Perro-fiel

La cena que ofreció el marqués a los geodésicos fue pequeña y sin señoras, los había invitado para programar la ida a La Ciénega y ofrecerles toda la ayuda.

No se preocupen, mandaré indios, caballos y muchos víveres para que puedan trabajar con más aire.

No, por favor marqués, no más aire, nos vamos a congelar—Interrumpió La Condamine.

El marqués y los demás rieron.

Está bien, para que trabajen con mayores comodidades y no olviden que cuando terminen el trabajo vienen a descansar en la Ciénega.

¡Qué lujo! Después de esos días en los nevados no hay nada mejor que dormir en una cama de la casa del marqués—Dijo Godin

El marqués, al escuchar a Godin, se llenó de furia que disimuló con elegancia, pero dispuesto como estaba a matarlo, se le aproximó y cuando estuvo muy cerca suyo, le dijo:

Godin, a usted le gusta la buena vida, se nota en su elegancia.

Por supuesto, eso y las mujeres.

¿Le gustan mucho las mujeres? ¿Las de clase alta?–Gregorio apretó los puños.

Bueno, me gustan todas, pero desde que llegué a Yaruquí me prendí de una.

¿Se enamoró de alguien en Yaruquí? Eso no está bien, Godin. Las mujeres que estuvieron ese momento eran todas casadas—Gregorio sonrió pero tenía el ceño fruncido y amenazador.

Marqués, tengo gustos escandalosos, siempre ha sido así. Estoy terriblemente enamorado, pero la mujer que amo la pertenece a usted.

Gregorio sintió que la furia le recorrió las entrañas y estuvo listo a matar con sus propias manos al francés, pero se contuvo y dijo

No entiendo lo que me dice.

Verá marqués, en Yaruquí conocí a Lucrecia, la esclava más bella del mundo, sólo que es suya y quería preguntarle si no le importaría vendérmela.

¿Quiere decir que se ha enamorado de una esclava?

Verá, cuando uno ha conocido el amor negro, no lo puede cambiar por nada. Yo estoy envenenado con ese perfume.

Gregorio se levantó de la mesa y se encaminó a la ventana, colocó su frente contra los cristales para tratar de apagar el fuego que sentía. Godin lo siguió ansioso por saber su respuesta. Se paró junto a él y le dijo:

Marqués, me he atrevido a hablarle así sin saber si usted está encariñado con Lucrecia, si es así olvide lo que he dicho—Bajó la cabeza con resignación.

No, Godin—El marqués se alejó de la ventana y se sentó en una silla. Dijo—No sabe el gusto que me da poder ofrecerle un regalo.

¿Un regalo?—Godin se sentó frente al marqués

Sí, Godin. Mañana mismo puede pasar a recoger a Lucrecia, se la regalo con todos los papeles firmados.

Pedro Vicente Maldonado, que conversaba con la Condamine y los demás geodésicos en la sobremesa, regresó a ver varias veces a Gregorio. y se dio cuenta del ánimo que tenía Gregorio, se preocupó porque lo conocía y sabía que cuando adoptaba esa actitud podía ser muy violento. Cuando lo vio conversando con Godin, se levantó y se les acercó. Dijo:

Parece que han hecho un buen acuerdo.

Sí, Pedro, el mejor acuerdo de mi vida—Gregorio sonrió.

El marqués es tan amable que me ha regalado una esclava suya con la que estoy encaprichado.

Pedro Vicente miró a Gregorio y éste le guiñó el ojo y le dijo:

Quédate esta noche.

Si aquí mismo estoy alojado—contestó Pedro Vicente y los tres rieron.

Cuando los geodésicos se despidieron, Pedro Vicente y Gregorio se quedaron a solas.

¿Qué te pasa, Gregorio?

Que acabo de botar por la borda toda mi felicidad—Escondió la cara entre sus manos.

No me digas que tú también estás prendado de esa esclava.

Por favor, tienes que escucharme.

