marianaoratorio

Cuando Adolfina entró en el dormitorio de Mariana, vio que Rebeca estaba con ella y le limpiaba el rostro con agua de rosas.

Adolfina, entra—Rebeca se acercó y le dijo—No llames un médico, oí que se lo decías al patrón.

Las dos, junto a la puerta hablaban en voz baja:

Pero señora Rebeca. Puede pasarle algo muy grave, se puede morir y al amo no le importa.

Adolfina, nadie se muere por un bofetón. Para una pelea doméstica no es necesario llamar al médico, si lo hiciéramos en dos segundos todo Quito murmuraría y la honorabilidad de la marquesa caerá por los suelos.

Pero al amo no le importa, dijo que por él ya estaba muerta—Adolfina se limpió la cara y la nariz con el ruedo de la manga.

Deja de llorar o te vas a ahogar, el patrón está sufriendo tanto que está confundido, todo es cuestión de tiempo.

Rebeca se acercó a Mariana y le pasó la mano por el cabello. Llamó con una seña a Adolfina y dijo en voz baja:

–La marquesa está privada, hay que limpiarle la sangre de la cara y traer agua de matico y rodajas de papas crudas. Vamos a bajarle la hinchazón.

Las dos se voltearon a mirar a Mariana que yacía en el lecho.

¿Va a quedar bien?

De la cara, sí—Miró el rostro golpeado de Mariana y dijo—Lo difícil va a ser curarle el shunguito.

Adolfina salió a la cocina para traer lo que le había ordenado Rebeca, también trajo en un tazón unos huevos.

A ver, vamos a lavarle ahora con el matico—Rebeca hablaba como si Mariana pudiera escucharla—Y luego le ponemos estas rodajas de papa. ¿Para qué trajiste los huevos?

Señora Rebeca, para cerrarle cualquier herida, la telita de la cáscara del huevo es lo mejor.

Tienes razón, es buena para los quemados pero cicatriza heridas también.

Mariana recuperó la consciencia unos días después, pero era tan grande la tristeza que se negó a comer o beber. Rebeca se acercó al sillón donde estaba sentada

Su merced, tiene que hacer un esfuerzo.

No, quiero morirme. Tengo un dolor tan pesado en el pecho que no me deja respirar.

Mire, señora. Usted no puede dejarse vencer así, estas peleas pasan en todos los matrimonios. Yo sé que el suyo es demasiado bonito y por eso le afecta tanto.

Yo tenía algo muy hermoso y lo perdí por tonta, por tener la cabeza en el aire—Se retorció las manos.

Usted no ha perdido nada, ahora es el momento de recuperar al marqués y sólo lo logrará si está linda y animosa, si entrara en ese instante y la viera así, se regresa a Lima.

Mariana había escuchado a Rebeca repetirle esto todos los días y no le hacía caso, estaba decidida a dejarse morir. Pero un aire suave y diáfano le acarició la cara obligándola a mirar por la ventana. Ella, como presa de un encanto se fijó en un rayo de luz iluminando a dos tórtolas que se acariciaban sobre el rosal en lo alto de las columnas de piedra. Dijo:

¿Qué tengo que hacer para sanar, Rebeca?

Comer, caminar bastante, respirar el aire del chaparro llenarse de buenos pensamientos.

¿Tú crees que recupere a Gregorio?

¡Pero claro! Eso sí, tiene que tener paciencia.

Claro que la tendré, por lo pronto quiero un caldo de gallina de esos que levantan a un muerto y luego…

¿Sí, señora?

En el desayuno quiero tomar cuatro huevos crudos, así desayunaba en Lima porque una abadesa me dijo que era la mejor forma de mantenerse hermosa.

Pero usted nunca ha desayunado eso desde que llegó.

Sí, sólo que en secreto. Cerró los ojos para capturar un recuerdo y dijo:—A mí me daban huevos crudos en el gallinero.

¿A usted?

Pues sí.

