en su interior.

Mariana se tapó el pecho con la chalina que había dejado esa mañana sobre el lecho recién tendido. Dijo:

No me gusta que me espíen.

Si no quiere que la espíen, no se deje ver.

¿Qué me estás aconsejando?

Que tenga mucho cuidado y que me perdone por hablarle así, no quiero que me castiguen.

Adolfina, nadie te va a castigar—miró al suelo y continuó—gracias por advertirme, soy una tonta, alocada. Me dejo llevar por aromas misteriosos y el arrullo de las tórtolas.

El mal que usted tiene es su hermosura, ha enloquecido al pobre señor, pero si trata de curarlo es usted la que va a salir perdiendo.

Está bien—Miró al suelo y señaló con la mano la puerta cerrada—Déjame sola, te prometo portarme bien.

Adolfina caminó por los corredores con la respiración acelerada y así llegó a la cocina.

Qué bueno que llegaste, Adolfina. Ayuda a pelar esas papas—Le dijo la cocinera.

Sí, doña.

Adolfina peló papas hasta llenar una olla.

¿Eres rápida, no?—Dijo la cocinera y llamó a la negra Lucrecia, que vino con la marquesa, para que ayudara a Adolfina.

Adolfina vio de reojo a la esclava que conocía de toda la vida pero nunca la había visto así; parecía una palmera; su cintura se movía con una sangre ardiente. La miró con interés mientras las dos pelaban papas hasta llenar una canasta de cáscaras, le dijo:

Lucrecia andá a dar esas cáscaras a la chancha parida que está atrás de la cocina.

Lucrecia se alejó con la cesta sobre la cabeza. Adolfina vio la cadencia, el vestido de algodón que ceñía sus caderas generosas y regresó a su tarea, el cuchillo arrancó la piel de las papas como si fuera un asesino. Momentos más tarde, Adolfina se encontró a solas con Lucrecia y le dijo algo que nadie pudo escuchar pero que hizo llorar a la joven esclava.

En la habitación, la marquesa escribía en su diario íntimo cuando entró Adolfina. Alzó la mirada de las hojas y dijo:

Esta noche vamos a comer con los señores.

Sí, su merced.

Quiero que me arregles las trenzas y me pongas los diamantes.

Sí, su mereced.

Adolfina rehizo las trenzas y las recogió a la altura del cuello. Entrelazó las flores de azahar que sacó de sus bolsillos y acomodó los diamantes como gotas de agua entre flor y flor. Le pasó el espejo de marfil y dijo:

Mire lo lindo que le quedó la nuca.

Mariana se volteó y vio en el pequeño espejo sus trenzas enjoyadas. Pidió el abanico de marfil y plumas de cisne. Ya arreglada salió tras la esclava que alumbraba el camino.

Pasaron por corredores hasta que llegaron al salón iluminado con la gran lámpara del techo y los candelabros colocados en lugares escondidos. Mariana se detuvo a mirar las mesas de juego junto a las ventanas y a Godin que jugaba una partida de billar con el marqués de Valleumbroso. Suspiró ante la elegancia de su casaca de seda y las peluca blanca. Recorrió con la mirada el resto del salón y vio a las señoras sentadas en un lugar apartado, hacia allá se encaminó y despachó a Adolfina.

Hola, reina. Descansaste, se nota

Mi preciosa estás para quitar la respiración.

Qué lindo te quedó ese peinado, los diamantes parecen lluvia de mayo.

Ustedes también están muy bonitas—Mariana se sentó junto a Rosa y abrió su abanico como las demás.

La marquesa recorrió con la mirada las paredes blancas donde se reflejaban las sombras de los hombres de pie y de los sirvientes que se movían con bandejas de licor y bocaditos. La sala era grande y bulliciosa, pero por algún motivo, pudo escuchar la conversación de Godin con el marqués de Valleumbroso.

Mi querido Godin, me alegra que reconozca que tuve una participación favorable para que esta misión geodésica tuviera el permiso del rey Felipe, usted sabe que el Consejo de Indias pidió mi opinión como residente en el Virreinato del Perú.

