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El frío era insoportable, La Condamine, Bouguer y Godin sostenían entre sus manos las tazas de agua caliente que se enfriaban en cuestión de segundos. Metían las narices en el vapor que duraba un instante, el viento arreció y la carpa estuvo a punto de caer.

Godin, los indios nos han abandonado.

No es la primera vez que nos pasa esto.

Voy a ver si puedo avivar el fuego—Dijo Jorge Juan que estaba en cuclillas y tiritaba como los demás.

¿No oyen esos ruidos?

Bouguer, no es más que tu imaginación, claro que hay ruidos, es el viento que silba entre los desfiladeros.

No, pongan atención.

Los cuatro estaban sentados juntos para conservar el calor cuando oyeron los cascos de unos caballos. Godin cerró los ojos esperando un milagro y que los indios regresaran y entonces se abrió la puerta improvisada de la carpa y entró un negro cubierto por un poncho grueso y la cabeza con una gorra de lana pura.

Perdón, sus mercedes que entre sin llamar pero no me escucharon.

¿Quién eres?—Preguntó Jorge Juan desenvainando su cuchillo de monte.

Su merced, vengo de parte del marqués de Maenza que ha mandado una cuadrilla de indios, víveres y mantas. Muchas cosas para que sus mercedes pasen estos días con más comodidad.

Enseguida los peones bajaron las cargas e improvisaron otra carpa para que pernoctaran los indios y cocineros que se encargarían de alimentar y cuidar a los franceses—El negro miró hacia la puerta y dijo—El patrón mandó al mejor de sus indios, el que más conoce el Cotopaxi, pido que lo dejen pasar.

Está bien, que entre—Dijo Jorge Juan.

Un indio alto y fuerte entró, llevaba un poncho rojo y una gorra de lana que dejaba al descubierto parte de su cabellera oscura y larga. Los geodésicos lo miraron de los pies a la cabeza y se fijaron en que iba menos protegido del frío que los demás.

¿Asi, con tan poco abrigo piensas acompañarnos al nevado?—Preguntó La Condamine.

Ari, su merced. Yo soy parte del cerro blanco.

Vaya que eres presumido—Le dijo Jorge Juan.

No, su merced. Yo nací en la nieve del cerro.

Está bien, ya te reconocí Juan Andrés, estuviste en las triangulaciones de Yaruquí, vete a dormir con los demás y mañana partimos antes de que salga el sol.

Ari, su merced. Antes de la medianoche porque si no se derrite el hielo y es peligroso—Bajó la cabeza y quiso decir algo pero calló.

Habla, Juan Andrés—Dijo La Condamine—Algo nos quieres decir.

Ari, amito. Volcán está poniéndose bravo.

Sí, cuando estábamos con Bouguer en el Pichincha vimos que el Cotopaxi lanzaba ceniza. Cuando quisimos escalarlo no lo pudimos hacer porque los indios nos dejaron como ahora, espero que tú no te desaparezcas.

Ari, amito. Hace años que está bravo, algo no le gusta pes.

Lo veremos después, a dormir he dicho—Jorge Juan le ordenó que dejara la carpa.

Cuando los geodésicos se quedaron solos, se acomodaron para dormir cuerpo con cuerpo. Bouguer dijo:

Llegamos acá en 1736 y ya estamos en pleno 1742, este viaje se está haciendo interminable.

Nadie contestó, trataron de olvidar el frió alrededor de la lumbre que se debatía solitaria.

A la medianoche, Juan Andrés entró en la carpa, los geodésicos estaban tomaban café y choclotandas que preparó el cocinero del marqués. Juan Andrés los miró desde lejos y se acercó silenciosamente, Jorge Juan lo alcanzó a ver cuando estaba muy cerca, dijo:

¡Hombre, Juan Andrés! Casi me matas del susto, te apareces como un fantasma.

Alabado, amito. No quise asustarle pero el cerro está bravo y no le gusta que le anden espiando.

¿Cómo? Es el colmo, deja de hablar tonterías y prepara a tu gente para empezar la escalada.

Sí, amito.

