orquidea

Ismael olfateó el aire de la tarde y escuchó los cascos de los caballos del amo que llegaba del largo viaje de Lima. Se detuvo en el corredor de la hacienda de Nintanga y vio a los indios hacerse cargo de los caballos, bultos y baúles de plata de la venta de los tejidos. Acudió al llamado del patrón y lo ayudó a desmontar. Gregorio se apoyó en su hombro y le dijo:

Qué bueno verte, te he extrañado y espero la tina lista y mi cena en la cama—Le palmoteó la espalda.

Sí, amo patrón. Todo está listo, el indio que usted mandó nos dio la hora en que llegaba y aunque parezca mentira no se ha retrasado.—Ismael sintió la calidez del abrazo del marqués y lo siguió por el corredor.

Gregorio se sentó al borde del lecho y dejó que Ismael le quitara las botas y lo desvistiera.

Amo, el agua está caliente y lista para su baño.

Gregorio se hundió en el agua y se dejó lavar. Dijo:

Mañana quiero mi caballo ensillado, también quiero que me acompañen el mayordomo y los peones que se necesite para inspeccionar la acequia y los corrales de piedra que mandé hacer el año pasado.

Sí, su merced. ¿A las cuatro de la mañana como siempre?

Como siempre.

El esclavo recogió la ropa sucia y salió. Momentos después regresó con la bandeja de la cena.

¿Qué me traes?

Locrito de queso, patrón, dulce de higos y agua de tilo para que duerma como un angelito—Ismael colocó la bandeja sobre el lecho y esperó a que Gregorio terminara su comida.

Cuando Gregorio se quedó solo se reclinó sobre las almohadas y se pasó las manos por el cabello. Recordó cuando Mariana se atrevió a salir descalza con una palmatoria para ir a sus habitaciones a decirle que lo amaba. Recordó las lágrimas, el temblor de sus manos y la entrega total esa noche cuando la luna iluminó su cabello sedoso. Su pecho se agitó y un dulce suspiro salió de su boca. Cómo quisiera tenerla aquí, poseerla como cuando estaba asustada como una palomita, desconcertada y perdida el rumbo, a pesar de tanto susto se animó a tocar a mi puerta.

De pronto, se le detuvo el corazón y un sudor helado le cubrió el rostro y pensó:

Es lo mismo que hizo con Godin, ahora entiendo. Ya no tiene miedo de nadie porque sabe que es una reina y Quito entero está a sus pies.

Saltó de la cama, se acercó a la ventana y vio los molles moverse con el viento de verano. Es horrible, pensó, es infiel y su belleza no es más que una trampa, pero la voy hacer tambalear como el viento a los molles, sin darle un segundo de respiro. La rabia que le invadió le hizo sentir su poder y regresó a la cama para dormir sin despertarse ni por un segundo.

Montado en su caballo alazán, Gregorio galopó al frente de sus jinetes, la furia lo hacía temerario. De vez en cuando sacaba una cantimplora de cuerno de vaca en el que llevaba aguardiente y bebía a grandes tragos hasta llegar al lugar de los trabajos. Sin desmontar observó a los indios sacando lodo de la acequia trazada y gritó:

¡Se han demorado más de un año para hacer la acequia, son unos vagos que no sirven para nada! Me voy y todo se pone patas arriba

Un mayoral que estaba a mando de ese trecho de la acequia se descubrió la cabeza y se acercó con humildad hasta su caballo.

Buenos días, amo patrón.

Buenos días, Angelito.

Su merced, la acequia ya está terminada, esta parte estamos limpiando porque vino mucha agua de las nevadas del Cotopaxi.

Gregorio inspeccionó con la vista el trabajo y vio que era verdad, entonces dijo:

Sube a tu caballo y vamos a ver los corrales.

Emprendieron el recorrido a paso lento mientras el mayoral contestaba las preguntas del patrón. Los corrales estaban terminados; la construcción de piedra bola estaba muy bien hecha. A Gregorio le cambió el ánimo cuando vio al Cotopaxi resplandecer sobre la paja dorada y las piedras pulidas de los corrales. Varios días de nevada habían cubierto de nieve hasta las laderas cercanas. Dijo:

¡Regresamos!

Amo, patrón. Con su permiso—el mayordomo jugó con un anillo de plata que tenía en la mano derecha y dijo—las mujeres han cocinado unas papitas con cuyes y chicha, estarían felices si acepta el cucavi.

