Hammond-SS10

 

Los días pasaron lentamente hasta que una tarde, José entró en el despacho de Gregorio.

Señor, disculpe que lo moleste.

¿Qué pasa José?

Señor, han entregado al huasicama este paquete para usted.

Gregorio tomó el paquete entre sus manos y lo miró detenidamente, dijo:

Es igual al que recibió Josefa Grameson, es extraño todo esto.

Abrió el paquete y dejó sobre la mesa el resto de pedazos que seguramente formaban parte del acertijo que recibió Rosa. Se fijó que solamente había dos pedazos que correspondían a las asas de la palmatoria; tenía todavía restos de cera de la vela que debió arder hace cuatro años. De pronto, se sobresaltó y recordó que su esposa había ido sin él y entonces buscó con las manos a ver si había algo más y encontró una nota. La leyó

Marquesa, la espero en mi dormitorio, salga en la noche llevando solamente una palmatoria porque no hay luna y se va a perder por los corredores. Venga en camisón para no perder tiempo en minucias. Todavía siento su perfume en el comedor…Godin.

¿Señor, qué le pasa?

Nada, déjame solo.

José lo vio doblarse sobre el escritorio con una mueca de dolor, el rostro pálido, no se atrevió a contradecirlo y salió.

Gregorio releyó la nota y con la otra mano tomó los pedazos del asa de la palmatoria que estaba en la hacienda de los Gremasón cuando Mariana estuvo ahí.

Una sombra negra se agigantó sobre su cabeza y el corazón le estalló en diminutos trozos de porcelana rosada. “Nunca me habló de Godin, no me contó nada. ¿Cómo pude creer que me amaba? Nunca me amó, es mentirosa como todas las mujeres” La habitación se oscureció y le llegó como un eco lejano la luz solar y el viento sobre los arrayanes. Se quedó en un mundo solitario y le plantó cara al puñal que se clavó en sus entrañas, la furia lo hizo poderoso y obedeciendo a un oscuro mandato que le llegó desde lo más profundo de su ser, tomó una decisión.

Mariana bordaba un tapete para el altar de su oratorio, últimamente pasaba mucho tiempo orando a la virgen del Carmen que la entendía mejor que el Cristo de Diego Rodriguez. Ella amaba su virgencita y siempre decía; “Las tallas de Diego de Robles son más milagrosas, como la de Guápulo y la del Cisne”. La sacó de sus pensamientos los gritos que pegaba Adolfina a la pobre guasicama que no podía limpiar un espejo como Dios manda. De pronto sintió unos pasos que se acercaban del otro extremo del corredor, eran rápidos, furiosos y reconoció a Gregorio. ¿Qué habrá pasado virgencita? A lo mejor se le murió su caballo blanco, el que tanto quiere. Por una vez su intuición le falló y la puerta se abrió con violencia.

¡Fuera de aquí!—Gregorio empujó violentamente a Adolfina que rodó por los suelos y logró escapar a gatas para no recibir los golpes que parecía le iba a propinar.

Mariana se levantó como lo hubiera hecho un fantasma y gritó:

¡Sal, Adolfina!

Mariana, de pie y alerta enfrentó a Gregorio con una valentía que le llegó de un espíritu protector. A pesar del terror y el peligro, no se movió. Él gritó:

¿Y tú qué te haces la santa, quién crees que eres al mirarme de esa manera como si yo fuera un monstruo? Anda, ayuda a todos tus cómplices para que salgan vivos de esto, ayuda a tu esclava, hazla huir a un convento porque si se queda aquí la muelo a palos—Con una mirada feroz ordenó a la guasicama a salir.

Mariana sintió una bofetada tan fuerte en el rostro que la obligó a caer sobre el sillón donde bordaba un instante antes. Pensó que se había quedado ciega pero Gregorio no le dio un instante de tregua y la levantó con violencia mientras le gritaba:

No quiero verte nunca más y no llores ni supliques porque de ahora en adelante se acabó tu vida de niña consentida.

No entiendo…

¡Silencio! Dije que no te quiero oír.