Estaba oscuro, se alumbraron con las velas que ardían dentro de los faroles que portaban los indios. Jorge Juan se perdió en los ojos impasibles de Juan Andrés y le dijo:

¿Qué te pasa, Juan Andrés, no oíste mi orden?

Ari, amito—Juan Andrés bajó la mirada y se adelantó a revisar los caballos y los aperos.

La Condamine tomó el último sorbo de café que ya estaba frío y miró la delicadeza y precisión de los movimientos de Juan Andrés, la luna llena iluminó la nieve blanca y tranquila. Entregó la taza vacía al sirviente y siguió a Juan Andrés, atrás vinieron los demás. Montaron los caballos que habían ensillado los indios y avanzaron hasta un punto en el que las bestias ya no pudieron continuar. Desmontaron y continuaron a pie, Juan Andrés entregó a cada uno dos palos en forma de bastón para que se ayudaran en ese terreno tan escarpado.

El viento comenzó a soplar con tanta fuerza que a duras penas podían avanzar. Los franceses avanzaban guiados por los indios que parecían conocedores del volcán. La Condamine miró a Juan Andrés que estaba a la punta y avanzaba a velocidad ayudado por los bastones que hundía en la nieve y lo ayudaban a impulsarse, parecía que el viento no lo molestaba. V demasiado rápido, no lo podremos seguir, pensó con furia y gritó:

¡Juan Andrés!

Mande, amito—Contestó Juan Andrés

¿Qué pasa? Te vi avanzar y alejarte bastante y ahora estás a mis espaldas.

Ari, amito. Para que el cerro no se ponga bravo es mejor no gritar.

¿Qué dices? Hemos caminado más de seis horas y no avanzamos nada, el marqués se va a enterar del indio malo que eres, no quieres ayudar.

Amito, el cerro está rugiendo, oiga.

La Condamine hizo una seña a sus compañeros y escucharon un ruido extraño

Pensé que era el viento—Dijo Bouger.

Yo también, el ruido que hace el viento entre los riscos puede enloquecer a cualquiera, a lo mejor este indio está loco y nos quiere meter miedo para que regresemos—Dijo Jorge Juan.

El sol iluminó ese momento y los geodésicos vieron a lo lejos la figura de Juan Andrés que por momentos se perdía entre la niebla y volvía a aparecer cada vez que el sol atravesaba la densa bruma.

Hay un olor fuerte—Dijo La Condamine

¡A detenerse!—Gritó Jorge Juan—La nieve se está moviendo, parece que el sol la está calentando.

Rápido, saquen los instrumentos que vamos a hacer las mediciones.

Juan Andrés y los demás indios descargaron el cuarto de círculo, los barómetros, los lentes, las brújulas, las perchas para que los geodésicos comenzaran las mediciones. Pusieron los instrumentos sobre la nieve y en los pocos momentos que el sol alumbró hicieron ciertas mediciones, los indios se sentaron en las rocas y vieron con asombro las volteretas y contorsiones de los franceses que parecieron olvidarse del frío y el peligro de una avalancha. El metal de los cuadrantes y otros instrumentos brillaron bajo el sol, los indios se arrodillaron reverentes ante estos hombres que adoraban de esa manera tan extraña al dios Inti. Moranville desplegó su cuaderno de apuntes y dibujó todo lo que veía, desde el rayo de sol hasta el cuarto de círculo y el reloj de péndulo.

Moranville dibujó a los indios clavando las estacas, a los geodésicos tirados sobre el suelo para observar por los lentes el momento en que el sol rasgaba las nieblas. Juan Andrés terminó de armar uno de los instrumentos bajo la vigilancia de La Condamine, cuando alzó la vista vio un cóndor sobrevolando la nieve blanca y un lobo de páramo husmeó la comida apilada junto a las sogas para el ascenso. Juan Andrés se enderezó al ver al cóndor dar círculos sobre Moranville que comenzó a dibujarlo, una bruma negra ocultó al pintor y al cóndor. Juan Andrés divisó a Jean Godin que se movía sin ningún cuidado y le gritó:

¡No te alejes de los demás que la nieve es traicionera, no se ve el filo de las abras!