Gregorio contó los pormenores de su crisis con la marquesa, le contó de sus sospechas, de las pistas que recibió.

No me quedó ninguna duda; pensé que Mariana me había traicionado.

Bueno, por la forma como te presentaron el caso, tenías derecho a perder la cabeza, pero debiste haber conversado con Mariana, no estuvo bien herirla de esa manera sin dejar que se defienda

No me martirices, no sé cómo pedirle perdón.

Sólo ve donde ella y dile que lo sientes, que te perdone, no hay nada más fácil.

No es así, la herí demasiado. No podrá perdonarme—Estaba inclinado hacia delante con las manos entrelazadas frente a Maldonado, dijo—¿Sabes por qué? Porque le hice sentir que vivía de mí, que sin mí no es nadie, cuando es todo lo contrario…soy yo el que no puede vivir sin ella.

Gregorio, tenías derecho a sentirte traicionado, estabas fuera de ti, ella va a comprender.

Lo peor es que si coqueteó con alguien tenía razón.

¿Por qué?

Porque después de amarla como un loco, de arrancarla de su hogar, la abandoné. No volví a ser el mismo y ella necesita de mi amor, de mi pasión. No sé si puedas entenderme pero nuestro matrimonio fue por mi amor. Yo le enseñé a amar, le hice ver que era la reina de mis ojos y de un momento a otro me alejé, la traté con indiferencia.

Se levantó otra vez y caminó por la sala mientras se mecía el cabello y decía:

–Lo que me llena de culpa es que es frágil, no es una mujer de esas quiteñas que son tan fuertes y aguantan malos tratos como lo más natural. No, ella es sensible y dulce.

Se sentó nuevamente frente a Pedro y le dijo:

—Verás, he visto como algunas mujeres gritan a sus sirvientes indios, las he visto cargar de trabajo a esos infelices hasta que no pueden con su alma y luego les gritan que son unos vagos. Mariana no es así—Sentado con el codo sobre la rodilla y la mano en la quijada, dijo—Se me parte el alma recordar el día en que lloró implorando clemencia por una india que apenas conoció ese día.

Gregorio, los matrimonios muy rara vez son por amor, son los padres los que nos casan, si hay buena suerte, hay amistad y un poco de cariño. Tu matrimonio es diferente, tú mismo lo acabas de decir.

No me dices nada nuevo.

Verás, eres un bendecido de la vida, ahora más que nunca.

No te entiendo.

¡Hombre! Es el momento de reconquistarla, tú eres experto en conquistar el corazón de una mujer y es un reto reconstruir uno que está roto.

Gregorio, lleno de esperanzas, lo miró y con una sonrisa le propuso:

¿Un aguardiente?

Pedro Vicente le contestó:

Un café.

Les trajeron café y aguardiente mientras los dos planificaban cómo debía Gregorio reconquistar a su mujer. Así los encontró la madrugada Cuando Gregorio se despidió para irse a dormir, dijo:

No sabes el bien que me has hecho, Pedro. No me alcanzará la vida para agradecerte.

No es para tanto.

¿Cómo que no? Estoy temblando de amor, de angustia—Lo miró con ojos brillantes y continuó—Siento mariposas en el estómago, estoy más enamorado que nunca.

Pedro Vicente dijo:

Me alegro mucho, pero creo que estás un poco borracho. Vas a tener que dejar la bebida para que pienses con la mente fría, el licor no deja ver las cosas con claridad.

Te juro que desde hoy dejo la bebida.

Bueno, bueno. Vete a dormir—Pedro Vicente lo abrazó y le acarició la cabeza cuando se dio cuenta que iba a romper a llorar.

No sé cómo pude ser tan idiota—Se dejó caer sobre el sillón y lloró con desconsuelo.

Pedro Vicente llamó a Ismael y le dijo en voz baja:

Llévalo a dormir, como sea.

