marriage-c3a0-la-mode-the-countesss-morning-levee1Mariana llegó de Yaruquí y buscó a sus hijos para besarlos como si los hubiera dejado por mucho tiempo, se pasaba la mano por los cabellos mal peinados pensando en que su hija Catalina debía entrar ya en el convento y hacer amistad con las hijas de sus amigas. Todos la miraban asustados, su palidez era alarmante y apenas comía. Las tardes se sentaba cerca del balcón pensando en Gregorio ¿Por qué no viene? Por fin, un día escuchó los cascos de su caballo y bajó corriendo los escalones que llevaban al patio de servicio. Se detuvo junto a una pilastra de piedra y lo vio llegar seguido de sus mayordomos, dos indios salieron para hacerse cargo del caballo y quitarle las espuelas, Ismael se tomo el sombrero y el poncho de hilos dorados. No se dio cuenta que tenía la camisa mal cerrada y el pelo alborotado, Gregorio se acercó a ella y le dijo:

No te has bañado ni arreglado para recibir a tu marido.

Mariana se colgó de su cuello y se abrazó a su torso, temblaba.

¿Qué te pasa?

Te extrañé mucho, no quiero irme nunca más a ninguna parte sin ti.

Eso debías haber pensado antes, te dejo hacer lo que quieres, las mujeres deben quedarse en la casa cuidando a sus hijos.

Lo sé, lo sé—Mariana temblaba.

El viento azotó las hojas de los árboles y lastimó la fina piel de Mariana.

Marianita, hace frío y el viento está insoportable.

Gregorio se apartó y entró en la casa sin esperarla, a ella le rodaron las lágrimas hasta mojarle las manos.

Los días pasaron sin que nada perturbara la paz agobiante que reinaba en el estrado de Mariana donde la monja enseñaba lecciones tediosas y ella bordaba un manto para la virgen del Carmen. No encontró consuelo en los rezos ni en las charlas con el padre Juan. Su marido no la visitó en el dormitorio por varios días hasta que una noche se acostó en su cama y le besó en la mejilla, le dijo:

Tengo problemas, me han demandado.

¿Quién, el presidente Ríos?

El fiscal Balparda

Te lo dije, es por el caso de La Condamine, seguro que te pondrán una multa muy grande por haberlo ayudado, sobre todo porque le compraste tanta mercancía que decían que era contrabando.

Ya ves como son los políticos. El presidente me acusa de levantar a los criollos contra su autoridad ayudando al contrabando cuando es él el que trae cargamentos de mercadería ilícita.

Mariana se acurrucó contra su pecho y suspiró para decir.

Tienes muchos enemigos, te envidian y harán todo lo que esté a su alcance para acabar contigo.

Él se volteó, la besó en la boca y le dijo:

Me harán daño pero no podrán acabar conmigo—La besó como en tiempos lejanos mientras le decía—Sólo tú puedes acabar conmigo.

Se estremeció y se dejó amar con la pasión de siempre mientras rezaba para que nunca se enterase de su coqueteo con Godin.

Al día siguiente recibió la visita de su amiga Rosa que le dijo:

Vamos al jardín, tengo que comentarte algo y no quiero que nadie nos escuche.

Gregorio está aquí.

Lo sé, no quiero que me vea, seguro está enojado conmigo.

Salieron entrelazadas por la cintura, despidieron a los sirvientes y se sentaron entre los rosales fragantes. Rosa dijo:

Por favor, Marianita. Di a tu esposo que José está muy arrepentido por haber escrito al Rey sobre el asunto de La Condamine, pero quiere que le hagas saber que él nunca nombró al Marqués de Maenza, fue Balparda, el fiscal.

Rosa, eso Gregorio lo sabe muy bien, no te preocupes. Vamos a verlo, no hay necesidad de escondernos aquí, ya es tarde y está frío—Se arregló el rebozo y dijo—A estas horas todo se pone muy triste, me tranquilizo más cuando ya es de noche. Quédate a comer con nosotros.