Jean Godin, molesto por los gritos del indio, quiso incriminarlo pero una voluntad extraña y poderosa pareció emanar de la blancura y se quedó inmóvil.

Moranville estaba fastidiado con las brumas que ocultaban a los académicos y sus asistentes en plena labor. Jean Godin se acercó a ver lo que hacía

No voy a terminar este boceto.

A lo mejor estás mal ubicado, me parece que más allá vas a tener una mejor vista—Jean señaló con el brazo extendido un lugar soleado.

Tienes razón, hay una piedra grande donde puedo sentarme y colocar mis cuadernos.

Anda, gran artista.

Soy ingeniero, Jean.

Ja ja, a más de eso eres un pintor de los buenos, conviertes en obras de arte todo lo que retratas—Dijo Jean mirando el boceto.

Jean Godin ayudó a Moranville con sus artículos de trabajo y lo vio partir con la mochila al hombro.

Moranville caminó con dificultad, cada paso que daba le resultaba fatigoso, pero continuó cegado por el resplandor que tenía delante suyo. Vio la piedra grande y sonrió aliviado de poder sentarse a descansar y dibujar desde ese sitio privilegiado. Las brumas taparon el resplandor, un silencio insondable lo envolvió y sintió el peso de la niebla. Miró el fulgor que emanaba a lo lejos y pudo ver en la pared vertical al indio Juan Andrés con el oído pegado a la piedra y el poncho rojo ondeando en el viento, quiso llamarlo pero sintió un sueño tan profundo que se sentó sobre la nieve a retomar fuerzas para continuar.

Moranville no supo cuánto tiempo estuvo en ese estado de calma profunda, una soledad blanca y helada lo adormeció. Cerró los ojos para protegerse del frío en las pupilas y una música sublime le llegó de lo alto, el cóndor voló por el cielo azul hasta que la bruma lo ocultó. Cayó una nevisca que le cubrió la capa y el sombrero, sintió que sus pestañas se congelaron. Escuchó las voces de sus compañeros y gritó de alegría pero nadie contestó, el viento y la bruma se llevaron las imágenes.

 Moranville se puso de pie y continuó su caminata, pero la nevisca no lo dejó avanzar y los ojos le comenzaron a doler. El sol apareció y caminó con las últimas fuerzas que tenía, pero la nieve se ablandó y sin darse cuenta cayó en un abra y quedó atrapado entre dos paredes de hielo. Comenzó a temblar de frío y miedo hasta que una luz brillante lo abrigó y soñó con las praderas de Francia.

Amito, amito Moranville—Escuchó que alguien le hablaba desde muy lejos.

Amo Moranville, no se duerma, abra los ojos.

En su ensoñación sintió que alguien lo enlazó con una soga y lo subió por la pared blanca, ahora estaba tirado sobre una roca.

Amito, te voy a cargar para bajar antes de que se suavice más la nieve y te caigas en otra grieta.

Juan Andrés se echó a sus espaldas al geodésico de la misma forma en que cargaba un venado en las cacerías de Gregorio. Emprendió el trote para llegar al campamento y encontró a La Condamine y sus acompañantes desesperados.

¿Qué pasó, a dónde llevaste a Moranville?—Gritó La Condamine.

Juan Andrés depositó al francés dentro de la carpa y sacó de su alforja una cantimplora hecha de cuerno de toro que le había regalado el marqués y dijo—Tome esto que le va a reanimar, no se duerma, es agua con bastante raspadura. Le quitó los zapatos y sacó unas hojas de su morral.

¿Qué estás haciendo?—Preguntó Jorge Juan.

Amito, son hojas de la selva que sirven para quitar el frío

—¡Cómo va a existir en la selva algo para quitar el frío, estás loco!—Gritó Jean Godin.

Aquí todo es misterio, no te olvides, Jean que este lugar no es normal como lo son los lugares de Francia, además la selva y los volcanes están unidos en sus entrañas, parece que el agua del mar también—Dijo La Condamine.

Sí, señor—Contestó Jean.

Juan Andrés calentó las hojas en las brasas con las que envolvió las manos y los pies. En los ojos le colocó unas compresas de hielo

¿Cómo se te ocurre poner hielo en los ojos de Moranville?