Rebeca sintió un brinco alegre en el corazón; la marquesa iba a poner de su parte para sanar. Nadie se muere de amor, pensó. Iba a marcharse cuando la marquesa le dijo:

¿Sabes? Hoy vi la cara de Dios.

¿Dónde?

En ese rosal.

A Rebeca le pareció un rosal bonito pero nada del otro mundo. Pobrecita, pero al menos encontró una señal divina. Gracias Señor—Levantó la vista al techo con las manos juntas.

Un día, Mariana abandonó la habitación y salió a caminar con Adolfina por los jardines. Se detuvo delante de cada planta, como si nunca antes la hubiera visto y aspiró los azahares de los limonares, que estaban verdes como esmeraldas, dijo:

Adolfina, cómo se nota que ya está Juan Andrés a cargo del jardín. Desde que llegó de la Ciénega todo está más bonito, como si las plantas supieran que alguien las quiere y cuida—Se detuvo para cortar una rosa con una tijerita que sacó de su bolsillo—Dijo:

Quisiera ir a la Ciénega, podemos pedir a Juan Andrés que nos acompañe.

¡No, por Dios! Ahora no hay cómo hacer nada sin la autorización del amo.

Pero si él no está.

Por eso mismo, tiene que esperar su regreso.

¿Tú crees que regrese?

Pero por supuesto, no se ponga a dudar ahora.

No dudo, me da miedo enfrentarlo. ¿Qué tal si decide mandarnos de vuelta a Lima?

Eso no lo haría nunca.

Pero si tú misma me has dicho mil veces que eso puede suceder.

Su merced—Adolfina se detuvo enfrentando a Mariana—usted piensa en irse a la Ciénega cuando en este momento los geodésicos están por ahí.

¿En la Ciénega?

No sé si en La Ciénega o en San Agustín de Callo, pero están por ahí, ahora conviene quedarse aquí y visitar cada semana a sus hijas en el convento—La miró de lado y dio un resoplido.

Mariana se cansó con el paseo por el jardín, regresó a su habitación y dormitó por unas horas. Cuando se despertó sintió una extraña desazón y un nudo en la garganta, se pasó las manos por el cuello, la cabeza le dolía mucho y agitó la campanilla para llamar a Adolfina.

Me llamó, su merced.

Sí, me siento mal. Estoy mareada y tengo un nudo en la garganta, a ver si sabes qué me pasa, tú que eres un poco bruja.

Adolfina se quedó en silencio con los ojos cerrados.

Aquí hay un mal aire—Dijo.

No puede ser, si todo está igual que antes.

No, siento algo raro

Adolfina pasó la mirada por el dormitorio y dijo:

¿Usted mandó a poner esa virgencita tan chiquita?

No—Mariana se levantó y vio la extraña talla de una virgen desconocida.

Su merced, es una imagen religiosa, pero parece que tiene algo malo. Voy a llamar a Ismael para que la saque de aquí.

Dile que venga con varios costales para que no la toque, puede ser brujería de los indios.

Ismael entró con dos costales con los que envolvió la imagen. Preguntó:

¿Dónde dejo esto, su merced?

En los aposentos de la difunta doña Rosa de La Escalera.

¿La madre del marqués?

Sí, y no te asustes tanto que el patrón no está aquí y mientras él falte, mando yo.

Mariana mandó salir a sus esclavos y cuando estuvo sola se puso a pasear por la habitación tratando de recordar algo que se le escapaba; un recuerdo, una conversación de hace mucho tiempo. No podía precisar qué era lo que debía recordar y decidió entrar en las habitaciones de doña Rosa de La Escalera. Encontró a Adolfina y a Ismael buscando un lugar donde dejar la talla. Ella preguntó:

¿Quién limpia este lugar?

Doña Rebeca siempre manda a una de las huasicamas que vienen de las haciendas a que limpie, me da unas iras porque cada vez son otras y nunca aprenden bien—Dijo Ismael.