Entraron en el estrado y se sentaron alrededor del brasero. Mariana decidió abrir su corazón, no podía mantener por más tiempo el secreto que la estaba consumiendo. Dijo:

¿Quieres café con leche?

Ni muerta, me aterran las natas que se pegan en la garganta, prefiero un tinto que aquí lo hacen delicioso.

¿Te gustaría un tinto servido en taza grande?

Rosa la miró sorprendida y Mariana con voz de ruego le dijo:

Es que quiero que este café dure largo, para contarte algo que me está matando.

Entonces, dame café en plato de sopa que quiero oír lo que te pasa.

Ismael les sirvió el café en tazas grandes, les dejó el pan dulce y salió. Mariana, con la taza en la mano se sentó más cerca a Rosa.

¿Estás llorando? Se te va a dañar el café, ya le han caído dos lágrimotas.

Rosa, tengo un problema muy grande, tan grande que no sé por dónde empezar.

A ver, Mariana. En Yaruquí te pasó algo grave porque cuando partiste estabas al borde de un colapso.

¿Tanto se notó?

Sí. ¿Qué pasó?

Mariana le contó con lujo de detalle su coqueteo con Godin, lo mucho que le gustó su perfume fino, sus modales elegantes. Le contó que le sujetó la mano bajo el mantel y luego bajo el tapete de la plaza de toros de pueblo.

¡Ay, qué cosas dices! A todas nos ha pasado lo mismo alguna vez en la vida y con los franceses muchas veces.

¿Con los geodésicos?

Claro. No somos de piedra y hay hombres que pueden hacernos soñar—Rosa tomó un sorbo de café con un pedacito de pan. Dijo—Muchas veces hemos llegado hasta el final.

¿Quieres decir que las señoras que estuvieron en Yaruquí han tenido amantes?

Claro. No todas pero muchas buscan su felicidad—Dejó la taza vacía sobre la mesa, se limpió las migas con la servilleta y dijo—Nos encierran en conventos apenas cumplimos los nueve años y luego nos casan a los trece. Casi todas salimos heridas porque no nos cuentan cómo es la primera noche y luego nos enteramos que nuestros maridos pasan en la cama de las esclavas—Le tomó de la mano y le dijo—Cuando veas a una mujer que ríe y tiene un poquito de felicidad es porque ha tenido un amante, no hay otra explicación.

Pero Godin nunca ha sido mi amante.

Lo sé. Tienes la suerte de tener un matrimonio por amor, Gregorio te ama y tú lo adoras. ¿No?

Que llegue a enterarse es lo que me da pánico.

No lo hará, ningún marido se entera. Además no llegaste a mayores.

Gregorio no entendería nunca eso.

Estaban a oscuras y entonces entró Ismael a encender las velas y dijo:

Sus mercedes, la comida estará lista en unos quince minutos, el marqués me dijo que les avise.

Cuando se quedaron solas, Rosa acarició la mano de Mariana y le dijo:

No tengas miedo, y si pasa algo, verás como todo se arregla.

No pudieron hablar más porque Ismael regresó para decirles que el marqués las esperaba en el comedor.

La comida fue muy alegre, Gregorio rió y se burló de las dos amigas, Rosa se tranquilizó porque lo vio amigable y conciliador.

No dejará de ser mi amigo, vea—Extendió su mano sobre el mantel y Gregorio la tomó entre las suyas.

No, Rosita. Nadie podrá interponerse entre usted y yo—Le besó la mano.

Oigan, eso a mí me da celos, unos celos terribles—Dijo Mariana y extendió su mano.

Gregorio, asido de las manos de las dos amigas, las besó efusivamente y luego rieron alegres. Ismael volvió a llenar sus copas vacías. Cuando entró a la cocina para traer más vino dijo en voz alta.