Está bien, me muero de hambre.—Sintió la potencia del nevado y se llenó de gusto. Se sentó sobre la hierba alrededor de los pañolones de colores que las indias habían tendido para poner las papas, el cuy, la salsa de pepas de zambo.

¿Le gustó el cuy, su merced? Anoche llegó la noticia de que usted venía y las mujeres pelaron los cuyes, los adobaron, asaron y los botaron en la paila donde hervía la manteca de chancho, por eso están con el cuero reventado—Dijo el mayoral.

Está rico, pay, pay—Dijo con la boca llena y después tomó un pilche entero de chicha de jora.

Al marqués, la comida y la chicha lo animaron, el mayordomo se levantó del suelo y limpiándose las manos con un lienzo dijo:

Patrón, es hora de que esta gente regrese al trabajo, así que si usted ordena, regresamos a la casa.

Está bien, trae mi caballo y regresamos a Nintanga.

El regreso a la hacienda lo emprendieron a paso vivo entre risas y chanzas del patrón que se sentía así cada vez que estaba con los indios y bebía chicha.

Gregorio se retiró a su habitación y se acostó borracho de chicha y trago barato. Soñó con que asesinaba a Mariana luego de una noche de pasión. Se despertó cerca del mediodía, cansado por el viaje de retorno de Lima y la inspección de la acequia. Se vistió con la ayuda de Ismael y luego se dirigió al comedor donde encontró el cura sentado a la mesa.

Buenos días, marqués. Lo esperé en la misa pero no apareció—Se había puesto de pie el momento que llegó Gregorio.

¡Deje que duerma, qué pasó!— Gregorio se sentó y tomó un vaso de agua con burbujas que le traían de una vertiente cercana.

Pero claro que sí, marqués. Usted tiene que descansar después de tanto trabajo, los ricos que conozco no se muelen el esqueleto como usted.

El marqués sonrió con malicia y sin prestar atención al cura exclamó:

¡Qué rico, caldo de patas!—Gregorio se frotó las manos mientras sentía el olor de la sopa—Alzó a ver al cura y dijo:

Perfecto para el chuchaqui—Con la cuchara en la mano le dijo—No me mire así, anoche me acosté borracho como lo hacen los curas más de lo que deberían..

Aquí está el ajicito, amo patrón—Dijo una sirvienta mientras dejaba la ajicera delante de Gregorio.

Este caldo está muy bien hecho—El cura metió la cara en la sopa—Me gusta que le pongan pepa de zambo en lugar de maní.

¡Qué paladar, curita!—Gregorio sonrió.

El eclesiástico alzó a mirar a Gregorio y quiso decir algo, pero él le dijo:

Debería observar más la abstinencia del estómago, está engordando demasiado.

¡Marqués!

No se haga el resentido, curita. Deje de comer tanto y hágase más piadoso—Se sirvió otro vaso de agua y alargó la mano para servir al cura—Basta de vino, con el de la misa le sobra, ya he oído que se bebe el vino de consagrar.

El cura se puso colorado.

Cuidado le da un soponcio.

El marqués gritó:

—¡Orfelina, retira el plato del cura o le va a dar un ataque!

El cura se bebió el vaso de agua con cara de resignación, Gregorio, inclinándose un poco, le puso la mano sobre el hombro y le dijo:

Ya, no llore por comida, un poquito de abstinencia no le hace mal a nadie, además veo que nos traen unos llapingachos con chorizo.

El cura sonrió y cuando la sirvienta pasó con la fuente, se puso contento.

Orfelina, sólo tres llapingachos y un poco de chorizo, no le des más.

La sirviente sonrió, aunque volteó la cara para que el padrecito no la viera.

Después vamos a caminar para bajar el alimento, no ponga esa cara, es por su bien.

Gregorio y el cura salieron a inspeccionar los potreros, Don Celestino se arremangaba la sotana al paso de las acequias, le era difícil seguir al patrón que tenía un físico privilegiado y no se cansaba nunca. Horas después fueron al ordeño y Gregorio no permitió que el cura tomara la leche llena de espuma con tostado que una ordeñadora les ofreció. Le dijo en voz alta:

!No! ¿No ves lo gordo que está?

Ahora, vamos a la iglesia, quiero ver que todas las tallas estén en orden y no se hayan robado ninguna.

Cómo dice marqués, el sacristán guarda todo con mucho celo.