Mariana se adentró en las habitaciones oscuras, las ventanas cerradas y cortinajes de otros tiempos sobre el lecho viejo. Un olor a moho le golpeó los pulmones.

Abre una ventana.

Ismael forcejeó un rato con una ventana hasta que cedió y el aire entró como si hubiera esperado siglos para hacerlo.

No abras otra porque se van a romper, la madera está ya muy vieja—Dijo Mariana que ahora veía mejor con la luz que entró a raudales.

Ahora, quiero estar sola.

Su merced, es peligroso. Nunca nadie entra acá

¿Alguien lo ha prohibido?

No, pero son las habitaciones de doña Rosa—Dijo Ismael intimidado por el lugar.

Ahora son mías así que obedezcan y salgan.

Mariana se quedó sola y miró a su alrededor, un soplo de viento le desarregló el cabello y alcanzó a ver un bargueño muy antiguo. Se encaminó hacia allá y reconoció el mueble que mandó bajar de la torre que ya no existían por que la habían derribado un año atrás.. Abrió uno de los cajones, no encontró nada y continuó buscando cada vez más nerviosa. Abrió las puertas de un cajón lateral hasta que por fin encontró un pergamino envuelto con una cinta que ya no tenía color de tan viejo. El corazón le latió con fuerza y se sentó en una butaca que tenía los antebrazos apolillados. Abrió el documento y leyó con dificultad:

En septiembre de 1706 el obispo Diego Ladrón de Guevara, por medio de su apoderado don Mateo de la Escalera y Velasco, entregaba a don Francisco Cipriano de Mena 40.000 pesos y las alhajas de plata antes citadas para que los llevase a España

Don Matheo de la Escalera era de origen español, natural de Castilla la Vieja, nacido en Lascuarre – Huesca, se casó con la dama quiteña Doña Gabriela Chamorro, nacida en Quito y bautizada el 27 de Marzo de 1662. En el año de 1705 fundó un mayorazgo que comprendía muchas propiedades y haciendas, entre estas cabe mencionar a la Hacienda Tilipulo, San Juan de Atapulo, Saquisilí e Isinche. Este mayorazgo le correspondió a su única hija doña Rosa de la Escalera casada con el capitán don Gregorio Matheu y Villamayor, en la Catedral de Quito el 4 de Febrero de 1702.

El 12 de julio de 1708, en Tumbaco, don Diego Ladrón de Guevara da un poder al Maestre de Campo don Mateo de la Escalera y Velasco, que antes había actuado como su apoderado, para que remitiese a España diferentes cantidades de pesos y alhajas. En dicho documento se alude a la protección del envío durante todo el viaje, obligando a que las cantidades de pesos en oro se ensayasen en Lima por el contraste de estos Reinos. José de Munive afirmaba haber recibido el dinero y las alhajas del obispo, que se detallan en inventario incluido en el documento. El peso del pectoral de Toribio de Mogrovejo,: 39 castellanos y un tomín. un Santo Cristo de oro con su cabrestillo, que pesaba 34 castellanos, y varios cálices, patenas, tembladeras, salvillas, una pileta de agua bendita, cajetas, jarros, etc.

Mi interés en contarle esto, doña Rosa, es para que sepa que su marido don Gregorio Matheu vino a hablar conmigo y me pidió que guardara una talla de una virgen. Me dijo que en su interior había algo que a él le causaba mucho miedo. Doña Rosa, la talla me fue robada y no he dado con su paradero, temo, Doña Rosa, que se trata de uno de esos trabajos que hacen los indios, a lo mejor se trata del pelo y las uñas de Atahualpa que guardaban como algo sagrado Los conquistadores buscaban oro y destrozaban lo que no les interesaba, para los indios de ese entonces el cuerpo del inca era el verdadero tesoro, parece que uno de los indios, que aprendió en las escuelas de artes y oficios de Quito, metió dentro de la talla de la virgen un bulto con restos de Atahualpa. Está dotada de tantos poderes que los indios la robaron y la escondieron para quedarse con ella. Es importante que la descubra para destruirla y no quede restos de esta adoración pagana.