Adentro parece que se van a chumar si alguien no viene a recoger a doña Rosa.

escuela quiteña

 

Pasó el tiempo, los académicos franceses continuaron con su trabajo y las hijas de los marqueses de Maenza, Catalina, María Rosa y María Josefa, entraron en el convento.

¿Están muy tristes, hijitas?—Pregúntó Mariana en la visita semanal.

No, mamitica. Cuando entramos estábamos muy asustadas, pero las monjas son buenitas y nos hacen fiestas y nos dejan cantar en el coro.

¿Fiestas? Entre ustedes me imagino.

No, mamitica. Invitan a los jóvenes más elegantes de Quito, los hijos de los más acaudalados.

Pero eso es peligroso, que las niñas estén solas con jóvenes por muy distinguidos que sean—Mariana se puso la mano en el pecho como si aquello la asustara mucho.

Las monjas nunca nos dejan solas, ellas tocan la guitarra y cantan muy bonito.

¡Ah, bueno! Si es con melodías religiosas es otra cosa.

No, mamitica—Dijo María Josefa—Cantan lo que está de moda, lo que les enseñan los franceses.

¿Cuáles franceses? Los académicos están en Cuenca.

Sí, pero los jóvenes a veces tienen días libres y entonces las monjas los invitan y nos dejan bailar con ellos—María Rosa hablaba a toda velocidad, como si le fueran a quitar la palabra—Les cocinan las comidas más ricas y los dulces más elaborados, los franceses nunca han visto dulces así, dicen que son primorosos.

Mariana sintió que algo le apretaba el pecho y se puso a temblar un poco.

¿Qué le pasa mamita?—Preguntó Catalina.

No lo sé, me siento mal, muy mal.

¡Madrecita, venga a ayudar a mi mamá!—Gritó María Rosa asustada al ver a su madre tan pálida.

Las monjas, que estaban sentadas en las bancas de piedra del patio, corrieron a socorrer a la marquesa de Maenza que parecía se iba desmayar.

Cuidado se priva, marquesa.

No, sólo necesito una agüita de esas que ustedes saben hacer para calmarme. Son nervios.

Venga, venga Marquesa. Vamos adentro para que se recueste en la cama de una de las hermanas mientras le preparamos la agüita.

Mariana, recostada sobre el camestro, temblaba al pensar en que Gregorio pudiera adivinar que una noche, hace unos años había querido entrar en el cuarto de Louis Godin para que la amara porque pensó que estaba enamorada de él. Se puso a llorar pidiendo a Dios que nunca la delatara, que Gregorio muriera sin saberlo, lo amaba más que nunca y se arrepentía de haberlo despreciado cuando era una niña, de haberse alejado de él porque le sedujo la elegancia y el mundo de un académico francés. ¿Y si una de sus hijas se enamoraba de uno de los asistentes de Godin? ¿Y si Godin había sido poco caballeroso y hablaba de ella como una de sus conquistas? Recordó que fue a visitarla para contarle sobre sus amores con las mujeres del burdel de Puerto Príncipe. “No es tan noble como para callar una aventura, difamar mi nombre le daría mucho prestigio entre sus admiradores y Gregorio no me perdonaría jamás”. Pensó.

Marquesa, por favor no llore así, se van a asustar sus hijas.

No están aquí.

Sí, pero la van a ver cuando salga. Está pálida y con los ojos rojos de tanto llorar.

Mariana se sentó en la cama y se bebió el agua milagrosa de flores de azahares y algún secreto que las monjas no contaban ni bajo tormento.

Qué buena es su medicina, me estoy tranquilizando, madre.

Me alegro, marquesa. Pero mejor se va por otra puerta para que sus hijas no la vean, yo ya sabré qué les digo para que se queden tranquilas.

Gracias, madre. No soportaría que me vieran así.