Déjalo hacer—Dijo La Condamine que miraba fascinado lo que Juan Andrés hacía.

Sí, señor—Contestó Jean Godin

Amito, no tiene nada roto.

Jorge Juan ordenó que se improvisara una camilla y los indios iniciaron el descenso cargando a Moranville que tenía unos dolores insoportables.

Al día siguiente, Godin dijo:

Empacamos para viajar a La Ciénega.

 

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En La Ciénega estaba previsto que llegarían en la noche y que pasarían a sus habitaciones para reunirse con el marqués y la familia a la mañana siguiente.

Eran ya pasadas las nueve de la noche cuando los sirvientes, que esperaban adormitados en la cocina, escucharon el sonido de cascos de caballos.

Son los franceses—Dijo Segundo Tomás.

Los peones salieron a ayudar a los académicos que se quejaban de dolor en todo el cuerpo. La luna dejó ver sus caras sucias y cansadas.

¡Achachai, qué frío!—Exclamó Bouguer, un indio lo ayudó a desmontar.

Entraron en la cocina y buscaron el calor de la lumbre.

Cuidado, sus mercedes. Se van a quemar—Dijo la cocinera negra asustada de ver las manos en las brasas.

En ese momento entró Ismael y haciendo una reverencia dijo:

Sus mercedes, el baño está listo.

¡En este frío!—Protestó Jorge Juan.

No, sus mercedes, es un baño de termas calientes.

Los franceses se dejaron desnudar y se hundieron en las tinas de agua caliente que no se enfriaban nunca, parecían heridos de guerra y se quedaron largo rato curándose el frío y el cansancio.

Godin se dejaba atender por su esclava Lucrecia que lo enjabonaba y se dejaba besar cuando se inclinaba sobre él. Godin la mandó a la cocina para que le trajera una copa de vino.

Lucrecia entró en la cocina y Adolfina, que estaba revolviendo una olla, le dijo:

Ven a ayudar, eres capaz de sentarte a la mesa de los marqueses con las trazas que llevas.

Mi única obligación es complacer al amo Godin y a él le gusta que esté a manito para cuando me necesite. Me mandó a pedir una copa de vino para relajarse más en el agua—Tomó una copa y la llenó con el vino que los franceses habían mandado en la carga que trajeron las mulas.

Adolfina se persignó y se alejó de Lucrecia como si fuera un demonio.

Ni saben lo que me contaron—Dijo la cocinera.

¿Qué te contaron?—Preguntó Adolfina

Que los franceses están enojados entre ellos y no se hablan.

Eso no me parece gran cosa, más interesante es lo que la facinerosa de la Lucrecia hace con el amo Godin

Godin se dirigió a su habitación y se tendió sobre el lecho, la puerta se abrió y entró Lucrecia con la cena en una bandeja. El se sentó apoyado en las almohadas.

Le traigo su comida amo—Colocó la bandeja sobre la colcha y se sentó al borde de la cama para darle cucharadas de sopa y limpiarle la boca con una servilleta blanca.

Godin se dejó servir y luego le ordenó que dejara la bandeja sobre una mesa. Cuando ella dejó la bandeja, se paró junto al lecho y preguntó:

¿Quiere mi amo que me retire?

No, quiero que duermas conmigo.

Cuando los geodésicos se fueron a dormir, los asistentes se metieron en las tinas y luego comieron en la cocina.

En el lecho, Mariana escuchó el trajín en los corredores, Gregorio le dijo:

Si vuelves a coquetear con Godin te cuelgo del árbol de la quebrada y te dejo ahí para que te coman los cóndores.

Te da celos que me vuelva a ver, para eso le regalaste la esclava, como si una esclava pudiera hacer que un hombre se olvide de mí.

Gregorio, con la velocidad del jaguar la tomó por el cuello y le dijo respirando en su cara.

No te hagas la valiente que el abismo está esperando.

Perdón, perdón. Paz, paz—Dijo ella muerta de risa por las cosquillas que le hizo.

Él la besó otra vez, la abrazó y le dijo:

¿Qué sentido tendría esta vida sin ti?