Mariana dejó el pergamino sobre sus rodillas y cerró los ojos para entender lo que había leído. Reposó la frente sobre sus manos pidiendo ayuda divina para saber qué tenía que hacer. Se levantó y devolvió el pergamino al cajón superior del bargueño, cerró las pequeñas puertas de la cresta donde estaban los cajones secretos y se puso a inspeccionar los dominios de doña Rosa. Todo parecía de un siglo anterior; los tapices desteñidos, los cortinajes del lecho, las lámparas de cobre, los peines de carey y un brasero tan antiguo que parecía extinguirse lentamente bajo unos cuchillos de monte. Qué mujer tan extraña, aunque parece que han utilizado estas habitaciones como bodega también, pensó y se dirigió al oratorio personal de la antigua dueña, era chiquito pero de una belleza única. Un altar pequeño tallado y cubierto en pan de oro, una virgen que vestía trajes bordados con hilos de oro y plata y en las orejas llevaba zarcillos de amatista con incrustaciones de brillantes y perlas diminutas. ¡Bella! Pensó Mariana y se postró sobre un almohadón descolorido.

Madre mía dime lo que tengo que hacer, por favor dime si debo avisar de esto al obispo o no digo nada. No tengo a quién preguntar.

Con la cabeza baja se sumió en el silencio y aspiró el olor de los azahares que entró por la ventana como una respuesta. Alzó los ojos húmedos y un rayo solar le permitió ver el retrato de Rosa de La Escalera, el que tanto miedo le dio a Ismael traer a estas habitaciones. Sintió una extraña energía cuando reconoció, en el cuadro, a la derecha de Rosa de La Escalera, a la virgen que tenía el vientre abultado. La primera vez que vio el retrato pensó que era parte de la composición, ahora supo que era la misma que apareció en su dormitorio y también similar a alguna de las vírgenes que vio en las capillas de sus haciendas. Como una revelación le llegó el pensamiento de que esas tallas eran todas de Rosa de La Escalera y a lo mejor se la mandó por medio de algún emisario para que la cuidara, como si las mujeres de su linaje necesitaran la protección de la virgen que llevaba un secreto dentro suyo.

Aceptó que debía mantener silencio sobre lo que había leído y se dio cuneta que lo que tanto quería recordar cuando sintió esa sensación de ahogo, era la virgen en el cuadro. La emoción le tiñó de rosa el rostro y mirando a la virgen del altar dijo:

Gracias, madrecita amada por decirme lo que tengo que hacer.

Mariana se levantó y quitó los costales que escondían a la talla de esa virgen tan extraña. Dijo en voz baja:

Gracias por aparecer así en mi estrado y traerme a los aposentos de doña Rosa de La Escalera para que yo sepa tu historia—Le habló con las mejillas encendidas—Tú no das mal aire, te quisiste comunicar conmigo, eres el eslabón que une a las mujeres de la familia; las que murieron y las que estamos aquí.

Sujetó entre sus manos la talla y con un pañuelo le limpió la cara y el cabello negro que estaba limpio como si lo hubieran lavado con agua de lluvia. Se acercó más y vio entre los diseños florales del ropaje unos diminutos soles y entrelazado en la manga una cruz inca tan chiquita que era casi imposible verla a simple vista.

Mariana estaba tan embelesada que no se dio cuenta que el tiempo había volado hasta que sintió el viento helado y corrió a cerrar la ventana. Sacó el pergamino del cajón. lo guardó en su bolsillo y salió. Corrió por los corredores y entró en su estrado, ahí estaba Adolfina limpiando los polvos. Le ordenó encender una vela y quemar el pergamino.

¿Qué es lo que quemamos? Parece cosa del diablo—Dijo Adolfina al ver el extraño color del humo que salió de ese papel viejo.