Mariana encontró a Adolfina y a sus sirvientes esperándola en la portería, se persignó con el agua bendita que había cerca de la puerta y salió para caminar hacia su casa. Iba protegida por el quitasol que llevaban sus esclavos, cuando llegó a la casa dijo:

Adolfina, ven conmigo.

Sí, su merced.

Entraron en el estrado y Mariana se sentó sobre su cama, dijo:

Quiero que digas a Ismael que traiga unos indios para que se lleven todo lo que está oculto tras el biombo.

Adolfina la miró con extrañeza, se arrodilló sobre la alfombra y dijo:

A usted le pasa algo, mi niña. Está tan triste y nerviosa desde hace tanto tiempo, desde que regresamos de Tababela.

Ay, Adolfina, ya no puedo más. Tengo miedo que Gregorio se entere que la última noche quise entrar al cuarto de Godin, que le cuenten que estuve coqueteando con él todos los días, que jugué y aposté mucho porque él me lo pidió. Tengo pánico.

Pero ya no supo nada y ha pasado mucho tiempo, es mejor que se olvide o vaya a confesarse para que el padre Juan le de una penitencia, es la única forma de lavarse el alma de esos oscuros pensamientos.

No, Adolfina. Los curas le pueden contar a Gregorio.

¡Uy, no! Es secreto de confesión.

No hay secreto de nada cuando un cura quiere un favor de Gregorio, le cuentan los pecados de los pobres indios.

¡No puede ser!—Dijo Adolfina llevándose las manos a la cara.

¿Cómo crees que funcionan los poderosos?—Saben todo lo que los indios, esclavos y mujeres pensamos, por eso yo no le cuento todos mis pecados al cura. Gregorio sabe que sigo comiendo huevos crudos y a veces como carne en Semana Santa,. ¿Cómo crees que lo sabe? Sin embargo, debo confesarme todas las semanas.

No le cuente a los curas, pero hable con Dios en la iglesia.

Mejor con la virgen, es mujer y me puede entender y perdonar.

Con la virgen que tiene en su oratorio, es la Virgen del Carmen, tan hermosa y milagrosa.

Adolfina escuchó un ruido y se levantó deprisa, dijo:

El amo acaba de entrar.

¿Acá?

No, a la casa. Venga la arreglo un poco porque está hecha una lástima.

Hace tiempo que Gregorio ha dejado de amarme como lo hacía antes—Dijo Mariana que estaba ya sentada frente al espejo de su peinadora.

Su merced, eso pasa en todos los matrimonios después de tantos años de casados.

No, su abandono ocasionó que me fije en Godin y yo también me olvidé de temblar de amor cada vez que se me acercaba, lo he descuidado, no lo acompaño a nada y me gusta estar más con mis amigas.

Cuando Mariana salió del estrado, no vio a Gregorio por ninguna parte. Lo buscó en los salones, en su despacho hasta que decidió ir a su cuarto. Se detuvo y golpeo.

¿Sí?

Soy yo, Mariana.

¿Qué quieres?

¿No puedo pasar?

Estoy tratando de descansar un rato, tuve un día horrible, nos vemos a la hora de comer.

Mariana se alejó, parecía una sombra escurriéndose por las paredes.

Esa noche comieron en compañía de tres jesuitas también estuvieron Rosa Larrea y Josefa Pardo Figueroa.

¿Marqués, ha oído lo que La Condamine descubrió sobre la quinina?

Claro, es una bendición que haya encontrado tantos árboles en Loja, y además que haya descubierto que hay varias clases de chinchona. Antes se creía que cualquiera era la apropiada para tratar el mal del valle, pero ahora con los estudios de La Condamine ya se sabe cuál es el bueno.

Marqués, me contaron que hizo el descubrimiento de que la corteza roja es la que vale, parece que lo que se mandaba a los boticarios europeos no tenían ningún valor.

Deberían reconocer ese esfuerzo de nuestro amigo, en Europa están desesperados por saber cuál es la corteza buena.