Mariana se acurrucó entre sus brazos y pensó que jamás le contaría que por unos días le gustó Godin. Perdonó a Gregorio por hacerle purgar su pecado y dejarle el alma blanca después de hacerla llorar y sufrir tanto, ahora lo amaba más nunca

La vajilla rosa con azul resplandecía en la larga mesa que habían colocado en la galería de vidrios para servir la comida en honor de los franceses. Rosa Larrea, que había llegado dos días antes, dijo:

Rebeca, quedó maravillosa la mesa con tantos candelabros de plata maciza y las poma de cristal.

 Rosa se inclinó para tomar entre sus manos una copa y dijo:

Estas copas son tan finas que parecen pompas de jabón–Jugueteó con ella y dijo:–Qué bonito el filo de oro así un poco desparramado y tan delicado.

Su merced, los marqueses quisieron que sacáramos lo mejor de los baúles donde se guardan lo más fino que trajo doña Rosa de la Escalera de su último viaje a Londres y París.

Esa señora parece que era el alma de este sitio.

Sí, su merced. Era la heredera del mayorazgo de La Escalera, eran otros tiempos.

Tiempos más duros, los indios tenían más rituales secretos que ahora.

Sí, su merced. En esos días se buscaba oro porque era más fácil encontrar que ahora.

Y se hacía más brujería también, Rebeca. Aunque ahora también los indios hacen cosas prohibidas en las mismas puertas de las iglesias.

He visto que venden hierbas, pero nada más.

Hay gente que les encarga unas muñequitas que arrojan en los patios de las casas, hay que tener mucho cuidado y no tocar eso sin que antes venga un sacerdote que le quite el diablo. En el interior tienen uñas y pelos, verás Rebeca que hay que tener cuidado con quién le peina a una—Regresó a ver por la ventana y dijo—Qué bonitos los jardines y con los franceses tan elegantes con sus pelucas blancas y las casacas de seda bordadas con hilos de oro.

El marqués y la marquesa también están muy elegantes—Dijo Rebeca mirando a Mariana que coqueteaba con Godin

Vas a creer, Rebeca que no se dirigen la palabra entre ellos. Qué gracia, a la final los marinos españoles hacen de recaderos entre los geodésicos.

Muchas ganas de fama, creo que tienen. Por eso se deben haber peleado—Dijo Rebeca mientras arreglaba un florero.

Ismael y los esclavos negros servían las bebidas, Adolfina y las demás llevaban bandejas llenas de empanadas y cuero de chancho reventado sobre chulpi salado.

Pronto estará el almuerzo—Decía Mariana mientras revoloteaba entre los invitados.

Marqués, el Cotopaxi está comportándose de manera extraña—Dijo La Condamine.

¿Qué has observado en esta última vez? Hace dos años dijiste que había fumarolas.

Ahora hay un recalentamiento y según nuestra apreciación en cualquier momento puede erupcionar.

¿Pero cómo se puede saber eso?

Un indio nos avisó que había escuchado explosiones y luego vio una nube de vapor. Cuando Bouguer y yo escalamos el volcán Pichincha, tuvimos que marchar sobre la nieve y bajo la lluvia. Entonces vimos que del Cotopaxi salía un poco de ceniza.

Sí, lo recuerdo muy bien, yo también pude observar la erupción, cayó algo de ceniza por aquí, pero no fue nada especial—Dijo Gregorio que se había sentado en la banca bajo el gran molle.

La Condamine se sentó junto a él y dijo:

Pero ahora nos inquietamos mucho porque el Cotopaxi está dando señales extrañas, ha perdido nieve y todo el tiempo hay fumarolas.

El Cotopaxi mide 505 toesas, muy cercano a tu cálculo de 500 toesas y está en proceso de erupción.

Estás muy seguro, Gregorio.

Lo he recorrido con Juan Andrés varias veces estos últimos meses y hemos notado el ruido que sale del interior y un olor a azufre.

¿Qué daños puede sufrir esta casa en caso de que erupcione el volcán?