Sí, lo agradezco de corazón, pero me queda la intriga de por qué era usted tan partidario de que los dos marinos españoles se unieran a nuestra misión. ¿Le parecía necesario que nos espiaran?

¡No, qué dice! Mi interés era  que España se empape en las ciencias y tenga participación en esta misión única, no puede quedarse fuera del conocimiento de las grandes naciones europeas. Siempre he amado las ciencias.

Godin hizo una carambola y el marqués de Valleumbroso asombrado dijo:

Es usted tan bueno para el juego como para las ciencias, me ha tomado desprevenido.

Magdalena, sentada junto a Mariana le dijo:

¿Sabes mamía, que mi porotito ya va este año al convento? Tiene una ilusión la bonita y a mí se me ha dado por llorar, es tan chiquita.

¿Cuántos años tiene?—Preguntó Mariana escondida tras el abanico.

Nueve, es chiquita todavía.

Mi Isabel también tiene nueve y entra al convento con la tuya—Dijo Josefa Pardo.

¿Las tuyas cuándo entran al convento?—Preguntó Rosa.

Este año—Contestó Mariana que estaba sintonizada con un misterios canal que le permitía escuchar a Godin.

Qué bueno, van a ser compañeras, amigas para toda la vida.

Mariana escuchó otra carambola y vio a Godin orgulloso de ganar siempre, entonces, sin pensarlo cerró el abanico y se levantó para colocarse junto a la mesa de tapete verde. Los hombres la miraron tomar un taco de los que colgaban de la plancha de madera lustrada clavada a la pared. Empolvó la suela de cuero del extremo del taco para luego acercarse donde estaban ellos y preguntó:

¿Me permiten?

Claro, estábamos en un descanso.

Traten de quitarme el taco si pueden.

Apretó la mandíbula y se inclinó con el taco entre sus dedos. Tiró a una bola blanca y golpeó a las otras dos; hizo una carambola y luego caminó a lo largo de la mesa y se inclinó por el otro lado. Otra vez golpeó con la bola blanca las otras dos.

Si sigue así no vamos a poder jugar—Dijo Godin acercándose a ella.

Mariana se volteó hacia las mujeres que la miraban espantadas y las llamó en voz alta:

Vengan a jugar.

Las mujeres se levantaron, dejaron los abanicos sobre las sillas y corrieron a coger los tacos y ensuciaron el piso con el polvo de tiza.

Bebieron mucho pisco y rieron como niños. Godin terminó sentado sobre una banca burlándose de la forma de jugar de Rosa Larrea que rasgó un trozo del tapete verde de la mesa. Ese momento los llamaron a la mesa y allá se dirigieron riendo y conversando en voz alta, el marqúes de Valleumbroso se arregló la peluca que se había movido en el momento en que perdieron los modales.

1. Jean simeon Chardin-A-Game-of-Billiards

Ya sentados a la mesa comieron sin saber qué era lo que se llevaban a la boca y bebían vino en copas de cristal que los sirvientes nunca dejaron vacías.

¡Vamos a jugar naipes!—Propuso Jean.

Pero si todavía no terminan los postres—Dijo Teresita.

No importa, que nos pasen los dulces y el café a las mesas de juego—ordenó la dueña de casa.

Corrieron a sentarse alrededor de las mesitas que ya estaban listas con el tapete verde y paquetes de barajas en cada una. Godin señaló a Mariana la mesa donde debían sentarse junto a Rosa y los Grameson, ella se sentó y como Godin se mantenía de pie, le preguntó:

¿Qué pasa, por qué me ve así?

Sin usted nos hubiéramos muerto de tedio, nos salvó la noche—Se sentó frente a ella.

Mariana bajó la mirada y comenzó a barajar las cartas.

No—Godin la detuvo con un gesto.

¿No, qué?

Le voy a enseñar a jugar con barajas francesas, no abra las cartas españolas

Ya nos enseñó La Condamine.