Cuando les sirvieron la comida nadie se calló, las mujeres escuchaban lo que hablaban los hombres vestidos de negro, elegantes como finos caballeros y no como religiosos que eran.

Creo que se le ha hecho justicia porque la Academia de la Ciencia de París ha publicado su tratado “Sur l’arbre du quinina”—Dijo Gregorio luego de poner su copa de vino sobre el mantel blanco.

—“Sobre el árbol de quinina”—Susurró Josefa al oído de Rosa que no entendía ni una palabra de francés.

Las gentes de Quito piensan que los científicos son lunáticos o están tratando de encontrar oro, les parece sospechoso tanto instrumento—Dijo Rosa Larrea.

Su esposo, el presidente de la Real Audiencia los ha molestado mucho—Dijo el padre Hernández.

Sí, eso fue al comienzo, pero ahora es todo lo contrario.

En eso tiene razón la mujer del presidente, ahora todo es distinto y hemos terminado con nuestras desavenencias—Dijo el marqués con la mirada volcada sobre Rosa, la pobre esposa del presidente.

Gregorio, no sabe lo que me gusta oírlo hablar así, sería un dolor muy grande si siguen peleados—Contestó y dejó la carne intacta en el plato.

Gregorio miró a su mujer que parecía estar con la mente en otra parte, ella se dio cuenta y bebió un poco de vino para aplacar el terrible miedo que sintió ante esa mirada turbia. A pesar de que todos hablaban tan a gusto, un aire frío se filtró por las hendijas y Mariana se arreglo el chal sobre los hombros..

Me van a disculpar—Sus hombros se estremecieron y dijo—Si no les importa, voy a retirarme.

¿Te sientes muy mal?

No tanto, Gregorio. Creo que es un resfriado.

Mariana salió de la habitación sin saber lo que los demás dijeron ni si las señoras se quedaban a gusto entre tanto jesuita. Se refugió en su dormitorio y se tumbó sobre la cama, Adolfina que siempre aparecía de la nada, la cubrió con varias mantas porque se dio cuenta que estaba tan débil que no iba a poder desvestirla.

¿Qué le pasa niña?

Yo sé que Salvador Lujano está en Quito, sigue trabajando donde el Fiscal.

¿Y qué importancia tiene eso?—Adolfina la arropó mejor.

Él me vio con Godin, me vio cuando me humillé al tratar de ir a su cuarto, estoy segura.

Pero ha pasado tanto tiempo y no ha dicho nada.

Adolfina, ese hombre está esperando el momento perfecto para que Gregorio se entere de todo.

Adolfina se santiguó más asustada que su ama, si el amo se enteraba las iba a castigar a las dos. No las perdonaría nunca.

Ya no piense tanto, va a atraer la mala suerte, mejor levántese y regrese donde están los demás. El amo ordenó que encendiéramos el brasero con palos de capulí y guaba, va a estar bien oloroso.

Ya no le gusta el brasero de mi estrado.

Ya, déjese de dramas, si se le ocurre venir acá se va a encontrar con todo desordenado, vamos que seguro la estarán esperando.

Mariana se secó las lágrimas y se mojó la cara con agua de rosas, en el espejo se vio un poco más tranquila y regresó al salón. Cuando entró vio a los jesuitas y a su marido jugando cartas y a sus amigas sentadas alrededor del brasero que olía a capulí.

Regresaste, reina mora. Ven siéntate junto a mí.

Gracias, Rosa. Ya me siento mejor.

Parece que es una epidemia en Quito, casi todas estamos así de nerviosas y con escalofríos—Dijo Josefa.

¿Y si jugamos nosotras también?—Preguntó Mariana.

La marquesa agitó una campanilla para llamar a Ismael y pedirle que le trajera un mazo de barajas, pero el esclavo entró antes de que lo llamara. Se acercó a las damas con un paquete que traía entre las manos. Mariana exclamó:

No me digas que adivinaste mis pensamientos y me trajiste las barajas.