Deja de creer en tanta tontera y limpia las cenizas—Ordenó Mariana.

Adolfina puso las cenizas en una bolsa y salió para arrojarlas en la acequia que pasaba por la calle, frente a la casa.

Rebeca, voy a pasar mucho tiempo en las habitaciones de la difunta, por favor avísame cada vez que alguien venga a hacer la limpieza, quiero supervisar yo mismo para que no se rompa nada.

Así se hizo y los días que siguieron, Mariana se encerró a rezar en el oratorio de Rosa de La Escalera, Rebeca preguntaba a Adolfina:

¿Qué pasó con la marquesa? Ya sólo come en estas habitaciones, no sale a ver a sus amigas ni recibe vistas.

Está rezando a la virgencita que apareció de manera milagrosa en su estrado.

¿Dios mío, cómo apareció esa talla?

Nadie sabe, apareció un buen día. A mí me parece brujería—Adolfina se santiguó dos veces—Pero la marquesa cree que va a traer de vuelta al patrón.

Qué bueno que esté en ese ánimo. Que rece, pero luego la convences para que se haga todos esos tratamientos de belleza que tanto le gustan. Le cuentas que ha llegado un cura medio loco que trae menjurjes y una cantidad de pomadas de belleza, eso la va a entretener.

Qué Dios la oiga, señora Rebeca.

Nadie sabía que Mariana crecía y se hacía fuerte en las habitaciones de Rosa de La Escalera, a ella le parecía que la difunta le mandaba valor y fortaleza para ser el ama de las inmensas propedades que tenía. Se hizo mujer completa en la compañía silenciosa de la mujer poderosa que fue su suegra y cuya fuerza la sentía en el aire y en todo lo que la rodeaba.

 

manuelchilli

 

Uno de esos días, Rebeca salió al jardín, se sentó en la banca de piedra y levantó la cara para que la brisa de esa hora le borrara las señales de cansancio que tenía. Escuchó pasos por el caminito que bordeaba el sembrado de rosas y se puso alerta. Vio la figura de un hombre elegante que se acercaba, sus ojos llenos de sol tardaron un poco en reconocerlo. Exclamó:

—¡Paul, qué gusto verlo por acá! Pensé que seguía al servicio de los geodésicos.

Pues no, ahora soy libre. No trabajo para nadie.

Paul le hizo una reverencia y Rebeca se movió para dejarle un puesto junto a ella en el banco. Ella dijo:

Siempre recuerdo con cariño el tiempo que pasamos en La Ciénega, usted era tan importante.

Ya no tengo nada qué hacer junto al marqués. Los tiempos han cambiado.

Usted se ha hecho rico, no necesita trabajar para nadie, es difícil lograr algo así en este mundo.

Sí, soy rico. Vine en busca de oro y lo encontré.

Rebeca abrió los ojos y se cubrió las mejillas con las manos. Dijo:

¡Encontró el tesoro de Atahualpa!

Bueno, sí.

¿Sí?

Encontré parte del tesoro sin que nadie lo supiera.

Nunca lo hemos visto con cuadrillas de indios ni muleros buscando tesoros.

Yo no busco tesoros de esa manera.

¿Cómo lo hace?

Para encontrar un tesoro hay que buscarlo en nuestro interior, luego hay que informarse de todo, olfatear el aire, ir al lugar preciso, no desperdiciar el tiempo, conocer los ancestros.

No lo entiendo. Usted es francés, ningún ancestro suyo podía saber sobre tesoros en estos nevados.

Usted que es tan eficiente no se dio cuenta de una cosa—Se acomodó la casaca y respiró profundo—Un día, hace mucho tiempo dudó de mi nacionalidad..

¿Yo?

Recuerde, vamos haga un esfuerzo.