La Condamine ni sueña el encanto que tienen las barajas—Hizo una seña a su esclavo antillano y este se presentó al momento con una caja que parecía un cofre de joyas. Godin lo tomó con sumo cuidado, lo abrió.

La marquesa dijo:

Es una maravilla, parece de porcelana—Tocó la tapa con las manos y dijo—De porcelana dura.

Godin sonrió:

Vamos a jugar lo que jugaban mis abuelos—Abrió uno de los cajones de la caja y sacó un paquete de naipes.

Todos miraron las cartas blancas.

Pero no hay ninguna figura—Dijo Josefa.

Voilá—Godin volteó las cartas y las mujeres sintieron sus pechos latir de emoción.

Las figuras son muy bellas.

Cada figura tiene un significado; éste es el rey, éste el valet.

Tiene espadas, diamantes, tréboles.

Cada uno es un palo; los corazones representan la iglesia.

O el amor—interrumpió Josefa.

Godin la miró y dijo:

Las interpretaciones pueden ser personales, pero las reglas dicen que las picas representan al ejército, lo que más impresiona de estos naipes es la importancia de la dama o reina. Los franceses somos románticos y amamos a las mujeres.

Mariana temblaba débilmente, el juego le apasionaba y pronto estuvieron echando cartas, jugando “El Hombre”. Apostaron en otros juegos, ella ganó mucho, las manos se tocaban mientras barajaban, no había lugar a ninguna conversación ni distracción, era tan dulce la abstracción que no se dieron cuenta que hace rato había amanecido.

¡Dios mío, ya es otro día!—Pedro se tapó los ojos con las dos manos.

A veces, el sol puede ser un estorbo—Godin recogió las cartas y las volvió a poner en la cajita, llamó a su esclavo que dormitaba sobre un sillón y le ordenó que se las llevara a su dormitorio.

Somos los únicos que quedamos—Dijo Mariana.

¿A qué hora se habrán ido los demás?

No lo sé, pero lo mejor es ir a dormir.

No, yo no puedo dormir—Dijo Mariana con las dos manos sobre el pecho.

Tiene razón, estamos alterados por el juego, les propongo salir a un paseo matinal hasta que esté el desayuno y luego nos retiramos a dormir.

Vamos, tiene razón, Godin—Dijo Pedro ofreciendo el brazo a su mujer.

Salimos—Godin ofreció el suyo a Mariana.

Ella dudó un momento pero luego se prendió de su brazo como lo más natural y salieron a pasear por las pequeñas calles sembradas de naranjos agrios y grandes higueras. Después regresaron al comedor y tomaron desayuno antes de que llegaran los otros. El cansancio los venció a pesar de las tazas de café, los sirvientes bostezaban sin disimulo mientras servían vasos de agua fresca y limonada recién hecha, parecía que nada quitaba la sed a los amos. Se retiraron a descansar, Josefa dijo:

Nos vemos en el almuerzo.

Mariana vio a Adolfina y se alejó con ella. Una vez en el cuarto se dejó desvestir para ponerse un camisón de dormir, cuando estuvo entre las sábanas dijo:

Pasamos tan lindo…

Ayer en la mañana usted estaba muy enojada.

No me acuerdo lo que pasó ayer, anoche jugamos como si fuéramos niños, fue tan bonito.

Duerma, descanse hasta la hora del almuerzo, va a estar delicioso.

¿Qué van a hacer?

Ají de carne, estamos cocinando desde tempranito.

¡Qué rico!

Con aguacates y ají con chochos—Dijo Adolfina.

Mariana no contestó, estaba dormida, así la dejó su esclava que regresó a la cocina para ponerle chicha de jora recién hecha a la olla del plato de gallina.