Gregorio la liberó de sus garras y la empujó lejos suyo. Ella cayó sobre el sillón y se secó con un pañuelo la sangre que le bañaba el rostro mientras trataba de aliviar el dolor que sentía en el brazo. Él caminó por la habitación y se detuvo frente a la ventana, se pasó la mano por el cabello y la regresó a ver, le dijo:

Está bien, perdón por mi violencia, no volverá a pasar porque no merece que yo pierda la cabeza por alguien como tú.

Prefiero que me mates a que me digas eso tan cruel—Mariana lloraba y las lágrimas teñidas con sangre le rodaron por las mejillas.

Ya no sirven tus lágrimas y lo mejor que podemos hacer es no volver a vernos más, y si no hay otro remedio que toparnos por ahí, por favor desvía tu mirada de mí.

Gregorio salió y encontró a Adolfina espiando tras la puerta, le dijo:

Eres tan desvergonzada como tu ama, las limeñas todas son unas perdidas.

Adolfina se arrodilló ante el amo y puso las manos en actitud de rezo. Con la cabeza baja esperó que la castigara.

No tiembles tanto que no voy a comerte y dile a tu señora que no se preocupe porque no la voy a repudiar ni quitar su dinero. Explícale bien claro que estoy al tanto de su tórrido romance con Godin y que lo mínimo que puede hacer es no cruzarse en mi camino, ni dirigirme la palabra.

Adolfina entró en el estrado y vio a su niña tirada en el suelo. Corrió hacia ella y la ayudó a sentarse en el sillón más cercano, Mariana no reaccionó, parecía que estaba a punto de morir, su rostro ensangrentado no disimulaba la palidez que tenía. Adolfina la colocó lo mejor que pudo y salió a pedir ayuda. Corrió hasta encontrarse con Gregorio que se dirigía a su despacho pero se detuvo al verla. Ella se arrodilló otra vez con las manos en súplica y la cabeza baja, dijo:

Amo, por favor. Parece que está muy mal, no puede hablar, casi no respira. Tengo miedo que muera.

Si le llegó la hora no es de mi interés.

¿Amo, usted permitiría que la viera un médico?

Si te da pena que muera, busca un médico, tienes mi autorización para que alguien la vaya a socorrer, mejor sería que la viera un cura si está tan mal, no es cristiano dejar morir a alguien con todos sus pecados, que se confiese, para mí ya está muerta.

Adolfina, aún de rodillas, vio a Gregorio entrar a su despacho y gritar:

¡Que venga José!

Ismael alcanzó a ver a Adolfina de rodillas pero no le dijo nada porque vio lo molesto que estaba el patrón. José entró en ese momento.

¿Me mandó llamar, señor?

Sí—Gregorio caminaba alrededor del escritorio, estaba de espaldas cuando dijo—Prepara un viaje a Lima, no te debe tomar ni una semana—Se volteó hasta quedar frente a su asistente, con el escritorio de por medio—Voy a ver cómo andan mis negocios y cómo están mis casas.

Sí, señor—José hizo una venia con la cabeza y preguntó—¿Necesita algo más?

Sí, que te apures—Lo despidió con un chasquido de los dedos.

Lima le pareció más bella que antes, no fue al almacén Polvos Azules porque no quiso recordar su encuentro con Mariana hace ya tantos años. Hizo una visita de cortesía a doña Josefa a la que le dio todos los cariños de su hija y no le contó nada de lo ocurrido. Pero una vez en su casa dio fiestas y amó todas las noches a la condesa de Ayala.

Una noche la condesa llegó con un poquito de retraso. Le dijo:

Llego tarde porque una rueda se averió pero tu cochero la arregló sin problemas.

El la tomó de la mano y le dijo:

Sigues hermosa, los años no pasan por ti—La desnudó con rapidez y la metió en su cama.

Mira quien habla, tu cuerpo está más fuerte, lleno de vigor—Le acarició el torso y le dijo—Y tú cara, Dios se ha vuelto más interesante, estás más guapo que nunca—Lo miró con atención y le dijo—Yo diría que te has vuelto peligroso.