Rebeca estaba temblando, le dio mucho miedo estar junto a su compañero de antaño. Paul la obligó a mirarlo a los ojos y le dijo:

Recuerde cuando la visité en su gabinete de trabajo en La Ciénega—La miró con insistencia y le tomó de las manos—Haga un esfuerzo y recuerde.

Rebeca sintió una oleada recorriéndole el cuerpo y se estremeció. Se aferró a las manos de Paul y le dijo:

Ahora lo recuerdo, le pregunté de dónde era y usted me aseguró que era francés, no lo dudé nunca más.

Lo mismo le pasó al marqués.

¿También?

Sí, un día estaba yo junto a la ventana y un rayo de luz iluminó mi rostro, el marqués sintió que yo era otra persona y, sin embargo, rechazó la idea por considerarla imposible—Se acercó a su oído y le susurró—Para encontrar un tesoro no hay imposibles.

¿Qué quiere decir?

Que no hay que descartar una intuición. Hay que escuchar el viento, la lluvia y saber leer las señales de un pájaro sobrevolando las copas de los árboles, se debe desarrollar la atención, la concentración y no descartar lo que llega como una información de otras esferas.

¿Qué información recibió de esas esferas?

Mucha, pero antes me instruí con mi bisabuelo que murió partido por un rayo cuando tenía cien años.

Su bisabuelo debió ser un sabio.

Lo era.

Y cómo pudo aprender en Francia tanto sobre Quito.

Mi bisabuelo era de aquí.

¿Era español?

No, era hijo de un señor muy principal de los incas que vinieron con Huayna Capac, me enseñó los secretos que nunca supieron los españoles.

Señor Paul, creo que me va a dar un soponcio, está frío aquí.

Es su sorpresa, enterarse de algo que parece fantástico pero que es tan normal como el agua que pasa por la acequia.

Rebeca miró el agua y le pareció llena de misterios, portadora de secretos. Alzó a ver al francés y le dijo:

No creo que pueda escuchar más, por favor dejemos esta conversación para otro día, en otro lugar. Tengo cosas que contarle que pueden tener relación con lo que me acaba de decir, pero necesito un lugar apartado para que nadie escuche ni interrumpa.

Está bien, la espero en la sacristía de la iglesia del Sagrario, está recientemente terminada, sólo nos molestará el ruido de los picapedreros que también evitará que se escuche lo que vamos a conversar.

Rebeca entró en la casa a paso lento, le temblaban las piernas. Se apoyó en una pared hasta que llegó Adolfina.

¿Qué le pasa, mama Rebeca?

Ayúdame a llegar a mi cuarto, por favor no le digas a nadie que me siento mal.

No se preocupe, se mete en la camita y yo le traigo una aguita para que se calme.

Gracias, eres un alma de dios.

Adolfina la llevó hasta su habitación y ella se metió en la cama sin cambiarse de ropa, la esclava la arropó y salió. Cuando regresó la ayudó a apoyarse sobre las almohadas y le dio agua de valeriana con raspadura.

Por favor, hazte cargo de todo esta noche y mañana en la mañana.

Seguro que mañana ya se siente mejor.

Voy a confesarme.

¿Tantos son sus pecados que piensa pasar toda la mañana con el cura?

Adolfina, deja de preguntar tanto y obedece lo que te digo.

Sí, su merced—Le dio la última cucharada de agua.

Rebeca despertó antes de que saliera el sol, se lavó y se cambió de vestido. Se miró en el espejo y se arregló el cabello con las manos temblorosas luego salió y se tapó con el mantón para encarar el hielo de la madrugada. Caminó con pasos rápidos y en minutos llegó al Sagrario. A pesar de sus nervios se paró a admirar la fachada recién terminada, las puertas estaban abiertas para los fieles y en las naves laterales se afanaban unos cuantos artesanos para ultimar los detalles. Buscó en la oscuridad y sintió una mano que la tomó por el brazo. Se volteó asustada y vio a Paul que le dijo:

Está oscuro y se puede perder, tome mi brazo que conozco este sitio como la palma de la mano.