En el dormitorio de Mariana, la mañana pasó lenta y cuidadosa, el aire entró por la ventana abierta agitando los cortinajes, ella se volteó para sentir la brisa en su cara y respiró con tranquilidad, como si el mundo pasara despacito por sus cabellos desordenados. El sol se hizo más luminoso mientras avanzaba por el cielo azul hasta que llegó al mediodía, en ese instante Mariana vio pasar sobre la pantalla de su mente la imagen de alguien que comía chirimoyas y la miraba de una forma rara Estaba sentado junto a la acequia y la amenazaba con una sonrisa diabólica.

¡Adolfina!

Adolfina, que salía en ese instante de la cocina para recoger unos huevos en el gallinero, escuchó los gritos de la marquesa. Corrió a su dormitorio y la encontró sentada al borde de la cama con el camisón arrugado y el pelo alborotado.

Salvador Lujano estaba en Tababela—Mariana temblaba.

No entiendo lo que dice—Adolfina, arrodillada en el suelo trataba de quitarle el cabello de la cara.

Lo vi, lo vi. Estaba sentado en la acequia y me miró de una manera horrible, diabólica.

Tranquila, es solamente una pesadilla, usted está acá en la casa de sus amigos.

Adolfina la ayudó a serenarse, la lavó como pudo y le peinó con las trenzas más sueltas lo que le daba a su rostro suavidad. Estaba preocupada porque tenía miedo a Lujano que azotaba a los indios hasta casi matarlos, quemaba y saqueaba las chozas de los que no pagaban los impuestos al cura. El amo lo había echado de la Ciénega por tanto abuso. ¿Qué estaría haciendo en Tababela? Pero luego se dijo a sí misma que sólo era un sueño de su ama y trató de serenarse.

Mariana se reunió con sus amigos en el comedor pero no estaba alegre como los otros días; no vio a Godin por ninguna parte. Ya estaban todos sentados a la mesa dando grititos de emoción por la delicia de la sopa, los sirvientes pasaban bandejas con tajadas de aguacate, rodajas de huevo duro y la carne deshilachada. Ella tenía el corazón helado y el rostro pálido.

Pareces un conejito asustado—Le dijo Rosa.

Me faltó dormir.

A todos nos pasa lo mismo, este ají de carne te quita la mala noche de una.

Mariana se moría de tristeza hasta que por la puerta apareció Godin, fue como si entrara el sol. Atrás venía su esclavo antillano.

Vaya, te regresó la vida al cuerpo.

El ají de carne es milagroso—Dijo Mariana que no había probado bocado de la sopa.

Ponte las carnecitas deshilachadas con los aguacates—Josefa le hizo notar que atrás suyo había una sirviente con una bandeja.

Mariana se puso las carnecitas sobre la sopa y se llevó una cuchara a la boca.

Parece deliciosa, Madame.

Sí, sí—Contestó ella sin alzar a ver a Godin.

Godin, se sentó junto a ella y se dejó servir por su esclavo, tenía la servilleta sobre las rodillas. Mariana olió la colonia de lavanda y limón volando por su casaca impecable. Entrecerró los ojos y una oleada cálida le recorrió el alma. No pudo comer más y bebió limonada fresca, sin darse cuenta rió con el francés y en el almuerzo no escuchó más que su voz. Sintió frío y se estremeció, Godin como si supiera lo que le pasaba le dijo:

Beba vino, le hace bien.

No hay vino.

El esclavo, ante una seña de su amo, vertió vino en una copa vacía que reposaba sobre la mesa.

¿De dónde salió esta copa, de dónde salió el vino?

Yo hago milagros, confíe en mí y verá lo bien que se va a sentir.

Mariana acercó la copa a sus labios y bebió un poquito, lo suficiente como para querer poner su cabeza sobre el hombro de Godin. Bebió un poco más y pronto sintió la mano fuerte sosteniendo la suya debajo del mantel, nadie notó nada. Sintió las olas del mar cuando está calmo y el sonido que hace la lluvia cuando cae sobre la selva. Levantó la vista y se fijó en el colorido de la vajilla y en el movimientos de los cubiertos que parecían comunicar un lenguaje que sólo ella entendía. Godin hablaba sobre su proyecto y explicaba las triangulaciones a los invitados que de vez en cuando le hacían una pregunta, ella se diluía en la copa de vino.