Ismael vio el estado catastrófico de su amo y sin pensarlo dos veces lo levantó entre sus brazos y lo llevó a su dormitorio. Le quitó las botas y le tapó con las mantas de lana pura de sus obrajes. Gregorio se rindió al cansancio y durmió sin sueños ni pesadillas.

maradol

 

Adolfina y Rebeca reían cuando la marquesa y los niños metían los pies en el agua del vado secreto. El viento se llevaba por momentos las tristezas de Mariana para luego regresar con más fuerza y entonces la veían correr por el prado tratando de alcanzar a Manuel que se escondía tras los molles al borde del río. Subían a pie la cuesta empinada que los llevaba de regreso a la casa y dormían agotados de tanta caminata, sol y aire.

Señora, me parece que se están cansando demasiado—Le dijo Rebeca un día.

Mis hijos tienen que aprovechar estos días lejos del convento, lejos del encierro. Quién sabe si vayan a ser felices el día de mañana. Además necesitamos cansarnos mucho para caer rendidos al anochecer y no pensar en cosas tristes.

Rebeca tenía la certeza de que la marquesa estaba trastornada y reía demasiado, corría más de lo que las fuerzas permiten normalmente y casi no comía. Una mañana la vio secarse las lágrimas entre los limonares, había adelgazado mucho, demasiado, pensó y se quedó observándola mientras iba de un árbol a otro recogiendo los limones más amarillos para la limonada del día siguiente, vio que tenía dos canastas llenas en el suelo.

En ese momento llegó un jinete, Rebeca se puso la mano en la frente para protegerse del sol y alcanzó a distinguir a uno de los peones del patrón. Lo vio desmontar y amarrar el caballo a un poste, luego se acercó a ella y le dijo:

Buenos días, doña Rebeca—Se descubrió la cabeza para saludarla.

Buenos días, Segundito. ¿Qué te trae por aquí?

Verá su merced, traigo una carta del patrón para usted.

Rebeca se llevó la mano al pecho y recibió la misiva, se alejó del empleado y la abrió bajo las ramas del aguacate que se mecían con el viento. Leyó:

Rebeca:

Vas a preparar a mi mujer y mis hijos para que vengan a la Ciénega, harán un descanso en Quito donde les esperan los caballos, mulas e indios. Tienen que estar en la hacienda en cuatro días así que date prisa y por favor trata de calmar a la marquesa.

Gregorio Matheu de La Escalera

Marqués de Maenza

Rebeca respiró hondo y miró con preocupación a la marquesa que estaba tan ensimismada en su cosecha. Caminó hacia ella y el perfume del limón se esparció por el aire.

Señora, tengo una carta del marqués.

Mariana palideció y de sus manos rodaron dos limones amarillos.

¿Qué quiere?

Señora—La sostuvo por el brazo—quiere que vayan a la Ciénega en cuatro días, tenemos que apurarnos.

Me imagino que querrá que vayan sólo los niños.

No señora, quiere que vaya usted también.

¿Pero para qué? Estamos en días de ocio, va a ser difícil armar viaje a la Ciénega.

Usted sabe que no hay nada difícil para el marqués—Le acarició la mano y le dijo—No se ponga así, el patrón quiere que esté tranquila.

¿Cómo sabes que quiere eso?

Lo acabo de leer.

Yo no quiero ir.

Señora, por favor tenemos que ir, no podemos desobedecer sus órdenes

—Pues me niego a dejar esta casa, estamos en vacaciones.

Una mañana, sin saber cómo, Mariana cabalgó rumbo a La Ciénega en uno de los caballos más bellos de sus propiedades, la seguía un séquito de sirvientes y mulas con la carga. Sus hijos iban en caballos descansados y Manuel en la silla de uno de los mayordomos. El recuerdo de la primera vez que vino a la Ciénega, con su esposo enamorado, le produjo una nostalgia tan grande que se le agarrotó el alma. El Cotopaxi, nevado hasta sus faldas iluminaba los campos. Galoparon por sembríos de cebada y trigo, las espigas doradas se ondularon con el viento y el paso de los caballos. Pastora, subida en una mula, llevaba a sus espaldas el bulto empacado con la virgen del secreto envuelto en el pañolón. Por fin alcanzaron a ver la entrada de La Ciénega, no había flores ni indios arrodillados en los caminos, esta vez todo era sombrío, llegaba sola con sus hijos y la virgencita del secreto.