Rebeca se tomó de Paul y entraron a la sacristía.

Qué hermosa esta pieza, Paul. No me imaginé que fuera tan lujosa—Miró la cómoda donde se guardaba las casullas—Es desproporcionada para una iglesia tan chiquita.

En lo religioso, todo es lujo. Quito podría ser una nueva Roma si se la cuidara más. Pero siéntese aquí—Le señaló un sillón mullido y se sentó frente suyo.

No sé por donde comenzar.

En ese instante entró un lego y depositó en la mesita central café y azúcar, Rebeca le agradeció con la cabeza y bajó la mirada.

Tómese el cafecito, eso relaja y nos ayuda a charlar en paz.

Rebeca puso azúcar en su taza y comenzó a beber despacio. Una paz que no esperaba se apoderó de ella y dijo:

Tiene razón, de pronto me he sentido cómoda y con ganas de conversar. Se ve que es usted amigo de los curas.

Claro. Entre ellos hay algunos que son sabios y se interesan por la cultura de los indios—Tenía los codos sobre los antebrazos ricamente tapizados y la taza de café en una mano—Yo le conté mi historia, ahora quiero escuchar la suya.

Le voy a contar, este ambiente de la sacristía se presta para hablar con calma.

No tenemos mucho tiempo, en una hora llegará el cura a vestirse aquí.

No me demoro tanto. Le voy a contar recuerdos que tengo y como se habrá dado cuenta yo también tengo ancestros indígenas.

Lo sé. Usted también desciende de un señor principal de los que vinieron del Cuzco con Huayna Cápac.

¿Yo?

No se sorprenda tanto, cuando pedí entrar al servicio del marqués yo sabía quién era usted.

Rebeca se revolvió en su asiento, la calma se esfumó y se puso muy nerviosa.

No puedo creer lo que me dice—Se levantó y dio unos pasitos por la sacristía.

Recuerde, Rebeca. Usted sabe más de lo que cree.

Rebeca se retorció las manos y se hincó frente al crucifijo que reposaba sobre la cómoda. Paul la animaba con la mirada. Aunque no lo pudo ver, sintió sus ojos quemando sobre la espalda. Él esperó, Rebeca dijo:

Los recuerdos son muy vagos, yo era una niña cuando ya trabajaba para doña Rosa de La Escalera que un día me dijo:—Tu abuela es descendiente de esos indios que rodeaban a Atahualpa, debe tener cosas de oro y plata. Oye bien, lo que hay en mis haciendas es mío, así que trae todo y esa virgen con el vientre abultado la quiero para mi oratorio.

Paul la interrumpió:

En la época que usted habla se sabía de muchos indios que poseían oro y lo guardaban en sus casas humildes donde nadie podía imaginar que se guardaba algo tan preciado. Cuando los españoles construyeron pueblos para limpiar las propiedades de chozas diseminadas, los indios transportaban en secreto sus tesoros a las viviendas donde los obligaban a emigrar.

Rebeca regresó a su asiento y jugó con la cucharita para el azúcar. Dijo:

Doña Rosa movilizaba a la gente que trabajaba para ella donde le parecía más conveniente, no escuchaba lloros ni súplicas, los indios tenían que abandonar sus chozas y vivir donde se les ordenaba.

Paul la animó a seguir hablando y ella continuó:

Recuerdo al administrador de barbas blancas y poncho rojo que iba montado en su caballo, lo seguía un peón en una mula y yo a la grupa de su caballo. Cuando llegamos a la casa que mi abuela debía desalojar el administrador me ordenó desmontar y pedir lo que doña Rosa me ordenó.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas, Paul le dio un pañuelo y le preguntó:

¿Recuerda qué edad tenía?