Después del almuerzo salieron a ver una corrida de toros que ofrecía el cura de la parroquia. Habían improvisado unos entablados cubiertos por toldos para los miembros de la misión, el clero, los funcionarios y los hacendados. Los Gremesón y sus invitados llegaron andando y se ubicaron bajo el toldo blanco, frente a ellos se colocaron los vecinos del pueblo.

Me tiene que enseñar un poco sobre este espectáculo, nunca he visto una corrida de toros en mi vida.

Mentiroso—Rió Mariana—Cuando ustedes llegaron les ofrecieron muchas corridas.

Pero quiero que me explique qué me pasa ahora que estoy sentado a su lado.

¿Y qué le va a pasar? Nada.

Como si fuera lo que más esperaba en el mundo, Godin le tomó de la mano bajo el mantón que cubría la tabla de la barrera. Ella volvió a sentir las olas mansas recorrer su cuerpo y se puso a ver sin mirar a la gente que capeaba los toros y escuchó la algarabía como si fuera un rugido que le salía de sitios íntimos que despertaron entre lances y caballos enjaezados con estribos de plata. La tarde pasó volando y cuando regresaron a la casa estaban tan cansados que en lugar de las comidas copiosas sólo tomaron un caldo de gallina cernido y hervido con vino de misa.

Qué rico, esto era lo necesitábamos—Dijo Moranville que pasó toda la tarde haciendo bocetos de los árboles de aguacate y chirimoyas mientras los demás estaban en los toros.

Se retiraron a sus habitaciones, Mariana se dejó desvestir en silencio y cuando Adolfina le terminó de poner la camisa de dormir, le dijo:

Anda a dormir, estamos cansadas.

Sí, su merced. Qué bueno que se acueste temprano.

La noche avanzó como un suspiro perfumado y pronto todos dormían con los músculos cansados tras los tules que los protegían de los zancudos. Mariana dormía con un sueño tranquilo y su respiración se esparció por la habitación contagiando todo con su ritmo calmo; la vela encendida de su velador se onduló con pereza y el péndulo del reloj apenas se movió. La doce campanadas de una iglesia cercana turbaron la paz del cuarto y Mariana crispó las manos pero siguió durmiendo. El chirrido de la vela la despertó y se sentó al borde del lecho. Sintió una poderosa llamada y sin detenerse a pensar tomó la palmatoria con la vela agitada y salió para avanzar casi a tientas por el corredor oscuro, iba con el cabello revuelto.

Caminó sin saber a dónde se dirigía, pero se detuvo aterrorizada al ver una sombra que caminaba a oscuras, se escondió tras una pilastra y apagó la vela. En ese momento la luz de las estrellas aclararon la noche oscura y reconoció a Lucrecia tocando la puerta del cuarto de Godin. Casi no podía respirar y comenzó a temblar de miedo, Godin abrió la puerta y Lucrecia entró. Cerraron la puerta.

Mariana se dejó caer sobre el piso y lloró hasta que se le heló la sangre, nunca había sentido tanto frío. Se incorporó y trató de regresar a la habitación, pero a duras penas pudo caminar, sus miembros estaban entumecidos y un dolor insoportable se le instaló en el pecho. Dejó caer la palmatoria y cayó sobre el enladrillado sucio, una rata pasó junto a sus pies y ella ahogó un chillido. Así se quedó hasta que el sol comenzó a salir. El suave resplandor del amanecer la ayudaron a encontrar su cuarto y se encerró para no recibir a nadie.