Momentos más tarde desmontaron junto a los corredores de la casa de hacienda. Mariana vio a dos de sus esclavas que la esperaban y cuando llegó junto a ellas le hicieron una reverencia. Dijeron:

Bienvenida su merced, amita.

Mariana reconoció a Matea y Amina; madre e hija que habían pasado al servicio doméstico de La Ciénega luego de vivir en Tilipulo. Les dijo:

Qué bueno verlas en la hacienda, estoy rendida—Y entró.

Rebeca siguió a la marquesa por la puerta principal y respiró aliviada.

¿Todo está en orden, señora?

Sí, Rebeca. Está limpio y huele a flores frescas.

Doña Rebeca, nosotros nos vamos a hacer cargo del descanso de la marquesa y de todo lo que necesite—Dijo una de las esclavas de Tilipulo.

Mariana se detuvo, estaba a la cabeza del grupo que caminaba por los corredores así que no pudieron ver su cara cuando dijo:

Yo sólo quiero a Adolfina y a Rebeca.

Amita, doña Rebeca y Adolfina deben descansar. Don José y otras sirvientes se ocuparán de los niños.

Está bien, adelántense a mis habitaciones, voy a hablar un momento con Rebeca.

Como ordene su merced—Las esclavas hicieron una amplia reverencia y se adelantaron a los aposentos de la marquesa.

Rebeca, esas esclavas me dan miedo, son inmensas.

Rebeca no pudo disimular una sonrisa y dijo:

Señora, son normales.

¿No crees que tienen orden de encerrarme en mis habitaciones?

¡Cómo se le ocurre! El patrón podrá tener su carácter pero jamás haría algo así.

El Duque de Borgoña encerraba a su esposa Juana y en Quito han encerrado a cal y canto a alguna mujer infiel o acusada de hechicería.

Por favor, señora. No deje que los nervios la traicionen.

¿Entonces, por qué no me dejan estar con mis hijos y ustedes?

Señora, está por anochecer y es un trabajo muy duro desempacar y arreglar los dormitorios y dar de comer a los niños—Le tomó de las manos—A mí me parece una cortesía enorme del patrón haber mandado a traer esas esclavas para que la atiendan y así duerma y descanse hasta mañana.

Está bien, acompáñame hasta la puerta de mi cuarto—Se detuvo y tomándola de las manos le dijo en tono de súplica—No seas malita, quédate un ratito afuera y si no oyes nada raro te vas no más.

Sí, señora así lo haré—Desde la puerta, Rebeca aspiró el olor a clavo y canela que salía hacia el corredor.

El momento en que Mariana entró en su habitación, se olvidó de sus temores y dejó que las dos esclavas la desnudaran y la ayudaran a hundirse en el agua perfumada de su tina. Miró a su alrededor y reconoció su cuarto de aseo, una indígena calentaba agua en el brasero que humeaba con aromas calmantes, le jabonaron el cuello, las manos, los pies.

¿Su cabello está limpio, amita?

Sí.

Entonces lo vamos a recoger con estas cintas para que no se le moje, no lo vamos a poder secar en la noche.

El aroma era tan fuerte y calmante que Mariana dejó a los dos esclavas que la secaran con una toalla grande sin poner resistencia.

Amita, vamos a untarla con un aceite que trajo don José de Lima, dice que es de la India y que a veces lo encuentra en el Almacén Polvos Azules.

Mariana, recostada sobre su cama dejó que le aplicaran el aceite que era más relajante que el aroma que invadía la habitación. Después se metió en la cama y tomó una sopa de achogchas y una agüita de flores de limón. Sin darse cuenta se quedó dormida mientras el tiempo viajaba por su habitación posándose en sus mejillas y en los damascos de los sillones.