No, su merced. Vengo a entregar esto a su merced, la señora Josefa de Gramesón.

Las señoras miraron extrañadas la cajita que Ismael depositó en las manos de Josefa.

¿Qué será? Me muero de ganas de ver, ábrelo ya.

Esperen, esperen. No sean tan curiosas.

Josefa apartó con sumo cuidado el envoltorio de tela que parecía no tener fin, hasta que quedó al descubierto una caja rústica.

¡Qué tal! Yo esperaba algo hermoso y parece tan vulgar.

Ten cuidado, Josefa. Puede ser brujería.

No hables tan alto, te pueden oír los curas.

El aire se enrareció, algo misterioso estaba pasando, las señoras pidieron una mistela de cacao para calmar un poco la expectativa y disfrutar ese momento único que rompía lo cotidiano, lo conocido.

¡Esto es una broma! No son más que pedazos de porcelana, no entiendo.

Mira, parece que hay un escrito en el fondo.

Josefa apartó lo trozos rotos y tomó entre sus manos una carta, la agitó y dijo:

Es un mal chiste, la carta está sucia. Leyó:

Señora:

Le mando los trozos de un corazón roto en una triste noche de hace cuatro años. Es un acertijo que le propongo adivinar. Llame a las amigas que estuvieron con usted en Tababela y vea si alguna reconoce los trocitos rotos y la ayudan en este juego que le propongo.

Las tres amigas se inclinaron para ver los trozos de porcelana, cada una tomó un par para examinarlos. Mariana sintió que se le agolpaba la sangre en la garganta y se tomó otra mistela de cacao. Miró los fragmentos de porcelana rosada, hizo acopio de todo su valor y se quedó en silencio.

Me parece que si juntamos todas las piezas a lo mejor reconocemos de qué se trata—Dijo Josefa.

Un momento, si quien te envía esto habla de hace cuatro años cuando estuvimos en Tababela, debe ser algún adorno de tu quinta, Josefa—Dijo Rosa.

Debería reconocer a qué pieza corresponden—Josefa miró con atención los pedazos esparcidos sobre la mesa central—No me puedo acordar de lo que tenía hace tantos años.

Tampoco es que tenías tantos adornos de porcelana de este diseño, estoy intrigadísima—Dijo Rosa—A ver, parece un portavelas.

Mariana bebió más licor; reconoció al instante de qué se trataba el acertijo. Dijo:

Seguro es una broma o se trata de un trabajo.

¿Un trabajo?

Sí, creo que lo mejor es botar eso lejos de aquí, a mí me parece que te han hecho brujería.

Espera, Josefa—Rosa estaba seria—Sería prudente pedir la opinión del padre Juan, es el jesuita que más sabe de indios y de las brujerías que hacen.

Venga, padre Juan.

Pero no ven que estamos en la mitad de una partida de naipes—dijo Gregorio.

No se enoje, Gregorio. Me han mandado algo muy raro y quiero que el padre Juan me diga si se trata de un trabajo o es en realidad un acertijo como dice esta carta. Léala.

Gregorio tomó entre sus manos la carta y la leyó con atención, dijo:

Esto no parece un trabajo, me parece más una intriga como las muchas que hay. Es mejor no hacer caso y deshacerse de estos trozos.

Cuando Gregorio se acercó a la mesa de las señoras para examinar el acertijo, Mariana se alejó hacia la ventana. Sus ojos se llenaron de luna llena, no escuchó nada más y sin darse cuenta se halló metida en su lecho, arropada por Adolfina que se quedó hasta que se durmió. Soñó con que una luna inmensa entraba por la ventana y le besaba las mejillas.

Ilustración: Marriage a la mode. Pintor William Hogarth

ilustración 2: Escuela Quiteña

Anuncios