Esa mañana, Adolfina regresó a la cocina pero se quedó preocupada por la marquesa, así que se quitó el delantal y fue a la habitación, pero Mariana no abrió la puerta ni contestó a su llamado. La esclava pidió auxilio al cielo, miró al techo, salió al jardín, caminó por el corredor y se detuvo para ver a lo lejos las flores amarillas del cholán que esparcían una luz dorada sobre el patio. Un viento extraño le tocó la piel y se frotó los brazos para protegerse del peligro que flotaba en la luz que llegaba de afuera. Le pareció escuchar unas pisadas sobre el empedrado y frunció el ceño cuando vio la figura sombría de un hombre que subía las gradas. Vestía como un mayoral de hacienda con poncho azul, bufanda blanca y un sombrero que dejaba ver su cabello largo y seboso, el sonido que hacían las espuelas, ennegrecidas por la mugre, asustaron a Adolfina que dio un paso atrás. El hombre sonrió con sorna, la ignoró cuando pasó a su lado y se internó por el corredor oscuro. Adolfina sintió un aire malo que le rozó nuevamente la piel cuando el hombre se alejó y entonces reconoció a Salvador Lujano y armándose de valor lo siguió sin que él se percatara. Lo vio detenerse en una esquina y barrer con la bota deslucida unos trozos de porcelana que estaban esparcidos por el suelo. Se escondió tras una pilastra y lo observó guardar los retazos en un pañuelo mugriento que luego guardó en la alforja que tenía cruzada sobre la espalda.

Adolfina no lo pensó más y regresó corriendo a la puerta del dormitorio, sacó una ganzúa que tenía en su bolsillo y forzó la cerradura. Se detuvo espantada al ver a Mariana tirada sobre el suelo con las trenzas sueltas y corrió hacia ella para ayudarla a levantarse. Le tocó las manos que las tenía heladas y le dijo:

Su merced, por favor no se ponga así.

He sido la más tonta de las tontas, no podré perdonarme jamás, me quiero morir.

Yo sé lo que le pasa y no es para echarse a morir—Adolfina la acomodó en el lecho y se fue a cerrar la puerta, cuando regresó dijo—No debió salir anoche, tenía que quedarse en su cuarto.

¿Cómo sabes que salí?

Adolfina entreabrió las porta ventanas para que entrara algo de luz y se sentó en una de las butacas que estaban alejadas de la cama, dijo:

La vi cuando intentó llegar al cuarto del señor Godin y se detuvo porque vio a Lucrecia entrar antes que usted, gracias a Dios.

¿Tú te atreviste a espiarme?

Sí. No sólo a espiarla sino a mandar a Lucrecia para que usted no caiga en desgracia, las paredes tienen ojos.

Mariana se incorporó sobre las almohadas, la señaló con el dedo y dijo:

Tú me estabas persiguiendo, eso no te lo perdono.

Me va a tener que perdonar porque si esto llega a saber el amo nos manda de vuelta a Lima a pie. Tuve que obligar a Lucrecia a entrar todas las noches en el cuarto del señor para que no pase una desgracia—Adolfina se puso las manos sobre las sienes y continuó—Si no la obligaba, el señor Godin la hubiera asediado y usted se hubiera perdido, no hubiera podido salvarse, lo que nunca me imaginé es que tuviera las agallas de ir por sus propios pies a entregarse—Se golpeó la cabeza con la mano—Hubiera sido nuestra desgracia.

Mariana, súbitamente despierta se sentó a la turca sobre el lecho y dijo:

¿Y si Lujano estaba por acá?

Los ojos de la negra se posaron sobre ella que tuvo que hacer un esfuerzo para ver si estaban tristes o furiosos, le dijo:

Lujano está acá.

A las dos se les congeló el corazón.

Descubrí que trabaja para el fiscal Balparda y que tiene las órdenes de contar todo lo que ve para contarle a su amo.

¡El fiscal es enemigo de Gregorio!

Su merced, Lujano también es enemigo; está resentido porque el amo lo sacó a latigazos del obraje, haría cualquier cosa para hacerle daño al patrón.

¿Qué puede hacer contra él?

Adolfina, que no sabía cómo decodificar las intuiciones y pensamientos que le llegaban como una llovizna confusa, dijo:

Contaría a todos que usted ha tenido amoríos con el francés y eso es lo más humillante para un hombre—Suspiró buscando las palabras y dijo—Un hombre traicionado hace que la gente se ría y lo desprecie.