Gregorio le hizo una mueca con la boca mientras sonreía complacido al saberse tan amado.

No me hagas esas caras tan seductoras que no respondo de mí—Los dos rieron, ella continuó—No te he preguntado nada desde que has llegado a Lima, me has hecho tan feliz que no quiero que esto se eche a perder. Tengo terror que te enfades y me abandones, así que dime lo que quieras decirme, no pregunto nada.

Gregorio se acomodó entre las almohadas, la besó en la boca y le acarició la piel desnuda, le dijo:

¡Qué gracia! Ya no soy un niñato que se ofende por cualquier cosa, ni creo en pajaritos preñados.

¿Qué me estás diciendo? ¿Te has decepcionado de la niña de tus ojos?

Nunca más creo en cuentos bellos, no sé qué me pasó por tantos años. ¡Ah! Y gracias por acudir a mi llamado a pesar de que tu marido está tan enfermo.

Nadie se da cuenta cuando salgo, a mi marido le dan alguna medicina que lo hace dormir noche y día, ya sé que soy muy mala pero agradezco a diosito esta oportunidad para estar contigo.

Qué bueno que a mí nadie me da ninguna pócima y a pesar de eso me engañaron por mucho tiempo. Casi mato a mi mujer cuando supe que me había sido infiel.

¿Tú mujer infiel? Eso sí que no te lo creo.

¿Por qué?

Por dos razones—La condesa se liberó del abrazo y se colocó de tal manera que él la pudiera escuchar.—Primero porque es muy difícil que a una mujer le guste otro hombre si te tiene a ti, segundo porque he oído una y mil veces a amigos que han venido de Quito que tu mujer te ama más allá de lo normal, que le cuenta a todas sus amigas el sueño que vive contigo. Alguien ha metido una intriga muy bien planificada.

Te cuento como fue, la esposa del Pedro Gramesón recibió un paquete con unos trozos de lo que fue una palmatoria con una nota que decía algo así: “Los restos de lo que fue una noche triste” Luego yo recibí otro paquete con el asa que le faltaba a la palmatoria y una nota de Godin que decía, esto sí me sé memoria: “ Marquesa, la espero en mi dormitorio, salga en la noche llevando solamente una palmatoria porque no hay luna y se va a perder en los corredores. Venga en camisón para no perder tiempo en minucias. Todavía siento su perfume en el comedor…Godin.”

No puedo creer que Godin fuera tan audaz para escribir una carta tan estúpida que lo podía comprometer.

¿Qué quieres decir? Está más claro que el agua: Mi mujer coqueteó con Godin hasta hacerlo enloquecer y él le pasó debajo de la mesa del comedor, una nota para citarla esa noche.

Si hubiera sido así, Mariana hubiera roto esa carta. ¿cómo pudo estar cerca de los pedazos rotos? Aquí hay algo muy raro. ¿Y cómo explicas los pedazos rotos? ¿Será que a Godin le gusta amar entre trozos de porcelana? No, yo creo, y lo digo aunque te vaya a perder otra vez, que debes hablar con ella y preguntarle qué pasó esa noche—Lo miró con incredulidad y le dijo—No me digas que le pegaste y la castigaste.

Pues claro que le pegué y debería agradecer que no la maté o la repudié, nada más fácil que mandarla de vuelta a Lima, andando. Sin embargo, y aunque no me guste, es la madre de mis hijos así que le permito vivir en mi casa y comer mi comida, tampoco le he quitado nada a doña Josefa, al fin yo soy un caballero.

Pues no eres un caballero—La condesa se sentó en la cama y se puso la camisa.

¿Perdón? Mi actitud es la de un caballero, otro no hubiera actuado con tanta benevolencia.

¿Benevolencia? Si le llamas benevolencia a asustar de esa manera a una mujer que no tiene nada, que no posee ni lo que lleva puesto…Para mí eso es abuso de poder, es demostrar quién es el amo ante un ser indefenso que no ha hecho otra cosa que amarte.

Si vas a sermonearme será mejor que avise al cochero para que te lleve.