A la casa no le pasa nada, las avenidas y rocas no llegan acá. Tampoco cae ceniza, pero me preocupan mis tierras y la ciudad de Latacunga..

¡A la mesa!—Gritó la marquesa.

Gregorio palmoteó la espalda de La Condamine y dijo:

¡Vamos! Ahora sí, a comer rico

Hay que mandar comida al cuarto de Moranville.

No te preocupes, ya lo están mimando—Dijo Gregorio y juntos se dirigieron a la casa.

Con paso lento y conversando entraron los invitados a la galería de vidrios donde se había puesto la mesa y se sirvió el almuerzo. Ocho entradas, sopas, perdices al escabeche y carne de jabalí ahumado que habían traído de la Amazonía. El vino y las bebidas espirituosas hicieron que todos rieran y hablaran al mismo tiempo.

Mientras tanto, José entró en las termas para buscar prendas olvidadas por los franceses. Encontró un cuchillo de monte, un cuaderno sucio y una bufanda rota. Una sirvienta recogía lo que José le señalaba y lo colocaba en una cesta que tenía en el brazo. Se detuvo un instante y le pareció percibir un fuerte olor a azufre. Despachó a la criada y comenzó a caminar entre las tinas, le pareció que el agua estaba más caliente, incluso le pareció que estaba a punto de hervir. Qué raro, pensó y salió a supervisar que todo estuviera en orden y la fiesta marchara bien.

No has probado casi nada, Marianita—Dijo Rosa que mojaba pan en su escabeche.

No como mucho, ya sabes. Prefiero guardar espacio para los helados, los barquillos y las quesadillas—Dijo la marquesa.

Bebían vino y abandonaban la mesa, se perdían y regresaban para sentarse en otro lado, junto a la persona que más les gustaba. De pronto, Mariana sintió las  manos de Gregorio obligándola a levantarse.

¿Qué quieres?

Que bailes conmigo.

Es la música de los esclavos.

Me gusta bailar, ven.

Ella recostó la cabeza sobre su hombro y bailó mientras atardecía y la luna se asomaba sobre el Cotopaxi como una inmensa taza de agua clara. Los demás los imitaron y pronto todos bailaban la música cadenciosa.

Es muy temprano para que salga la luna.

El Cotopaxi tiene un raro resplandor.

Gregorio, los franceses están enojados entre ellos, es cómico ver cómo se colocaron en el almuerzo, cada uno más lejos del otro.

Qué bueno que Godin no se ha acercado a ti.

¿Qué no? Me dijo que estoy más bella que nunca.

Cuidado, señora. No juegues con fuego.

Ella sintió su abrazo y rió burlándose de sus celos, minutos después se dejó llevar por la cadencia de la música y el amor de Gregorio.

Qué pena, una nube negra está oscureciendo todo.

Pronto se vieron envueltos en una sombra oscura.

¿Gregorio, qué pasa? Me arden los ojos.

Gregorio se apartó de ella y miró con estupor en dirección al volcán.

¡Rápido Todos a la casa, está erupcionando el Cotopaxi, los guaguas, que los guaguas entren en la casa!—Gritó Gregorio con tal vehemencia que los sirvientes dejaron lo que estaban haciendo y buscaron a los niños para llevarlos a la casa.

Los invitados entraron en tropel y cerraron las ventanas, afuera oscureció y los sirvientes tuvieron que hacer milagros para encender las velas de las arañas de cristal y los candelabros, los niños lloraban. En la oscuridad de una esquina, Godin besó a su esclava que lo seguía por todas partes.

Rosa Larrea caminaba con los brazos por delante para no tropezar con nadie, pero se topaba con parejas que se amaban por los rincones. Furiosa gritó:

¡Ni cuando hay una catástrofe se pueden comportar los quiteños!

La Condamine, que la había escuchado no pudo evitar reírse y le dijo:

Francamente, señora. Cuando salí de Francia no esperé encontrarme con un país tan sorprendente—La tomó por el brazo y le dijo—Mejor venga conmigo y vamos a buscar unas palmatorias y recorramos la casa a ver si hay destrozos.