A la mañana siguiente paseó con sus hijos por los jardines de la hacienda, había descansado bien la noche anterior y estaba vestida con la ropa limpia que le dieron sus esclavas, le dijeron que el patrón llegaría días después. Sin el miedo de encontrarse con él, se dedicó a pasear por el campo con los guaguas, la Pastora, Adolfina y Rebeca. No estaba tranquila pero había bajado la guardia y fue así que una mañana mientras caminaba por el corredor de la galería se percató de un movimiento inusual; todos corrían y hablaban en voz alta, como si estuviera por producirse un terremoto, de pronto escuchó:

¡El patrón!

Se arrimó a la pared y sintió que iba a perder el conocimiento, pero respiró hondo y rezó por que Gregorio pasara por otro lado, pero pasó cerca de ella, se detuvo y le dijo:

Me alegro que hayan llegado bien.—Le hizo un guiño y se alejó, lo siguieron los administradores y mayordomos.

Mariana sintió que el corazón le latía de tal manera que lo más seguro es que lo escucharían en el jardín. No sabía cómo callarlo y se dirigió con dificultad a su habitación, cuando llegó se dejó caer sobre el lecho y trató de calmarse pero sintió nauseas y se enfermó un poquito.

Gregorio se sentó en la silla al frente de su escritorio y escuchó los informes de sus empleados. Apenas atendía lo que le decían y a todo contestaba mecánicamente mientras su mente volaba junto a Mariana, la presentía en su habitación llorando y con un fuerte impacto. Lo que más le extrañó fue el miedo que sintió al pasar cerca de ella. Ahora, mientras sus mayordomos informaban sobre acequias y producción de sus obrajes, él sólo pensaba en cómo pedir perdón, por un momento pensó que el sonido de su corazón se escuchaba en el jardín. De pronto, se levantó dejando a su mayordomo de Tilipulo con la información sobre un cave de papas, le dijo:

Llama a Rebeca y a José.

Sí, su merced—Contestó el mayordomo perplejo y salió a obedecer la orden.

Cuando José y Rebeca entraron, dijo:

José, quédate tú a recibir los informes. Rebeca, ven conmigo.

Rebeca, lo siguió y cuando estuvieron en el corredor, Gregorio se detuvo y le dijo:

Por favor, quiero que vayas a ver a Mariana y trates de calmarla, dile que no he venido a pelear con ella—Se mordió el nudillo de su índice y cambió de opinión—No, no le digas nada, sólo trata de calmarla y dile que…No sé tú veras lo que le dices—Caminaba por el corredor, Rebeca lo seguía.

Sí, su merced.

Cuando Gregorio entró en su habitación, se sentó sobre el lecho y con la cabeza entre las manos pensó:

Soy un idiota, no sé lo que me pasa—Trataba de calmarse meciéndose el cabello—A ver, soy poderoso, soy el hombre en esta relación y tengo potestad sobre mi mujer, ella no es más que un ser débil que me debe obediencia y sin embargo, la siento tan fuerte, tan superior a pesar de su miedo. La vi tiritar y sentí su aliento seco sobre mi rostro y soy yo el que está temblando de miedo, de ansiedad.

Se tendió sobre el lecho y miró el tumbado, se fijó en los frescos y luego dejó deambular su mirada al azar.

Rebeca entró en las habitaciones de Mariana y la encontró sentada en una butaca, temblando y muy asustada. Se acercó a ella y le dijo:

Señora, el amo le pide que vaya a almorzar con los niños en el comedor.

¿Él no va a estar?—Miró a Rebeca con los ojos aguados.

Claro que sí.

Mariana bajó la mirada y no pudo ocultar el temblor de sus manos. Rebeca, con la mirada fija en ella, le dijo:

Se trata de una comida en familia, así que póngase linda y contenta.