Siempre tan caballeroso—La condesa se terminó de vestir.

Gregorio, sentado todavía sobre la cama, la atrajo hacia él y le dijo:

No quise ser grosero, lo que pasa es que no estoy acostumbrado a que alguien me hable así.

Claro, amo. Sobre todo no estás acostumbrado a que te hable así una mujer, una mujer que es infiel para amarte a ti, que lo deja todo por una migaja tuya.

Gracias, condesa de mi alma. Eres la persona que más me ama y sin embargo, siempre rompo tu corazón—La acunó entre sus brazos y la llenó de besos, ella se sometió y se amaron otra vez.

Momentos después, él acostado y mirando al techo le dijo:

¿Qué debo hacer?

Primero tienes que averiguar por todos los medios qué pasó esa noche, la única que lo sabe es Mariana. A lo mejor tuvo un coqueteo normal, pero más allá de eso estoy segura que no pasó nada.

¿Qué es un coqueteo normal?

A ver, tú has sido infiel a tu mujer un millón de veces, conmigo, con otras mujeres de Lima y en tus dominios lo has sido con tus esclavas y otras amiguitas. ¿Sí o no?

Sí, pero yo soy hombre y Mariana ha estado embarazada muchas veces, sabes que los hombres somos más fogosos que las mujeres.

Las mujeres podemos amar mucho más y sin embargo no podemos regresar a ver a alguien que no sea el marido. Otra cosa que debes pensar es si últimamente la abandonaste un poco, la tristeza en una mujer es la que le hace buscar en otro lado.

Gregorio escuchó sin decir una palabra, algo comenzó a molestarle y se levantó para pararse junto a la ventana; esta vez no había luna. Le pareció extraño el lugar y lo que le estaba pasando, dijo:

¿Crees que actué como un loco?

No, actuaste como un hombre al que sólo le importa su honor, no pensaste en los sentimientos de la mujer que dices amar tanto, ni siquiera le permitiste hablar, ni mirarte. ¿No te parece odioso?

Gregorio rió y dijo:

¡Tienes unas cosas! Lo menos que podías decirme es odioso, yo esperaba que dijeras cruel, abusivo, satánico, malvado. Pero en fin, odioso es lo menos que quiero ser. ¿Me perdonas?

¿Yo? La que debe perdonarte es tu mujer.

No, a esa veré si la perdono alguna vez, y ya, ven a dormir.

No, porque parte de lo mucho que te amo es el amor que sientes por Mariana Aranda.

¿Qué? Pensé que te morías de celos…

Claro, porque me reflejaba en ese amor tan perfecto, me invadía una sensación de angustia y placer cuando me hablabas de ella y quería que me amaras así—Bajó la cabeza, se miró las manos y dijo—Nunca he conocido un hombre capaz de sentir tanto amor, eso te hace diferente, te hace humano, con brillo interior—Alzó la mirada para verlo sentado sobre la cama y le dijo—No me decepciones así, por favor no lo hagas.

Gregorio terminó de vestirse y se sentó frente a ella, le dijo:

Ahora sí pienso que las mujeres están locas, acabo de abandonar a Mariana y he viajado kilómetros para venir a ti y tú en lugar de sentirte feliz, me pides que regrese con ella para no decepcionarte. ¡Es el colmo!

No, piensa que la mujer se enamora del encanto de un hombre, de sus atributos físicos, de su lugar en la sociedad, pero también se enamora de las fantasías que tiene, y la tuya era pura magia. Me contaste las veces que llenabas la casa con orquídeas que mandabas a traer de los bosques húmedos de las estribaciones de la cordillera, los paseos y fiestas que dabas para que esté contenta, las joyas que le regalabas.

Gregorio la miró como si estuviera preso de un encanto, no daba crédito a lo que oía. Ella dijo:

Oye, me parece casi imposible que una mujer que haya sido amada de esa manera pueda traicionar, sobre todo si el hombre que la ha amado es tan gallardo como tú—Hizo un gesto con la mano y dijo—¡Bah! Porque la mayoría de los hombres que la aman a una son unos babosos aburridos y feos a más no poder.