Era tan pequeñita que a duras penas puedo recordar las manos temblorosas de mi abuela al entregar lo que tenía escondido. Salí varias veces con objetos de oro para entregárselos al peón que los colocaba junto a los otros en las bolsas de cáñamo que iban en la mula. En ese momento mi abuela me pareció una india más pero, de pronto, se acercó a mí y me puso alrededor del cuello una cinta de la que colgaba un anillo de oro con un trozo de espóndilo tan bien trabajado que parecía un coral rosado de esos que tenían los amos. Me dijo en quichua:—Para que uses cuando seas grandecita y te acuerdes de mí.

¡Uff, qué fuerte!—Paul se acomodó en la silla y cruzó la pierna.

Señor Paul. Triste fue cuando el mayordomo grito:—¡No te puedes olvidar de la virgen!

Paul asintió con la cabeza y dijo:

Debió ser un momento terrible—Levantó la mano y la mirada al techo.

Mi corazón latió de tal manera que tuve miedo a que se me notara el anillo escondido entre mi blusa y escuché a mi abuela suplicar:

Eso si no puedo entregar, es mi virgencita.

El mayordomo gritó—¡Qué te pasa india igualada, entrega la virgen en este instante! Hizo sonar su látigo sobre el piso de tierra de la choza. Mi abuela salió con la virgen entre sus manos y se la entregó al administrador. Nunca más la vi ni dormí junto a su fogón, Me convertí en una sirviente de doña Rosa de La Escalera, a la única que debía obediencia y lealtad.

Paul le acarició la mano donde tenía el anillo y dijo en voz baja:

Todos creen que es un coral maravilloso y no un trozo de espóndilo, concha sagrada de los incas. Usted también tiene un secreto, es increíble que la gente que uno cree conocer tenga un pasado tan bien escondido.

Paul, usted no sabe que la marquesa recibió una virgen misteriosa que creo era la de mi abuelita—Dijo Rebeca como si hubiera entendido algo.

Sí, yo la mandé a poner ahí, creo en que es milagrosa y ayudará a los marqueses.

¿Qué dice?

Escuche, Rebeca—Le tomó la mano que reposaba sobre la mesa y le dijo—Todo lo que nos rodea está conectado con lo demás. La fuerza que se esconde tras todas las cosas se encarga que, a un nivel que no podemos percibir, todo esté unido y de esa manera se mantiene un equilibrio que nos permite cohabitar en un lugar lleno de amos y esclavos

Rebeca se levantó decidida a marcharse, se asustó demasiado y le pareció que Paul estaba chiflado.

No se asuste tanto y siéntese otra vez—Paul la tiró de la manga y Rebeca se sentó nuevamente

Paul le dijo:

Todo está interconectado, hay una fuerza invisible que une a todo y permite que podamos cohabitar en el mismo sitio amos y esclavos. Pensamos que somos dueños o siervos y no entendemos que sólo somos parte de una misión que debe cumplirse.

No le entiendo nada ni me ha explicado qué tiene que ver la virgen con todo esto.

La virgen es un símbolo que suaviza la crueldad de esta región, la violencia de los hombres y lo terrible de los fenómenos naturales. Es una reliquia que porta lo que nadie quiere ver pero que es en si una aceptación de este mestizaje de razas y religión. La marquesa, sin saberlo, ha acogido ese sincretismo en su corazón, la virgen le hará el milagro.

En ese momento entró un lego que les dijo:

Señor Paul, el padre quiere invitarle a tomar desayuno con él—Recogió las tazas vacías.

Vaya usted, Paul. Yo regreso a la casa—Rebeca se levantó y dijo no a la invitación de Paul para que desayunara con él.

En el camino a casa, Rebeca estaba transformada y entendió de una manera vaga que todos los acontecimientos que habían acontecido estaban ligados entre si. El indio Juan Andrés, el patrón, la marquesa, Salvador Lujano, Godin, las estrellas, un corazón roto y una virgen misteriosa eran parte de un todo más grande y poderoso del que no se podía escapar.

Lámina 1: Anónimo

Lámina 2: Virgen de Manuel Chilli Escuela Quiteña

 

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