A la hora del almuerzo, Gregorio pidió que sus hijos se sentaran con ellos a la mesa, estaban todos menos Mariana, mientras la esperaban, Gregorio tomó dos copas de vino y se sintió reconfortado. Por fin llegó y Gregorio volvió a sentir el corazón apretado cuando la vio tan pálida y delgada. Ella se sentó a su izquierda en el lugar de siempre, él le sirvió una copa y le dijo:

Este vino está muy bueno—Le sonrió.

Ella, intimidada, tomó un sorbo y bajó la cabeza.

Ismael trajo la sopa y Mariana se sirvió pero no pudo llevarse la cuchara a la boca.

Trata de comer un poquito.

Gregorio la tomó de la mano y ella se asustó. Le dijo:

—Estás flaquita, puedes enfermarte.

Pero me duele la cabeza—Protestó ella con voz suplicante.

Por eso, cuando no se come duele la cabeza—Le pasó la mano por el cabello y la sintió estremecerse—Dos cucharadas.

Ella hizo un esfuerzo, él sonrió y los niños rieron sin saber qué era lo que estaba pasando. Gregorio tenía un nudo en la garganta. Le dijo:

Ya ves, otras dos cucharadas y ya está.

Ella obedeció, él continuó acariciándole el cabello y ella terminó la sopa.

Señora, qué bueno que terminó todo el plato—Dijo Rebeca que estaba parada detrás de los niños para servirlos y ayudar a Manuel, el más pequeño y su preferido.

Cuando terminaron de comer llegó un chasqui con noticias sobre los geodésicos, Gregorio dijo:

Me disculpas, Marianita. Tengo que atender al indio que viene con noticias sobre los franceses—Le besó en la frente y salió.

Esa tarde, Mariana, sentada al borde de su cama, no se atrevía a moverse, Pastora entró con la virgencita del secreto y le dijo:

¿Niñita, su merced. Dónde pongo la virgencita?

Mariana recorrió la habitación con la mirada y dijo señalando con el dedo:

Ahí, en esa cómoda. Así la puedo ver cuando despierte y cuando me vaya a dormir.

La luz del día se extinguía peligrosamente y Pastora colocó la virgen que tenía unos cuarenta centímetros de alto. Mariana se levantó de un salto y besó los pies de la talla, dijo:

Virgentcita adorada, gracias por hacerme el milagro, virgencita milagrosa ayúdame esta noche—Y con el pensamiento—Tú, que guardas un secreto no me abandones esta noche.

Voy a poner velitas—Dijo Pastora mientras sacaba de sus bolsillos unas velas de cera de abeja.

Gracias, Pastora. Cuando venga el Tomás a prender las lámparas le digo que encienda las velitas. Se ve tan linda mi virgencita.

Pastora salió, Tomás prendió las velas y la virgen del secreto emitió una luz clara y serena.

Mariana pidió a Adolfina que la dejara sola y caminó varias veces por su habitación, se detuvo frente a la ventana y vio la luna grande sobre el Cotopaxi, se sobrecogió con la belleza sobrehumana que se desplegaba frente a sus ojos. Los campos iluminados parecían trozos de diseños perfectos. Escuchó el ulular del búho y pensó que estaba en un lugar encantado donde la magia se apodera de todo. Lanzó un grito y se volteó porque sintió una presencia en su cuarto, Gregorio estaba de pie frente suyo, la luz de las velas iluminó sus ojos que se posaron sobre ella, lo vio más alto y fornido y se puso a temblar. Él se acercó y le tomó las manos frías y atemorizadas, la miró con suavidad y le dijo:

No me tengas miedo, por favor no me mires como si yo fuera un asesino—Le pasó la mano por el cabello alborotado y se olvidó de las palabras que había ensayado. El embrujo de la luna sobre la cabellera de Mariana y el suave resplandor de la luz de las velas le quitaron el deseo de ponerse de rodillas y pedir perdón, y en lugar de eso, se plantó frente a ella y le acarició la cara y el cuello. El deseo fue más fuerte después de la larga separación y su espíritu protector lo guió por la suavidad de esa piel que se encendió como una llama bajo las manos expertas que la acariciaron entre recuerdos y anhelos.