Porque si no lo hace lo mato—Dijo Gregorio con aire amenazador, luego rió y dijo:

No se asuste tanto, no soy un asesino.

Entraron en la iglesia y a Gregorio no le gustó el polvo del piso ni la basura que había en la pila bautismal.

Hay que hacer una buena limpieza.

Sí, señor marqués. Es que los indios son tan sucios que dejan todo así de desordenado.

No les deje salir hasta que limpien todo, son un montón y vienen todas las mañanas, si dejan todo así, esta capilla no sobrevivirá el verano. Haga sentir su autoridad para la limpieza no solamente para cobrar diezmos y limosnas.

Cuando el cura regresó a su vivienda, comió con avidez lo que le sirvió su cocinera, a pesar de que le pareció comida corriente y tosca al lado de la del marqués. La humildad de su casa y el polvo que se filtraba por las hendijas le pusieron triste; el hogar de Gregorio era amplio, limpio. Le dolió en el alma no haber comido más llapingachos ni caldo de patas. Exhalando un suspiro miró a su cocinera y le dijo:

Algo le pasa al marqués no es normal que actúe así, quiso herirme desde que me vio en la mesa a la hora del almuerzo, además ya no doy con mi alma, me ha hecho caminar como tres horas inspeccionando hasta la última alpaquinua y otras hierbas malas, quiere que los potreros estén perfectos, yo no soy su gañán, no entiendo por qué se puso tan enojado conmigo.

Bueno, así mismo se pone a veces, mejor vamos a la cama que estoy cansada.

Se metieron en el lecho y la cocinera trató de consolar al cura que tardó bastante en quedarse dormido. Le dijo:

Ya papito, duerma, duerma pes—Le besó en la cabeza y lo arrulló entre sus pechos—La pelea con la marquesa le tiene así.

¿Se peleó con la marquesa?

Me contó la mujer del guasicama que fue al turno en Quito, dijo que la pelea fue grande, pes.

Si es así, rezaré y pediré al Señor que los haga estar bien.

 

virgenguapuloEn la casa de Quito le avisaron a Rebeca que un peón de La Ciénega quería hablar con ella. Rebeca dejó lo que estaba haciendo y se apresuró a encontrar al emisario en la cocina, lo encontró tomando una colada de máchica con un pan de dulce. Al verla, el hombre se levantó y la saludó con respeto. Ella le preguntó:

–¿Pasó algo grave en la hacienda?

–No pasó nada grave, Mama Rebeca, le traigo esta carta del mayordomo de la hacienda.

Rebeca leyó la carta y corrió a los aposentos de Mariana, la encontró bordando en el estrado. Mariana alzó la mirada y preguntó:

¿Qué te pasa, Rebeca?

Acabo de recibir esta carta del mayordomo de la Ciénega, el patrón ya salió para acá.

No puede ser—Mariana se puso la mano en el corazón y sintió una fuerte punzada—No me avisan a mí, te mandan una carta a ti, yo no existo.

Señora, por favor. Póngase tranquilita, no se agite tanto.

Mariana se arrodilló frente a la virgen que había sacado de los aposentos de Rosa de La Escalera, ahora presidía su oratorio. Había mandado a hacer un altar pequeñito recubierto en pan de oro y a pesar de que los santos tenían la fisonomía europea como mandaba la iglesia, su oratorio tenía cierto aire mestizo que a ella le gustaba sin saber la razón. Me tranquiliza, decía, todo lo que tiene de indio es más pacífico que lo europeo. Esas palabras hubieran causado indignación si no fuera porque salían de la boca de la marquesa de Maenza que era tan bella y rica que todos la adoraban.

Madrecita ayúdame a estar tranquila, presiento que mi marido viene con la furia en la sangre, tengo ser fuerte para enfrentarlo.

Y mucha paciencia para esperar hasta que comprenda—Le respondió la virgen.

Gracias madrecita.

Mariana sonrió sin saber a ciencia cierta si lo que escuchó era a la virgen o a su propia imaginación, no le importó porque de ahora en adelante todos los santos estarían a su servicio y la ayudarían a que se cumplieran sus deseos.