Mariana se tapó la boca con las manos y comenzó a llorar con unas lágrimas que le salieron del alma.

Adolfina, quiero estar con Gregorio y que todo vuelva a ser como antes, mañana regresamos.

El amo debe estar viajando hacia Quito.

Lo voy a recibir como a un rey, le voy a decir que lo amo como no sabía que se podía amar.

Ojalá Lujano no sepa nada porque hoy lo vi en el corredor.

¿Qué quieres decir?

Yo lo vi—Se acercó a Mariana y le dijo—Venga la ayudo a vestirse y salga que han retrasado el almuerzo por usted.

No quiero, no quiero ver a Godin.

Tendrá que hacerlo, si no van a sospechar las otras. Ah, y mejor salimos pasado mañana para prepararnos bien.

Mariana tenía un peso en el alma, nunca había sufrido así ni cuando nació su hijo Gregorio tan enfermito, ese fue un sufrimiento de madre, ahora sentía otra clase de dolor. Se miró en el espejo mientras Adolfina la peinaba y vio su rostro pálido, se dijo en silencio—He envejecido tanto en una noche que dejé de ser la niña de la Ciénega.

Mariana entró en el comedor y supo que la miraban diferente; se había puesto sobre los hombros un chal negro y tenía solamente unos aretes de perlas como joyas. Se hizo un silencio hasta que Josefa le preguntó:

¿Cómo estás? Me dijo Adolfina que te sentías un poco mal.

Sí, tuve un fuerte dolor de cabeza pero Adolfina hace magia conmigo.

Estás diferente pero eso sí, linda como siempre—Le dijo Rosa y le dio un beso en la mejilla.

Al día siguiente Josefa y sus amigas tomaban chocolate en el corredor. Ya no quedaba nadie; los franceses regresaron a sus triangulaciones y la marquesa de Maenza viajó a Quito esa madrugada.

Qué delicia estar solas otra vez.

¿Te parece, Josefa?

Sí, hija. Se me ponen los nervios de punta después de atender a tanta gente.

La marquesa de Maenza cambió de la noche a la mañana—Dijo Teresita que tenía los codos puestos sobre la mesa mientras hundía un bizcocho en la taza.

El corredor se iluminó con la luz de las velas que encendieron las sirvientas con los pies descalzos. Las señoras tomaban chocolate con las trenzas mal hechas y los vestidos flojos, los pies cubiertos con medias sucias del polvo de ladrillo de los corredores. Parecía que se recuperaban de una fiebre alta y ahora comían bizcochos con malos modales y tomaban vasos de agua fresca haciendo ruido con la boca.

La marquesa no pudo conectar con nosotras. No sé, es como si estuviera un poco en el aire.

Se equivocan, es un encanto—Dijo Rosa que se quitó el chal de los hombros porque tanto chocolate le dio calor.

Teresita y Dolores se desperezaron, Josefa dijo:

Un poquito rara si es, se porta demasiado libre con los hombres.

Se cree una belleza y no es para tanto.

Se desperezaron aburridas y sintieron el vacío que dejan los huéspedes luego de que han llenado de vida una casa.

Lo que nos faltaba; comenzó a llover a cántaros.

Durmamos todas en un mismo dormitorio, siento una tristeza tan honda…. Esta casa parece un cementerio, nadie creería que hasta ayer todo fue una fiesta.

Estamos chuchaquis de tanta trasnochada, por eso nos sentimos así

Podemos decir que unan las camas y así nos acompañamos y no nos da miedo.

Esa noche las sirvientas unieron las camas, empataron los colchones y las señoras durmieron sintiendo el calor de sus cuerpos cansados.

Ilustración: Interior con jugadores de cartas de Pierre-Louis Dumesnil

Ilustración dos: Fragmento de El Juego de Billar de Jean Siméon Chardin

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