Mariana se encorvó y sintió un vahído, él la tomó entre sus brazos y la depositó sobre el lecho. La pasión se apoderó de sus sentidos y le besó los labios que recibieron temblorosos el embate. Ella se desvaneció entre sus brazos y no pudo ver la luna ni el suave resplandor de las velas que ardían al pie de la virgen.

Amaneció y Mariana buscó a Gregorio pero no lo encontró. Asustada se sentó y lo vio en el sillón cerca de la ventana. Todavía estaba oscuro y el aire frío de la madrugada se colaba por las hendijas.

¿Qué pasa, Gregorio? Te vas a enfermar de frío.

Gregorio puso los codos sobre las rodillas y hundió la cabeza entre las manos, Mariana pudo ver la tensión de sus músculos y le dijo:

Ven

No, soy un ser despreciable, no sé cómo pedirte perdón.

No lo hagas.

Gregorio alzó la mirada y se encontró con la suya, se levantó y se tendió en la cama. Ella le besó los labios y le dijo:

No pidas perdón nunca porque lo que pasó entre los dos fue como si un volcán que ha dormido mucho tiempo explotara inundando al mundo con su fuerza arrolladora. No hay otra manera de amar.

Gregorio se sentó sobre el lecho, ella hizo lo mismo y quedaron frente a frente. Mariana dijo:

–Mis amigas se sienten bendecidas cuando se pelean con sus maridos, así no los tienen que ver por mucho tiempo.

–¿Y tú te alegraste de no verme tanto tiempo?

–Bueno, un poquito. Descansé.

–No me digas eso, yo te extrañé demasiado y casi muero pensando que nunca me perdonarías–Le pasó la mano por los cabellos y le dijo–Voy hacer que olvides todas las lágrimas que derramaste, voy a llenar de felicidad todos tus momentos.

Ella le interrumpió y le dijo:

–Lo que quiero es que me ames todas las noches como lo hiciste hoy.

Gregorio esbozó una sonrisa, Mariana preguntó:

¿Por qué me miras así? Parece que te burlas de mí.

Claro que me burlo de ti, eres una pecadora. No se te ocurra contar cómo somos nosotros a ninguna de tus amigas o te van a quemar en la hoguera de la Inquisición y de ahí ni yo te puedo salvar.

Sólo tú me puedes salvar cuando me amas así, sin darme tregua, ni dejarme respirar. A lo mejor un día me muero de placer.

Pecadora.

Malvado.

No hay nada mejor que un malvado para una pecadora y recuerda siempre que Pedro Vicente Maldonado es un sabio confirmado.

Nadie ha dudado de que Maldonado sea un sabio.

Pero en cosas del amor también, sólo que es su talento oculto.

Mariana sintió que se iba a desvanecer, un cansancio abrumador se apoderó de ella y entrecerrando los ojos dijo:

Gregorio, me muero de sueño, creo que voy a dormir por días para reponerme de tanto dolor—Se acurrucó junto a él.

Gregorio la besó y sintió la fragilidad de su cuerpo, parecía una paloma entre sus brazos. Le acarició el cabello y recordó que la primera vez que amaneció a su lado pensó que era él quien había perdido su virginidad. La recorrió con la mirada y se estremeció al ver que bajo la delicadeza de su piel brillaba un resplandor que la hacía poderosa. Ella agradeció a la virgen el no tener que otorgar perdones y así no explicar su conducta con Godin. Un suspiro de alivio salió de su pecho y durmió entre los brazos del hombre que amaba.

 

Ilustración: Briton Rivière (1840-1920): “Fidelidad”.

Ilustración 2 The portrait of Dido Elizabeth Belle and Lady Elizabeth Murray Unknown artist, formerly attributed to Johann Zoffany

Anuncios