La Condamine y Rosa caminaron por la casa oscura, pero no encontraron mayores daños. La Condamine la detuvo y le dijo:

Me dijo el marqués que jamás pasa nada en la casa, la nube de ceniza pasó muy cerca pero ya se alejó, está regresando la claridad—Miró por la ventana y dijo—No ha caído una gota de ceniza, avanzó hacia otro lado.

La luna aclaró la noche y La Condamine tomó del brazo a Rosa y dijo:

—Vamos a ver el baño y las termas.

La Condamine y Rosa Larrea apresuraron el paso para entrar en las termas y se detuvieron en la puerta.

No entre, es peligroso—Dijo Rosa sosteniendo la manga de La Condamine.

La Condamine retrocedió un paso y su cara reflejó el calor que salía del lugar.

El volcán está devorando las tinas.

No puede ser, hay que avisar al marqués.

Sí, vaya y llámelo.

Rosa corrió por la casa en busca del marqués ante la mirada sorprendida de todos.

¿Qué le pasa, Rosita?

Estoy buscando al marqués.

Acá estoy.

Venga, venga. Lo llama el señor De La Condamine.

Gregorio empujó a Rosa y entró en la sala de las tinas. Vio con horror como el agua desapareció y a las tinas se las tragó la tierra.

No puede ser, Charles. Estas tinas están desde el tiempo de Atahualpa, no puede ser que desaparezcan en un instante.

No es un instante cualquiera, está erupcionando el volcán y se lleva lo que es suyo—La Condamine tenía la mirada extraviada y continuó—El Cotopaxi es un rey benevolente que avisa antes de erupcionar, nosotros ya notamos algo raro y nadie ha tomado las precauciones para ponerse a buen recaudo.

Es verdad. Mañana salgo a inspeccionar los desastres que deben haber ocurrido en Latacunga y en mis tierras—Apoyó la frente sobre la mano que tenía arrimada contra la pared y dijo—Tendré que hacer una inspección y escribir al rey para que no cobre los impuestos a la gente que vive aquí ni los diezmos y otros gravámenes a los pobres indios.

El marqués salió con el semblante serio, La Condamine lo siguió y juntos subieron al observatorio donde estaban instalados los instrumentos astronómicos que le vendió el jesuita al marqués. Se sentaron y observaron en silencio el fuego que salía de la boca del volcán mientras tronaba con ferocidad. Poco a poco fueron entrando los otros geodésicos que se sentaron distanciados los unos de los otros, los demás invitados se mantuvieron de pie, Mariana prestó a Rosa los binoculares que luego pasaron de mano en mano. A la noche, el volcán parecía un globo rojo con venas luminosas. Adolfina y Rebeca tenían las manos en señal de oración, los demás miraban en silencio. Moranville, con los ojos enrojecidos miró desde la puerta.

¿Qué pasó? Estaba dormido recuperándome de las heridas y me despertó un estruendo—Su cara se desencajó cuando vio al volcán encendido como si se consumiera en llamas.

Entre, señor Moranville—Mariana, sentada en una poltrona se volteó y le dijo—Siéntese aquí y vea por el telescopio, usted es el único que no lo ha visto a través de los lentes potentes.

Moranville entró arrastrando sus heridas y se prendió del telescopio para mirar asombrado lo que los demás habían visto.

La puerta se abrió y entró el padre Juan para oficiar una misa al Santísimo y pedir misericordia para que el volcán no causara tantos destrozos. Los patrones, los sirvientes, esclavos e indios se arrodillaron y rezaron con una devoción renovada. Los franceses oraban por volver a salvo a Francia y dar los informes a la Academia. Después volvieron a sus asientos para ver la erupción como si estuvieran en un teatro y los sirvientes sirvieron café y licor de cacao.

Así termina esta historia que tiene que continuar  porque la vida siempre continúa. Gracias por leerla y disfrutarla como disfruté yo escribiéndola y leyendo sus comentarios que fueron lo mejor, porque ustedes son los otros protagonistas de esta aventura.

Hasta la próxima y mucha suerte,

Águeda Pallares

Lámina: Cotopaxi de Louis Remy Mignot

Lámina 2: Cotopaxi de Gaetanos Osculati.

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