Salió al jardín y se perdió entre los rosales, desde ahí escuchó el alboroto que se formaba siempre que el patrón llegaba a la casa. Sonrió y regresó para abrazar a su esposo y quitarle todas las dudas que tenía en su cabeza. Pobrecito, pensó, debe estar muerto de celos. Una ráfaga de aire frío le golpeo el rostro y se asustó un poco, pero se armó de valor y no detuvo la marcha; se había preparado tanto para cuando él volviera; baños florales, misas diarias, oraciones en su capilla privada, huevos crudos para el desayuno y crema de leche con flores de chilca y pulpa de chirimoyas para el cutis que ahora parecía el rostro de una de las esculturas de Legarda. Escuchó los gritos de Rebeca y sintió el terror que se apoderaba de todo el personal. Ella sonrió, decidida a que todo regresara a ser normal como antes de que el marqués recibiera ese anónimo y se volviera más cruel que un gato con los ratones. Otro soplo de viento le advirtió que tuviera cuidado, pero segura de sus encantos y el amor que siempre inspiró a su marido avanzó con la cabeza en el alto y las manos heladas.

Por fin lo vio; desmontó con la ayuda de los indios que luego se arrodillaron para quitarle las espuelas y recibir de sus manos el sombrero negro que lanzó por los aires. La sangre se le escapó del rostro cuando lo vio apartar sus ojos de los suyos y entrar a la casa sin siquiera hacerle una venia. De pie, en el corredor opuesto, lo vio entrar y desaparecer en la oscuridad como si se lo hubieran tragado las tinieblas. Se detuvo desolada y temblando. Afuera, los indios se hicieron cargo del caballo y los mayordomos entraron a la cocina para que les dieran de comer, el patio olía a caballos, zamarros y sudor de hombres que venían cubiertos de polvo después del largo viaje desde la Ciénega.

Mariana entró en la casa por otra puerta y subió a su estrado. El mundo parecía derrumbarse a su alrededor y se miró en el espejo, lo que vio la dejó aterrada. Ya no tenía los lindos colores que habían pintado su rostro entre misas y cremas milagrosas, se vio cansada y asustada. Adolfina entró en ese momento y sin que ella le dijera nada, la peinó y arregló como mejor pudo.

Vaya a verlo.

No sé dónde está.

En una hora estará listo para la cena, cene con él.

Está bien.

No se olvide que diga lo que diga el patrón la ama más que a nada en el mundo, si está tan enojado es porque no la ha perdonado, pero lo hará en su momento, no puede vivir sin usted.

Mariana entró en el comedor y vio a Gregorio, sentado a la mesa, conversando con los jesuitas amigos suyos. Le pareció un cuadro funesto, todos vestidos de negro y hablando cosas de hombres y de religión, los religiosos la saludaron con una venia y Gregorio le clavó una mirada fría. Le dijo:

Estamos comiendo entre hombres, no hay lugar para una mujer aquí.

Los jesuitas no se inmutaron y siguieron tomando la sopa, Mariana miró suplicante pero el marqués la despidió con una seña. Ella salió apresurada y tuvo que apoyarse en el brazo de Adolfina.

Nunca me había sentido tan humillada, no creo que haya solución para mí.

Tranquila, vamos a su habitación, no vale que se quede aquí, sopla mucho viento.

Rebeca entró en la habitación de la marquesa la vio acostada y pálida

¿Qué pasó?

Adolfina cerró los cortinajes del lecho y le susurró al oído:

El amo no la dejó entrar en el comedor y siguió conversando con los jesuitas, le hizo una seña para que se fuera y le dijo que no era sitio para mujeres. Pobrecita, se quedó sin comer.

Tráele algo ligero para que no se duerma con el estómago vacío.

No quiere comer nada y me pidió que la dejara. Gracias a Dios está tan cansada que se quedó dormida apenas puso la cabeza en la almohada.

Es por que todo este tiempo casi no ha dormido, se ha mantenido con las esperanzas que le hemos dado.

Doña, Rebeca. Hay que seguir insistiendo en que no se rinda y se derrumbe.

Va a ser muy difícil. Estos días van a ser los peores, el marqués viene a dar guerra y cuando se pone así nadie puede resistir, la marquesa puede hundirse.

Nunca he visto al amo así, parecía querer tanto a mi niña.

Cuando se pone así es mejor no cruzarse en su camino.

Sí, ya lo sé—Adolfina se santiguó y volvió a entrar en la habitación, no pensaba dejar a Mariana sola en momentos tan peligrosos.

En el comedor mientras los jesuitas hablaban sobre los geodésicos, Gregorio pensaba:

Seguro que salió a ver a Godin y se le cayó la palmatoria porque algo pasó, se apagó la vela o qué sé yo. La voy a asesinar.