¿Qué quieres que haga yo?

Verás, yo no me hago ilusiones de que hayas venido hasta acá para decirme que has dejado a tu mujer para quedarte conmigo. Soy mayor que tú, ya no estoy tan atractiva como en el pasado.

Entonces, no entiendo.

Gregorio abandonó la cama y se sentó en una de las dos butacas que estaban en una esquina y la escuhó con sumo interés. Ella dijo:

Te lo voy a explicar—Se acomodó en la butaca hasta quedar frente a él, le tomó las manos y le dijo—Cómo quisiera creer que eso fuera verdad pero no es así. Tú has venido a verme y no me has dicho que estoy gorda y con arrugas en la cara. Ya estoy lo suficientemente mayor como para saber que vienes buscando consejos y no amor, que quieres que te explique lo que te ha pasado porque estás asustado de lo que has hecho.

Él no contestó nada, no podía ocultar a la condesa los tormentos que lo destrozaban, ella tenía experiencia y lo amaba más que a nadie en el mundo.

Sólo puedo confiar en ti—Le dijo bajando la cabeza.

Qué bien porque yo solamente te quiero hacer dos preguntas.

Él alzó la ceja, ella dijo:

¿Las amado como antes? ¿Has respetado sus opiniones?

Él no contestó, ella continuó:

Ya lo veo, la has abandonado. Has pasado más tiempo en tus asuntos y la has dejado sola y hermosa en un mundo lleno de tentaciones. Esos franceses ya son el pecado de muchas, no es extraño que el bello Godin se haya fijado en ella. Sí, no me mires así. Godin es muy bello pero pervertido y nada confiable, acá lo sabemos todo. Si dejas a una hermosa mujer sola en la compañía de alguien tan seductor como ese francés, la culpa es tuya. No creas en las leyes de los hombres que dicen que una mujer es propiedad del marido y que no puede pensar si no lo que él le dice. No, el alma es fluida, necesita alimento, amor—Se calló y se puso las manos en las sienes, dijo—Me duele la cabeza, como quisiera un café.

Gregorio agitó una campanilla y al instante apareció el sirviente que velaba afuera de su dormitorio.

Traénos café, fuerte.

Sí, su merced.

¿Te das cuenta que el pobre sirviente tiene que ir a encender la leña de la cocina para preparar un café?

Siempre hay lumbre y una servicia en mis cocinas. El café llega cuando lo pido, no importa la hora.

El sirviente llegó con la servicia que traía el samovar para mantener caliente el café, traía una bandeja con dos tacitas de porcelana y una azucarera de plata. Les sirvió y Gregorio dijo:

Ya puedes irte, si te necesito te aviso.

Sí, su merced.

¿Está rico tu café?

Sí, me está aliviando el dolor de cabeza.

Gregorio le pasó la mano por el cabello y le dijo:

No sabía que no te sentías bien, no veo la razón por la que tengas que llorar—Le secó el rostro con su pañuelo—Te has puesto a llorar así, de repente.

Gregorio, por favor permite a tu mujer hablar, no le has dejado explicarse.

Está bien, lo pensaré—Dejó la taza sobre la mesita y la llevó a la cama, se sentaron en el borde y él le dijo:

—Gracias por hablarme de corazón, por ser tan buena con Mariana y por ende conmigo—Le levantó la cara—No llores así, me destrozas el corazón.

Gregorio se fijó en el vestido de la condesa y vio que tenía algunos remendados muy bien hechos, cualquier otro no se hubiera fijado en eso, pero él, que sabía de mujeres y de vestidos, lo detectó en un instante. Le dijo:

Ahora, condesa me vas a decir qué te pasa. ¿Cómo está tu marido?

Muy enfermo.

Lleno de deudas.

Sí.

¿La estás pasando muy mal?—No le dejó bajar la cabeza.

Ella lo miró con los ojos empapados en lágrimas y le contestó.

Sí.

¿Desde hace cuánto tiempo?

Son años.

¿Y nunca has pensado que tienes un amigo que puede solucionar tu problema? Estoy a punto de resentirme y no volver a verte por no confiar en mí.