¿Marqués, por qué no va a visitarnos para que ver cómo quedó el reloj que hicieron los geodésicos en el colegio? Le limpiamos porque parece que está cayendo ceniza de algún volcán y se ensució bastante.

Claro que voy—contestó Gregorio después de beber su tercera copa de vino.

A la mañana siguiente, Mariana tomó el desayuno en su habitación. Adolfina le trajo en la bandeja un vaso de jugo de naranja y un tazón donde había batido cuatro huevos crudos con sal y pimienta de los molles del jardín.

¿Ya terminó o quiere café?

Café bien fuerte, pon en la taza bastante esencia.

Minutos después paseaba entre los rosales del jardín, no se dio cuenta que apoyado contra el tronco de un capulí estaba reclinado el marqués supervisando la siembra de unos naranjos agrios. Se detuvo y suspiró al verlo en mangas de camisa y el cabello recogido en una coleta. Daba órdenes y parecía tan distendido que ella se acercó y le dijo:

Gregorio, qué bueno que estés aquí, no te he saludado desde que llegaste.

Él se volteó a mirarla con ojos más cortantes que la hoja de una navaja fila y la volvió a ignorar.

Gregorio, ven te enseño un rosal que ha florecido más que ninguno.

La regresó a ver otra vez y le dijo:

¿Quién te ha dicho que a mí me interesa algo tuyo?—Le hizo una seña con la mano y le gritó—¡Vete si no quieres que te obligue, no te quiero ver!

No hablas en serio—Mariana lo miró suplicante.

Gregorio se alejó del tronco y acercándose peligrosamente, le dijo:

Anda, no quiero verte más y no me tientes porque no respondo de mí—la miró a los ojos— no quiero dejar sin madre a mis hijos.

Ella se alejó tambaleante. Con los ojos cegados por las lágrimas llegó a su cuarto donde la esperaban Adolfina y Rebeca que corrieron a auxiliarla, esa noche tuvo fiebre y la fiel Adolfina no se apartó de su lado mientras le ponía paños de agua tibia.

Gregorio llegó a su despacho y llamó a Ismael:

Quiero una jarra de agua.

En un momento se bebió el agua y pidió aguardiente. Dijo:

Llama a José y a Rebeca.

Sí, amo.

Cuando Rebeca entró en el despacho vio al marqués sentado ante el escritorio donde reposaba una botella de aguardiente con la que llenaba la copa vacía, frente suyo estaba sentado José tras el escritorio.

Buenos días, su merced–Saludó Rebeca.

Gregorio le señaló con la mano la silla donde debía sentarse y les dijo a los dos:

Los he llamado porque quiero hacer una cena con los geodésicos para el sábado, ese día están todos en Quito.

Por supuesto, su merced. Se hará lo que usted diga.

Rebeca—Gesticuló con energía—Quiero que le digas a la marquesa que es mi deseo que salga mañana a primera hora a la Quinta de Guápulo y que se quede ahí hasta que yo la mande a llamar. Quiero que salga con los niños.

Sí, su merced.

José, te encargas de los caballos, los peones y empleados que acompañarán a mis hijos con su madre para pasar unos días de descanso lejos del convento.

Rebeca salió cuando el marqués la despidió y se dirigió a los aposentos de la marquesa para comunicarle la decisión de su marido. La marquesa la miró con dulzura y dijo:

Me avisan cuando tengo que estar lista—Se volteó en su lecho y se quedó dormida.

A la mañana siguiente, la caravana de la marquesa de Maenza y sus hijos avanzaba hacia Guápulo, la gente que los veía pasar los saludaba y les deseaba una buena estadía; se los veía tan felices…No se podía ver el rostro de la marquesa porque iba tapada con una manta negra, pero sus hijos no dejaban de reír y molestarse entre ellos. Manuel, que ya era un niño bonito, iba en su propia cabalgadura jalado por un indio que le contaba sus aventuras en los páramos del Cotopaxi, hablaban en quichua y reían todo el rato. Gregorito, que estaba muy enfermo, iba cargado por un indio de espaldas anchas y piernas musculadas.

Cuando llegaron a la casa, Mariana se estremeció al ver una orquídea prendida del árbol de Cholán, sus flores moradas caían en cascada, la miró y  sin decir nada, se encaminó a sus habitaciones.

Ilustración: Orquídea de Catalina Pallares

Ilustración 2 Milagro de la Virgen de Guápulo de Miguel de Santiago

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