La atrajo hacia su pecho y le pasó la mano por los cabellos.

Mañana mando a José para que te ayude en todo, nunca más quiero verte llorar por falta de dinero, y ahora sí, a dormir.

Se acostaron vestidos y durmieron hasta el mediodía cuando les sirvieron el almuerzo en la habitación. Al día siguiente, Gregorio llamó a José y le ordenó que estudiara la situación de la condesa y viera la mejor manera de solventar sus problemas. La condesa escuchó con atención las instrucciones que dio.

Ya oíste lo que le ordené, ahora te voy a dar un pequeño regalo para tus cosas personales—Se levantó y abrió un cajón secreto del bargueño que estaba situado cerca de la puerta.

¿Me estás dando dinero?

Claro, y joyas también, míralas.

Gregorio, son las perlas y diamantes más hermosos que he visto.

Me alegra que te gusten y con el dinero cómprate ropa linda. ¿cómo esperas que una amante mía tenga vestidos remendados?

Ella sonrió y él agradeció su mirada clara. llorar

 

Gregorio revisaba las cuentas y los inventarios de sus negocios, había vendido muy bien los paños y la recaudación de los préstamos de hace cinco años estaba completo. José, sentado al otro lado del escritorio intercambiaba comentarios con Gregorio y le daba explicaciones cuando él se los pedía. Habían trabajado desde muy temprano. Gregorio dejó la pluma y vio por la ventana la bruma de la mañana, se desperezó en su silla. Dijo:

Creo que está todo en orden, regreso a Quito muy contento con este viaje, ha sido el más fructífero de mucho tiempo.

Sí, señor. Hemos recaudado como nunca, creo que regresamos con los baúles llenos de plata y monedas.

Para dar un respiro a la economía de la Provincia de Quito, ya sabes el poquito circulante que hay—Gregorio apartó unos papeles y dijo—Tú eres un excelente calígrafo y me imagino que has leído algún escrito de Godin.

Sí, señor. He recibido unas dos cartas suyas agradeciendo al marqués de Maenza por las gentilezas que tuvo al mandarle indios y vituallas cuando estuvo junto al resto de la misión geodésica en las faldas del Cotopaxi.

Podrías reconocer su caligrafía.

Al instante; escribe como un académico francés—Lo miró a los ojos y dijo—esa escritura es diferente a la nuestra.

Entonces lee esta carta y dime si reconoces a Godin.

José tomó la carta entre sus manos y la leyó detenidamente, luego la observó sosteniéndola un poco en alto, Gregorio se comenzó a impacientar

Esto no es escrito por el señor Godin, es más, me atrevería a decir quién es el autor de la carta.

¿Tú puedes identificar al autor de esta carta?

Sí, señor.

¡Entonces, habla!

Es la caligrafía de Salvador Lujano.

Gregorio se puso lívido y hundió la cabeza entre sus manos. Dijo:

Si hubiera consultado contigo primero…Pero ya es tarde. José, viajamos a Quito lo antes posible.

El viaje está planificado para dentro de 15 días, es el tiempo que tarda en llegar el barco para ir a Guayaquil.

Gregorio salió de su despacho, iba vestido casualmente y su vigor, que tanto gustaba a la condesa de Ayala, intimidó a José.

Cuando estuvo en su cuarto pidió sopa y dos empanadas, bebió agua y ordenó que le retiraran la bandeja. Se arrojó sobre la cama y pensó que a lo mejor nunca se consumó nada entre Godin y Mariana, pero todavía tenía sospechas de los trozos del portavelas. “Extraño, muy extraño. Para que Salvador hiciera esta maldad, tenía que basarse en algo.” Volvió a sumirse en esa furia que ya casi nunca lo abandonaba y extrañamente se puso a llorar como un niño hasta que llegó la madrugada cuando pudo por fin dormir. Tenía el corazón del hombre traicionado que sólo siente alivio cuando se cubre con una ira poderosa y protectora con la que viajó a Quito.

Ilustración de Sense and Sensibility

Anuncios